CAPÍTULO 15
SCARLETT
El campamento es exactamente lo que esperaba y nada de lo que imaginaba al mismo tiempo.
Hay un montón de tiendas de campaña montadas en círculo alrededor de una fogata central que todavía no está encendida.
Los niños corren por todas partes con una energía que parece imposible después del viaje.
Los monitores del departamento de bomberos (Aiden, Jake, Marcus, Tyler) descargan equipo y el material educativo de las camionetas.
El lago brilla a unos cien metros de distancia y el sol de la tarde vuelve el agua oro líquido.
Huele a pino y a tierra húmeda y a ese olor indefinible del verano que siempre me ha encantado.
Es perfecto.
Morrison se acerca, junto a Aiden, con dos camisetas azul marino dobladas bajo el brazo y una expresión que no augura nada bueno para mi salud mental.
—Wellington, tú y tu invitada compartís esa —dice, señalando una tienda al borde del campamento, ligeramente apartada de las demás, al igual que la del resto de monitores.
Aiden y yo nos miramos.
Y juro que intento no ponerme roja.
Si ya es difícil compartir una casa con él… compartir una tienda de campaña va a ser terrible para mi cordura.
—Perfecto —dice Aiden finalmente, y su voz sale más tensa de lo normal—. Gracias, Morrison.
El capitán nos entrega las camisetas, uniformes de monitor con el logo del campamento estampado, y se aleja para seguir organizando el caos que son treinta niños sueltos en un campamento de verano.
Aiden coge su mochila de la camioneta y yo hago lo mismo, y caminamos hacia nuestra tienda en un silencio que se siente demasiado cargado para ser cómodo.
Cuando llegamos, Aiden abre la cremallera y me hace un gesto para que entre primero.
El interior es… pequeño.
Muy pequeño.
Hay dos sacos de dormir extendidos uno al lado del otro con apenas veinte centímetros de separación entre ellos. El techo es lo suficientemente alto como para sentarse, pero no para estar de pie. Y el espacio completo no mide más de dos metros cuadrados.
Vamos a dormir aquí.
Juntos.
A centímetros.
Durante dos noches.
El estómago se me cierra de una forma que no tiene nada que ver con el hambre y todo que ver con lo consciente que soy de Aiden entrando detrás de mí. Del calor de su cuerpo tan cerca del mío en este espacio reducido. Del olor a jabón y pino que siempre lo acompaña y que ahora llena la tienda.
—Es acogedor —dice, y hay humor en su voz, aunque también tensión.
—Muy acogedor —confirmo, intentando que mi voz suene normal.
—Voy a preguntarle a Jake si necesita ayuda con la fogata —dice después de un momento—. ¿Necesitas algo?
Sí. Necesito que dejes de oler tan bien. Necesito que dejes de estar tan cerca. Necesito que mi cuerpo deje de reaccionar cada vez que te mueves.
—No. Estoy bien.
Asiente y sale de la tienda, dejándome sola con mis pensamientos caóticos y el conocimiento de que esta va a ser la noche más larga de mi vida.
Me obligo a moverme. A dejar de pensar. A concentrarme en algo práctico.
La camiseta de monitor todavía está en mi mano. Debería cambiarme. Ponerme el uniforme antes de que empiece la primera actividad con los niños.
Me quito la camiseta que llevo, una de algodón suave que se me pega ligeramente a la piel por el calor del día, y la dejo caer sobre mi mochila. Después el sujetador. Porque quiero ponerme uno deportivo para estar más cómoda.
El aire fresco toca mi piel desnuda y suspiro aliviada. Hay algo liberador en estar así. Medio desnuda en una tienda de campaña en mitad del bosque sin nadie que me juzgue o me diga cómo debo comportarme.
Me agacho para buscar el sujetador en mi mochila. Tiene que estar aquí en algún sitio entre la ropa que he traído y…
El sonido de la cremallera al abrirse me hace girarme por instinto.
Y me encuentro con Aiden.
De pie en la entrada de la tienda.
Mirándome.
Me quedo congelada.
Estoy sin camiseta. Sin sujetador. Completamente expuesta de cintura para arriba con los pechos al aire y la piel todavía caliente del sol de la tarde.
Y Aiden me está mirando.
No aparta la vista. No dice nada. Solo se queda ahí con los ojos fijos en mi pecho y una expresión en la cara que nunca le había visto. Parece completamente perplejo. Me mira con una intensidad que se traga el aire de la tienda.
Debería hacer algo. Debería cubrirme. Debería gritarle que salga.
Pero no puedo moverme.
Porque la forma en que me observa… la intensidad en esos ojos avellana que normalmente son cálidos y ahora están completamente negros… la forma en que sus manos se cierran en puños a los lados de su cuerpo como si estuviese luchando contra la urgencia de tocarme… me deja muy sorprendida.
¿Podría ser que le resultase atractiva?
Me recorre un calor que no tiene nada que ver con la temperatura y todo que ver con cómo se siente ser vista así. Aunque sea solo por un momento robado.
—Aiden —consigo decir finalmente, y mi voz sale más aguda de lo normal.
Su nombre en mis labios parece romper el hechizo. Parpadea. Sus ojos suben hacia mi cara. Pero vuelven a bajar. Un segundo más. Como si no pudiese evitarlo.
—Perdona —dice, y su voz sale ronca, rota—. Yo… mierda. Lo siento.
Y se marcha.
Rápido. Casi tropezando con sus propios pies. La cremallera se cierra con un sonido que parece demasiado fuerte en el silencio que deja.
Me quedo ahí paralizada.
Dios mío.
Aiden acaba de verme.
Medio desnuda.
Y la forma en que me miraba…
Como si no pudiese apartar la vista aunque lo intentase.
Me cubro la cara con las manos y respiro profundo intentando calmar el latido salvaje de mi corazón.
¿Qué está pasando entre nosotros?
No lo sé.
Pero quiero descubrirlo.
AIDEN
Regreso a la tienda para coger el silbato que me he olvidado en la mochila.
No ha pasado ni un minuto desde que me he marchado, por lo que asumo que Scarlett estará exactamente igual a como la he dejado, así que no pienso. Solo abro la cremallera y entro.
Y me quedo completamente paralizado.
Scarlett se gira para mirarme y verla me golpea como un tren de mercancías.
Está sin camiseta.
Sin sujetador.
Completamente desnuda de cintura para arriba.
El tiempo se detiene.
No puedo apartar la vista.
No puedo moverme.
No puedo hacer nada excepto mirarla.
Y joder.
Tiene los pechos más bonitos que he visto en mi vida.
No demasiado grandes. No demasiado pequeños.
Del tamaño perfecto para llenar mis manos y sé —joder, lo sé— que encajarían perfectamente en mis palmas.
La piel es pálida como el resto de ella con esas pecas sutiles que tiene esparcidas por todo el cuerpo.
Los pezones son rosados. Están duros por el aire fresco de la tarde.
Y ver esa curva perfecta me seca la boca y me acelera el corazón tan rápido que estoy seguro de que puede oírlo.
Son preciosos. Suaves. Hermosos.
Y quiero tocarlos.
Quiero poner mis manos en ellos y sentir su peso. Quiero poner mi boca en esos pezones y hacerla gemir. Quiero trazar con la lengua cada centímetro de esa piel pálida hasta memorizarla. Quiero arquearla hacia mí y oír mi nombre salir de sus labios mientras la devoro…
—Aiden.
Su voz me golpea como un balde de agua fría.
Parpadeo. Me obligo a mirar hacia arriba. A su cara. A esos ojos azules enormes que me miran con una mezcla de sorpresa y algo más que no puedo identificar.
Pero mis ojos vuelven a bajar.
Solos.
Sin permiso.
Un segundo más.
No puedo evitarlo.
—Perdona —consigo decir, y mi voz sale como si hubiese tragado vidrio—. Yo… mierda. Lo siento.
Salgo de la tienda tan rápido que casi me caigo. La cremallera se cierra torpemente bajo mis dedos que tiemblan, y en cuanto estoy afuera el aire fresco me golpea la cara, pero no me ayuda a tranquilizarme.
Nada me ayuda.
Porque la imagen está grabada en mi cerebro.
Scarlett. Desnuda. Perfecta. He podido verla durante un segundo robado.
Y mi polla está tan dura que me duele.
Presiona contra los vaqueros exigente y obvia y si alguien me ve ahora va a saber exactamente lo que acaba de pasar.
Así que me alejo del campamento. Camino hacia los árboles.
Hacia cualquier sitio donde pueda tener un minuto para procesar lo que acabo de ver sin que treinta niños y cinco compañeros de trabajo sean testigos de mi colapso mental.
Cuando estoy lo suficientemente lejos me apoyo contra un árbol y cierro los ojos.
Pero es una mala idea.
Porque todo lo que veo son sus pechos. La curva perfecta. Los pezones duros. La forma en que la luz entraba por la lona de la tienda y hacía brillar su piel.
La forma en que me ha mirado. Como si… como si no estuviese completamente horrorizada de que la hubiera visto desnuda.
Abro los ojos de golpe porque ese pensamiento es peligroso.
Demasiado peligroso.
Porque si empiezo a pensar que tal vez ella también siente algo, que tal vez la forma en que me miraba significa que…
No.
Para.
Ella está prometida. Va a casarse con otro. Y yo acabo de verla medio desnuda sin permiso como un completo gilipollas que no sabe avisar antes de entrar a una tienda compartida.
Me paso las manos por el pelo tirando de él con frustración.
La erección sigue ahí. No se va. Porque mi cuerpo no entiende de moral o de promesas o de que esto está mal en todos los sentidos posibles.
Mi cuerpo solo sabe que acabo de ver a la mujer que amo desnuda.
Y quiere más.
Me ajusto los vaqueros intentando que la situación sea menos obvia. No funciona. Por supuesto que no funciona.
Respiro hondo. Una vez. Dos veces. Lo hago para que mi corazón vuelva a un ritmo normal y para que mi polla entienda que no va a conseguir lo que quiere.
Cuando finalmente me siento lo suficientemente dueño de mí mismo como para volver al campamento sin que todo el mundo se dé cuenta de mi estado, camino lentamente hacia las tiendas.
Y mientras me acerco me doy cuenta de que esta noche voy a tener que meterme en esa tienda con ella.
Voy a tener que dormir a centímetros de su cuerpo durante dos noches.
Sabiendo cómo se ve desnuda.
Sabiendo que si extiendo la mano puedo tocarla.
Sabiendo que nunca voy a poder borrar esa imagen de mi cabeza.
¿Cómo voy a hacer eso?
¿Cómo voy a estar tan cerca de ella sin volverme completamente loco?
No lo sé.
Pero voy a tener que intentarlo.
Porque la alternativa (decirle que no puedo dormir ahí, que necesito distancia, que acabo de verla y ahora no puedo pensar en otra cosa) revelaría demasiado.
Lo revelaría todo.
Y no puedo hacer eso.
Así que voy a fingir que no ha pasado nada. Voy a tumbarme en mi saco de dormir a centímetros de ella. Y voy a pasar la noche más larga de mi vida intentando no pensar en lo que he visto.
En lo que quiero.
En lo que nunca voy a tener.
Suspiro y miro hacia el campamento donde el resto del equipo está preparando la cena y los niños están jugando y todo parece normal.
Menos yo.
Yo estoy completamente jodido.
Las próximas dos noches van a ser una tortura.