Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

AIDEN

Pasado

El centro de escritura de la universidad, ese sitio al que te mandan para que aprendas a redactar, huele a café viejo y a desesperación.

Hay al menos diez estudiantes repartidos por las mesas, todos con esa expresión de «preferiría estar en cualquier otro sitio» que probablemente yo también llevo en la cara.

El lugar está en la segunda planta de la biblioteca.

Tiene unas ventanas enormes que dan al campus y estanterías llenas de manuales de redacción que nadie va a leer nunca.

Odio estar aquí.

No porque el sitio sea malo. Sino porque estar en este lugar significa que he admitido que necesito ayuda con algo tan básico como escribir un puto trabajo.

Mi profesor de Anatomía y Fisiología me mandó aquí después de leer mi último ensayo. Me habló sobre «estructura deficiente» y «falta de coherencia argumentativa» que básicamente se traduce en: escribes como un niño de diez años, Wellington, espabila.

Lo cual es injusto.

Sé un montón sobre el cuerpo humano. Sobre músculos y huesos y cómo funcionan los sistemas. Puedo explicártelo perfectamente si estamos tomando una cerveza o si me preguntas mientras entreno.

Pero ponerlo en papel de forma que suene académico y estructurado y con todas esas referencias bibliográficas en formato APA…

Eso es una pesadilla.

Así que aquí estoy. Un martes por la tarde cuando debería estar en el gimnasio, esperando a que algún tutor tenga tiempo para decirme todo lo que estoy haciendo mal.

Miro el reloj de la pared. Llevo cinco minutos sentado esperando y ya estoy considerando largarme. Total, el profesor no va a saber si he venido o no. Puedo inventarme alguna excusa. Decir que el centro estaba cerrado o que no había tutores disponibles o…

—¿Eres Aiden Wellington?

La voz viene de mi izquierda.

Giro la cabeza.

Y me quedo congelado.

Hay una chica de pie al lado de mi mesa.

No es muy alta (le saco una cabeza fácilmente), pero hay algo en ella que me impide dejar de mirarla.

Lleva vaqueros desgastados y un suéter color crema que le queda grande, de esos que parecen robados del armario de alguien, con las mangas cubriéndole la mitad de las manos.

El pelo castaño claro le cae suelto por los hombros con reflejos que brillan cuando el sol entra por las ventanas.

Tiene una carpeta apretada contra el pecho y se muerde el labio inferior mientras espera.

No lleva apenas maquillaje. Tiene pecas sutiles en el puente de la nariz que solo se ven de cerca. Y cuando baja la vista para mirarme, sus ojos me golpean con la fuerza de un puñetazo.

Son azules como el océano en verano cuando el sol lo atraviesa. Claros, transparentes.

Preciosos.

Me está mirando, esperando a que diga algo, y yo llevo demasiado rato sin abrir la boca, mirándola como un idiota.

—Sí, soy yo —consigo responder finalmente, y mi voz sale más ronca de lo normal.

Su sonrisa se hace más amplia.

—Genial. Yo soy Scarlett. Tu tutora de hoy.

Scarlett.

El nombre le pega perfectamente. Es suave pero con fuerza. Como ella.

Espera.

¿Desde cuándo pienso así sobre nombres?

—Siéntate —digo, señalando la silla vacía a mi lado, porque necesito que haga algo para dejar de quedarme embobado.

Se sienta, dejando la carpeta sobre la mesa, y cuando la abre, noto que sus manos son delicadas pero firmes. Las manos de alguien que escribe mucho.

Huele a algo suave. Vainilla, creo. O tal vez lavanda. No es perfume caro como el que llevan las chicas que normalmente intentan hablarme después de los partidos. Es sutil. Natural.

Y me está volviendo loco.

—Bueno —dice, sacando un bolígrafo—. ¿En qué necesitas ayuda?

Su voz es tranquila. Amable. Como si de verdad le importase y no estuviese aquí solo porque le dan créditos en la asignatura.

—Tengo que escribir un trabajo sobre el sistema muscular —explico, sacando mi portátil de la mochila—. Diez páginas. Con referencias. Y mi profesor dice que escribo como si estuviese mandando mensajes de texto en lugar de hacer un trabajo académico.

Scarlett se ríe.

Es un sonido bajo, genuino, y hace que algo en mi pecho se apriete de una forma que no entiendo.

—Bueno, eso tiene solución —dice, inclinándose hacia delante para mirar la pantalla de mi portátil—. ¿Me dejas ver lo que llevas hasta ahora?

Giro el portátil hacia ella, y durante los siguientes minutos la observo leer lo que he escrito. Sus ojos se mueven rápido por las líneas. De vez en cuando arruga el ceño. O asiente. O se muerde el labio de una forma que me está costando no mirar.

—Vale —dice, alzando la mirada—. No está mal. Sabes de lo que hablas. Se nota que entiendes del tema. El problema es que estás escribiendo como si lo estuvieses explicando en una conversación en lugar de estructurarlo académicamente.

—¿Y eso es malo?

—No es malo —aclara rápidamente—. De hecho, es bueno. Significa que sabes comunicar. Solo necesitas aprender a darle formato. A organizarlo de forma que suene más… formal.

—Formal suena aburrido.

Se ríe otra vez, y joder, ese sonido me gusta mucho.

—A veces lo es —admite—. Pero es lo que los profesores quieren. Así que vamos a trabajar en eso. ¿De acuerdo?

Asiento, aunque sinceramente ahora mismo podría estar diciéndome que tengo que reescribir el trabajo entero en chino mandarín y diría que sí.

Porque no quiero que esta hora termine.

No quiero que se levante y se vaya y vuelva a ser una desconocida.

Quiero seguir sentado aquí, escuchando su voz, viendo cómo sus manos se mueven cuando señala algo en la pantalla, oliendo ese aroma suave que me está haciendo perder la concentración de una forma alarmante.

—Lo primero es la estructura —dice, cogiendo un papel y empezando a dibujar un esquema—. Introducción, desarrollo, conclusión. Básico, pero fundamental. En la introducción presentas el tema y tu tesis….

Intento concentrarme en lo que dice.

De verdad que lo intento.

Pero es difícil cuando noto cómo la luz del sol hace que su pelo brille. O cuando se inclina un poco más cerca y puedo ver esas pecas con más claridad. O cuando me mira directamente a los ojos para asegurarse de que estoy entendiendo y siento que me está viendo de verdad.

No al deportista.

No al tipo que toda la universidad conoce porque juega en el equipo.

A mí.

A Aiden.

—¿Lo entiendes hasta aquí? —pregunta, y me doy cuenta de que he estado tan perdido en mis pensamientos que no he escuchado la mitad de lo que ha dicho.

—Sí —miento.

Ella ladea la cabeza, y su expresión me dice que sabe de sobra que estoy mintiendo.

Pero no me llama mentiroso. Solo sonríe.

—Te voy a enviar unos recursos por email —dice—. Ejemplos de estructuras. Guías de formato APA. Cosas que te van a ayudar.

—Genial. Gracias.

Anota mi dirección de email cuando se la doy, y entonces se recuesta en la silla, dejando el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Qué estudias? —pregunta.

—Kinesiología —respondo—. Tercer año.

—¿Quieres ser fisioterapeuta?

—No. Bombero. ¿Y tú?

—Literatura —dice, y algo en su expresión cambia cuando lo dice. Se ilumina. Como si acabase de mencionar algo que realmente le importa—. Segundo año.

—¿Así que te gusta leer?

—Me encanta leer —corrige, y hay tanta pasión en esas tres palabras que me hace sonreír—. Pero más que leer, me gusta escribir. Historias. Novelas. Es lo que quiero hacer cuando me gradúe.

—¿Quieres ser escritora?

Asiente, pero hay algo cauteloso en su expresión ahora. Como si esperase que me ría o que le diga que eso no es una carrera real.

—Es increíble —aseguro, y lo digo en serio—. ¿De qué tipo de historias hablamos?

Su expresión se abre del todo.

Y durante los siguientes veinte minutos me habla de las novelas que quiere escribir. De los personajes que viven en su cabeza. De cómo a veces se despierta en mitad de la noche con una idea y tiene que anotarla antes de que se le olvide.

Y yo la escucho.

No porque tenga que hacerlo.

Sino porque quiero. Podría pasarme horas escuchándola hablar.

Me encanta cómo se le ilumina la cara cuando menciona una trama que le gusta, cómo gesticula con las manos al explicarme una escena, cómo se ríe de sí misma cuando dice algo que considera demasiado cursi.

Es real.

Genuina.

Y tan diferente a cualquier chica que haya conocido que me aterra un poco lo mucho que quiero seguir conociéndola.

—Perdona —dice de repente, mirando su reloj—. Me he enrollado demasiado. Tengo clase en diez minutos.

—No pasa nada —digo rápidamente, aunque cada parte de mí quiere decirle que se quede.

Se levanta, recogiendo su carpeta, y yo me levanto también porque mi madre me educó bien y no voy a quedarme sentado mientras ella se va.

—¿Quieres que quedemos otra vez? —pregunta—. Para revisar el trabajo cuando hayas avanzado más.

—Sí —respondo demasiado rápido, y ella sonríe.

—¿El martes que viene? ¿A la misma hora?

—Perfecto.

—Genial. Nos vemos entonces, Aiden.

La forma en que dice mi nombre me desarma.

Y entonces se va.

Camina entre las mesas hacia la salida, y yo me quedo ahí de pie, viéndola irse, completamente incapaz de moverme.

Alguien me golpea el hombro.

—Tío, tu tutora está buenísima.

Es Ryan, un compañero de equipo que aparentemente también está aquí por ayuda académica.

Normalmente respondería con alguna broma. O estaría de acuerdo. O haría algún comentario estúpido.

Pero ahora mismo lo único que quiero hacer es decirle que cierre la boca.

Porque Scarlett no está solo «buenísima».

Es… no sé lo que es.

Solo sé que acabo de pasar la mejor hora de mi semana hablando sobre estructura de ensayos y novelas que no he leído.

Solo sé que ya estoy contando los días hasta el martes que viene.

Solo sé que estoy jodido.

Completamente jodido.

Porque acabo de conocer a Scarlett Walton.

Y algo me dice que mi vida acaba de cambiar para siempre.