CAPÍTULO 4
SCARLETT
Me pongo un vestido azul marino que me llega justo por encima de las rodillas.
No es el tipo de vestido que mi madre elegiría para mí. No tiene volantes ni encaje ni nada que grite «dulce y obediente». Es simple. Limpio. Con líneas rectas que hacen que parezca mayor de lo que soy.
Necesito parecer mayor.
Necesito que mi padre me tome en serio.
Me miro en el espejo mientras me recojo el pelo en un moño bajo y firme, sin mechones sueltos ni ese aspecto romántico que tanto le gusta a mi madre.
Hoy no voy a ser la hija perfecta.
Hoy voy a ser la mujer que negocia.
El corazón me late tan rápido que lo siento en la garganta, pero respiro hondo y dejo que el aire me llene los pulmones. Una vez. Dos veces. Hasta que las manos dejan de temblarme.
Aiden me ha dicho que sí. Va a permitir que esté en su casa.
Ahora me toca a mí conseguir esto.
Salgo de mi habitación y bajo las escaleras con pasos que intento que suenen seguros aunque las piernas me tiemblen.
La casa está en silencio (mi madre ha salido a una de sus reuniones benéficas y el personal está ocupado en otras partes de la mansión) y el único sonido es el de mis zapatos contra el suelo de mármol.
Cada paso me acerca más al despacho de mi padre.
Cada paso me cierra un poco más el estómago.
Pero no me detengo.
No puedo detenerme.
Llego al pasillo que lleva a su despacho y me obligo a seguir caminando. La puerta de roble macizo está cerrada como siempre, imponente, y por un segundo quiero dar media vuelta y olvidarme de todo esto.
Pero entonces pienso en Aiden, en su voz cuando me dijo que podía quedarme el tiempo que necesitara, en los próximos nueve meses de mi vida que desaparecerán si no hago algo ahora.
En que esta es mi única oportunidad.
Levanto la mano y llamo a la puerta. Dos golpes firmes que suenan más seguros de lo que me siento.
—Adelante.
La voz de mi padre llega desde dentro, autoritaria y ocupada.
Abro la puerta y entro.
Mi padre está sentado detrás de su escritorio con el ordenador abierto y varios documentos esparcidos a su alrededor. Lleva puestas las gafas de leer que solo usa cuando está trabajando en algo importante, y cuando levanta la vista para mirarme, hay sorpresa en su expresión.
—Scarlett —dice, quitándose las gafas—. No esperaba verte de nuevo.
—Necesito hablar contigo —digo, y mi voz sale más firme de lo que esperaba—. Sobre la boda.
Eso capta su atención. Deja las gafas sobre el escritorio y se recuesta en su silla, mirándome con esa expresión que usa cuando está evaluando una inversión.
—¿Sobre la boda? —repite—. ¿No hablamos ya de eso el otro día? Siéntate.
—Prefiero estar de pie.
Arquea apenas las cejas, pero no dice nada. Solo me mira, esperando.
Trago saliva. Las manos me sudan pero las mantengo quietas a los costados.
—Ya he aceptado que voy a casarme con Julian —digo—. En nueve meses voy a hacer exactamente lo que me pides. Pero tengo condiciones.
El silencio que sigue es tan denso que lo siento contra la piel.
—¿Condiciones? —repite, y hay algo peligroso en su tono.
—Quiero pasar el verano escribiendo —continúo antes de que pueda arrepentirme—. En Montana. Con mi amigo Aiden. Es bombero. Necesito investigar para una novela.
Mi padre se queda inmóvil un instante.
Y entonces se levanta.
Rodea el escritorio con pasos lentos y se planta delante de mí con los brazos cruzados y una expresión que haría salir corriendo a cualquier empleado de su empresa.
—¿Quieres irte a Montana? —dice, y su voz es peligrosamente baja—. ¿Ahora?
—Sí.
—Acabas de prometerte.
—Lo sé.
—¿Y quieres irte? ¿A Montana? ¿Con un amigo que es bombero? —dice cada palabra como si le costase creerla—. ¿Qué va a pensar Julian?
—Julian puede esperar un mes más —respondo, y me sorprendo de lo firme que suena mi voz—. Voy a hacer lo que queréis: casarme con él, fusionar las familias, ser la esposa perfecta que necesitáis que sea. Pero esto es lo único que pido.
—Esto es inaceptable.
—Es mi último verano antes de que mi vida deje de ser mía.
Mi padre me mira como si no me reconociese.
—Tienes responsabilidades —dice—. Compromisos. ¿Qué va a decir la gente cuando se entere de que la prometida de Julian Vane se ha marchado a Montana?
—La gente puede pensar lo que quiera.
—Los Vane esperan que…
—Los Vane pueden esperar —lo interrumpo, y las palabras salen con más fuerza de la que pretendía—.
He hecho todo lo que me has pedido durante veintitrés años.
He sonreído en todas las fotos. He ido a todos los eventos.
He estudiado lo que querías que estudiara.
He salido con Julian aunque no lo amo. He dicho que sí delante de cincuenta personas cuando lo que quería era salir corriendo.
La voz se me quiebra un poco en la última frase, pero me obligo a continuar.
—Te estoy dando el resto de mi vida —digo—. Lo único que pido es un mes para mí.
—La respuesta es no.
—Papá…
—He dicho que no, Scarlett —su voz corta el aire como un cuchillo—. Esta conversación ha terminado.
Pero no me muevo.
No salgo del despacho como habría hecho hace una semana, porque si me voy ahora, si dejo que me diga que no sin luchar, voy a arrepentirme el resto de mi vida.
—Puedo hacer que esta boda sea perfecta —digo, y cada palabra sale clara y firme—. Puedo sonreír en cada evento, posar para cada foto, ser la novia que necesitas que sea.
Hago una pausa.
—O puedo convertir los próximos nueve meses en un infierno —continúo—. Para ti. Para Julian. Para todos.
Mi padre no se mueve.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy dando opciones —corrijo—. Un mes. Eso es todo lo que pido. Y cuando vuelva, haré lo que tengo que hacer. Te doy mi palabra.
El silencio se alarga.
Mi padre me mira con una expresión que no puedo descifrar: calcula, evalúa, decide si hablo en serio o si es un farol.
No es un farol.
Y creo que él lo sabe.
—Un mes —dice al fin, y su voz suena forzada, como si le costase sacar cada palabra—. Ni uno más.
El alivio me golpea con tanta fuerza que tengo que esforzarme para no derrumbarme.
—Vuelves en agosto —continúa—. Y cuando vuelvas, cooperas. Sin dramas. Sin rebeldías. Haces exactamente lo que se supone que debes hacer. ¿Entendido?
Asiento porque no me fío de mi voz.
—¿Entendido? —repite.
—Entendido —consigo decir.
Mi padre me mira durante un largo momento. Y entonces su expresión se suaviza en algo parecido a la tristeza.
—Esto no va a cambiar nada —dice en voz baja—. Lo sabes, ¿verdad? Vas a volver. Y vas a casarte con Julian. Este mes no va a cambiar tu destino.
Las palabras me golpean el pecho como piedras.
—Lo sé —digo.
Hace tiempo que acepté mi destino.
Mi padre asiente.
—Puedes irte.
No necesito que me lo repita.
Salgo del despacho con pasos que intento mantener firmes hasta que cierro la puerta detrás de mí.
Y entonces me apoyo contra la pared del pasillo con las piernas tan temblorosas que casi no me sostienen.
Lo he conseguido.
Un mes con Aiden. Un mes de libertad antes de que la jaula se cierre para siempre.
No sé si será suficiente. No sé si algún tiempo con él llegaría a serlo.
Pero es todo lo que tengo.
Y voy a aprovecharlo.