Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

AIDEN

Para cuando termina el turno es muy tarde y estoy exhausto.

No hemos tenido ninguna emergencia real, pero las horas se me han hecho más largas de lo normal.

Probablemente porque he pasado cada minuto hiperconsciente de dónde estaba Scarlett.

Cuando estaba en el gimnasio, sentí su mirada como fuego en mi piel.

Cuando comimos, olí su champú cada vez que se movía.

Cuando hicimos una demostración de equipo, vi cómo sus ojos brillaban con curiosidad.

Estoy jodido.

Jodido sin remedio.

—¿En qué piensas? —pregunta Scarlett, interrumpiendo mis pensamientos autodestructivos.

—En nada.

—Mentiroso. Tienes esa expresión que pones cuando estás perdido en tu cabeza.

—¿Qué expresión?

—Esa —señala mi cara—. Ceño fruncido. Mandíbula tensa. Como si estuvieses resolviendo un problema matemático complicado.

—No sabía que me estudiabas tanto, Walton.

—Llevo años estudiándote, Wellington —responde, y su tono carga el aire a nuestro alrededor—. Eres mi sujeto de investigación favorito.

Casi me quedo paralizado en las escaleras.

No sé qué responder a eso, así que no digo nada.

Subimos en silencio. Cuando abrimos la puerta del apartamento, Scarlett se estira con un gemido que destroza mi autocontrol.

—Necesito una ducha —dice—. ¿Tú vas a hacer la cena?

—Iba a intentarlo.

—¿Intentarlo?

—Soy un desastre cocinando. Pero puedo hacer sándwiches de queso sin matarnos a ninguno.

Se ríe.

—Suena perfecto. Dame diez minutos. Mañana cocino yo.

Desaparece por el pasillo hacia el baño y yo me quedo en la cocina mirando la nevera como si fuese a darme respuestas sobre cómo sobrevivir a este verano.

No me las da.

Saco el pan, el queso, la mantequilla. Pongo una sartén al fuego. Una rutina automática mientras escucho el agua correr en el baño y lucho por no pensar en Scarlett desnuda a unos pasos de distancia.

Fallo de pleno.

Pongo los sándwiches en la sartén y me obligo a concentrarme en no quemarlos. Lo cual es más difícil de lo que parece cuando mi cerebro está ocupado imaginando lo que no debería.

El agua se detiene.

La casa se llena de silencio.

Puedo imaginarla secándose, poniéndose el pijama, cepillándose el pelo.

Y entonces oigo sus pasos en el pasillo.

Me giro.

Y el corazón se me desboca.

Scarlett está en el umbral de la cocina descalza, con unos pantalones de pijama de algodón gris que le quedan perfectos y una camiseta blanca holgada que se le cae por un hombro y deja ver la curva de su clavícula.

Tiene el pelo mojado, que le cae en ondas por los hombros, la cara limpia de cualquier maquillaje, y una sonrisa enorme en los labios.

Y yo dejo de respirar.

Porque parece sentirse en casa, encaja en este sitio, la siento mía. Aunque no lo es. Aunque nunca lo será.

Y mi cerebro traidor decide que este es el momento ideal para mostrarme una fantasía en toda regla.

Me la imagino así todas las noches: saliendo de nuestra ducha, en nuestra casa, sonriéndome porque soy suyo y ella es mía.

La veo cocinando conmigo, riendo conmigo, acostándose conmigo, despertando a mi lado con el pelo despeinado y una expresión somnolienta que me da ganas de besarla hasta que se olvide su propio nombre.

La veo embarazada, con el vientre creciendo con nuestro hijo, mis manos en su piel, mis labios en su cuello, susurrándole cuánto la amo.

La veo envejeciendo conmigo. Años y años y años. Una vida entera. Todo lo que siempre he querido y nunca voy a tener.

Y me pongo duro, tan rápido que casi duele.

Tengo que girarme hacia la sartén antes de que se dé cuenta.

—Huele… bien —dice ella, acercándose.

Huele a quemado pero no la corrijo.

—Casi están —murmuro, y mi voz sale ronca.

Ella se coloca a mi lado, mirando la sartén, y está tan cerca que su brazo roza el mío y tengo que apretar los dientes para no cometer una estupidez.

Como empujarla contra la encimera y besarla hasta que los dos olvidemos cómo respirar.

—Aiden —dice con voz extraña.

—¿Sí?

—Los sándwiches… se están quemando.

Miro hacia abajo. Tiene razón: los sándwiches están negros y hay humo saliendo de la sartén.

—Mierda —quito la sartén del fuego, la dejo sobre una base fría y abro la ventana para ventilar el humo.

Y Scarlett empieza a reírse.

Esa risa que me vuelve loco, la que aligera el aire y que escucharía cada día durante el resto de mi vida.

—¿Cómo puedes quemar sándwiches de queso? —pregunta entre risas—. Es literalmente la comida más sencilla del mundo.

—Tengo un talento especial —respondo, y no puedo evitar sonreír aunque acabo de estropear la cena.

Ella se acerca más, mirando los sándwiches carbonizados con cara de diversión.

—Estos están… ¿crujientes?

—Están muertos. Esa es la palabra que buscas.

Se ríe otra vez y el sonido me sacude el pecho como no debería.

—Te estás burlando de mi trauma culinario —digo sin pensar—. Eso tiene consecuencias.

Ella levanta una ceja.

—¿Ah sí? ¿Qué consecuencias?

—Cosquillas.

Sus ojos se abren como platos.

—No te atreverás.

—Ponme a prueba, Walton.

Y echa a correr.

La oigo gritar delante de mí, muerta de risa, con los pies descalzos golpeando el suelo mientras corre hacia el salón. La persigo, más rápido porque tengo las piernas más largas, y la atrapo junto al sofá.

Mis brazos rodean su cintura y la levanto del suelo. Ella grita otra vez, mitad risa mitad protesta, y se retuerce intentando escapar.

—¡Para! ¡No!

—Admite que mis sándwiches no son TAN malos —digo, llevando las manos a sus costados.

—¡Están carbonizados!

—Esa no es la respuesta correcta.

Empiezo a hacerle cosquillas y ella se retuerce en mis brazos, riendo tan fuerte que apenas puede respirar. Su cuerpo se mueve contra el mío, suave y cálido, y cada punto donde nos tocamos es pura electricidad.

—¡Vale! ¡Vale! —grita entre risas—. ¡No son tan malos!

—¿Ves? Sabía que entrarías en razón.

Pero no la suelto. No quiero.

Y entonces ella hace un movimiento inesperado, se gira en mis brazos, y yo avanzo para mantener el equilibrio, y de repente estamos contra la pared.

La arrincono, con las manos apoyadas en la pared a ambos lados de su cabeza y nuestros cuerpos casi pegados.

Y todo cambia.

El aire se vuelve espeso, pesado, cargado de una corriente que siento en cada terminación nerviosa.

Nuestras respiraciones se sincronizan, rápidas y entrecortadas.

Ella mira hacia arriba con esos ojos azules enormes, los labios entreabiertos, las mejillas sonrojadas por la risa y el esfuerzo.

Y es tan hermosa que duele mirarla.

Bajo la vista a sus labios sin poder evitarlo.

Están a centímetros de los míos. Sería tan fácil inclinarme un poco, cerrar la distancia. Besarla hasta que olvide todo lo que no sea esto. Nosotros.

Mi mirada vuelve a sus ojos y los encuentro fijos en mis labios también.

¿Está imaginándolo? ¿Quiere…? No. No puede ser.

Pero entonces ella contiene la respiración cuando me inclino apenas hacia delante, y juro que puedo sentir la anticipación vibrando en el aire entre nosotros.

Un centímetro más. Eso es todo lo que necesito. Solo un centímetro y…

Está comprometida. Con otro hombre. Ella es tu mejor amiga. Solo está aquí por el libro. No porque te quiera. No como tú la quieres a ella.

La voz en mi cabeza me golpea como agua fría y me separo con tal brusquedad que casi la tiro. Doy dos pasos hacia atrás con las manos en el pelo, tirando de él con frustración que no tiene salida.

—Lo siento —consigo decir, y mi voz sale rota—. Yo… tengo que… la cena.

Y me marcho hacia la cocina como si me persiguiese un incendio. Porque en cierto modo lo hace. Me estoy quemando por dentro y no hay agua suficiente en el mundo para apagarlo.

Llego a la cocina y apoyo las manos en el borde de la encimera, sin aliento.

El corazón me late tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos.

La erección empuja contra los vaqueros hasta doler.

Y todo mi cuerpo grita que vuelva ahí y termine lo que casi empiezo.

Pero no puedo. No puedo porque ella no es mía.

Porque está prometida. Porque arruinaría todo.

Oigo sus pasos suaves en el pasillo y cómo se cierra la puerta de su habitación. Y me quedo ahí, mirando los sándwiches quemados en la sartén, y me río sin humor. Perfecto. Estropeo la cena. Casi beso a mi mejor amiga. Y todavía me queda un mes entero.

Me dejo caer en una silla y entierro la cara en las manos. Sabía que sería difícil. Lo sabía desde el principio. Pero no así. No este dolor físico cada vez que la miro, ni estas ganas de besarla que me vuelven loco, ni esta tortura de tenerla tan cerca y no poder tocarla.

Y me doy cuenta de algo que me encoge el estómago. No sé si voy a sobrevivir a este verano. No sé si voy a poder dejarla ir cuando termine. Porque cada día que pasa me enamoro más de ella. Y cada día que pasa me recuerda que ella nunca será mía.

Y eso me va a matar.