Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

SCARLETT

Me despierto con la boca seca y el cerebro envuelto en algodón.

No sé qué hora es. Solo sé que necesito café con una urgencia que roza lo desesperado.

Me levanto de la cama con movimientos lentos, todavía medio dormida, y salgo de mi habitación sin pensar. El pasillo está bañado en esa luz suave de mañana de domingo, tranquila y dorada, y hay un silencio absoluto que me hace suponer que Aiden sigue durmiendo.

Camino descalza hacia la cocina con los ojos todavía entrecerrados, el pelo revuelto por los hombros y el pijama (unos pantalones de algodón y una camiseta vieja) arrugado de dormir.

Y entonces la puerta del baño se abre de golpe.

Y me choco directamente contra Aiden.

El impacto me despierta de golpe. Extiendo las manos por instinto para no caerme y mis palmas aterrizan sobre algo duro y liso.

Piel.

Piel mojada.

Tardo un segundo en procesar lo que estoy tocando.

Es su pecho.

El pecho de Aiden.

Desnudo.

Mis manos están extendidas sobre él, con los dedos separados, y bajo mis palmas puedo sentirlo todo.

El calor que irradia de su piel como si acabase de salir de una ducha hirviendo.

Las gotas de agua que resbalan bajo mis dedos, tibias y escurridizas.

La dureza de sus músculos, sólidos como piedra pero suaves al tacto.

Y su corazón. Puedo sentir su corazón latiendo bajo mi mano derecha, rápido y fuerte, bombeando contra mi palma como si estuviese intentando salirse de su pecho.

Levanto la vista despacio, todavía sin apartar las manos, y me encuentro con él.

Aiden me mira desde arriba con ojos oscuros que no reconozco.

Tiene el pelo mojado y algunas gotas de agua caen por su frente, por sus sienes, y bajan por su cuello hasta perderse en ese pecho que estoy tocando.

Solo lleva una toalla enrollada alrededor de las caderas.

Blanca. Baja. Tan baja que puedo ver la línea de músculos de su abdomen desapareciendo bajo la tela.

Tan baja que si bajase un centímetro más…

Me obligo a mirarlo a la cara.

Error.

Porque me está mirando la boca. Sus ojos están fijos en mis labios con una intensidad que hace que se me seque la garganta.

Su mandíbula está tensa. Los músculos de su cuello marcados.

Y hay algo en su expresión que nunca he visto antes.

Algo oscuro. Algo hambriento. Algo que carga el aire entre nosotros, denso y pesado.

Y entonces me doy cuenta de que mis manos siguen en su pecho.

Que no las he apartado.

Que llevo no sé cuánto tiempo tocándolo así, sintiendo cómo su piel arde bajo mis dedos, cómo su respiración se ha vuelto más pesada, cómo cada músculo de su cuerpo se ha tensado como si estuviese conteniendo algo.

Debería apartarme.

Sé que debería apartarme.

Pero no puedo moverme. No puedo hacer nada excepto sentir.

La textura de su piel. Suave pero al mismo tiempo áspera donde empieza a crecer vello en su pecho.

El calor. Dios, tanto calor que me quema las palmas.

El agua que sigue deslizándose bajo mis manos como si me estuviese invitando a explorar más, a bajar por esos abdominales, a seguir esa línea de vello que desaparece bajo la toalla.

Mi pulgar se mueve sin que le diga que lo haga. Un roce minúsculo contra su piel. Apenas un centímetro.

Pero él lo siente.

Lo sé porque inhala de golpe, un sonido ronco que viene de algún lugar profundo en su garganta, y sus manos se cierran en puños a los lados de su cuerpo como si estuviese luchando contra…

—Scarlett.

Mi nombre sale de sus labios como un gemido ahogado. Ronco. Roto.

Y el sonido me atraviesa como electricidad.

¿Qué estoy haciendo? No puedo permitir que descubra lo que siento por él.

Aparto las manos de un tirón y casi pierdo el equilibrio.

—Lo siento —las palabras salen atropelladas, demasiado agudas—. Yo no… no te había visto. Estaba… lo siento.

Doy un paso atrás. Después otro. Mi espalda choca contra la pared del pasillo y uso eso como impulso para girarme y volver a mi habitación.

No corro.

Pero casi.

Cierro la puerta detrás de mí y me apoyo contra ella con las piernas temblando. El corazón me late tan rápido y tan fuerte que puedo sentirlo en la garganta, en las sienes, en cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

Bajo la vista a mis manos.

Están temblando.

Y todavía puedo sentirlo. El calor de su piel grabado en mis palmas como una marca. La dureza de sus músculos. El latido de su corazón. Todo.

Cierro los ojos y lo veo de nuevo. De pie en el pasillo con solo esa toalla, el pelo mojado, las gotas de agua bajando por su pecho, por esos abdominales que he visto cientos de veces pero que nunca había podido tocar.

¿Saldría corriendo si supiese lo que siento por él?

No puedo arriesgarme. No puedo perderlo como amigo.

Es la persona más importante de mi vida y no voy a hacer ningún movimiento que me separe de él. El deseo que he creído ver en sus ojos, estoy segura, solo ha sido mi propia imaginación, que proyecta lo que yo deseo con todo mi ser.

Es imposible que Aiden me quiera como algo más que su mejor amiga.

¿Verdad?

AIDEN

Me quedo paralizado en mitad del pasillo con el agua todavía goteando de mi pelo y la piel ardiendo donde ella acaba de tocarme.

Sus manos.

Sus manos estaban en mi pecho.

Y yo solo podía desear que durase más. Que bajase las manos. Solo podía desear lo que no me corresponde.

Entro en mi habitación y cierro la puerta detrás de mí. Me apoyo contra ella con los ojos cerrados y los puños apretados.

Puedo sentirlas todavía.

Sus manos en mi piel. Pequeñas. Suaves. Cálidas. Presionaban contra mi pecho como si pudiesen sentir mi corazón latiendo bajo sus palmas. Y lo estaba. Latiendo tan rápido y tan fuerte que estoy seguro de que lo sintió. Que supo exactamente el efecto que tiene en mí.

La forma en que su pulgar se movió contra mi piel. Un roce mínimo. Quizá inconsciente.

Pero lo sentí como si me hubiese quemado.

Bajo la vista.

La erección presiona contra la toalla, tan obvia y tan jodidamente dolorosa que tengo que apretar los dientes para no gemir.

Esto es una locura.

No llevo ni una semana viviendo con ella y ya estoy a punto de explotar.

La veo cada mañana con el pelo revuelto y los ojos todavía somnolientos.

La escucho reír. Huelo su champú en mi sofá, en mi baño, en cada rincón de este apartamento.

Llevo una semana durmiéndome con el sonido de su respiración al otro lado de la pared.

Pero he sobrevivido.

Apenas. Pero he sobrevivido.

Pero esto…

Esto es diferente.

Porque ahora sé cómo se siente tenerla tocándome. Y no va a ser suficiente. Nada va a ser suficiente.

Me quito la toalla y la dejo caer al suelo. Me tumbo en la cama desnudo con la polla tan dura que me duele y cierro los ojos.

No es una buena idea.

Porque todo lo que veo son sus manos en mi pecho. La forma en que sus dedos se extendieron sobre mi piel. Cómo su pulgar se movió contra mí. Cómo me miraba con esos ojos llenos de algo que no me atrevo a nombrar porque si lo hago voy a volverme loco de atar.

No puedo más.

Bajo la mano y me agarro con fuerza. Un movimiento brusco que arranca un gemido de mi garganta porque tengo la polla tan sensible que cualquier roce es casi demasiado.

Empiezo a moverme y cada tirón de mi mano es una tortura y un alivio al mismo tiempo.

Me imagino que son sus manos las que me tocan.

Que no se apartó. Que en lugar de huir bajó las manos por mi pecho, explorando cada músculo, cada línea, hasta llegar aquí.

Me imagino cómo se sentiría tenerla envolviendo mi polla con esos dedos pequeños.

Cómo me miraría mientras lo hace. Cómo sonaría mi nombre en sus labios cuando vea lo que le hace.

Me imagino girándola contra la pared del pasillo, quitándole ese pijama que se le pega al cuerpo de una forma que me vuelve loco, deslizando las manos por su piel hasta hacerla gemir, tocándola hasta que grite mi nombre, metiéndome en ella hasta que olvide que existe alguien más.

Hasta que olvide que tiene que irse.

Hasta que olvide todo excepto esto.

Nosotros.

Aprieto más fuerte y acelero el ritmo. Mi mano resbala porque ya estoy goteando. Cada músculo de mi cuerpo tenso. La presión se acumula en la base de mi columna y sube, y sube, hasta que…

—Scarlett.

Su nombre sale de mi boca como un gemido roto justo cuando eyaculo. Caliente. Intenso. Manchándome el abdomen, el pecho, la mano.

Me quedo tumbado, jadeando. Con el corazón todavía disparado. La piel cubierta de sudor. Y la culpa me golpea como una ola.

Acabo de correrme pensando en ella.

En mi mejor amiga.

En la mujer que va a casarse con otro.

Y lo peor de todo es que no me arrepiento.

Lo peor es que si pudiese lo haría otra vez ahora mismo.

Lo peor es que sé que esto va a repetirse. Cada noche. Cada maldita noche hasta que se vaya.

Me obligo a levantarme. Cojo la toalla del suelo y me limpio con movimientos mecánicos. Me pongo unos vaqueros y una camiseta. Me paso las manos por el pelo todavía mojado.

Y todo el tiempo lo único en lo que puedo pensar es en ella.

En sus manos en mi pecho.

En cómo me miraba.

Me siento en el borde de la cama y me quedo mirando la pared que nos separa.

Diez centímetros de distancia.

Ella está ahí. Al otro lado. A lo mejor sigue procesando lo que acaba de pasar, avergonzada, convencida de que fue un accidente sin importancia.

Cuando para mí lo ha cambiado todo.

Porque ahora sé que no puedo seguir fingiendo que esto es sostenible. Que puedo pasar tres semanas más así. Que puedo dejarla ir cuando llegue el momento.

No puedo.

Y eso me va a destruir.