Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Puedo verlo en su cara, en cómo observa cada interacción: cómo sonríe cuando Liam y Henry empiezan una discusión amistosa sobre política local, cómo se ríe cuando Cole suelta un comentario sarcástico y Lauren le pega en el brazo, cómo se le suaviza la cara cuando ve a mi madre servir más comida en el plato de mi padre con un cariño de cuarenta años de matrimonio.

Esto es lo que ella nunca ha tenido.

Una familia real. Amor sin condiciones. Un lugar donde puede ser ella misma sin tener que medir cada palabra.

Y puedo ver cómo se enamora un poco de todo esto: de mi familia, de esta vida, de la posibilidad de algo distinto.

Y me encanta.

Sage se inclina hacia delante, llamando la atención de Scarlett.

—Por cierto, el próximo fin de semana es el campamento de verano del pueblo. Los del parque de bomberos van a ir para enseñar a los niños sobre prevención de incendios y seguridad. Deberías ir. Sería perfecto para tu libro.

Los ojos de Scarlett se iluminan.

—¿En serio? Eso sería increíble.

—Es bastante informal —añado—. Pasamos el fin de semana en el lago. Hacemos demostraciones. Enseñamos a los niños cosas básicas. Hay fogatas por la noche.

—Me encantaría —dice Scarlett, y entonces me mira con una expresión que me deja sin palabras—. Aunque debería preguntarte si no te importa que me meta en cada rincón de tu vida.

Está bromeando.

Lo sé porque está sonriendo de esa forma juguetona.

Pero las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas.

—Por mí puedes meterte en mi vida entera.

El silencio que sigue a mis palabras es absoluto.

Todos en la mesa dejan de hablar. Todos los tenedores se quedan suspendidos en el aire. Todos los ojos se giran hacia mí.

Y me doy cuenta demasiado tarde de lo que acabo de decir.

De cómo ha sonado.

Como una confesión de todo lo que llevo años intentando no decir.

Cole levanta las cejas. Liam aprieta la mandíbula. Sage sonríe como si acabase de confirmar algo que ya sabía. Iris parece a punto de estallar de emoción. Lauren intercambia una mirada significativa con Cole. Mis padres se miran entre ellos con una expresión que no puedo descifrar.

Y Scarlett está roja hasta las orejas, con la mirada clavada en el plato como si fuese lo más interesante del mundo.

Mierda.

Mierda, mierda, mierda.

—Yo… —empiezo, pero no sé cómo terminar esa frase.

Y entonces Luna, bendita Luna con su inocencia, rompe el silencio.

—¿Scarlett va a ser mi nueva tía?

El silencio se vuelve más pesado.

Lauren se pone pálida.

—Luna, cariño…

Pero Luna no se da cuenta de que ha dicho algo tenso. Está mirando a Scarlett con genuina curiosidad.

—Porque tío Aiden dijo que puede meterse en toda su vida. Y eso es lo que hacen las tías, ¿no? Tía Sage está en toda la vida de tío Dominic.

Hay algunas risas incómodas alrededor de la mesa.

Mi madre se levanta con una eficiencia que solo ella puede lograr cuando está salvando una situación.

—Aiden, ¿me ayudas a traer el postre?

No es una pregunta.

Es una orden disfrazada de petición.

—Claro, mamá.

Me levanto tan rápido que casi tiro la silla, agradecido por la excusa de escapar, y sigo a mi madre hacia la cocina.

En cuanto la puerta se cierra detrás de nosotros, ella se gira hacia mí con los brazos cruzados.

—Esa chica te tiene enamorado hasta los huesos.

No es una pregunta. Es una afirmación.

Y no tiene sentido mentirle a Dorothy Wellington. Nunca lo ha tenido.

—Mamá.

—No me mientas, Aiden Christopher Wellington. Te he parido. Y nunca te había visto mirar a alguien así.

Me revuelvo el pelo en busca de palabras que no existen.

—¿Tan obvio es?

—Para mí sí. Para tu padre también. Probablemente para todos tus hermanos.

Genial.

—Está prometida, mamá.

—Lo sé.

—Con otro hombre.

—También lo sé.

Ella suspira, se acerca y me pone una mano en la mejilla de esa forma que solo saben las madres.

Mi madre me mira durante un largo momento, y hay tanta compasión en sus ojos que duele.

—Deberías mantenerte alejado de ella.

—Lo intento.

—No lo suficiente. La has traído a vivir contigo.

—Es por su libro.

Mi madre no dice nada, pero su expresión habla por ella. No me cree.

—Mamá, lo tengo controlado.

—¿Ah sí? ¿Igual que acabas de tenerlo controlado ahí fuera cuando le has dicho delante de toda la familia que puede meterse en tu vida entera?

Cierro los ojos.

—Ha sido sin querer.

—Nada es sin querer cuando estás enamorado, hijo. Las palabras salen porque necesitan salir.

—No puedo decírselo. Está prometida. No sería justo.

—No —confirma mi madre—. No sería justo. Para ninguno de los dos. Y por eso mismo deberías pedirle que se vaya antes de que esto se vuelva más complicado.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué no?

—Porque —las palabras se me atoran en la garganta—. Porque cuando se vaya va a casarse con otro. Y estas semanas son todo lo que voy a tener. Y sé que es egoísta. Sé que probablemente estoy haciendo que todo sea peor. Pero no puedo pedirle que se vaya. No todavía.

Mi madre suspira y es un sonido lleno de preocupación maternal.

—Crees que puedes controlarlo. Que puedes tenerla cerca y estar bien. Pero nadie puede contenerse cuando está enamorado, Aiden. Nadie. Y un día de estos vas a hacer o decir algo que no puedas retirar. Y entonces ¿qué?

No tengo respuesta para eso.

—¿Y si ya es demasiado tarde? —pregunto finalmente.

—¿Para qué?

—Para no salir herido de esto.

Mi madre me abraza, y durante un momento vuelvo a tener diez años y ella es la única persona que puede hacer que todo esté bien.

Excepto que esta vez no puede arreglar nada.

—Entonces solo puedo estar aquí cuando esto termine —dice contra mi pelo—. Porque va a terminar, cariño. Ella va a volver con su prometido. Y tú vas a tener que encontrar la forma de seguir adelante.

Se aparta y me mira a los ojos.

—Pero quiero que sepas algo. Esa chica es maravillosa. Siempre que la traes me parece encantadora. Dulce. Real. Se nota que se preocupa por ti. Y si las circunstancias fuesen diferentes, si ella no estuviese comprometida, sería perfecta para ti.

Las palabras se clavan en mi pecho como cuchillos.

—Pero lo está.

—Lo está —confirma mi madre.

Nos quedamos ahí en silencio durante un momento, y entonces mi madre vuelve a la acción y coge la tarta que ha preparado.

—Venga. Volvamos antes de que piensen que te estoy regañando.

—Me estabas regañando.

—Bueno, sí. Pero no tienen por qué saberlo.

Volvemos al comedor donde la conversación ha continuado, menos tensa que cuando me fui. Scarlett está hablando con Iris y Sage, riendo por algo que han dicho, y cuando me ve su sonrisa se hace más pequeña.

Más cautelosa.

Como si también se hubiese dado cuenta de que algo ha cambiado con mi comentario.

El resto de la comida pasa en un borrón. Hay postre. Hay café. Hay más conversación. Los niños juegan en el jardín. Los adultos nos movemos al porche donde el aire es más fresco.

Y en todo momento soy dolorosamente consciente de dónde está Scarlett. De cómo encaja con mi familia como si siempre hubiese pertenecido aquí. De cómo mi madre tiene razón.

No puedo controlar esto.

Ya no.

Cuando finalmente nos despedimos, mi madre abraza a Scarlett un poco más fuerte de lo normal.

—Cuídate, cariño —dice, y hay un significado oculto en esas palabras que solo ella y yo entendemos.

En la camioneta de vuelta, ninguno de los dos habla.

El silencio se extiende entre nosotros como un abismo que no sé cómo cruzar.

Porque mi comentario todavía está ahí, flotando en el aire.

Por mí puedes meterte en mi vida entera.

Y ambos sabemos que no debería haberlo dicho.

Pero ya no puedo retirarlo.

Y no estoy seguro de que, aunque pudiese, quisiera hacerlo.