CAPÍTULO 6
SCARLETT
Pasado
Son las dos de la mañana y mi cerebro ha dejado de funcionar hace unas tres horas.
Tengo el portátil abierto sobre el escritorio, rodeado de apuntes, libros subrayados hasta la muerte, y cuatro tazas de café vacías que debería llevar a la cocina pero que requiere una energía que no tengo.
El cursor parpadea en la pantalla de mi trabajo de Literatura Comparada como si me retase a escribir una sola palabra coherente más.
No voy a ganar ese reto.
Llevo toda la semana así. Despierta hasta las tantas, durmiendo cuatro horas si tengo suerte, sobreviviendo a base de cafeína y barritas energéticas porque ir a la cafetería requiere un tiempo que no tengo.
Los exámenes finales son la semana que viene y si no apruebo Teoría Literaria con nota decente, mi padre va a tener opiniones.
Muchas opiniones. Del tipo que terminan con «quizás deberías replantearte si Literatura es de verdad tu camino».
Así que aquí estoy. A las dos de la madrugada. Leyendo el mismo párrafo por decimoquinta vez sin que las palabras penetren en mi cerebro.
El móvil vibra sobre la mesa y lo cojo sin pensar, agradecida por la distracción.
Aiden: Dime que no estás estudiando.
Una sonrisa automática se me escapa antes de que pueda controlarla.
Yo: …
Aiden: Sabía que estarías despierta.
Aiden: Sales en 5 minutos.
Yo: Tengo examen el martes.
Aiden: Razón de más. Tu cerebro va a explotar si sigues así.
Yo: Mi cerebro ya ha explotado. Estoy funcionando con los restos.
Aiden: Perfecto. Entonces no tienes nada que perder. Vístete. Con algo cómodo. Voy para allá.
Miro el móvil durante cinco segundos completos.
Debería decirle que no. Debería quedarme aquí y seguir estudiando aunque ya no me entre nada en la cabeza y las palabras hayan perdido todo significado. Debería ser responsable.
Pero es Aiden.
Y con Aiden nunca soy racional.
Yo: Esto es una mala idea.
Aiden: Las mejores cosas de la vida son malas ideas.
Aiden: 4 minutos.
Me levanto de la silla antes de que pueda arrepentirme.
Me quito el pijama y busco algo que ponerme.
Acabo con unos pantalones de chándal, una camiseta limpia y una sudadera porque las noches de mayo todavía son frías.
Me recojo el pelo en una coleta, me miro en el espejo y tuerzo el gesto ante las ojeras oscuras que me llegan hasta la mitad de las mejillas.
Tengo un aspecto terrible.
Bajo las escaleras de la residencia sin hacer ruido. A estas horas solo hay una luz encendida en el pasillo y el edificio está en ese silencio extraño que solo existe de madrugada cuando todo el mundo duerme menos tú.
Salgo por la puerta lateral y ahí está.
La camioneta de Aiden está aparcada bajo una farola, él apoyado contra el capó, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa torcida con la que se me olvida que debería estar estudiando.
Me mira de arriba abajo y suelta una carcajada.
—Joder, Walton. Pareces un mapache.
—Gracias. Justo lo que necesitaba oír.
—No, en serio —dice, todavía riéndose—. Tienes unas ojeras que te llegan a los pies. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste?
—Anoche.
—¿Cuántas horas?
—Tres. Puede que cuatro.
—¿Y antes de eso?
—No lo sé. ¿El martes?
—Hoy es viernes.
Me encojo de hombros.
—Los días se mezclan cuando vives en la biblioteca.
—Ya veo —dice, y entonces se fija en mi sudadera—. Espera. ¿Llevas eso del revés?
Bajo la vista.
Mierda.
La etiqueta me está rozando la barbilla.
—Cállate.
—No he dicho nada.
—Estás pensándolo muy alto.
—Solo estoy pensando que mi plan de rescate ha llegado justo a tiempo —dice, abriendo la puerta del copiloto como si fuese el chófer más servicial del mundo—. Venga, sube antes de que salgas en pijama la próxima vez.
—Esto no es un pijama.
—Scarlett. Llevas la sudadera del revés y… ¿son esos unos pantalones de chándal del instituto?
Miro mis pantalones. Son efectivamente del equipo de atletismo del instituto. Del año 2018.
—Puede.
—Dios mío —dice, pero está sonriendo—. Definitivamente necesitas esto más de lo que pensaba.
Subo a la camioneta solo para que deje de burlarse de mí, aunque por dentro estoy sonriendo también. El interior huele a él (jabón, detergente, ese olor indefinible que es puro Aiden).
—¿Dónde estabas? —pregunto cuando él se sube al lado del conductor.
—Conduciendo.
—¿A las dos de la mañana?
—No podía dormir —arranca el motor y sale del aparcamiento—. Y sabía que tú tampoco.
—¿Cómo lo sabías?
—Porque hace tres días que no respondes a mis mensajes con frases completas. Solo con emojis de caras muertas y calaveras. Eso es lenguaje universal de «estoy en la biblioteca y mi cerebro se está derritiendo».
—No es tan dramático.
—Scarlett. Ayer me mandaste un emoji de un fantasma seguido de tres signos de interrogación. Ni siquiera sé qué significa eso.
—Significa que estoy cansada.
—Eso es un emoji de calavera, no un fantasma.
—Me da igual. Ya te he dicho que mi cerebro se está derritiendo.
Se ríe, y el sonido llena la cabina de un modo que me afloja el pecho.
—Por eso estamos haciendo esto. Para que tu cerebro deje de derretirse y vuelva a funcionar como un cerebro normal.
—Mi cerebro nunca ha sido normal.
—Cierto. Pero al menos era funcional. Ahora mismo eres como un ordenador sobrecalentado que necesita reiniciarse.
—¿Acabas de compararme con un ordenador?
—Con uno sobrecalentado, sí.
—Eres insoportable.
—Y tú me quieres por ello —dice con una sonrisa torcida que me mata—. Admítelo.
No respondo porque tiene razón y ambos lo sabemos.
Conduce en silencio durante unos minutos mientras yo me acurruco en el asiento y dejo que la calefacción me caliente los pies. La radio está encendida bajito, suena una canción de rock que no reconozco, y Aiden tamborillea los dedos contra el volante siguiendo el ritmo.
—¿Adónde vamos? —pregunto al fin.
—Ya lo verás.
—Aiden.
—Es una sorpresa.
—Odio las sorpresas.
—No, no las odias. Odias las sorpresas malas. Mis sorpresas siempre son buenas.
—Tus sorpresas siempre acaban conmigo corriendo o haciendo algo ilegal.
—Exacto —dice, mirándome de reojo—. Por eso son buenas.
No puedo evitar sonreír.
—Estás loco.
—Y tú necesitas un poco de locura en tu vida, Walton. Sobre todo ahora que pareces salida de The Walking Dead.
—¿Me vas a seguir insultando toda la noche?
—No son insultos. Son observaciones objetivas dichas con cariño.
—Llamar a alguien «mapache» no es cariñoso.
—Vale, tienes razón —admite—. Eres más bien un… panda. Porque eres adorable pero claramente no has dormido en días.
—Eso no es mejor.
—¿Koala?
—Aiden.
—¿Oso perezoso?
—Si sigues comparándome con animales te tiro de la camioneta.
Se ríe tanto que tiene que agarrarse al volante.
—Vale, vale. No más animales. Prometo comportarme.
—No te creo.
—Haces bien —dice, y su sonrisa es pura diversión—. Ya hemos llegado.
Miro por la ventana.
Hemos aparcado frente al complejo deportivo de la universidad. Las instalaciones están a oscuras salvo por las luces de seguridad que iluminan el perímetro, y todo está en silencio.
—Aiden —digo despacio—. El complejo cierra a las diez.
—Lo sé.
—Y estamos en propiedad universitaria.
—También lo sé.
—Si nos pillan…
—No nos van a pillar —me interrumpe, apagando el motor—. ¿Confías en mí?
—Cuando me haces esa pregunta nunca acaba bien.
—¿Confías en mí? —repite.
Y la verdad es que sí.
Confío en él más que en nadie.
—Sí.
—Bien. Entonces vamos.
Sale de la camioneta y lo sigo; el aire frío de la noche me golpea la cara y me despierta más que las cuatro tazas de café que me he bebido.
—¿Qué vamos a hacer exactamente? —pregunto mientras caminamos hacia la valla que rodea la zona de la piscina.
—Nadar.
—La piscina está cerrada.
—Por eso vamos a colarnos.
—Aiden.
—Scarlett —me interrumpe, girándose hacia mí con esa sonrisa que hace que me olvide de todas las razones por las que esto es una mala idea—. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque querías? ¿Sin pensar en si es responsable o correcto o lo que tu familia diría?
No respondo.
Porque no recuerdo la última vez.
—Exacto —dice—. Así que hoy vas a saltar esta valla conmigo. Vas a meterte en esa piscina. Y durante media hora vas a olvidarte de todo lo que no sea este momento. ¿Trato?
Debería decir que no.
Debería ser la chica responsable que mis padres criaron.
Pero con Aiden nunca soy esa chica.
Con Aiden soy la chica que quiero ser.
—Trato.
Su sonrisa se hace más grande.
—Sabía que ibas a decir que sí. Venga, te ayudo a saltar.
La valla no es muy alta pero tampoco la he saltado nunca. Aiden se coloca junto a ella y entrelaza las manos formando un escalón.
—Pon el pie aquí. Yo te impulso. Te agarras arriba y pasas la pierna. Fácil.
—Si es tan fácil, ¿por qué tengo que ir yo primero?
—Porque así puedo asegurarme de que no te rompas nada. Y porque las damas primero.
—Qué caballero.
—Soy un hombre de modales —responde con falsa seriedad—. Mi madre me educó bien.
Pongo el pie en sus manos y cuando me impulsa hacia arriba casi grito. Me agarro a la parte superior de la valla (el metal frío me muerde las palmas) y consigo pasar una pierna. Después la otra. Y entonces estoy colgando del otro lado sin saber muy bien cómo bajar.
—Suéltate —dice Aiden desde abajo.
—¿Qué?
—Que te sueltes.
—Me voy a romper algo.
—No te vas a romper nada. Confía en mí.
Y antes de que pueda pensar demasiado en ello, me suelto.
Y la emoción burbujea en mi pecho cuando caigo sin romperme nada.
—¿Ves? —dice con voz más baja—. Estás entera.
Él salta la valla con una facilidad irritante, aterriza como si lo hubiese hecho mil veces (seguramente lo ha hecho) y antes de que pueda procesar lo que estamos haciendo me está cogiendo de la mano y tirando de mí hacia la piscina.
El agua brilla bajo la luz de la luna, quieta, y por un momento me pregunto si esto es real o si me he quedado dormida sobre mis apuntes y estoy soñando.
—No he traído bañador —digo.
—Yo tampoco.
—Entonces ¿cómo…?
—Nos metemos en ropa interior —responde como si fuese obvio—. O desnudos si prefieres. No me importa.
—¡Aiden!
Se ríe.
—Era broma. Ropa interior. Es prácticamente un bañador.
—No es lo mismo.