Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

AIDEN

Me despierto con la sensación de que alguien me ha metido la cabeza en un tornillo de banco y ha apretado hasta que el cerebro se me ha convertido en papilla.

Joder.

Abro los ojos, error, y la luz que entra por las ventanas me atraviesa las pupilas como cuchillos. Cierro los párpados de golpe y gimo, porque hasta ese pequeño movimiento basta para que el mundo dé vueltas a mi alrededor.

¿Dónde estoy?

Muevo la mano y toco algo suave. Tela. Un cojín.

El sofá.

Estoy en el sofá de mi apartamento.

¿Por qué coño estoy en el sofá?

Intento moverme y cada músculo de mi cuerpo protesta. Llevo puesta la misma ropa de ayer y tengo la boca tan seca que parece que he estado masticando arena.

Resaca.

Tengo una resaca del tamaño de Montana.

Me obligo a sentarme, muy despacio, porque si me muevo rápido creo que voy a vomitar, y hundo la cara entre las manos. Tengo la piel pegajosa, el pelo de punta y un sabor en la boca que me convence de que algo murió ahí dentro.

¿Qué coño hice anoche?

Fragmentos de recuerdos empiezan a llegar. El bar. Mike me quita las llaves. Cole me lleva a casa. Y después…

Después hay un vacío.

Un vacío enorme y aterrador que me dice que hice algo estúpido.

Muy estúpido.

Miro a mi alrededor buscando pistas. La mesa de centro tiene una botella de cerveza vacía. Mi móvil está tirado en el suelo junto al sofá. Las llaves de la camioneta no están. Porque Mike se las quedó.

Cojo el móvil con las manos algo temblorosas.

La pantalla se ilumina y tengo que entrecerrar los ojos porque incluso esa luz tenue es demasiado.

Notificaciones.

Muchas notificaciones.

Mensajes de Cole preguntándome si sigo vivo.

Uno de mi madre diciendo que pasará esta tarde para ver cómo estoy.

Y entonces lo veo.

Scarlett - 23:47 - Llamada entrante - Duración: 18 min

Se me para el corazón un instante antes de volver a latir como un loco.

La llamé.

No.

Ella me llamó.

¿Por qué me llamó?

Abro el historial de mensajes con manos que ahora tiemblan por una razón muy distinta.

Y ahí está.

Mi mensaje de anoche.

Yo: Te echo de menos.

Oh, joder.

Oh, joder, joder, joder.

Le escribí que la echaba de menos.

Borracho. Como un adolescente patético.

Y ella… me llamó.

¿Por qué me llamó?

Y justo en ese momento la conversación me viene de golpe.

No.

No puede ser.

Eso ha sido un sueño. Tiene que haber sido un sueño. Porque no hay forma de que yo hablase con Scarlett anoche…

Pero el historial de llamadas no miente.

Dieciocho minutos.

Hablamos durante todo ese rato.

¿De qué coño hablamos?

Intento recordar, pero sigo con el cerebro embotado y lo único que consigo son fragmentos. Su voz. Ese sonido suave que despierta lo que no debería. Ella, hablándome de escribir. De investigar. De bomberos.

Y yo diciendo que sí.

Diciendo que podía quedarse.

Oh, Dios.

Oh, Dios mío.

Le dije que podía quedarse.

Y ella va a venir.

Me levanto de golpe, error masivo, y tengo que agarrarme al brazo del sofá porque las piernas no me sostienen y el mundo da varias vueltas antes de estabilizarse.

Scarlett viene.

Scarlett va a venir a Sunset Valley.

Va a quedarse en mi casa.

Conmigo.

¿Durante cuánto tiempo?

No lo recuerdo.

Joder, no recuerdo nada.

Necesito una ducha. Necesito café. Necesito que el cerebro me vuelva a funcionar, no que siga siendo gelatina.

Pero antes necesito confirmar que esto es real.

Que no estoy alucinando.

Marco su número antes de que pueda arrepentirme.

Suena una vez.

Dos veces.

—¿Aiden?

Su voz atraviesa el teléfono y se me cierra la garganta.

—Scarlett —consigo decir, y mi voz sale ronca y rota—. Hola.

—Hola —dice, y puedo oír la sonrisa en su voz—. ¿Estás bien? Pareces…

—Tengo una resaca del infierno —admito.

Se ríe, ese sonido bajo y genuino que me aprieta el pecho.

—¿Te acuerdas de lo que hablamos anoche?

—Fragmentos —confieso—. ¿Me dijiste que ibas a venir?

—Sí. Si la oferta sigue en pie.

¿Si la oferta sigue en pie?

Como si hubiese alguna posibilidad de que le dijese que no.

—Por supuesto que sigue en pie —respondo rápidamente—. ¿Cuándo… cuándo llegas?

—En tres días. El viernes. Te he enviado los detalles del vuelo por mail.

Tres días.

Scarlett va a estar aquí en tres días.

—Perfecto —digo, y no sé cómo consigo que mi voz suene normal cuando el corazón me late tan rápido que estoy seguro de que va a estallar—. Te recojo en el aeropuerto.

—No hace falta, puedo alquilar un coche…

—Voy a recogerte —interrumpo—. Sin discusión.

Silencio.

Y entonces:

—Vale. Gracias, Aiden.

—No hay nada que agradecer, Walton.

Nos despedimos y cuelgo antes de que pueda decirle algo estúpido.

Me quedo de pie en mitad del apartamento, con el móvil en la mano, y la realidad me golpea como un puñetazo.

Scarlett viene.

En tres días.

Y mi apartamento parece una zona de guerra.

Mierda.

La ducha dura veinte minutos.

Agua tan fría que me duele la piel, pero la necesito para despertar y espabilar.

Scarlett va a vivir aquí.

En mi apartamento.

Durante semanas.

Y mi apartamento es… funcional. Eso es lo mejor que puedo decir. Funcional para un tío que vive solo y que pasa la mayor parte del tiempo trabajando o en el gimnasio. Pero para Scarlett…

Scarlett merece algo mejor que funcional.

Merece algo acogedor y bonito, un lugar donde pueda escribir y sentirse cómoda.

Me visto rápido y bajo las escaleras hacia el parque de bomberos.

Mi siguiente turno no empieza hasta mañana, pero necesito hablar con Morrison y pedirle permiso para que Scarlett pueda venir conmigo a las guardias.

La sala común está medio llena. Jake está sentado en el sofá viendo la tele. Marcus está en la cocina haciendo café. Y todos me miran cuando entro.

—Vaya pinta tienes, Wellington —dice Jake con una sonrisa—. ¿Dónde estuviste anoche?

—En el bar —murmuro.

—Se nota.

Marcus me ofrece una taza de café y la acepto como si fuese oro líquido.

—¿Está Morrison? —pregunto.

—En su despacho.

Cruzo la sala y llamo a la puerta del capitán. Dos golpes.

—Adelante.

Morrison está inclinado sobre la mesa, entre pilas de informes y con una taza de café que huele tan fuerte que el aroma llega hasta la puerta.

Alza la vista cuando entro y arquea apenas las cejas.

—Wellington. No esperaba verte hoy.

—Necesito hablar contigo —digo—. Sobre mi horario.

—¿Qué pasa?

Me aclaro la garganta. Esto va a sonar raro. Va a sonar como una excusa. Pero es la verdad.

—Tengo una amiga que viene desde Connecticut —empiezo—. Es escritora. Quiere escribir una novela sobre bomberos y necesita investigar. Ver cómo es el día a día. Las guardias. Los rescates. Todo.

Morrison me mira durante un largo momento.

—¿Una amiga?

—Sí —confirmo, y se me calienta la cara—. Una amiga.

—¿Y esa amiga es la razón de la resaca que llevas?

Joder.

Este tío lo ve todo.

—Puede.

Morrison se ríe, una risa profunda que le sacude los hombros.

—¿Cuánto tiempo se va a quedar?

—Unas semanas. Tal vez un mes.

—¿Y quiere seguirte por aquí como una sombra?

—Básicamente.

Morrison se recuesta en la silla y me mira como si me estuviera sopesando.

—Tráela cuando quieras —dice al fin—. Puede venir a las guardias, a los entrenamientos, a todo. Pero Wellington…

—¿Sí?

—Si te distraes durante una emergencia, te mato. Ella no puede acercarse a un incendio de verdad.

—Por supuesto que no, capitán.

Tiene toda la razón.

Jamás la pondría en riesgo.

Siguiente parada: los grandes almacenes.

Nunca he estado en la sección de ropa de cama de unos grandes almacenes.

Nunca he tenido que pensar en sábanas o almohadas o mantas porque las mías me sirven de sobra. Están limpias. Son cómodas. ¿Qué más necesito?

Pero ahora estoy aquí, de pie en mitad de un pasillo lleno de telas y colores y opciones que no entiendo, y no tengo ni idea de qué estoy haciendo.

Una dependienta me mira desde el otro lado del pasillo, con una expresión que dice a las claras que piensa que estoy perdido.

Tiene razón.

—¿Necesita ayuda? —pregunta al fin.

—Sí —admito—. Necesito sábanas. Y almohadas. Y una manta.

—¿Para qué tamaño de cama?

—Individual.

—¿Alguna preferencia de material?

—Que sean… —busco la palabra correcta— suaves. Muy suaves.

La dependienta sonríe como si supiera exactamente lo que está pasando.

—¿Son para alguien especial?

—Una amiga —digo rápidamente.

—Ajá.

Me muestra varias opciones. Algodón. Satén. Algo que se llama «percal egipcio» que suena elegante. Cojo unas blancas que parecen suaves como una nube y cuestan más que mi factura de electricidad del mes.

Perfecto.

Añado almohadas extra. Una manta gruesa color crema que parece acogedora. Y después voy a la sección de baño porque mis toallas tienen años y están ásperas y Scarlett merece algo mejor.

Cojo toallas mullidas, blancas y grandes, del tipo en el que puedes envolverte entero.

Y entonces me la imagino saliendo de la ducha envuelta en una de esas toallas. El pelo mojado le cae por los hombros, la piel le brilla húmeda y unas gotas de agua le bajan por el cuello…

Tengo que apartar la mirada antes de que se me ponga dura en mitad de los grandes almacenes.

Cojo jabón que huele bien. Champú. Acondicionador. Por si no trae.

Y después voy al supermercado porque mi nevera solo tiene cerveza y sobras de pizza de hace tres días.

Compro café bueno. No el instantáneo de siempre. Fruta fresca. Cosas para desayuno. Pan. Huevos. Leche. Zumo. Algo de carne para hacer la cena porque… ¿sé cocinar algo que no sea pasta?

Voy a tener que aprender.

Llego al apartamento dos horas después cargado de bolsas y con una misión clara.

Dejar este lugar perfecto.

Paso las siguientes tres horas limpiando.

Y cuando digo limpiando, quiero decir limpiando de verdad.

Friego el suelo. Limpio las ventanas. Paso el trapo por cada superficie. Aspiro hasta el último rincón. Limpio el baño hasta que los azulejos brillan. Organizo la cocina. Tiro toda la comida estropeada de la nevera (más de la que me gustaría admitir) y la lleno con lo que he comprado.

Y cuando termino, el apartamento huele a limpio en lugar de a sudor de gimnasio.

Bien.

Ahora la habitación.

La habitación de invitados está al final del pasillo. Es pequeña pero decente. Tiene una cama individual junto a la pared, un escritorio simple bajo la ventana, y un armario que debe de estar lleno de telarañas porque nunca lo uso.

Limpio el armario primero. Después cambio las sábanas de la cama por las nuevas que he comprado. Las extiendo con cuidado y cuando termino, la cama parece acogedora. Suave. El tipo de cama en la que te gustaría dormir.

Imagino a Scarlett durmiendo ahí, con el pelo extendido sobre la almohada, los ojos cerrados, la respiración suave.

Peligroso.

No pienses en eso.

Doblo las toallas nuevas y las pongo en el baño. Me cuesta tres intentos conseguir que queden perfectas pero al final lo consigo.

Después coloco el jabón y el champú en la ducha.

Y mientras tanto, no puedo evitar imaginarla usándolas. Duchándose aquí. Secándose con estas toallas. Durmiendo en esa cama.

Me estoy volviendo loco y ni siquiera ha llegado todavía.

Salgo de la habitación y me quedo en el pasillo, mirando las dos puertas.

La de la izquierda: mi habitación.

La de la derecha: la habitación de Scarlett.

Una al lado de la otra.

Separadas por una pared.

Y entonces me doy cuenta de algo que me para el corazón.

Entro en la habitación de invitados otra vez y miro la cama. Está pegada a la pared.

Salgo. Entro en mi habitación. Miro mi cama.

También está pegada a la pared.

Compartimos la misma.

Nuestras camas están separadas por diez centímetros de pared.

Diez.

Centímetros.

La sangre se me va de golpe a la polla.

Tan rápido que me marea.

Tan rápido que tengo que apoyarme contra el marco de la puerta porque casi me fallan las piernas.

Voy a poder oírla.

Todas las noches.

Al otro lado de esa pared.

Moviéndose en la cama. Suspirando mientras se duerme. Respirando en la oscuridad.

Y ella va a poder oírme a mí.

Joder.

Voy a tener que ser muy silencioso cuando me toque pensando en ella. Porque no hay forma de que sobreviva a este verano sin hacerlo.

Me imagino cómo será.

Noche tras noche.

Tumbado en mi cama sabiendo que ella está ahí. A centímetros. Tan cerca que si la pared no existiese podría tocarla.

Tan jodidamente cerca.

Pero inalcanzable.

La erección me presiona contra los vaqueros y es casi dolorosa. Pulso contra la tela y tengo que morderme el labio para no gemir.

Un mes.

Voy a pasar un mes así.

Con ella bajo mi techo. Durmiendo en la habitación de al lado. Moviéndose por mi apartamento con ese pelo precioso y esos ojos azules y esa sonrisa que me desarma.

Y no voy a poder tocarla.

Porque está prometida.

Porque no soy suficiente para ella.

Porque si le digo lo que siento y me rechaza, voy a perderla para siempre.

Así que voy a fingir.

Voy a ser su amigo. Su compañero. El tipo que la ayuda con su investigación y le hace reír y no la mira como si quisiera devorarla entera.

Voy a morir.

De la tortura.

Pero no me importa.

Porque al final de este verano, cuando se vaya y se case con ese gilipollas que no la merece, voy a tener esto. Estas semanas. Estos recuerdos.

La voy a tener cerca aunque sea por poco tiempo.

Y eso va a tener que ser suficiente.

Aunque me mate.

Aunque me rompa.

Aunque me destroce.

Porque Scarlett Walton va a vivir conmigo durante un mes.

Y es el mejor regalo y la peor pesadilla que me han dado en la vida.