Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

AIDEN

El camino a casa de mis padres dura veinte minutos que paso pendiente de cada respiración que Scarlett toma en el asiento del copiloto.

Desde lo que ha pasado esta mañana no hemos hablado del tema. Hemos desayunado en un silencio incómodo que ninguno de los dos ha sabido cómo romper. Y ahora vamos de camino a la comida familiar donde voy a tener que fingir que todo es normal delante de mi familia entera.

Delante de gente que me conoce demasiado bien.

—¿Estás nerviosa? —pregunto, porque necesito llenar el silencio con algo que no sea el recuerdo de su piel contra la mía.

Scarlett se gira hacia mí con una sonrisa pequeña.

—Un poco. Hace mucho que no veo a tu familia.

—Te adoran. Siempre lo han hecho.

Y es verdad. Desde la primera vez que la traje a casa (hace años, cuando ella todavía estaba en la universidad y yo acababa de graduarme) mi familia la recibió como si fuese una más.

Mi madre la abrazó como abraza a sus propios hijos.

Mis hermanos bromearon con ella sin filtros.

Incluso mi padre, que no es precisamente efusivo, sonrió más de lo normal.

—Además —añado, intentando aligerar el ambiente—, van a estar todos tan ocupados peleándose entre ellos que ni siquiera van a prestarnos atención.

Ella se ríe, y el sonido me deshace un nudo en el pecho.

—¿Siempre es así?

—Imagina poner a Liam, que necesita controlar todo, en la misma mesa que Henry, que odia que lo controlen. Añade a Cole con su humor sarcástico. A mí intentando mediar. A Sage riéndose de todos nosotros. Y a sus parejas intentando mantener la paz. Es un caos.

—Suena perfecto —dice Scarlett, y hay un quiebro en su voz que me hace mirarla.

Está sonriendo, pero hay nostalgia en sus ojos. Esa expresión que se le escapa a veces cuando habla de lo que nunca ha tenido. Una familia ruidosa. Caos organizado. Amor sin condiciones.

Quiero decirle que podría ser suya. Que mi familia ya la ha adoptado aunque ella no se haya dado cuenta. Que hay un sitio para ella en esa mesa siempre que quiera ocuparlo.

Pero no digo nada.

Porque decirle eso haría que lo que siento por ella fuese demasiado evidente.

Aparco frente a la casa principal y ya puedo ver todos los coches. El todoterreno de Liam. La camioneta de Cole. El Jeep de Henry. El coche de Sage y Dominic con las sillitas de los niños en la parte trasera.

Todos están aquí.

—¿Lista? —pregunto, apagando el motor.

Scarlett respira hondo y asiente.

—Lista.

Bajamos de la camioneta y apenas hemos dado tres pasos cuando la puerta principal se abre y mi madre sale con los brazos abiertos.

—¡Scarlett! —Dorothy Wellington tiene esa habilidad de hacer que todo el mundo se sienta bienvenido con solo una sonrisa, y ahora mismo está usando toda su artillería pesada—. Qué alegría verte, cariño.

Mi madre envuelve a Scarlett en un abrazo que la hace desaparecer contra su pecho, y puedo ver cómo se derrite en él, cómo cierra los ojos un segundo más de lo necesario y cómo se le relajan los hombros de una forma que nunca le veo cuando habla de su propia familia.

—Gracias por invitarme, señora Wellington.

—Dorothy, por favor. Ya te he dicho mil veces que señora Wellington me hace sentir vieja —mi madre se aparta pero mantiene las manos en los hombros de Scarlett, estudiándola con esa mirada de madre que lo ve todo—. Estás más delgada. ¿Aiden te está alimentando bien?

—Mamá.

—Es una pregunta legítima. Sé cómo cocinas.

Scarlett se ríe y es un sonido genuino que hace que el resto de la tensión desaparezca de sus hombros.

—Me alimenta de maravilla. Aunque sus sándwiches de queso dejan mucho que desear.

Mi madre me lanza una mirada que dice claramente «te lo dije».

—Sabía que no debería haberte dejado salir de casa sin enseñarte a cocinar como es debido.

—Mamá, soy bombero. Entro en edificios en llamas. Creo que puedo sobrevivir sin saber hacer un soufflé.

—Y aun así quemas los sándwiches —añade Scarlett con una sonrisa que me dice que me está devolviendo la broma.

Mi madre se ríe y le pasa un brazo por los hombros y la guía hacia la casa.

—Ven, cariño. Cuéntame cómo va ese libro que estás escribiendo. Aiden me ha contado que es sobre bomberos.

Las veo entrar juntas y me quedo ahí de pie un instante más de la cuenta, procesando la escena que acabo de presenciar.

Scarlett encaja aquí.

Encaja con mi madre, con mi familia, con esta vida.

Y eso lo vuelve todo mucho más difícil.

Cuando entro a casa el ruido me golpea como siempre lo hace. Voces superpuestas. Risas. El sonido de niños corriendo por todos lados. El olor a comida casera que sale de la cocina.

Hogar.

Esto siempre ha sido hogar.

Encuentro a Scarlett en el salón rodeada de mi familia como si fuese el centro de un tornado.

Iris está a su lado hablando animadamente sobre algo, gesticulando con las manos de esa forma caótica que tiene.

Sage se ha unido a la conversación y las tres parecen haber conectado al instante.

Lauren está sentada en el sofá con una mano en su vientre abultado, sonriendo mientras las escucha.

Y Ellie, a pesar de ser actriz de Hollywood acostumbrada a cualquier situación social, parece encantada de verdad de estar ahí.

Luna aparece corriendo de algún lugar de la casa y se lanza directamente hacia Scarlett.

—¡Tú eres la escritora!

Scarlett se agacha para quedar a su altura, y puedo ver cómo su expresión entera se suaviza.

—Así es. ¿Y tú eres Luna?

—Sí. Mamá dice que estás escribiendo un libro sobre bomberos como mi tío Aiden.

—Exacto. ¿Tú qué quieres ser cuando seas mayor?

Luna se lo piensa durante un segundo, muy seria.

—Todavía no lo sé. Pero algo importante.

—Estoy segura de que lo serás.

Y lo dice con tanta sinceridad, sin condescendencia, que hace sonreír a Luna de oreja a oreja, mientras Lauren me mira con una expresión que dice «me gusta ella».

Los sobrinos de Dominic, Ethan y Emma, observan desde la distancia con esa timidez típica de su edad. Pero Emma, la más extrovertida de los dos, al final se acerca y le pregunta a Scarlett si puede leerle uno de sus libros algún día.

—Por supuesto —responde Scarlett—. Cuando lo termine, serás la primera en leerlo.

Y Emma se ilumina.

Cole aparece a mi lado con una cerveza en la mano y otra que me ofrece.

—Tu chica es un éxito.

—No es mi chica.

—Lo que tú digas, hermano.

Liam se une a nosotros, con Iris colgada de su brazo de una forma que todavía me sorprende ver. Mi hermano mayor, el hombre más serio y controlado que conozco, derretido por una mujer que lee tarot y cree en cristales.

—Scarlett parece estar en su elemento —comenta Liam.

—Le gusta la gente real —respondo sin pensar—. No está acostumbrada a eso.

Mis hermanos intercambian una mirada que no sé interpretar pero que me hace ponerme tenso.

—¿Qué?

—Nada —dice Cole, pero está sonriendo de una forma que significa que definitivamente sí que es algo.

Henry aparece con Ellie, que a pesar del embarazo sigue teniendo ese aire de estrella de cine que hace que destaque en cualquier habitación. Pero aquí con mi familia ruidosa y caótica, parece más relajada que en las fotos que he visto de ella en alfombras rojas.

—¿Esta es la famosa Scarlett? —pregunta Henry, y la calidez en su voz hace que me relaje un poco.

—La misma.

—Ellie estaba deseando conocerla. Dice que cualquier mujer que aguante vivir contigo durante semanas merece una medalla.

—Muy gracioso.

Pero Henry está sonriendo, y es bueno verlo así. Después de todo lo que le pasó (el accidente, la pérdida de Dylan, los años de aislamiento), verlo de nuevo integrado en la familia, enamorado, esperando un hijo… es un recordatorio de que las cosas pueden cambiar. De que no todo está perdido.

Aunque mi situación sea diferente.

Mi padre aparece desde su despacho, y aunque no es tan efusivo como mi madre, saluda a Scarlett con un apretón de manos firme y una sonrisa discreta que en él es equivalente a un abrazo.

—Me alegro de verte, Scarlett.

—Gracias por recibirme, señor Wellington.

—Daniel, por favor.

Sage se acerca y prácticamente arranca a Scarlett de la conversación para presentarle formalmente a Dominic, que hasta ahora había estado observando desde la distancia con esa expresión seria que tiene cuando está evaluando a alguien.

—Dominic Kane —se presenta, ofreciendo la mano—. He oído hablar mucho de ti.

—Scarlett Walton. Espero que cosas buenas.

—Mayormente —responde Dominic con el más mínimo atisbo de humor en su voz, y Sage le da un codazo en las costillas.

—No le hagas caso. Tiene sentido del humor pero lo esconde muy bien.

Todos nos movemos hacia el comedor donde mi madre ha preparado suficiente comida para alimentar a un ejército. Es lo que siempre hace cuando toda la familia está junta. Como si temiese que alguno de nosotros pudiese pasar hambre.

La mesa es enorme, tuvo que serlo siempre para acomodar a cinco hijos, pero ahora, con todas las parejas y los niños, está llena. Ruidosa, caótica, perfecta.

Me siento al lado de Scarlett, y ella está flanqueada por Iris en el otro lado.

Cole está frente a mí con Lauren a su lado.

Liam preside un extremo de la mesa con la autoridad inconsciente que tiene incluso en reuniones familiares.

Mi padre está en el otro extremo. Mi madre va y viene de la cocina trayendo fuentes de comida que huelen increíble.

—Esto es demasiado, Dorothy —dice Scarlett cuando ve la cantidad de comida.

—Tonterías. Nunca es demasiado cuando se trata de familia.

Y ahí está otra vez. Esa expresión en la cara de Scarlett. Ese anhelo apenas disimulado de algo que nunca ha tenido.

La comida empieza y las conversaciones se superponen de esa forma caótica que solo pasa cuando los Wellington están juntos.

Iris cuenta una historia sobre un cliente de la cafetería que terminó en desastre y tiene a toda la mesa riendo.

Lauren habla sobre los antojos del embarazo que están volviendo loco a Cole.

Ellie menciona lo surreal que es estar en Montana después de años en Los Ángeles.

Y Scarlett está fascinada.