Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Es exactamente lo mismo solo que menos específico —dice con esa lógica aplastante que usa—. Venga, Walton. No me digas que después de saltar una valla te vas a acobardar ahora.

—No me estoy acobardando.

—Suena como si te estuvieses acobardando.

—No me estoy…

Pero no termino la frase porque él ya se está quitando la sudadera. Después la camiseta. Y de repente está ahí de pie en vaqueros y nada más, con el pecho desnudo bajo la luz de la luna y luciendo unos abdominales con los que se me olvida cómo funcionan las palabras.

—Te toca —dice, y hay diversión en su voz porque sabe perfectamente el efecto que tiene.

—Date la vuelta.

—¿En serio?

—Date la vuelta o me vuelvo a la camioneta.

Suspira con todo el teatro del mundo pero obedece y se gira de espaldas.

Me quito la sudadera con las manos algo temblorosas. Después los vaqueros. Y me quedo ahí de pie en camiseta y bragas sintiendo el aire frío contra mi piel y preguntándome en qué momento mi vida se convirtió en esto.

—¿Lista? —pregunta sin girarse.

—Lista.

Se gira y sus ojos me recorren de arriba abajo tan rápido que casi me lo pierdo. Pero lo veo. Y se me retuerce el estómago.

Él se quita los vaqueros (lleva unos calzoncillos negros, no mires) y camina hacia el borde de la piscina.

—¿Vienes o me vas a dejar nadar solo?

—¿Está fría?

—Ni idea. Solo hay una forma de averiguarlo.

Y salta.

El chapuzón es enorme. El agua explota hacia todos lados y cuando emerge sacudiéndose el pelo mojado está riéndose como un niño.

—¡Joder! —grita—. ¡Está helada!

—Genial. Entonces no me meto.

—Tienes que meterte. Es mejor si lo hacemos juntos.

—Esa lógica no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido del mundo. Venga, gallina. Demuéstrame que eres valiente.

—No soy gallina.

—Demuéstralo.

Y porque soy idiota y porque no puedo resistirme a un desafío cuando viene de él, corro hacia el borde y salto.

Tiene razón.

Está helada.

El agua me corta la respiración como mil agujas de hielo clavadas a la vez. Bajo hasta tocar el fondo con los pies, los pulmones ardiendo, y después subo rompiendo la superficie con un jadeo que es mitad shock mitad risa histérica.

—¡Está muy fría!

—Te lo dije —responde Aiden nadando hacia mí, y está sonriendo tanto que parece que le duele—. Pero también es increíble, ¿no?

Y tiene razón otra vez.

Es increíble.

El agua helada contra la piel me despierta más que cualquier café. La luna se refleja en la superficie como plata líquida. El campus duerme en silencio a nuestro alrededor. Y Aiden está aquí conmigo, con unas gotas de agua resbalándole por la cara y esa sonrisa que borra todo lo demás.

—Gracias —digo.

—¿Por qué?

—Por sacarme de mi habitación. Por obligarme a hacer esto.

—Siempre, Walton. Cuando necesites que alguien te obligue a hacer locuras, ya sabes a quién llamar.

Nadamos durante no sé cuánto tiempo. Él me salpica y yo le devuelvo el favor. Nos perseguimos de un lado a otro de la piscina como niños. Flotamos boca arriba mirando las estrellas en un silencio que no necesita llenarse con palabras.

Y por primera vez en días, se me apaga la cabeza.

No pienso en exámenes. Ni en notas. Ni en decepcionar a mis padres. Ni en el futuro que tengo planificado desde que nací.

Solo pienso en esto.

En este momento.

Con él.

—¿Sabes qué? —dice Aiden de repente, rompiendo el silencio.

—¿Qué?

—Creo que esta es mi nueva tradición favorita. Secuestrarte de tus estudios y obligarte a hacer cosas ilegales.

—No es ilegal. Solo es un… allanamiento menor.

—Que sigue siendo ilegal.

—Técnicamente.

—Me encanta cuando justificas tus crímenes, Walton. Es adorable.

—No estoy justificando nada. Solo estoy diciendo que…

Y entonces una luz barre el área de la piscina.

Los dos nos quedamos petrificados.

—Mierda —susurra Aiden.

—¿Qué es eso?

—Seguridad.

El corazón se me dispara tan rápido que lo oigo en los oídos.

—¿Qué hacemos?

—Nadar hacia el otro lado, hacia nuestra ropa. Vamos. Ya.

Nadamos hacia el extremo opuesto sin hacer ruido. La linterna sigue barriendo el área y puedo oír pasos. Pasos que se acercan.

—¿Hay alguien ahí? —grita una voz masculina.

Llegamos al borde y Aiden sale primero, después me ayuda a salir tirando de mi mano. Cogemos nuestra ropa del suelo, todavía empapados y temblando, y echamos a correr descalzos por el césped hacia la valla.

—¡Eh! ¡Alto!

Pero no nos detenemos.

Saltamos la valla (mucho más fácil con adrenalina) y corremos hacia la camioneta riéndonos como locos mientras el guardia nos grita desde atrás.

Nos metemos en la cabina, Aiden arranca el motor con manos que le tiemblan de risa, y salimos de ahí con un chirrido de neumáticos antes de que el guardia pueda alcanzarnos.

Y entonces estamos en la carretera, los dos empapados y temblando y riéndonos tan fuerte que me duele todo el cuerpo.

—¡Casi nos pillan! —digo entre carcajadas.

—¡Pero no lo hicieron! —responde Aiden, y su risa es tan contagiosa que no puedo parar—. Eso es lo que importa.

—Somos los peores criminales del mundo.

—Habla por ti. Yo soy excelente en esto.

—Te han visto la cara.

—No ha visto nada. Estaba demasiado oscuro.

—Te ha visto perfectamente.

—Estás celosa de mis habilidades criminales.

—Estoy preocupada por tu salud mental.

Me lanza una mirada de reojo y sonríe.

—¿Mejor?

Y me doy cuenta de que sí.

Que estoy mejor.

Que los últimos días de estrés y ansiedad y presión se han evaporado en la última hora. Que me siento más viva ahora, empapada y temblando en una camioneta robando calor de la calefacción, que en toda la semana.

—Sí —admito—. Mucho mejor.

—Bien. Ese era el plan.

Conduce de vuelta a la residencia mientras yo me acurruco en el asiento intentando entrar en calor ya vestida con mi ropa. Pone la calefacción a tope pero sigo temblando, más por la adrenalina que por el frío.

Cuando aparca frente al edificio, ninguno de los dos se mueve durante un momento.

—Aiden —digo finalmente.

—¿Sí?

—Gracias. De verdad.

Me mira con una expresión que no consigo leer.

—Siempre, Walton.

Y lo dice de un modo que me da un vuelco el corazón.

Bajo de la camioneta antes de hacer alguna estupidez como preguntarle qué significa ese «siempre». Me despido con la mano mientras arranca, veo las luces traseras desaparecer por la calle, y entonces subo las escaleras hacia mi habitación con el pelo goteando y una sonrisa que no puedo borrar.

Cuando entro y me miro en el espejo del baño, veo a una chica con el pelo hecho un desastre, la ropa pegada al cuerpo, y una expresión en la cara que no reconozco.

Feliz.

Se me ve feliz.

Me encanta estar con Aiden.