Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

SCARLETT

El parque de bomberos huele a humo atrapado en las paredes, café recién hecho y algo metálico que no sé identificar pero que imagino que tiene que ver con el equipo.

Son las ocho de la mañana y llevo despierta desde las seis porque los nervios no me han dejado dormir.

Me he cambiado de ropa tres veces (lo cual es ridículo tratándose de ir a un parque de bomberos, no a una gala) antes de decidirme por unos vaqueros y una camiseta simple.

Nada que llame la atención. Nada que grite «heredera multimillonaria jugando a ser escritora».

Aiden baja las escaleras delante de mí con su uniforme (pantalones cargo azul marino y camiseta del departamento que se le pega al cuerpo y casi me hace salivar) y cuando abre la puerta del parque, el ruido me golpea como una ola.

Voces masculinas. Risas. El sonido de metal contra metal. Una radio encendida en alguna parte.

—Respira, Walton —dice Aiden mirándome por encima del hombro con esa sonrisa torcida—. No muerden.

—¿Seguro?

—Bueno, Jake muerde. Pero solo si le provocas.

No sé si está bromeando.

Entramos en lo que parece ser la sala común. Hay un sofá enorme y gastado frente a una tele, una mesa larga con sillas desparejadas, y una cocina al fondo donde tres hombres están preparando lo que huele a tortilla y beicon. Mis tripas me traicionan con un gruñido.

—Chicos —dice Aiden, y todos los rostros se giran hacia nosotros—. Esta es Scarlett. La amiga de la que os hablé.

Amiga.

La palabra me atraviesa el pecho como siempre lo hace cuando sale de su boca.

Un hombre mayor (cincuenta y tantos, pelo canoso, gesto serio) se acerca primero. Lleva el uniforme con más insignias que los demás y tiene esa postura militar que grita «autoridad».

—Morrison —se presenta, ofreciéndome la mano—. Soy el Capitán.

—Scarlett —respondo, estrechándosela. Tiene un apretón firme pero no agresivo—. Gracias por dejarme venir.

—Aiden dice que estás escribiendo un libro sobre bomberos.

—Sí. Una novela. Quiero que sea lo más realista posible.

Morrison me mira durante un momento largo, como si estuviese evaluando si soy una molestia o una curiosidad aceptable.

—Pues has venido al lugar correcto —dice al fin—. Pero si suena la alarma y hay una emergencia peligrosa, te quedas aquí. ¿Entendido?

—Entendido.

Asiente y se aparta para dejar paso a un tipo rubio con una sonrisa enorme que parece no caber en su cara.

—Jake —dice, sin ofrecerme la mano sino abriendo los brazos como si fuésemos viejos amigos—. El más guapo, el más divertido y el único de este equipo que sería un novio maravilloso.

—Aléjate de ella —dice Aiden, poniéndose entre nosotros con un movimiento que parece automático—. Te quiero a tres metros de distancia en todo momento.

Jake se ríe pero da un paso atrás con las manos levantadas en rendición.

—Relájate, Wellington. Solo estoy siendo amable.

—Eres muchas cosas. Amable no es una de ellas.

Me presentan al resto del equipo (Marcus, callado pero con ojos que lo capturan todo; Tyler, el más joven, que parece tener unos veinte años; y Rob, tan concentrado en su tortilla que apenas me mira) y después Aiden me guía hacia una silla en la mesa.

—¿Café? —pregunta.

—Por favor.

Vuelve con dos tazas (una para él, otra para mí) y se sienta a mi lado en lugar de enfrente, lo suficientemente cerca como para que nuestros brazos se rocen cada vez que uno de los dos se mueve.

Y me doy cuenta de algo mientras los observo interactuar, mientras escucho sus bromas y veo cómo Aiden se ríe de algo que Jake dice.

Aquí es feliz.

Feliz de verdad, hasta los huesos.

No es el Aiden que conocí en la universidad, el que usaba el humor como escudo contra las expectativas y la presión. Este es Aiden en su elemento. Relajado. Cómodo. Siendo exactamente quien es sin tener que fingir nada.

Y me enamoro un poco más de él.

Lo cual es un problema porque ya estaba enamorada hasta las cejas antes de venir.

A las diez de la mañana el equipo se traslada al gimnasio del parque para el entrenamiento físico diario.

—¿Puedo ir? —pregunto a Aiden mientras los demás empiezan a moverse.

—Claro. Trae tu libreta. Esto es parte importante del trabajo.

Cojo mi libreta (que hasta ahora solo tiene tres líneas porque he estado más pendiente de Aiden que de ella) y los sigo por un pasillo hasta una sala grande llena de equipamiento. Pesas. Máquinas. Barras de dominadas. Una cinta de correr en la esquina.

Me siento en un banco junto a la pared, lejos del centro de acción, y abro la libreta en una página en blanco.

Los hombres empiezan a calentar. Estiramientos. Saltos. Movimientos que les flexionan los músculos bajo las camisetas.

Y entonces Aiden se quita la suya.

Se la saca por la cabeza con ese movimiento fluido que hacen los hombres, dejándola caer al suelo como si no fuese nada, y se gira hacia la barra de dominadas.

Y yo me olvido de cómo funcionan los pulmones.

No es la primera vez que veo a Aiden sin camiseta. Le he visto en innumerables ocasiones. Sé que está en buena forma porque es su trabajo.

Pero es que ahora es todavía más impresionante.

Madre mía. Parece un dios griego.

Aiden salta y agarra la barra. Sus manos se cierran alrededor del metal y entonces empieza a subir.

Los músculos de su espalda se contraen con cada movimiento.

Veo cada línea, cada definición, el sudor que empieza a brillarle en la piel bajo las luces fluorescentes.

Sus brazos (Dios, esos brazos que siempre me han vuelto loca) se flexionan y se relajan en un ritmo constante mientras sube y baja, sube y baja.

Y yo no puedo apartar la vista.

La libreta está abierta en mi regazo pero el bolígrafo no se mueve. No estoy tomando notas. No estoy observando «para el libro».

Estoy mirándolo como una adolescente en el primer concierto de su grupo favorito.

Sus abdominales se contraen cada vez que sube. Puedo contarlos desde aquí. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Todos bien definidos. Y la línea que desaparece bajo la cintura de sus pantalones…

Me muerdo el labio tan fuerte que casi me duele.

—Impresionante, ¿eh?

La voz me hace saltar.

Jake está a mi lado, también sin camiseta, con una sonrisa que deja claro que sabe muy bien qué estaba mirando.

—¿Qué? —consigo decir, y mi voz sale más aguda de lo normal.

—El entrenamiento —dice, y hay diversión en sus ojos—. Es duro. Todos tenemos que mantener un nivel de fitness muy alto para el trabajo.

—Sí. El entrenamiento. Es muy… exigente.

—Wellington es el que está en mejor forma de todos nosotros —continúa Jake, y juro que lo está haciendo a propósito—. Pasa más tiempo aquí que en cualquier otro sitio. Dice que le ayuda a pensar.

Miro a Aiden otra vez. Ha terminado con las dominadas y ahora está en el suelo haciendo flexiones. Los brazos suben y bajan, los músculos de la espalda se mueven como agua bajo la piel.

—Toma muchas notas —dice Jake.

Bajo la vista a mi libreta.

Está en blanco.

—Estoy observando primero —improviso—. Luego escribo.

—Ajá.

Se aleja con una sonrisa todavía en su cara y yo quiero que me trague la tierra.

Me obligo a escribir algo. Cualquier cosa. «Entrenamiento físico diario. Importante para mantener la forma necesaria para el trabajo. Requiere disciplina y dedicación.»

Palabras vacías que no significan nada comparadas con lo que de verdad estoy pensando.

Que Aiden es el hombre más atractivo que he visto en mi vida.

Que verlo así me está matando.

Que un mes no va a ser suficiente.

Que nada va a ser suficiente.

A la hora de comer estoy agotada, y eso que no he hecho nada físico.

El equipo se reúne en la cocina donde Rob ha preparado pasta con salsa boloñesa que huele increíble. Me siento en la mesa larga entre Aiden y Marcus, con el plato humeante delante y mi libreta cerrada a un lado.

—¿Qué te ha parecido hasta ahora? —pregunta Morrison desde la cabecera de la mesa.

—Fascinante —respondo, y es verdad—. No me esperaba que fuese tan… físicamente exigente.

—El trabajo no es solo apagar fuegos —explica Marcus, tranquilo—. Es cargar equipamiento pesado, subir escaleras con cuarenta kilos encima, romper puertas, sacar gente de sitios imposibles. Si no estás en forma, mueres. O haces que otra persona muera.

—Por eso entrenamos tanto —añade Tyler—. Nuestras vidas dependen de ello.

Asiento, tomando nota mental de todo. Esto es real. Esto es lo que quiero capturar en el libro. No solo la acción y el fuego y el heroísmo. Sino el trabajo duro que va detrás. La disciplina. El sacrificio.

—¿Cuánto tiempo llevas escribiendo? —pregunta Jake.

—Desde siempre —respondo—. Pero solo empecé a tomármelo en serio en la universidad.

—¿Qué estudiaste?

—Literatura. Con especialización en escritura creativa.

—Y de todas las cosas sobre las que podrías escribir, elegiste bomberos —dice Rob—. ¿Por qué?

La pregunta me pilla desprevenida.

Porque la verdad es «porque necesitaba una excusa para ver a Aiden y esto era lo único que se me ocurrió».

Pero no puedo decir eso.

—Porque creo que no hay suficientes historias que muestren lo que hacéis de verdad —digo al fin—. No el dramatismo de Hollywood. Sino la realidad. Las guardias largas. El entrenamiento. La espera. Todo lo que pasa entre las emergencias.

Morrison asiente con aprobación.

—Pues vas a tener mucho material.

Miro a Aiden y lo encuentro ya mirándome. No sé bien qué leo en su expresión. Algo suave. Orgulloso, tal vez.

Y el corazón me da un vuelco.

—Gracias por dejarme estar aquí —digo, aunque estoy mirándolo solo a él—. Significa mucho.

—Para eso están los amigos —responde, y esa palabra, otra vez, se me clava como un cuchillo.

Amigos.

Solo amigos.

Nunca nada más.

Me como el resto del plato en silencio mientras la conversación fluye a mi alrededor. Y cuando miro a Aiden riéndose de algo que Jake acaba de decir, con esa sonrisa que ilumina toda la sala, me doy cuenta de algo que me aterra.

No sé cómo voy a sobrevivir cuando me vaya.

Porque cada minuto que paso aquí me confirma lo que ya sabía.

Que Aiden es el amor de mi vida.

Y que él nunca lo sabrá.