CAPÍTULO 7 #2
Scarlett entra despacio, mirando a su alrededor con esos ojos que lo capturan todo. El salón abierto con el sofá gastado y la tele montada en la pared. La cocina pequeña pero limpia. La mesa que solo tiene dos sillas porque nunca recibo visitas.
—Es acogedor —dice al fin.
—¿Acogedor? —repito, sin saber si eso es bueno o malo.
—Acogedor —confirma, girándose hacia mí con una sonrisa—. Me gusta. Se siente… como tú.
No sé qué pensar de ese comentario.
Así que señalo hacia el pasillo.
—Tu habitación está al fondo. Te la enseño.
Arrastro su maleta por el pasillo (menos de diez pasos, ese es el tamaño de mi apartamento) y abro la puerta de la habitación de invitados que he preparado con obsesión durante los últimos tres días.
Scarlett entra y se queda ahí de pie, mirando la cama con las sábanas nuevas que compré, las almohadas extra, la manta doblada al pie. La ventana que da a Main Street. El escritorio simple donde puede escribir.
—¿Has comprado sábanas nuevas? —pregunta, girándose para mirarme.
Y joder.
Me pongo rojo.
Como un adolescente pillado haciendo algo vergonzoso.
—Puede.
Su sonrisa se hace más grande.
—Gracias.
—No es nada. Las mías tenían… años.
—Aiden Wellington comprando sábanas nuevas —dice con ese tono juguetón que me mata—. Nunca pensé que vería el día.
—Cállate.
—Me parece adorable.
—No es adorable. Es práctico. Necesitabas un lugar donde dormir. Fin de la historia.
—Ajá.
—Scarlett.
—¿Qué? No he dicho nada.
—Voy a pedir pizza —murmuro, saliendo de la habitación antes de que pueda burlarse más de mí—. ¿Sigues comiendo de todo menos anchoas?
—Sí.
—Bien. Porque no iba a pedirlas de todas formas. Las anchoas son del demonio.
Su risa me sigue por el pasillo y tengo que apretar los puños para no sucumbir a la tentación de girarme y besarla.
O de decirle que la habitación huele a ella ahora y que nunca voy a poder volver a entrar ahí sin pensar en este momento.
O de admitir que compré esas sábanas porque quería que tuviese algo suave donde dormir y que me pasé veinte minutos en la tienda eligiendo las más suaves porque me importa más de lo que debería.
Pero no hago nada de eso.
Solo saco el móvil y pido pizza.
Porque eso es lo que hacen los amigos.
Y eso es todo lo que puedo ser para ella.
Media hora después estamos sentados en el sofá con una caja de pizza de pepperoni entre los dos y dos cervezas frías en la mesa de centro.
Scarlett se ha cambiado. Ahora lleva unos pantalones de chándal grises y una camiseta holgada y tiene el pelo suelto y despeinado, como si se acabara de despertar.
Se ve hermosa.
Tanto que me duele mirarla.
Y está sentada en mi sofá comiendo pizza como si llevase haciéndolo toda su vida.
—Esto —dice, señalando la porción de pizza en su mano— es exactamente lo que necesitaba.
—¿Pizza?
—Esto. Estar aquí. Contigo. Sin tener que pretender ser alguien que no soy.
Las palabras me golpean más fuerte de lo que esperaba.
—¿Tan malo es? —pregunto—. Allí. En Connecticut.
Se encoge de hombros, pero hay algo en su expresión que me dice que es peor de lo que admite.
—A veces siento que estoy interpretando un papel. La hija perfecta. La prometida perfecta. La heredera perfecta. Y olvido quién soy de verdad debajo de todo eso.
—¿Y quién eres?
Me mira, y el aire entre nosotros se vuelve más denso.
—Alguien que come pizza en un sofá con su mejor amigo. Esa soy yo.
Mejor amigo.
Las palabras deberían hacerme feliz.
Pero lo único que hacen es recordarme que eso es todo lo que seré para ella.
—Bueno, pues aquí puedes ser esa persona todo lo que quieras —digo, cogiendo otra porción de pizza porque necesito tener las manos ocupadas—. Sin juicios. Sin pretensiones. Solo tú.
—Gracias —murmura—. No sabes cuánto significa para mí.
Lo sé.
Sé exactamente cuánto significa.
Porque yo siento lo mismo cuando estoy con ella.
Como si pudiese ser yo mismo. No el hermano de alguien. No el bombero. No el chico de oro que siempre tiene que estar bien.
Solo Aiden.
Comemos en silencio durante unos minutos, ese tipo de silencio cómodo que solo existe con gente que te conoce de verdad.
La tele está encendida en un canal de deportes que ninguno de los dos está viendo, y afuera el sol está empezando a ponerse, llenando el apartamento de esa luz dorada de final del verano.
—Deberíamos hablar del libro —dice Scarlett de repente, dejando su pizza en la caja.
—¿Ahora?
—Ahora. Necesito saber qué voy a hacer exactamente. Qué puedo esperar. Cómo funciona todo.
—¿Qué quieres saber?
—Todo —responde, y le brillan los ojos con ese entusiasmo que me mata—. El equipo, las guardias, un rescate de verdad. Todo.
Me río porque no puedo evitarlo.
—¿Todo?
—TODO.
—Eso es mucho, Walton.
—Por eso voy a estar aquí un mes entero —responde con lógica aplastante—. Tiempo de sobra para aprender.
Un mes.
El recordatorio me golpea el pecho.
Solo un mes.
Y después se va.
Se casa con otro.
Y yo me quedo aquí con estos recuerdos y nada más.
Pero no digo nada de eso.
Solo asiento.
—Vale. Pues mañana empezamos. Tengo guardia a las ocho de la mañana. Puedes venir conmigo. Ver cómo es un día completo.
—¿Puedo quedarme toda la guardia?
—Si quieres. Hay literas para invitados. No son muy cómodas, pero funcionan.
—Me da igual si son cómodas. Quiero estar ahí.
Y joder.
La forma en que lo dice.
Como si no hubiese nada en el mundo que quisiera más que pasar el tiempo en un parque de bomberos conmigo.
—Entonces estarás ahí —digo, y la voz me sale ronca.
Scarlett sonríe, y ese es el momento en que me doy cuenta de algo.
Está sentada con las piernas cruzadas en mi sofá, descalza, con una sonrisa enorme en la cara y manchas de salsa de tomate en los dedos que se está limpiando con una servilleta.
Y se ve en casa, como si perteneciese aquí, como si este fuese su hogar.
Y tengo que apartar la mirada porque si sigo mirándola voy a cometer una locura.
Como decirle que quiero que se quede para siempre.
Que olvide Connecticut y a Julian y toda esa vida que la está ahogando.
Que se quede aquí. Conmigo. En este apartamento pequeño y simple donde puede ser ella misma.
Pero no puedo decir nada de eso.
Así que me levanto del sofá.
—Deberías irte a dormir —digo—. Mañana va a ser un día largo.
Scarlett bosteza como si mi sugerencia hubiese activado su cansancio.
—Tienes razón. El vuelo me ha dejado molida.
Se levanta también y se estira; la camiseta se le sube un poco y me deja ver un centímetro de piel que me obliga a apartar la mirada a toda prisa.
—Buenas noches, Aiden —dice, caminando hacia el pasillo.
—Buenas noches, Walton.
Se detiene en el umbral del pasillo y me mira por encima del hombro.
—Gracias. Por todo. Por dejarme venir. Por las sábanas nuevas. Por… por ser tú.
Y antes de que pueda responder, desaparece por el pasillo.
Oigo la puerta de su habitación cerrarse.
Y me quedo ahí de pie en mitad de mi salón con los restos de la pizza y el olor a lavanda todavía flotando en el aire.
Por ser tú.
Como si ser yo fuese suficiente.
Como si no quisiera ser alguien del todo distinto para poder merecerla.
Recojo la caja de pizza y las botellas vacías y las llevo a la cocina con movimientos automáticos. Limpio todo. Apago las luces. Y camino por el pasillo hacia mi habitación.
Me detengo frente a la puerta de Scarlett.
Está cerrada.
Pero oigo movimiento al otro lado. El sonido de una maleta abriéndose. Pasos suaves sobre el suelo de madera. El crujido del colchón cuando se sienta en la cama.
Está ahí.
Al otro lado de la pared, esta vez de verdad y no en mi cabeza.
Entro en mi habitación y cierro la puerta detrás de mí. Me quito la camiseta y los vaqueros y me tumbo en la cama en boxers porque hace demasiado calor para dormir con ropa.
Y me quedo ahí, mirando el techo, oyendo los sonidos amortiguados de Scarlett moviéndose en la habitación de al lado.
Preparándose para dormir.
En mi casa.
En la cama que preparé para ella.
A centímetros de mí, pero inalcanzable.
Cierro los ojos y lo único que veo es su sonrisa cuando me ha abrazado en el aeropuerto.
Lo único que siento es su cuerpo contra el mío.
Lo único que sé es que durante meses me conformé con imaginarla, y ahora que la tengo a un paso ya no voy a saber conformarme.
Porque la tengo aquí.
Pero no puedo tenerla de verdad.
Y cada día de este mes me lo va a recordar.