CAPÍTULO 1 #2
El anillo brilla bajo el sol. Un diamante enorme rodeado de diamantes más pequeños que lanzan destellos de luz como fuegos artificiales.
—¿Me harías el honor de casarte conmigo?
No puedo respirar.
No puedo pensar.
Todos me están mirando. Hay cincuenta pares de ojos clavados en mí. Esperando. Los fotógrafos tienen las cámaras levantadas. Mi madre me sonríe desde su sitio junto a mi padre con una expresión que dice claramente que este era el plan desde el principio.
Esto es una trampa.
Una trampa perfectamente orquestada.
Y no hay salida.
Si digo que no, monto un escándalo. Humillo a Julian delante de todos. Arruino lo que sea que mi padre haya negociado con los Vane. Decepciono a mi familia delante de las personas más importantes de nuestro círculo.
Si digo que no, destruyo todo.
Y mi padre sabe que no voy a poder hacerlo.
El anillo sigue ahí, brillando, esperando.
Julian sigue arrodillado, con la sonrisa confiada de alguien que sabe que ya ha ganado.
Y yo me quedo de pie con el vestido blanco pegándose a mi piel y el sol quemándome y las rodillas a punto de fallarme.
Pienso en Aiden.
En su risa.
En cómo me hace sentir cuando hablamos por teléfono y puedo oír la sonrisa en su voz.
En cómo me hace sentir como si importase. Como si fuese más que un apellido y una cuenta bancaria.
Pero Aiden está en Montana.
Y yo estoy aquí.
Atrapada.
Así que hago lo único que puedo hacer.
Asiento.
—Sí —susurro, y la palabra me raspa la garganta como si tuviese cristales.
El jardín explota.
Aplausos. Gritos de felicitación. Silbidos.
Julian se levanta y me pone el anillo en el dedo. Pesa. Pesa tanto que tengo que hacer un esfuerzo para no dejar caer la mano.
Y entonces me besa.
Delante de todos.
Sus labios están fríos contra los míos. La presión es firme. Casi agresiva. Como si estuviese marcando territorio.
Y yo siento náuseas.
Cuando se aparta, me pone la mano en la cintura y me mantiene pegada a su costado.
Los fotógrafos nos rodean.
—Mirad aquí. Perfectos. Sonreíd. Una vez más. Preciosos.
Los flashes explotan.
Y yo sonrío.
Sonrío aunque siento que me estoy rompiendo por dentro.
Sonrío aunque lo único que quiero es salir corriendo.
Sonrío porque es lo que se supone que debo hacer.
Y durante todo ese tiempo la mano de Julian no se mueve de mi cintura.
Las siguientes dos horas son una tortura.
La gente me felicita. Me besa en las mejillas. Me dice lo feliz que debo estar. Lo perfecta que es esta unión. Lo mucho que Julian y yo estamos hechos el uno para el otro.
Y yo asiento.
Y doy las gracias.
Y finjo que cada palabra no me está matando un poco más.
Julian no se separa de mí en ningún momento. Su mano está siempre ahí. En mi cintura. En mi espalda. En mi hombro. Reclamándome delante de todos como si fuese una posesión que acaba de adquirir.
Cuando el último invitado finalmente se marcha y el jardín se queda en silencio, siento que voy a vomitar.
—Ha sido perfecto —dice mi madre, apareciendo a mi lado con una sonrisa radiante—. No podría haber salido mejor. Las fotos van a quedar preciosas.
No respondo.
No puedo.
—Voy arriba —murmuro, y me alejo antes de que pueda detenerme.
Subo las escaleras. Cruzo el pasillo. Y en lugar de ir a mi habitación, giro hacia el despacho de mi padre.
No llamo.
Abro la puerta y entro.
Mi padre está sentado detrás de su escritorio, revisando algo en su ordenador como si acabase de tener una reunión de negocios normal.
Levanta la vista cuando entro.
—Scarlett —dice, y hay sorpresa en su voz—. Pensaba que estarías celebrando con Julian…
—¿Cómo has podido? —lo interrumpo.
Mi voz sale más alta de lo que pretendía. Más rota.
Mi padre parpadea.
—¿Perdona?
—Te dije que no estaba preparada —digo, y tengo que apretar las manos en puños para que no me tiemblen—. Te dije que necesitaba tiempo. Que Julian y yo apenas nos conocemos. Que no quería precipitarme.
—Scarlett…
—Y tú has organizado esto de todas formas. Delante de todos. Con fotógrafos. Sin preguntarme. Sin darme elección. ¿Cómo has podido hacerme esto?
Mi padre suspira. Cierra el ordenador y se recuesta en su silla con esa expresión de paciencia forzada que usa cuando cree que estoy siendo dramática.
—Siempre has sido una rebelde —dice finalmente—. Desde que eras niña. Siempre lo has cuestionado todo. Siempre has querido hacer las cosas a tu manera.
Una rebelde.
Las palabras me golpean como una bofetada.
¿Rebelde yo?
Yo, que he ido a todos los eventos que me han obligado a ir.
Que he sonreído en todas las fotos. Que he estudiado Literatura porque era «aceptable» aunque lo que realmente quería era Escritura Creativa.
Que he salido con Julian durante seis meses aunque cada cita se siente como estar cumpliendo una condena.
Yo, que he sido la hija perfecta durante veintitrés años.
¿Eso es ser rebelde?
¿O es simplemente intentar mantener un mínimo de control sobre mi propia vida?
—No soy rebelde —digo, y mi voz tiembla—. Solo quiero… quiero poder elegir. Quiero tener voz en las decisiones que afectan a mi vida.
—Y la tienes —responde mi padre—. Pero también tienes responsabilidades, Scarlett. Responsabilidades hacia esta familia. Hacia el legado que hemos construido. Hacia las generaciones que vendrán después de ti.
—No quiero casarme con Julian.
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
Mi padre se queda inmóvil.
El silencio se alarga.
—¿Perdona? —dice, y su voz es peligrosamente baja.
—No lo amo —aclaro, y ahora que he empezado no puedo parar—. No lo conozco realmente. Cada vez que estamos juntos me siento vacía. Como si estuviese interpretando un papel. Y no quiero pasar el resto de mi vida así.
Mi padre se levanta. Rodea el escritorio con pasos lentos y se planta delante de mí.
—El amor es algo que se construye —dice, y suena como si estuviese citando un manual de instrucciones—. Con el tiempo. Con el compromiso. Con el esfuerzo. Lo que sientes ahora es irrelevante. Lo que importa es lo que esta unión significa para las dos familias.
—¿Y qué significa? —pregunto, aunque parte de mí no quiere saber la respuesta.
Mi padre me mira durante un largo momento.
Y entonces dice las palabras que hacen que el mundo se desmorone bajo mis pies.
—Necesitamos este acuerdo, Scarlett. La fusión con los Vane no es solo beneficiosa. Es necesaria. Sin ella, lo perdemos todo.
El aire desaparece de mis pulmones.
—¿Qué?
—Hemos tenido… complicaciones —continúa mi padre, y por primera vez desde que tengo memoria, lo veo incómodo—. Inversiones que no salieron como esperábamos. Proyectos que fracasaron. Deudas que se acumularon. Necesitamos el capital de los Vane. Necesitamos esta fusión.
No.
No puede ser verdad.
—O nos hundimos —termina, y me pone las manos en los hombros—. Así que cuando te pido que te cases con Julian, no te estoy pidiendo que sacrifiques tu felicidad por capricho. Te estoy pidiendo que salves a tu familia.
Las palabras se clavan en mi pecho como cuchillos.
Salvar a mi familia.
O vivir mi vida.
Elegir.
Tengo que elegir.
Y en ese momento, la última esperanza que guardaba en algún rincón estúpido de mi corazón (esa fantasía absurda de que algún día podría librarme de todo esto, de que podría irme a Montana y escribir y estar con Aiden y ser simplemente yo) se rompe en mil pedazos.
Porque no puedo elegirme a mí.
No cuando elegirme significa destruir a mi familia.
No cuando significa arruinar a las personas que me criaron, que me educaron, que me dieron todo lo que tengo.
Aunque ese «todo» nunca haya incluido libertad.
—¿Lo entiendes ahora? —pregunta mi padre.
No puedo hablar.
No puedo moverme.
Solo puedo quedarme ahí de pie con sus manos en mis hombros y el peso del mundo aplastándome.
Asiento.
Porque ¿qué otra cosa puedo hacer?
—Bien —dice mi padre, y me suelta—. La boda será en primavera. Tu madre ya está trabajando en los detalles. Faltan nueve meses. Es tiempo más que suficiente para prepararlo todo.
Nueve meses.
Tengo nueve meses antes de que mi vida deje de ser mía.
Nueve meses antes de convertirme en la señora Vane.
Nueve meses antes de que todo lo que soy desaparezca para siempre.
Me doy la vuelta sin decir nada más.
Camino hacia la puerta con pasos que no siento.
La abro.
Y salgo.
El pasillo está vacío. Silencioso. La luz del sol entra por las ventanas y dibuja sombras en el suelo de mármol.
Miro el anillo en mi dedo.
Brilla.
Es precioso.
Y lo odio con cada fibra de mi ser.
Empiezo a caminar.
No sé hacia dónde.
Solo sé que tengo que moverme o voy a gritar.
Bajo las escaleras. Cruzo el vestíbulo. Salgo por las puertas principales hacia el camino de grava que lleva a los jardines traseros.
El aire fresco me golpea la cara.
Y por primera vez en horas, puedo respirar.
Pero no es suficiente.
Nada es suficiente.
Porque en nueve meses voy a casarme con un hombre que no amo.
Y el hombre al que amo nunca va a saber cuánto lo quiero.