Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

SCARLETT

He sobrevivido a la primera noche.

A duras penas.

Cada vez que Aiden se movía en su saco de dormir (cada suspiro, cada cambio de posición, cada respiración) lo sentía como si estuviese tocándome.

Me he pasado las horas mirando la lona del techo de la tienda mientras el corazón me latía demasiado rápido y el cuerpo me pedía cosas que no podía darle.

Ahora es media mañana y estamos en el claro principal del campamento con treinta niños sentados en semicírculo sobre el césped. Morrison está organizando las actividades del día y Aiden está de pie al frente revisando el equipo que han traído de las camionetas.

Me he colocado al fondo del grupo. Lejos de él. Porque después de pasar una noche entera a centímetros de su cuerpo sin poder tocarlo no confío en mí misma estando cerca.

—Wellington, muéstrales la reanimación cardiopulmonar —dice Morrison, cruzando los brazos con esa autoridad que no admite réplica.

Aiden asiente y se gira hacia el equipo de práctica.

Lleva la camiseta del campamento que se le pega al cuerpo de una forma que marca cada músculo de su torso y el sol hace que su pelo brille con reflejos dorados que me distraen más de lo que debería permitirme.

Está en su elemento aquí. Rodeado de niños que lo miran como si fuese un superhéroe. Es el bombero que salva vidas.

Y yo no puedo dejar de mirarlo tampoco.

Jake se acerca desde uno de los laterales con una expresión que no augura nada bueno.

—Tío —dice lo suficientemente alto como para que todos lo oigamos—. El muñeco de práctica se ha quedado en la estación. Tyler lo dejó en el almacén después de la última inspección.

—Mierda —dice en bajo, pero yo consigo captar la palabrota.

—Lo siento, hermano. No me había dado cuenta hasta ahora.

—¿Hay algún problema, Wellington? —pregunta Morrison desde su posición junto a los niños.

Aiden se gira hacia él.

—El muñeco no está, capitán. Sin él no puedo demostrar la maniobra completa. Puedo explicarla verbalmente pero…

—La RCP es lo más importante de este campamento —interrumpe Morrison, y su voz no deja espacio para discusión—. Estos niños necesitan verlo, no solo oírlo. Una emergencia puede pasar en cualquier momento y necesitan saber exactamente cómo actuar.

—Tenemos que buscar otra forma de demostrarlo.

Todos nos quedamos en silencio pensando cómo lo podemos arreglar. Estos niños necesitan ver la reanimación cardiopulmonar.

Es Morrison el que rompe el silencio.

—Usa a Scarlett. Haz la demostración con ella.

Me quedo helada.

¿Qué?

Esto no puede estar pasando.

¿De verdad Morrison acaba de decirle a Aiden que muestre la reanimación cardiopulmonar conmigo?

El aire desaparece de mis pulmones como si alguien me hubiese golpeado el pecho. El corazón me da un vuelco tan violento que duele. Y cada par de ojos en el claro se gira hacia mí.

Treinta niños y tres adultos me miran con curiosidad.

Jake sonríe como si esto fuese lo más entretenido que ha visto en meses.

Morrison tiene cara de impaciencia.

Y Aiden está mirando a Morrison como si acabase de pedirle que salte de un precipicio sin cuerda.

—Capitán… —empieza, pero su voz sale estrangulada.

—Es una orden, Wellington —dice Morrison con una firmeza que no admite discusión—. Es tu ayudante. Para eso está aquí, ¿no? Para ayudar con el campamento. ¿No esperarás que sea yo el que te deje posar esos morros sobre mí?

Ni siquiera la broma de Morrison consigue quitarme la tensión de encima.

Aiden no puede negarse. Es su capitán. Es una orden directa. Y hay treinta niños esperando a que les enseñe algo que podría salvar una vida algún día.

Él no puede negarse.

Y yo tampoco puedo.

Aiden cierra los ojos durante un segundo. Respira hondo. Y cuando los abre hay resignación mezclada con algo más oscuro que me eriza la piel.

Se gira hacia mí lentamente.

—Scarlett —dice con voz tensa que intenta sonar profesional pero que sale ronca—. ¿Te importa ayudarme?

Es una petición que no puedo rechazar. No debería importarme que mi mejor amigo ponga sus labios sobre los míos en una simple maniobra de reanimación. El problema es que estoy enamorada de él.

Y no puedo reconocerlo.

Así que hago lo único que puedo: me levanto con piernas que me tiemblan un poco. Todos me miran mientras camino hacia el frente. Cada paso se siente como caminar hacia algo peligroso. Como acercarme demasiado al fuego sabiendo que voy a quemarme pero incapaz de detenerme.

Cuando llego a su lado Aiden me mira con una intensidad que me deja sin aire. Hay una disculpa en sus ojos. Pero también hay algo más que no puedo nombrar pero que siento en cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

—Lo siento —susurra lo suficientemente bajo como para que solo yo lo oiga.

—No pasa nada —respondo igual de bajo, y es mentira pero es lo único que puedo decir.

Señala la fina colchoneta extendida en el suelo donde debería estar el muñeco de práctica.

—Túmbate ahí.

Su voz sale más segura ahora. Pero puedo ver cómo le tiemblan ligeramente las manos cuando las mete en los bolsillos.

¿Por qué está él nervioso?

Obedezco. Me tumbo boca arriba sobre la colchoneta mirando al cielo azul que se extiende sobre nosotros sin una sola nube.

El sol me golpea la cara. Puedo oír a los niños riendo.

A Jake diciendo algo bajo que no distingo.

Mi propio corazón late tan fuerte que estoy segura de que todo el mundo puede oírlo.

Y entonces Aiden se arrodilla a mi lado.

Y el resto del mundo desaparece.

Los niños. Jake. Morrison. Solo queda Aiden arrodillado junto a mí tan cerca que puedo oler su jabón mezclado con el olor a pino del bosque y algo puramente masculino que es solo suyo.

—Primero —dice alzando la voz— hay que comprobar que la víctima no responde.

Pone una mano en mi hombro. El contacto me quema incluso a través de la tela de la camiseta.

—¿Estás bien? ¿Me oyes? —dice en voz alta para que los niños oigan el procedimiento.

No respondo. Se supone que soy una víctima inconsciente. Pero cada célula de mi cuerpo está hiperconsciente de dónde me está tocando.

—No responde —continúa, retirando la mano de mi hombro—. Siguiente paso: comprobar si respira y si tiene pulso.

Sus dedos se mueven a mi cuello. Dos dedos me presionan la garganta con suavidad y buscan la arteria carótida. Y juro por Dios que puede sentir cómo el pulso se me dispara bajo su toque. El corazón me late tan rápido que es imposible que no se dé cuenta.

Sus ojos encuentran los míos durante un segundo.

Hay algo en su mirada. Algo oscuro y caliente que evapora el aire entre nosotros. Como si él también estuviese sintiendo esto. Esta corriente eléctrica que corre entre sus dedos en mi cuello y toda mi piel.

Aparta la mirada rápidamente. Se aclara la garganta.

—No tiene pulso —anuncia a los niños—. Alguien tiene que llamar a emergencias mientras tú empiezas la reanimación cardiopulmonar.

Retira los dedos de mi cuello y durante un segundo absurdo quiero protestar por la pérdida de contacto.

—La RCP son treinta compresiones torácicas seguidas de dos respiraciones de rescate —explica mientras coloca sus manos en mi pecho.

Directamente sobre mi esternón. Las palmas me presionan el pecho de una forma que es profesional y devastadora al mismo tiempo.

Puedo sentir el calor de sus manos a través de la tela de mi camiseta. Puedo sentir cada dedo. Cada centímetro de su piel contra la mía separada solo por una capa fina de algodón que de repente parece demasiado y no suficiente al mismo tiempo.

—Colocas las manos así —continúa, y su voz sale ligeramente más ronca—. Una sobre la otra. En el centro del pecho. Y presionas fuerte y rápido.

No presiona de verdad. Solo simula el movimiento. Pero incluso esa presión ligera me vuelve del todo consciente de su peso sobre mí. De su fuerza. De cómo sus músculos se flexionan bajo la tela de su camiseta con cada compresión simulada.

—Treinta compresiones —dice—. Y entonces…

Sus manos se quedan quietas sobre mi pecho. Puedo sentir mi propio corazón latiendo salvaje contra sus palmas. Puedo sentir cómo sus dedos se tensan ligeramente como si estuviese luchando contra algo.

Retira las manos y el frío que deja atrás es casi doloroso.

—Entonces inclinas la cabeza de la víctima hacia atrás para abrir las vías respiratorias —continúa con voz que suena cada vez menos firme.

Su mano se desliza bajo mi nuca. Sus dedos se hunden en mi pelo y me levantan la cabeza con un cuidado que me hace cerrar los ojos durante un segundo demasiado largo.

Es demasiado íntimo. Sus dedos en mi pelo. Su mano sosteniéndome. El calor de su palma contra la base de mi cráneo. Su pulgar acaricia, probablemente sin darse cuenta, la piel sensible detrás de mi oreja.

—Así —dice, y su voz ha bajado una octava completa—. Inclinas la cabeza hacia atrás. Una mano en la frente, otra levantando la barbilla.

Su otra mano se mueve a mi barbilla. Sus dedos, bajo mi mandíbula, la levantan con suavidad.

Y ahora me está sosteniendo completamente.

Una mano bajo mi nuca. Otra en mi barbilla.

Controlando el ángulo de mi cabeza con una delicadeza que contrasta con la tensión que puedo ver en cada línea de su cuerpo.

—Y entonces —dice, y tiene que detenerse para aclararse la garganta—. Das dos respiraciones de rescate.

Se inclina sobre mí.

Bloqueando el sol.

Su cara sobre la mía.

Su cuerpo se inclina hasta que está tan cerca que puedo ver las motas doradas en sus ojos avellana. Tan cerca que puedo ver cómo su pecho sube y baja con respiraciones que no son para nada tranquilas. Tan cerca que puedo contar cada pestaña.

Puedo sentir el calor que irradia de su cuerpo. Puedo oler su jabón mezclado con sudor y algo puramente Aiden que hace que quiera inhalar profundo y nunca exhalar. Puedo ver cómo sus ojos bajan a mi boca y se quedan ahí durante un segundo. Dos. Tres.

—Scarlett —susurra, y no estoy segura de si es una advertencia o una súplica o una rendición.

Y entonces se inclina más.

Sus labios rozan los míos.