CAPÍTULO 14
SCARLETT
Estoy al borde de un puente a cincuenta metros del suelo y lo único que puedo pensar es en que he cometido un error terrible.
El arnés me aprieta los muslos y la cintura con una presión que debería ser reconfortante pero que solo me recuerda que lo único que me separa de estamparme contra las rocas de abajo es una cuerda elástica y la promesa de un instructor que acaba de decirnos «divertíos» como si saltar al vacío fuese algo normal.
El viento me golpea la cara, trae el olor a río y a pino y me mete el pelo en la boca. Cometo el error de mirar hacia abajo y el estómago me da un vuelco tan violento que tengo que agarrarme a la barandilla con las dos manos.
Muy abajo. Demasiado abajo. El río parece una cinta plateada que serpentea entre las rocas y los árboles parecen briznas de hierba y la distancia es tan imposible que mi cerebro se niega a procesarla.
—¿En qué demonios estaba pensando? —susurro, y mi voz sale aguda y temblorosa.
—En que querías sentirte viva —responde Aiden a mi lado, y cuando me giro hacia él lo encuentro completamente tranquilo con su propio arnés puesto y esa sonrisa que normalmente me desarma pero que ahora me irrita porque ¿cómo puede estar tan calmado cuando estamos a punto de lanzarnos al vacío?
—He cambiado de opinión —digo, intentando dar un paso atrás, pero la cuerda conectada a mi arnés me detiene—. Esto es una locura. No puedo hacer esto. No voy a…
—Scarlett —me interrumpe Aiden, y su mano se cierra alrededor de la mía apartándola de la barandilla—. Mírame.
No quiero mirarlo. Quiero mirar a cualquier sitio menos a esos ojos avellana que me van a convencer de hacer algo que cada célula de mi cuerpo está gritándome que no haga.
Pero lo miro de todas formas.
Porque nunca he podido negarle nada.
—Estás bien —dice, y su pulgar acaricia el dorso de mi mano con movimientos circulares que deberían calmarme pero que solo me vuelven más consciente de dónde estamos y de lo que estamos a punto de hacer—. Yo estoy aquí. No te va a pasar nada.
—Me voy a morir —consigo decir—. Literalmente me voy a morir.
—No te vas a morir. La cuerda te va a sostener. Has visto cómo comprueban el equipo tres veces. Es completamente seguro.
—Eso es lo que dicen todos antes de que algo salga mal.
Se ríe. El muy idiota se ríe como si acabase de decir algo gracioso en lugar de expresar un miedo perfectamente racional a estamparme contra el suelo a velocidad terminal.
—Confía en mí —dice, y su otra mano se levanta para apartar un mechón de pelo que el viento me ha metido en la boca—. ¿Confías en mí?
Y ahí está la pregunta que lo cambia todo.
Porque sí. Confío en él. Confío en Aiden más de lo que he confiado en nadie en mi vida. Confiaría en él con cualquier cosa. Con todo. Con mi vida. Con mi corazón. Con cada parte rota de mí que he escondido del mundo durante veintitrés años.
—Sí —susurro—. Confío en ti.
—Bien. Entonces lo hacemos juntos. Saltamos juntos. A la de tres. ¿Vale?
Asiento, aunque las piernas me tiemblan tanto que no estoy segura de que me sostengan. Aiden aprieta mi mano con más fuerza y se coloca a mi lado en el borde. Tan cerca que nuestros brazos se rozan. Tan cerca que puedo sentir el calor que irradia de su cuerpo.
Y de repente no estoy tan aterrada.
Porque él está conmigo.
—Una —dice, y su voz es firme y segura y exactamente lo que necesito oír.
Respiro hondo. El aire entra ardiendo en mis pulmones y lo suelto temblando.
—Dos —continúa, y sus dedos se entrelazan con los míos con tanta firmeza que sé que no me va a soltar.
El corazón me late tan rápido que puedo oírlo en mis oídos. El mundo se reduce a su mano en la mía y el vacío delante de nosotros y el instante suspendido antes de que todo cambie.
—¡Tres!
Y saltamos.
El suelo desaparece bajo mis pies y durante un segundo eterno no hay nada. Solo aire. Solo vacío. Solo la sensación de caer que me sube cada órgano hacia la garganta.
Grito.
Grito tan fuerte que me duele la garganta pero el sonido se pierde en el viento que me golpea la cara y me roba el aliento y me llena los ojos de lágrimas.
El mundo se vuelve un borrón de verde y azul y gris girando a mi alrededor a una velocidad imposible.
El estómago se me revuelve una y otra vez.
Las piernas patalean buscando algo sólido que no existe.
Pero la mano de Aiden sigue ahí.
Apretando la mía con tanta fuerza que casi duele.
No me ha soltado.
Y en ese momento, cayendo hacia el río que se acerca demasiado rápido, con el viento aullando en mis oídos y el terror puro bombeando por mis venas, algo cambia.
El miedo sigue ahí. Pero también hay otra cosa.
Libertad.
Alegría salvaje y cruda.
La sensación de estar del todo viva.
Con él me atrevo a cualquier cosa.
El pensamiento llega claro y perfecto mientras caemos. Con Aiden puedo hacer esto. Puedo saltar al vacío. Puedo dejar Connecticut. Puedo vivir estas semanas robadas. Puedo ser valiente aunque me esté muriendo de miedo.
Porque él está a mi lado.
Porque confío en él.
Porque cuando estoy con él siento que puedo ser la versión de mí misma que siempre quise ser.
El amor es esto.
La idea me golpea con más fuerza que la caída.
Un salto de fe al vacío.
No sabes si vas a sobrevivir. No sabes si la cuerda va a aguantar. No sabes qué hay al otro lado. Pero saltas de todas formas porque no hacerlo sería peor. Porque quedarte en el borde observando es peor que arriesgarlo todo.
Y yo lo he arriesgado todo viniendo aquí.
He saltado.
Aunque este amor no sea correspondido.
La verdad duele más que el aire que me corta la cara.
Aunque él solo me vea como amiga.
Más que el vértigo que me marea.
Aunque en unas semanas tenga que dejarlo.
Más que saber que el suelo se acerca y que esto va a terminar.
Sé que jamás voy a sentir algo más fuerte que esto.
Más puro que esto.
Más real que esto.
Amo a Aiden Wellington con cada parte de mí que importa. Lo amo de una forma que no tiene vuelta atrás. Lo amo sabiendo que me va a destrozar cuando me vaya. Lo amo aunque sé que él nunca va a amarme de la misma forma.
Pero no me arrepiento.
Porque esto (estos momentos, estas semanas, este salto al vacío con su mano en la mía) es todo lo que soy. Todo lo que tengo. Todo lo que voy a llevarme cuando me case con un hombre que no hace que mi corazón se dispare así.
La cuerda se tensa de golpe y el mundo cambia de dirección tan bruscamente que grito otra vez. Mi cuerpo se sacude hacia arriba rebotando como un yoyó y el estómago se me queda muy abajo mientras subo y después caigo de nuevo. Arriba. Abajo. Oscilo sobre el río que ya no parece tan lejano.
Y entonces me río.
Una risa histérica y salvaje que sale de algún lugar profundo en mi pecho mezclada con lágrimas que el viento me arranca de las mejillas.
Estoy llorando y riendo al mismo tiempo colgando sobre un río con Aiden a mi lado que también se está riendo con esa risa contagiosa que haría cualquier cosa por escuchar todos los días del resto de mi vida.
—¡Lo hemos hecho! —grito, aunque no sé si me oye por encima del viento.
Pero me está mirando con una sonrisa enorme y la intensidad que veo en sus ojos me sacude el corazón de un modo que no tiene nada que ver con la caída.
Nos izan de vuelta al puente con un sistema de poleas que me castiga los músculos con cada tirón. Cuando mis pies tocan suelo sólido las piernas se me doblan y tengo que agarrarme a la barandilla para no caerme.
Aiden está a mi lado quitándose el arnés con movimientos eficientes mientras yo todavía intento recordar cómo funcionan mis extremidades.
Cuando termina con el suyo se gira hacia mí y empieza a soltar las hebillas de mi arnés con dedos que no tiemblan en absoluto mientras que los míos siguen temblando como si tuviese hipotermia.
—¿Cómo te sientes? —pregunta, y su voz suena más ronca de lo normal.
—Viva —consigo decir, y mi voz sale entrecortada entre risa y algo que se parece peligrosamente a un sollozo—. Me siento viva.
Sonríe. Esa sonrisa torcida con la que me olvido de respirar incluso ahora, cuando el corazón todavía me late como un loco, me sudan las manos y cada terminación nerviosa me grita que acabo de cometer una locura.
—Eso es lo que quería —dice.
Y yo lo miro (su pelo despeinado por el viento, sus ojos brillando con la adrenalina residual, esa expresión en su cara que hace que parezca más joven y más libre) y pienso lo que no puedo decir en voz alta.
Contigo me siento viva.
Más viva de lo que me he sentido nunca.
Más viva de lo que me volveré a sentir cuando tenga que dejarte.
Pero no digo nada de eso.
Solo sonrío y dejo que me quite el arnés y finjo que mi corazón no se está rompiendo un poco más con cada segundo que pasa.
Porque esto es lo que tengo.
Este momento. Esta sonrisa. Esta sensación de haber saltado al vacío con él.
Y cuando todo lo demás desaparezca, cuando vuelva a Connecticut y me case con Julian y mi vida deje de ser mía, voy a tener esto.
Voy a tener el recuerdo de un día en que fui lo suficientemente valiente como para saltar.
Y eso va a tener que ser suficiente.