CAPÍTULO 13
SCARLETT
El camino de vuelta al apartamento de Aiden transcurre en silencio.
Miro por la ventanilla cómo los árboles pasan borrosos mientras Aiden conduce, y lo único que puedo hacer es intentar contener el nudo que se me ha formado en la garganta desde que salimos de la casa de los Wellington.
Porque acabo de pasar las últimas horas viviendo algo que pocas veces experimento.
Lo que es estar con una familia real.
Dorothy me ha abrazado como si fuese su hija.
No con ese abrazo educado y medido que mi madre me da en eventos públicos, sino con fuerza, con calidez, con ese tipo de amor que no necesita palabras.
Sage me ha tratado como si fuésemos amigas de toda la vida.
Iris ha conectado conmigo al instante, hablando de creatividad, arte y sueños sin juzgar ninguno.
Lauren me ha sonreído con esa dulzura genuina de alguien que sabe lo que es luchar por lo que quiere.
Ellie me ha hecho reír con sus historias de Hollywood hasta que me dolió el estómago.
Y Luna.
Luna me ha preguntado si iba a ser su nueva tía con esa inocencia brutal que no sabe que cada palabra es un cuchillo que se me clava en el pecho.
Porque la respuesta es no.
Nunca voy a ser la tía de Luna. Nunca voy a formar parte de esa familia.
Nunca voy a sentarme en esa mesa todos los domingos comiendo el asado de Dorothy mientras Cole y Liam discuten sobre política local y Henry intenta mediar y Aiden me mira desde el otro lado con esa sonrisa que hace que se me olvide respirar.
Nunca.
Y me duele tanto que tengo que morderme el labio para no llorar aquí mismo en el asiento del copiloto de su camioneta.
—¿Estás bien? —pregunta Aiden, y su voz rompe el silencio que se ha instalado entre nosotros.
—Sí —miento, sin apartar la vista de la ventanilla—. Solo estoy un poco cansada.
—Scarlett.
La forma en que dice mi nombre me obliga a mirarlo. Hay un punto en su tono, suave pero insistente, que me dice que sabe que estoy mintiendo.
—Estoy bien —repito, intentando que mi voz suene convincente—. De verdad.
—No me mientas —dice, y ahora hay firmeza en sus palabras—. Te conozco. Sé cuando algo va mal.
Por supuesto que lo sabe.
Lleva años conociéndome, años viendo a través de todas las máscaras que me pongo, años siendo la única persona con la que puedo ser yo misma.
Y ahora me está mirando con esos ojos color avellana, esperando que le diga la verdad.
Pero no puedo decirle la verdad.
No puedo decirle que me he pasado las últimas horas enamorándome de su familia casi tanto como estoy enamorada de él.
No puedo decirle que cada minuto en esa mesa ha sido una tortura porque he visto todo lo que nunca voy a tener.
No puedo decirle que cuando su madre me ha abrazado he tenido que contener las lágrimas porque nunca nadie me abraza así.
No puedo decirle que he fantaseado durante toda la comida con un mundo donde soy parte de esa familia.
Donde me siento en esa mesa no como invitada sino como alguien que pertenece ahí.
No puedo decirle ninguna de esas cosas.
Así que me quedo callada y rezo para que lo deje pasar.
Aparcamos frente al parque de bomberos y subimos las escaleras en silencio. Cuando entramos al apartamento voy directa hacia mi habitación porque necesito estar sola, necesito procesar todo esto sin tener que fingir delante de él, pero su mano en mi brazo me detiene antes de que pueda escapar.
—Scarlett —dice, y el contacto de su piel contra la mía me eriza cada terminación nerviosa—. Por favor. Dime qué te pasa.
Me giro hacia él y lo encuentro tan cerca que puedo ver las motas doradas en sus ojos, la preocupación en su expresión, lo mucho que le importa de verdad, y eso lo vuelve todo mucho peor.
—No es nada —intento otra vez, pero mi voz se quiebra en la última palabra y eso me delata.
—No es nada —repite, y suena casi dolido—. Scarlett, llevas todo el camino de vuelta a punto de llorar. Así que no me digas que no es nada.
Tiene razón.
Por supuesto que tiene razón.
—Vale —digo finalmente, y me suelto de su agarre para caminar hacia el sofá porque no puedo tener esta conversación de pie.
Me siento y él me sigue. Deja espacio entre nosotros, pero se gira hacia mí. Espera. Me da tiempo.
No puedo decirle lo que me pasa.
Así que decido contarle otra verdad. Una mucho más segura.
Una que también me está carcomiendo aunque no sea la principal.
Respiro hondo. Una vez. Dos veces. Busco las palabras correctas, las que puedo decir sin revelar lo que siento por él.
—¿Cómo voy a escribir una buena novela si nunca he vivido? —suelto finalmente, y las palabras salen más rotas de lo que pretendía.
Aiden parpadea.
—¿Qué?
—Nunca he vivido, Aiden —continúo, y ahora que he empezado no puedo parar—.
Toda mi vida ha sido controlada. Planificada.
Cada minuto de cada día decidido por otra persona.
He ido a los colegios correctos. He estudiado lo correcto.
He conocido a la gente correcta. He sonreído cuando debía sonreír.
He callado cuando debía callar. He sido la hija perfecta.
Me tiembla la voz pero sigo.
—Pero nunca he hecho nada loco. Nada espontáneo.
Nada salvaje. Nunca he tomado una decisión solo porque yo quería tomarla.
Y ahora se supone que debo escribir sobre personajes que viven, que sienten, que hacen cosas impulsivas y apasionadas.
Pero ¿cómo voy a escribir sobre eso si yo nunca lo he vivido de verdad?
El silencio que sigue es tan denso que puedo sentirlo presionando contra mi piel.
Aiden me mira con tal intensidad que tengo que apartar la vista. Puedo sentir su mirada en mi perfil, cómo procesa cada palabra que acabo de decir, cómo ve cosas que tal vez nunca había visto antes.
—Eso tiene solución —dice finalmente, y su voz es tan segura que tengo que mirarlo.
—¿Ah sí?
—Claro —responde, y entonces sonríe. Esa sonrisa torcida que me desarma—. Hacemos una lista.
—¿Una lista?
—De todas las cosas locas que quieres hacer. Y las hacemos. Todas. Antes de que te vayas.
Las palabras me golpean el pecho como un puñetazo.
Antes de que te vayas.
Es un recordatorio brutal de que esto es temporal. De que en unas semanas voy a tener que volver. De que este paréntesis en mi vida tiene fecha de caducidad.
Pero también hay esperanza en sus palabras. La promesa de que estas semanas que me quedan no tienen que ser solo observar su vida. Pueden ser vivir la mía.
—¿De verdad? —pregunto, y mi voz sale baja.
—De verdad —confirma, y se levanta del sofá para buscar papel y bolígrafo en la cocina.
Vuelve con ambas cosas y se sienta más cerca esta vez. Lo suficiente cerca como para que nuestras rodillas se rocen cuando se gira hacia mí. Lo suficiente cerca como para que pueda oler su colonia mezclada con el olor a pino que siempre lo acompaña.
—Vale —dice, bolígrafo en mano—. Dime. ¿Qué quieres hacer?
Y de repente me quedo en blanco.
Porque hay tantas cosas que nunca he hecho, tantas experiencias que me han negado, tantos momentos que he perdido siendo la heredera perfecta.
Pero ahora que tengo que decirlas en voz alta, ahora que Aiden está aquí mirándome con esos ojos llenos de determinación esperando que le dé una lista de sueños, no sé por dónde empezar.
—No sé —admito finalmente—. Hay tantas cosas…
—Entonces empieza por una —dice con paciencia—. La primera que se te ocurra.
Lo pienso durante un momento. Y entonces la idea llega clara y perfecta.
—Quiero irme de viaje —digo—. Sin destino.
Aiden levanta las cejas.
—¿Sin destino?
—Sin destino —confirmo, y ahora las palabras empiezan a fluir más fácil—.
Toda mi vida he viajado en vuelos privados a hoteles de cinco estrellas con itinerarios planificados hasta el último minuto.
Quiero lo contrario. Quiero alquilar una autocaravana y solo…
conducir. Parar donde queramos. Dormir donde nos pille la noche.
Sin saber dónde vamos a estar al día siguiente.
Algo en la expresión de Aiden cambia cuando digo «queramos» y «nos». Como si acabase de darse cuenta de que estoy asumiendo que va a venir conmigo, de que no he considerado otra opción.
—Sin hoteles de lujo —dice, y una sonrisa le crece en los labios—. Sin personal de servicio. Sin reservas.
—Exacto —respondo, y puedo sentir cómo mi propia sonrisa empieza a formarse—. Solo nosotros y la carretera.
Aiden escribe en el papel con letra clara: Viaje sin destino en autocaravana.
—¿Qué más? —pregunta sin levantar la vista.
Respiro hondo y busco el valor para decir la siguiente.
—Quiero saltar en paracaídas.
Esta vez Aiden sí levanta la vista. Me mira con una mezcla de sorpresa y admiración que hace que me sienta orgullosa durante medio segundo antes de que el miedo real de lo que acabo de decir me golpee.
—Eso es fuerte —dice finalmente—. ¿Estás segura?
Y ahí está. La pregunta que hace que mi valentía artificial se desmorone.
—Bueno… —empiezo, mordiéndome el labio—. La verdad es que me aterra. Probablemente me echaría atrás en el último segundo. Probablemente ni siquiera conseguiría subirme al avión.
Aiden se ríe. Es un sonido bajo y cálido que me suelta la tensión del pecho.
—¿Puenting entonces? —sugiere—. ¿Qué tal te suena?
Puenting.
Saltar de un puente atada con una cuerda elástica confiando en que no voy a estamparme contra el suelo.
Sigue dando miedo. Pero es más alcanzable que lanzarme de un avión.
—Mejor —admito—. Pero todavía aterrador.
—Por eso es perfecto —dice Aiden, y hay algo en su expresión que me cierra la garganta—. Lo haremos juntos.
Esas tres palabras se me quedan dentro.
Lo haremos juntos.
No «lo harás». Sino «lo haremos».
Como si mis sueños locos fuesen también los suyos.
—Gracias —susurro, porque no confío en que mi voz salga normal si hablo más alto.
Aiden escribe: Puenting.
Y entonces me mira con esa sonrisa traviesa que significa problemas.
—¿Qué más? Vamos. Dame algo realmente loco.