Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

AIDEN

Llevo treinta minutos de pie en la zona de llegadas del aeropuerto de Bozeman y las manos me sudan tanto que tengo que limpiarlas en los vaqueros cada dos minutos.

Ridículo.

Tengo veinticinco años. Soy bombero. Entro en edificios en llamas sin pensarlo dos veces. He sacado gente de coches destrozados. He hecho RCP mientras todo a mi alrededor se desmoronaba.

Pero, al parecer, esperar a Scarlett me convierte en un adolescente nervioso en su primer baile del instituto.

Reviso el móvil por decimoquinta vez. Su vuelo aterrizó hace diez minutos. Lo cual significa que debería salir por esas puertas en cualquier momento.

A menos que haya cambiado de opinión.

A menos que se haya dado cuenta de que esto es una locura y se haya quedado en Connecticut.

A menos que…

Las puertas se abren y empieza a salir gente.

Una pareja mayor con sombreros de turista. Un tipo de negocios con un maletín. Una familia con tres niños gritando. Una chica rubia con…

No es ella.

Más gente. Un grupo de universitarios. Dos mujeres con maletas enormes.

El estómago se me cierra y empiezo a plantearme si llamarla cuando las puertas se vuelven a abrir.

Y ahí está.

Scarlett arrastra una maleta azul marino que parece pesar más que ella, con el pelo recogido en una coleta que se deshace, unos vaqueros que le quedan perfectos y una camiseta blanca que no debería secarme la boca, pero lo hace.

No se me para el mundo.

No se me corta la respiración.

Lo que pasa es mucho más simple y mucho más jodido.

Cada músculo se me tensa de golpe, como una descarga eléctrica.

El sonido del aeropuerto se vuelve distante y amortiguado, como si alguien hubiese bajado el volumen del universo.

Y mi cerebro, ese órgano que se supone que debería controlar mi cuerpo, decide que este es el momento perfecto para olvidar cómo funcionan cosas básicas como respirar o parpadear o no quedarme mirándola como un idiota.

Y entonces ella me ve.

Su cara entera se ilumina con una sonrisa tan grande que me aprieta el pecho hasta doler.

Y echa a correr.

La maleta queda abandonada en mitad del pasillo mientras corre hacia mí con los brazos abiertos y yo tengo un par de segundos para prepararme antes de que se estrelle contra mi pecho con fuerza suficiente para hacerme retroceder un paso.

Sus brazos se cierran alrededor de mi cuello.

Su cara se entierra en mi hombro.

Y yo dejo de pensar.

Mis brazos la rodean solos, apretándola contra mí con más fuerza de la que debería, y entierro la cara en su pelo porque no puedo evitarlo. Huele exactamente como la recordaba (champú de lavanda y algo dulce que es solo suyo) y joder, he echado tanto de menos este olor que duele.

Pesa menos de lo que recordaba. O tal vez solo he olvidado lo que es tenerla en los brazos porque hace mucho. Su cuerpo encaja contra el mío de un modo que me dispara pensamientos peligrosos como «así es como debería ser siempre» y «nunca la sueltes» .

No quiero soltarla.

Podría quedarme aquí de pie, en mitad del aeropuerto de Bozeman, con ella en mis brazos durante el resto de mi vida y sería feliz sin más.

Pero entonces caigo en algo que me cruza de pánico como un rayo.

Me estoy poniendo duro.

Muy duro.

Tan duro que en unos segundos lo va a notar si no hago algo YA.

Me separo de golpe y casi la tiro.

Doy un paso atrás con las manos levantadas como si me hubiese quemado (lo cual no está tan lejos de la verdad) y me giro un poco para que el ángulo oculte el problema cada vez más evidente en mis vaqueros.

—Bienvenida —consigo decir, y mi voz sale más ronca de lo que pretendía—. Vamos a por tu maleta antes de que alguien la robe.

Scarlett parpadea, confundida por mi reacción, pero sonríe de todas formas.

—Sí. Claro.

Camino hacia su maleta con pasos que espero que parezcan normales y no como los de un tío que intenta a la desesperada ocultar una erección en mitad de un aeropuerto público.

La cojo del suelo (pesa una tonelada, ¿qué coño ha traído?) y echo a andar hacia la salida sin mirar atrás para comprobar si me está siguiendo.

Porque si la miro ahora, con esa sonrisa todavía en su cara y ese brillo en sus ojos, voy a hacer algo estúpido.

Como besarla.

O decirle que la he echado de menos cada segundo de cada día que me he pasado sin verla.

O admitir que este mes va a matarme pero que no me importa porque la tengo aquí y eso vale cualquier tortura.

Así que sigo caminando.

Y rezo para que mi cuerpo se calme antes de que lleguemos a la camioneta.

Para cuando llegamos al aparcamiento he conseguido que la situación en mis pantalones sea menos obvia. No ha desaparecido (porque, al parecer, mi polla tiene opiniones propias sobre tener a Scarlett cerca) pero al menos ya no parece que esté a punto de romper la cremallera.

Pequeñas victorias.

Cargo su maleta en la parte trasera de la camioneta mientras ella se sube al asiento del copiloto, y cuando me meto al lado del conductor, el olor a lavanda llena todo el espacio de forma tan intensa que tengo que agarrar el volante con más fuerza de la necesaria.

—¿Has tenido un buen vuelo? —pregunto, arrancando el motor porque necesito hacer algo con las manos que no sea tocarla.

—Sí, solo un poco largo —responde, acomodándose en el asiento como si llevara sentándose ahí toda la vida—. Escala en Denver. Retraso de una hora. Un bebé llorando las tres horas que duró el último tramo. Lo típico.

—Suena divertido.

—Una maravilla —dice con sarcasmo, pero está sonriendo—. Pero ya estoy aquí. Eso es lo que importa.

Ya estás aquí.

Las palabras se repiten en mi cabeza mientras salgo del aparcamiento y me dirijo hacia la autopista que nos llevará de vuelta a Sunset Valley.

Ya está aquí.

En Montana.

Conmigo.

Durante un mes.

Joder.

—¿Cómo está tu familia? —pregunto porque necesito tener una conversación normal que me mantenga con los pies en la tierra.

—Bien —responde, y por el tono me parece que no está siendo del todo sincera—. Ocupados con… ya sabes. Cosas de trabajo.

—¿Y Julian?

El nombre me sale como veneno de la boca pero consigo que suene casual.

—También ocupado.

No dice nada más y yo no pregunto porque no quiero saber. No quiero imaginar a ese gilipollas tocándola o besándola o haciendo cualquiera de las cosas que un prometido hace con su prometida.

Así que cambio de tema.

—¿Nerviosa por mañana?

—¿Por la guardia? —pregunta, y cuando la miro de reojo veo que sus ojos brillan con emoción—. Para nada. Estoy deseándolo.

—Puede que sea aburrido. A veces no pasa nada en toda la guardia.

—No me importa. Quiero verlo todo. Cómo es un día normal. Qué hacéis cuando no hay llamadas. Cómo os preparáis. Todo.

Y ahí está.

Ese entusiasmo que siempre me ha encantado de ella.

Cuando Scarlett se emociona por algo, se emociona de verdad. Sin medias tintas. Sin reservas. Se lanza de cabeza y arrastra a todo el mundo con ella.

Es una de las cosas que más amo de ella.

Mierda.

No debería pensar en la palabra «amor» mientras conduzco por una autopista con ella sentada a treinta centímetros de distancia.

—Bueno, pues mañana lo verás todo —digo—. Te advierto que mis compañeros son idiotas. Van a hacerte mil preguntas. Y probablemente intenten impresionarte con historias exageradas de rescates heroicos.

—¿Exageradas?

—Jake dice que una vez salvó a cinco personas de un edificio en llamas. En realidad era un gato en un árbol.

Scarlett se ríe, y el sonido llena la cabina y lo vuelve todo más ligero.

—Me caerá bien.

—Todos te van a adorar —digo, y es la verdad.

Ella me mira de una forma extraña.

—¿Qué?

—Nada. Solo que… te he echado de menos.

Las palabras me golpean el pecho con la fuerza de un puñetazo.

—Yo también te he echado de menos, Walton.

Y es la verdad más incompleta que he dicho en mi vida.

Porque «echar de menos» no cubre ni de lejos lo que he sentido estos meses.

No cubre las noches que me he quedado despierto pensando en ella.

No cubre las veces que he cogido el móvil para llamarla y me he detenido porque no sabía qué decir.

No cubre el vacío que ha dejado en mi vida desde que acabé la universidad.

Pero es lo único que puedo decir.

Así que es lo único que digo.

Y sigo conduciendo.

Cuando llegamos a Main Street y aparco frente al parque de bomberos, Scarlett se inclina hacia delante en su asiento para mirar el edificio con curiosidad.

—Así que vives encima de tu trabajo.

—Es práctico —respondo, apagando el motor—. Si hay una llamada en mitad de la noche solo tengo que bajar las escaleras. Y el alquiler es barato.

—¿Barato como gratis?

—Barato como casi gratis —corrijo—. Pago algo simbólico, pero básicamente el pueblo me deja vivir aquí a cambio de estar disponible.

—Suena como un buen trato.

—Lo es. Hasta que suena la alarma a las tres de la mañana y tienes que salir de la cama directamente a un incendio.

—¿Pasa a menudo?

—Más de lo que me gustaría.

Salgo de la camioneta y rodeo hacia la parte trasera para coger su maleta. Ella me sigue, mirando el edificio de ladrillo rojo con esa expresión que pone cuando está memorizando detalles para escribir después.

—Es precioso —dice—. El pueblo. No ha cambiado nada desde la última vez que estuve aquí.

—Por eso me gusta. Cuando todo el mundo cambia Sunset Valley sigue siendo Sunset Valley.

—¿Eso es bueno o malo?

—Bueno —respondo sin dudar—. Definitivamente bueno.

La escalera que lleva a mi apartamento está en el lateral del edificio. Empiezo a subir con su maleta en una mano (joder, ¿qué ha traído, ladrillos?) y ella me sigue un paso por detrás.

—¿Te gusta el apartamento?

—Me encanta.

Y es verdad.

Este apartamento puede ser pequeño y espartano y no tener nada que ver con las mansiones en las que ella se crio, pero es mío. Es el primer lugar que es solo mío. Y me gusta.

Aunque ahora, subiendo estas escaleras con ella detrás de mí, me doy cuenta de lo consciente que soy de cada detalle que va a ver. De lo pequeño que es comparado con lo que ella está acostumbrada. De lo simple y funcional y nada impresionante.

Abro la puerta y me hago a un lado para dejarla pasar.