CAPÍTULO 10
SCARLETT
La alarma suena a las diez y media de la mañana del día siguiente, y esta vez no es un simulacro.
—¿Puedo ir? —pregunto, y mi voz sale más aguda de lo que pretendía.
Aiden se gira hacia mí mientras se pone la chaqueta.
—Sí. Pero te quedas en el camión. ¿Entendido?
Asiento y corro detrás de él.
El viaje dura diez minutos eternos. Aiden está sentado frente a mí en el camión, poniéndose el equipo con movimientos eficientes que ha hecho mil veces.
Guantes. Casco. Chaqueta reflectante. Su expresión ha cambiado por completo.
Ya no es el Aiden que bromea en la cocina.
Este es el profesional. El que va a salvar una vida.
Cuando llegamos a la escena, el estómago se me cierra.
El coche está volcado en la cuneta de la autopista. Sale humo del capó. Hay cristales rotos por todas partes. Y puedo oír a alguien gritando dentro.
El equipo se mueve como una máquina bien aceitada.
Morrison da órdenes. Marcus y Tyler estabilizan el vehículo.
Jake prepara el equipo de corte. Y Aiden se acerca al coche, se agacha junto a la ventana rota y habla con el conductor con voz firme y tranquilizadora que puedo oír incluso desde el camión.
—Hola, amigo. Me llamo Aiden. Soy bombero. Vamos a sacarte de aquí, ¿vale? Pero necesito que te quedes quieto. ¿Puedes hacer eso por mí?
La voz del conductor sale temblorosa.
—Me duele. Me duele mucho…
—Lo sé. Lo sé. Vamos a sacarte. Te lo prometo.
Y entonces empiezan a cortar el metal.
El sonido es horrible. Chirriante. Como si el coche estuviese gritando. Tardan veinte minutos que se me hacen años. Aiden no se aparta ni un segundo del conductor. Sigue hablándole, manteniéndolo consciente, calmándolo cuando el pánico lo invade.
Cuando por fin logran sacar al hombre y lo colocan en la camilla con cuidado extremo, puedo ver la sangre en el uniforme de Aiden. En sus manos. En su cara.
Y me doy cuenta de algo que me arranca el aire de los pulmones.
Esto es real.
El peligro es real.
Cada vez que suena esa alarma, cada vez que se pone ese uniforme, podría no volver. Y la idea de perderlo, no porque tenga que volver a Connecticut en unas semanas, sino porque este trabajo podría quitármelo en cualquier momento, me cierra la garganta de una forma que no esperaba.
Dos días después hay un incendio en el restaurante de Main Street.
No es grande (un fuego en la cocina que se descontroló), pero cuando llegamos ya hay humo saliendo por las ventanas y gente en la calle tosiendo y llorando.
Esta vez no me quedo en el camión. Morrison me deja estar en el perímetro de seguridad con mi libreta en la mano tomando notas que probablemente no tienen sentido porque lo único que puedo hacer es mirar la puerta del restaurante por donde Aiden acaba de entrar.
Con Jake.
Con Marcus.
Hacia el humo.
Hacia el fuego.
Los minutos se arrastran. El humo se vuelve más espeso. Puedo oír el agua de las mangueras. Gritos dentro del edificio. Y cada segundo que pasa sin verlo salir, el pánico me aprieta más fuerte el pecho.
Y entonces aparece.
Sale por la puerta con el casco bajo el brazo y la cara cubierta de hollín. Pero está sonriendo. Esa sonrisa torcida que conozco tan bien.
—Estoy bien, Walton —dice cuando me ve, como si pudiese leer en mi cara el miedo que acabo de pasar—. Solo he tragado un poco de humo. Nada grave.
Quiero correr hacia él. Quiero abrazarlo tan fuerte que no pueda respirar. Quiero gritarle que no vuelva a entrar nunca más en un edificio en llamas.
Pero no puedo.
Porque somos amigos.
Solo amigos.
Y los amigos no hacen eso.
Así que me quedo ahí de pie con mi libreta inútil en la mano y asiento como si estuviese bien. Como si no acabase de darme cuenta de que lo amo tanto que la idea de perderlo me está destrozando por dentro.
—Bien —consigo decir—. Me alegro.
Y él me mira de una forma extraña, como si pudiese ver a través de mí y supiese que estoy mintiendo.
Pero no dice nada.
Solo se gira y vuelve con su equipo para terminar el trabajo.
Y yo me quedo ahí, viendo cómo se aleja, sabiendo que cada día que paso aquí me cuesta más aceptar que voy a tener que dejarlo.
AIDEN
El viernes recibimos una llamada ridícula.
—Hay un gato atrapado en un árbol —anuncia Morrison con expresión seria, aunque todos sabemos que está intentando no reírse—. En Maple Street, número cuarenta y dos.
Jake estalla en carcajadas.
—¿En serio? ¿Vamos a hacer eso?
—Es una emergencia —responde Morrison con esa voz de capitán que no admite réplica—. Wellington, tú te encargas.
Por supuesto.
—¿Por qué siempre tengo que ser yo? —protesto.
—Porque eres el que mejor trepa —dice Jake con una sonrisa enorme.
Scarlett está sentada en la sala común con su libreta, intentando no sonreír. No lo consigue.
—¿Vas a burlarte de mí tú también? —le pregunto.
—Nunca —responde, pero sus ojos brillan con diversión—. Los rescates de gatos son muy importantes. Cruciales, diría yo.
—Os odio a todos.
Pero estoy sonriendo cuando subimos al camión.
La casa es una de esas construcciones antiguas de Sunset Valley con jardín enorme y un roble que tiene al menos cincuenta años. Y ahí, en una rama a unos cuatro metros del suelo, hay un gato blanco y negro bufando como si estuviese poseído.
La señora Henderson está al pie del árbol con las manos juntas como si estuviese rezando.
—¡Whiskers! —grita—. ¡Baja de ahí, gatito malo!
El gato la ignora del todo.
—Señora Henderson —digo, acercándome—. Voy a bajarlo. No se preocupe.
—Oh, gracias, hijo. Muchas gracias. Lleva ahí desde esta mañana y no sé qué hacer.
Jake está montando la escalera extensible contra el árbol mientras Marcus y Tyler se aseguran de que esté estable.
Scarlett está un poco apartada observando toda la escena, y cuando nuestras miradas se cruzan tiene esa expresión que me mata.
Como si estuviese viendo algo adorable y no pudiese evitar sonreír.
—Nuestro héroe —dice Jake cuando empiezo a subir—. Salvando gatitos de árboles peligrosos.
—Cállate, idiota.
Su risa me sigue mientras subo.
El gato me mira con ojos enormes cuando llego a su nivel. Está asustado, con las orejas hacia atrás, el pelo erizado.
—Hola, pequeño —digo con voz suave, extendiendo la mano despacio—. Vamos a bajarte de aquí, ¿vale? No voy a hacerte daño.
El gato bufa pero no me araña cuando lo cojo con cuidado. Lo sostengo contra mi pecho, sintiendo cómo tiembla, y bajo la escalera con movimientos lentos para no asustarlo más.
Cuando llego al suelo, la señora Henderson prácticamente me arranca el gato de las manos.
—¡Oh, Whiskers! ¡Mi bebé! —lo aprieta contra su pecho con lágrimas en los ojos—. Muchas gracias, hijo. Muchas gracias.
—No hay de qué, señora.
—Espera aquí —dice, y desaparece dentro de la casa con el gato todavía en brazos.
Jake está riéndose tan fuerte que tiene que apoyarse contra el camión.
—Eso ha sido épico. Épico de verdad.
—Me alegro de que te diviertas.
—¿Le has hablado al gato con voz de bebé?
—Vete a la mierda.
Scarlett se acerca con esa sonrisa todavía en la cara.
—Has sido muy dulce con él —dice.
—Era un gato asustado. ¿Qué querías que hiciese?
—Nada. Solo que… no sabía que tenías ese lado.
—Tengo muchos lados que no conoces, Walton.
Y en cuanto las palabras salen de mi boca me arrepiento. Porque lo he dicho en un tono demasiado íntimo. Demasiado cargado de significado sexual.
Ella me mira con una expresión extraña pero antes de que pueda decir nada, la señora Henderson vuelve con una caja de galletas caseras.
—Toma —dice, metiéndomela en las manos—. Es lo menos que puedo hacer.
—Gracias, señora. No hacía falta.
—Por supuesto que sí —insiste, y entonces mira a Scarlett de una forma que me hace ponerme tenso—. ¿Es tu novia? Hacéis una pareja preciosa.
El silencio que sigue es tan absoluto que puedo oír a Jake conteniendo la respiración detrás de mí.
—No —consigo decir, y mi voz sale más alta de lo normal—. Ella es… es mi amiga.
—Oh —la señora Henderson nos mira a los dos con esa expresión que ponen las personas mayores cuando saben algo que tú no sabes—. Pues deberías pedírselo, hijo. A mi edad sé reconocer el amor cuando lo veo.
Scarlett se pone completamente roja.
—Nosotros no… solo somos amigos.
—Si tú lo dices, querida —responde la señora con una sonrisa que deja claro que no nos cree—. Pues os estáis perdiendo algo muy bonito.
Y entonces vuelve a entrar en la casa dejándonos a todos congelados en el jardín.
—Bueno —dice Jake rompiendo el silencio—. Eso ha sido incómodo.
—Cállate.
—La señora Henderson tiene razón, ¿sabes? —continúa como si no hubiese hablado—. Hacéis buena pareja.
—Jake. Te juro que si no te callas…
—¿Qué? ¿Vas a pegarme? Adelante. Pero no cambia el hecho de que hacéis buena pareja.
No respondo.
Porque ¿qué coño voy a decir?
Subimos al camión en silencio. Scarlett está sentada frente a mí otra vez, mirando por la ventana, y puedo ver cómo se muerde el labio inferior como si estuviese nerviosa.
El viaje de vuelta dura diez minutos interminables.
Cuando llegamos al parque, Scarlett murmura algo sobre ir al baño y desaparece, dejándome solo con el equipo.
Y Jake, siendo Jake, no puede mantener la boca cerrada.
—Así que… —comienza con esa sonrisa que significa problemas—. ¿Cuándo vas a dejar de fingir que solo es tu amiga y le vas a decir la verdad?
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes. Estás enamorado de ella. Todo el mundo lo sabe. Excepto tal vez ella.
—Está prometida.
—¿Y?
—¿Cómo que y? No puedo…
Morrison entra en ese momento, salvándome de tener que terminar esa frase.
—Ya era hora de que tuvieses novia, Wellington —dice como si tal cosa, sirviéndose café.
Me quedo paralizado.
—¿Qué?
—Llevas dos años aquí —continúa Morrison como si estuviese hablando del tiempo—. Nunca te hemos visto con nadie. La gente estaba empezando a comentar.
—¿Comentar qué? —pregunto, aunque una parte de mí no quiere saber la respuesta.
Tyler, que hasta ahora había estado callado, decide que es el momento ideal para hablar.
—Mi hermana pensaba que eras gay.
El silencio que sigue es ensordecedor.
—¿QUÉ?
Jake estalla en carcajadas.
—No es algo malo, tío —dice entre risas—. Pero es que nunca sales con nadie. Nunca hablas de chicas. Nunca…
—No soy gay —interrumpo, y mi voz sale más alta de lo que pretendía.
—Lo sabemos —dice Marcus desde su rincón—. Ahora. Porque no puedes dejar de mirar a Scarlett como si quisieses comértela.
La sangre me sube a la cara tan rápido que me marea.
—Yo no la miro así.
—Wellington —Morrison me mira con esa expresión de padre decepcionado—. Te he visto. Todo el equipo te ha visto. Estás enamorado de esa chica hasta los huesos.
—Está prometida —repito, porque parece que nadie está entendiendo ese pequeño detalle.
—¿Y? —pregunta Jake otra vez.
—¿Cómo que y? ¿Qué queréis que haga? ¿Que le diga que la amo cuando va a casarse con otro en unos meses?
—Sí —responden los cuatro al unísono.
—Estáis todos locos.
—¿Por qué está aquí entonces? —pregunta Morrison.
—Por su libro.
Todo el equipo se ríe.
—Tío —dice Jake—. Nadie se viene un mes para investigar un libro.
—Especialmente cuando tiene una vida esperándola en Connecticut —añade Marcus.
—Y un prometido —termina Morrison.
Me quedo ahí de pie mirándolos como si se hubiesen vuelto todos locos.
—¿Qué estáis diciendo?
—Que tal vez está aquí por ti, idiota —dice Jake.
La idea me golpea con tanta fuerza que tengo que sentarme.
No.
No puede ser.
Scarlett está aquí por su libro. Porque somos amigos. Porque necesitaba investigar.
No porque…
No.
No puedo hacerme ilusiones.
—Tengo que irme —murmuro, levantándome.
—Wellington.
Pero ya estoy caminando hacia el vestuario, alejándome de sus miradas, de esas palabras que me están dando una esperanza que no puedo permitirme tener.