Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

SCARLETT

Un día antes…

Si Aiden estuviese aquí se estaría riendo.

Se reiría de la señora Rothschild y su décimo viaje a Mónaco este año, y de cómo el señor Ashford le está explicando a mi padre las virtudes de su nuevo Tesla como si acabase de inventar la electricidad.

Se reiría de todas estas personas con sus trajes impecables y sus sonrisas perfectas, hablando de cosas que no importan mientras el champán corre y el sol convierte el jardín en un horno.

Y luego me cogería de la mano y me sacaría de aquí.

Pero Aiden no está en la fiesta.

Está al otro lado del país, en un pueblo de Montana donde la gente lleva vaqueros a los eventos sociales y nadie finge que le importa quién compró qué mansión en los Hamptons.

Y yo estoy atrapada en este maldito brunch.

—Scarlett, cariño, ¿me estás escuchando?

Parpadeo y me encuentro con la señora Rothschild mirándome con una mezcla de diversión y ligera irritación. Tiene una copa de champán en una mano y un canapé de algo que no reconozco en la otra.

—Perdona —digo, y la sonrisa me sale automática después de veintitrés años de práctica—. ¿Qué me decías?

—Te preguntaba si has probado el salmón ahumado. Es de Noruega. Salvaje, por supuesto.

Por supuesto.

Porque servir un salmón de piscifactoría sería una ofensa imperdonable.

Cojo uno de la bandeja que lleva un camarero y lo muerdo. Sabe a… salmón. No estoy segura de qué se supone que debería notar que lo hace especial, pero asiento como si acabase de probar algo que ha cambiado mi vida.

—Delicioso.

La señora Rothschild sonríe satisfecha y se lanza a una explicación detallada sobre por qué el salmón noruego es superior al escocés, y yo dejo que sus palabras se conviertan en ruido de fondo mientras miro el jardín.

Hay al menos cincuenta personas aquí. Puede que más. Todas con ropa que cuesta lo mismo que un coche, hablando con esa cadencia educada que hace que todo suene importante aunque no lo sea, sosteniendo copas de champán Veuve Clicquot como si fuesen extensiones de sus manos.

Mi madre está junto a las hortensias, radiante con su vestido rosa Chanel y su sonrisa de relaciones públicas perfectamente calibrada. Mi padre está cerca, rodeado de hombres con trajes grises que gesticulan mientras hablan de cifras y proyectos y cosas que hacen que sus cuentas bancarias engorden.

Todo es perfecto.

Elegante.

Exactamente como se supone que debe ser.

Y lo odio.

No el jardín en sí. Las hortensias son preciosas, las rosas huelen de maravilla, y el sol hace que todo brille de una forma que sería perfecta si estuviese aquí por elección y no por obligación.

Lo que odio es la falsedad.

Cómo todos hablan sin decir nada. Cómo todos sonríen sin sentir nada. Cómo puedo estar rodeada de cincuenta personas y sentirme completamente sola.

Me quito el zapato derecho con disimulo y flexiono los dedos del pie. Los Louboutin son preciosos pero son instrumentos de tortura disfrazados de moda. Llevo una hora con ellos y ya tengo una ampolla formándose en el talón.

Mi madre me lo dejó todo sobre la cama esta mañana: el vestido blanco y los zapatos. Sin preguntarme si quería ponerme nada de eso. Ahí estaba, con esa expectativa silenciosa que es peor que una orden directa. Como si todavía fuese una niña y no una mujer.

Y yo me lo puse.

Como siempre.

Porque eso es lo que hago. Lo que llevo haciendo toda mi vida.

Obedecer.

Miro hacia las puertas francesas de la casa.

Están abiertas. Podría escabullirme. Subir a mi habitación.

Coger el portátil. Perderme durante una hora en el mundo que estoy construyendo palabra a palabra.

Un mundo donde los personajes dicen lo que sienten y hacen lo que quieren y nadie tiene que fingir que le importa el salmón noruego.

¿Alguien lo notaría si me fuese?

Echo un vistazo rápido. Mi madre está ocupada con las esposas de los socios de mi padre.

Mi padre está en mitad de lo que parece ser una negociación disfrazada de conversación casual.

La señora Rothschild ha encontrado otra víctima a la que explicarle las diferencias entre el champán francés y el cava español.

Nadie me está mirando.

Podría irme ahora mismo y probablemente no se darían cuenta hasta dentro de media hora.

Doy un paso hacia casa.

—Scarlett.

Me quedo quieta.

Reconozco la voz antes de girarme.

Julian Vane aparece a mi lado con dos copas de champán. Me ofrece una con esa sonrisa que ha perfeccionado en los mismos círculos sociales donde yo aprendí la mía.

—Parecías sedienta —dice.

No lo estaba, pero cojo la copa de todas formas porque rechazarla sería de mala educación y llevamos seis meses saliendo y ya sé que Julian valora la educación por encima de casi todo.

—Gracias.

Bebo un sorbo. El champán está frío y burbujeante y sabe exactamente como todas las otras copas de champán que he bebido en todos los otros eventos a los que me han arrastrado.

Julian está impecable. Como siempre. Lleva un traje gris que le sienta tan bien que parece hecho a medida. Porque probablemente lo es. Lleva el pelo oscuro peinado hacia atrás, sin un solo cabello fuera de lugar, y la corbata azul marino anudada con precisión.

Es guapo de esa forma que hace que las mujeres se giren a mirarlo cuando pasa: mandíbula cuadrada, ojos oscuros que siempre parecen estar calculando algo, el porte de alguien que nunca ha tenido que preocuparse por nada porque todo le ha sido dado.

Deberíamos ser la pareja perfecta.

Sobre el papel lo somos.

Él es el heredero de una fortuna. Yo soy la heredera de otra. Nuestras familias llevan años trabajando juntas. Tiene sentido que acabásemos saliendo.

Tiene sentido en todos los sentidos excepto en el único que importa.

Que cuando me toca no siento nada.

—Hace buen día —dice ahora, mirando el jardín como si estuviese evaluando una inversión inmobiliaria.

—Sí —confirmo.

—Tu madre ha hecho un trabajo excelente organizando esto.

—Siempre lo hace.

Bebe de su copa. Yo bebo de la mía. El silencio se alarga entre nosotros de esa forma incómoda que me hace querer llenar el espacio con palabras solo para que no sea tan obvio que no tenemos nada que decirnos.

Pero no lo hago.

Porque ya he aprendido que llenar el silencio solo retrasa lo inevitable: que vamos a terminar en otro silencio cinco minutos después.

Pienso en Aiden y en cómo con él los silencios nunca son incómodos. Podemos estar horas sin hablar y se siente bien. Natural. Como si no necesitásemos palabras para entendernos.

Cuando hablamos, las horas pasan volando y nunca hay suficiente tiempo para decir todo lo que quiero decirle.

Me hace reír hasta que me duele el estómago, y llorar cuando lo necesito, y sentir que está bien ser exactamente quien soy sin tener que adaptar mi personalidad para encajar.

—Deberíamos saludar a los Ashford —dice Julian, señalando con la cabeza hacia una pareja mayor al otro lado del jardín—. Mi padre mencionó que están considerando invertir en el nuevo desarrollo.

Por supuesto.

Porque en nuestro mundo todo gira siempre en torno a los negocios.

A las conexiones.

A qué podemos ganar con cada conversación.

—Claro —respondo, porque qué otra cosa puedo decir.

Julian me pone la mano en la parte baja de la espalda y me guía hacia los Ashford. Su toque es firme. Seguro. Desprovisto de cualquier calidez.

Y mientras caminamos entre la gente con sus sonrisas perfectas y sus conversaciones vacías, solo puedo pensar una cosa.

Ojalá estuviese en Montana.

Pasa otra media hora.

Otra media hora de conversaciones vacías y sonrisas falsas y champán que bebo sin pensar hasta que me doy cuenta de que llevo tres copas y probablemente debería parar.

Estoy considerando seriamente usar la excusa del dolor de cabeza cuando noto algo raro.

Hay más gente de la que pensaba.

Mucha más.

Y algunos rostros que no esperaba ver. Los Vane al completo. Los Ashford. Los Sterling. Familias importantes. Socios clave.

¿Por qué están todos aquí?

Se suponía que era un brunch familiar. Algo informal. Mi madre lo mencionó de pasada hace unos días como si no tuviese importancia.

Pero esto no parece informal.

Esto parece…

Y entonces lo veo.

Fotógrafos.

Hay fotógrafos mezclados entre los invitados. No muchos. Tres. Tal vez cuatro. Pero están ahí, con cámaras colgando del cuello, tomando fotos discretas del jardín, de la gente, de…

De Julian y de mí.

Se me eriza la piel.

—¿Estás bien? —pregunta Julian, mirándome con el ceño ligeramente fruncido.

—Sí —miento—. Solo me ha dado un poco de aire.

Asiente, pero no dice nada más.

Y entonces mi padre se mueve.

Camina hacia el centro del jardín con ese porte que hace que la gente automáticamente le preste atención. Coge una copa de champán de una mesa cercana y la golpea suavemente con un cuchillo.

El tintineo del cristal corta todas las conversaciones.

El jardín se queda en silencio.

Y todos se giran hacia él.

Hacia nosotros.

Porque Julian y yo estamos justo al lado de mi padre.

El estómago se me cierra.

—Amigos, familia —dice mi padre, y su voz llena el jardín con esa autoridad natural que ha cultivado durante décadas—. Eleanor y yo estamos encantados de que hayáis podido acompañarnos hoy.

Sonríe. Es su sonrisa de negocios. La que usa cuando está a punto de cerrar un trato importante.

—Hoy es un día muy especial para la familia Walton —continúa—. Como muchos sabéis, Julian Vane y nuestra hija Scarlett llevan saliendo desde hace meses. Y hemos visto cómo su relación ha florecido de una manera maravillosa.

¿Qué?

¿Qué está haciendo?

Un escalofrío me trepa por la nuca.

—Es por eso que estamos especialmente emocionados de compartir este momento con todos vosotros —dice mi padre, y me mira directamente.

Y entonces Julian se mueve.

Se gira hacia mí.

Y antes de que pueda procesar lo que está pasando, se arrodilla.

No.

No, no, no.

Esto no puede estar pasando.

—Scarlett Walton —dice Julian, y su voz suena amplificada en el silencio del jardín—. Desde el momento en que te conocí supe que eras especial.

Saca una caja de terciopelo negro de su bolsillo.

La abre.