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Nash y Sylvan eran una unidad. Sus vidas avanzaban juntas. Por eso, sus mujeres entraron oficialmente en la familia al mismo tiempo.
La doble boda tuvo lugar ese mismo mes, en Sireno, el barco de Nash.
Juanito y Eloy organizaron la decoración para que quedara tal y como los gemelos lo deseaban, añadiendo caos extra por amor.
Sireno se convirtió en un templo de lujo flotante: robots caros con actitud, torres de vino y sushi, agua oscura, perlas del fondo del abismo, luces y hologramas sobre el mar, tiburones bajo pasarelas de cristal, música sensual, Fuego Exquisito y más perfumes de la marca N en el aire…
y los invitados más bellos y caóticos de Nallane.
Marinette por fin tenía la oportunidad de coger en brazos a Nolan por un rato, ya que Naomi estaba ocupada casándose con el ídolo nacional.
Nolan no paraba de abrazar a su abuela y le regaló un dron que nadie tenía ni idea de cómo había atrapado.
Viktor estaba con Nida, arreglándole el flequillo. Caleb, a su lado, hablaba con Viktor sobre enseñarle política a Nida, porque según él tenía cara de ser una buena líder.
El doctor Gord llevaba toda la tarde intentando convencer a Fabian de relajarse, sin éxito.
Fabian lucía impecable y se veía más lindo que la mayoría de los invitados, pero no hablaba con nadie más de lo necesario.
Odiaba las interacciones sociales. Solo se aseguraba de que todos los robots se comportaran y de que no hubiera accidentes.
Se quedó mirando al altar y ciertos pensamientos intrusivos asaltaron su cabeza.
Imaginó robarles las novias a los gemelos.
También imaginó casarse con Nash. Se puso nervioso él solo. Nadie lo miraba.
El objetivo de Fabian era formar parte de esa familia. De momento, solo era el científico que se ocupaba de sus monstruos marinos y modelo de la marca N.
Mientras tanto, Juanito intentaba no ser teatral durante diez minutos, luciendo perfecto en su traje color coral con escamas y corales decorativos. Se puso a llorar de la emoción cuando Nash lo mencionó en un discurso sobre sus amigos más cercanos.
Eloy estaba tocando su violín y al mismo tiempo se aseguraba con la mirada de que los empleados estuvieran decorando bien la comida.
Desde un acuario conectado al mar, en una pared de la cubierta principal, Auroro estaba escuchando la ceremonia con solemnidad.
—¡Sylvan y Nash son el mismo hombre, carajo! ¡Además, quiero rodillas, quiero saltar por la proa! ¡Quiero subirme a la escultura de sirenas que se besan! —exclamaba Rhal, a su lado.
Voss miraba con rivalidad absoluta al Lutecio con tentáculos, ambos en lados opuestos del acuario.
Si el Lutecio entrara en ese tanque de tiburones sobrenaturales, acabaría hecho carne picada.
No era tan estúpido. Se quedó en la zona de invitados, manchando las sillas de ácido morado mientras los invitados le sacaban fotos, muy curiosos al ver un Lutecio gigantesco que no era peligroso.
Théodoré era uno de los camareros principales y corría de un lado a otro como un poseso cargando decenas de cócteles en una torre. No se le cayó ninguno… hasta que se le cayeron todos.
Los mafiosos más leales de Caleb se relajaban, bebían y reían como gente educada, como si no tuvieran cadáveres en su historial.
Los militares y políticos más cercanos a la familia fruncían el ceño por la decoración excéntrica, pero acabaron disfrutando como todos.
Las celebridades queer convirtieron Sireno en una pasarela descabellada y la boda en un espectáculo inolvidable.
Los amigos empresarios y rivales de Nash llegaron decididos a impresionar al mundo, pero terminaron aceptando que competir con una doble boda Chase celebrada sobre un barco flotante con tiburones entre los invitados era una batalla perdida.
Nolan llevaba una camisa blanca con diseño de criaturas del mar. Juanito lo había vestido. Cuando Marinette miró hacia otro lado por un minuto, Nolan tenía una pila entera de drones secuestrados en una esquina. Se los entregó a su tío Juanito y él se puso a llorar otra vez por la ternura.
Eclipse lo observaba todo desde la punta más alta de Sireno, desplegando las alas con soberbia, pensando:
Me aburriré pronto de esta era de paz y armonía. Nolan, Nida, más os vale crecer rápido y darme un nuevo espectáculo.
■ ■ ■
Nash y Sylvan se prepararon juntos.
Consideraron intercambiarse para la boda. No lo hicieron, pero perdieron quince minutos riéndose como idiotas.
Vistieron conjuntos confeccionados a medida que seguían la misma línea estética, con diferencias en materiales y detalles.
Ambos llevaban trajes ajustados, elegantes y provocativos, diseñados por ellos mismos para atraer miradas sin perder sofisticación.
Nash llevaba tonos rojos y negros con detalles metálicos y transparencias que todos buscarían con la mirada.
Sylvan llevaba una versión de color azul y dorado con acabados brillantes y cortes que les quitarían el aliento a los presentes.
No había corbatas. Nash dejó varios botones abiertos. Sylvan dejó todavía más.
Cuando salieron a la cubierta, para los invitados fue una misión imposible decidir cuál de los dos se veía mejor. Para Rhal, cada vez más evidencia apuntaba a lo mismo: Nash y Sylvan eran el mismo brujo rubio.
■ ■ ■
Los mismísimos monarcas de Nallane atendieron la doble boda.
La reina Ada de Keamat, la monarca más sensual y problemática de la historia de Nallane, robó la atención de todo el mundo. Los presentes se quedaron sin aliento al verla descender de su avión militar rosa sobre el helipuerto de Sireno.
A su lado caminaba su marido, Arsen Hale, y en medio de ambos el príncipe Claude.
Los invitados estaban alucinados por ver al legendario líder revolucionario de Keamat en persona desde cerca. Vestía un traje negro ajustado que realzaba su figura esbelta. Su piel clara y sus ojos fríos le daban un aire de ángel inaccesible, demasiado hermoso para haber dirigido una guerra.
—Eres solo otro Sylvan, pero peor —le dijo Adamarisse a Nash, al llegar a su lado, con una sonrisa torcida.
—Gracias —respondió Nash, agasajado.
Del avión rosa descendió una fiera. Una leoparda de las nieves que caminaba con soberbia, como si incluso tanto lujo le pareciera mediocre. Como si fuera otra Adamarisse.
—A partir de hoy, Catalina vivirá aquí permanentemente —anunció Adamarisse—. Os recordará a mí —añadió, dedicándole un guiño a los gemelos.
Sylvan conocía a Catalina desde hacía tiempo. No era una fiera cualquiera. Tenía genes sobrenaturales de Lutecio y una actitud. No era una mascota. Era una reliquia.
—Bienvenida, Catalina —dijo Sylvan, con el mismo tono cariñoso que usaba con Nida y Nolan.
Nash ya estaba pensando en ponerle un collar de diamantes a la gata.
Arsen dio un paso hacia Sylvan, sin mirar a nadie más.
Antes de que pudieran hablar, Nash se colocó entre los dos.
—Las novias están a punto de llegar. Mirad hacia allí.
Arsen y Sylvan se encogieron de hombros y sonrieron.
Juanito, que había presenciado la escena desde unos metros más atrás, gritó:
—¡Nash, nadie te va a robar a tu gemelo!
Adamarisse se echó a reír.
Nash seguía sonriendo. También seguía celoso.
Nolan saltó sobre Catalina como si fuera una almohada gigante, para abrazarla.
Catalina estaba gruñéndole a todos y solo ronroneaba para los hombres Chase. Es decir, Sylvan, Nash… y el pequeño Nolan.
El príncipe Claude se sentó educadamente con Nida. Ella le dijo que su ropa era cutre.
El rey Akash de Jangwa y la reina Jennifer también estaban entre los invitados de honor.
La reina Jennifer, una hechicera inmortal con historia con Sylvan, les dedicó miradas de burla a los gemelos, como diciendo: “Los niños buenos sobrevivieron y llegaron lejos. Qué divertido. A ver cuánto dura”.
El rey Roger de Salamat, el monarca más poderoso de Nallane, había recibido la invitación, pero había respondido: “No me da la gana” y añadido: “Esos rubios con cara de modelos de calzoncillos son insoportables”.
Luego había rematado: “Solo iría a un estúpido barco queer si hay vino ilegal importado de Fasamarat”.
Nash ya estaba pensando en rutas de comercio prohibido con aquel reino que no se involucraba con nadie.
■ ■ ■
Fiona Tempest, Miss Nallane en público y subjefa de la mafia Chase en privado, estaba en primera fila, radiante, y las cámaras no paraban de enfocarla. La mitad de los invitados la miraba con descaro, y la otra mitad fingía no hacerlo.
Ella solo miraba a Nash. Él le sonrió, como diciendo: “Sigues siendo mía, pelirroja consentida”. Sylvan también la miró. Fiona se sonrojó.
Evangeline, CEO de flores y la inmortal que siempre había sido un pilar en la vida de los gemelos, lo contemplaba todo en silencio.
En el fondo, deseaba estar en lugar de las novias.
Especialmente en lugar de Naomi. No podía negar su amor por Nash ni podía controlar su propia incomodidad, pero estaba feliz por él.
Pero en cuanto a Sylvan… Evangeline no estaba tan feliz por él.
Como podía leer hasta el fondo a los mortales, sabía qué clase de mujer era Shery.
Tenía claro que Shery amaba con locura a Sylvan, y él a ella, pero eso no borraba sus defectos.
No iba a decir nada al respecto. Sonrió, intentando disfrutar de la ceremonia.
Solaris Chase estaba con las piernas cruzadas, sentada con soberbia mientras sus hombres más fieles le preguntaban qué deseaba para estar más cómoda, ofreciéndole vino y atención.
Ella solo miraba a Nash… y odiaba no poder llamarlo marido.
Odiaba no poder tener al amor de su vida solo para ella. Odiaba compartirlo. Odiaba todo.
Tenía suficiente poder como para chasquear los dedos y hacer que sus hombres incendiaran todo el barco.
Se portó bien. Por Nash. Porque lo respetaba.
■ ■ ■
Las novias llegaron. Como ninguna de las dos tenía padres, Gord y Caleb las acompañaron.
Naomi subió al altar con un vestido blanco inspirado en las sirenas de Nallane. Se ajustaba a su figura y caía hasta el suelo, abierto por los lados. El corte era intencional, para que cada vez que la brisa lo moviera, se viera su ropa interior de encaje negro y la N de Nash tatuada en su nalga.
Los presentes sabían que Naomi era descarada. También sabían que Nash la había escogido. Y estaban seguros de que ese vestido tan atrevido, tan ilegal, tan escandaloso, lo había diseñado Nash para ella.
Su cabello rubio miel permanecía suelto, descendiendo por su espalda en suaves ondas. Llevaba las enormes joyas ancestrales de la familia Chase. Marinette se las había regalado por ser la mujer de su hijo mayor, a pesar de que Nash era solo unos diez minutos mayor que Sylvan.
Shery sabía que era favoritismo, no una tradición, pero le daba igual.
En realidad, Marinette le había dado las joyas ancestrales a Naomi para sobornarla y que así ella dejara de ser la madre más posesiva de Nallane. No sabía que no iba a obtener ni cinco minutos extra con Nolan.
Shery apareció con un vestido de princesa de gran volumen, cubierto de delicados bordados de color rosa y dorado. Desde lejos, parecía la novia más elegante y romántica de Nallane. De cerca, la situación era diferente.
La parte superior del vestido estaba abierta tanto por delante como por detrás. Su escote apenas ocultaba sus pechos y toda su espalda permanecía al descubierto. La mitad del vestido parecía digna de un cuento de hadas. La otra mitad parecía la armadura de una súcubo.
Los militares conservativos protestaron entre dientes, sin entender cómo Sylvan había aprobado que su mujer apareciera en público así.
Decían que Nash era una mala influencia.
Lo que no sabían era que cuando el sastre le había preguntado cómo de bajo debería ser el corte frontal, Sylvan había insistido: “Más bajo”.
Y el sastre había empezado a sudar: “¿Hasta el ombligo?”. Sylvan: “Más bajo”.
Shery estaba orgullosísima de su vestido y Sylvan la contemplaba como si fuera su diosa. Porque lo era.
Shery llevaba el cabello recogido en un moño alto y olía a coco. Lucía joyas diseñadas por Sylvan con los mejores diamantes de Nallane. No necesitaba ninguna herencia. Su propio marido podía hacer para ella las joyas más románticas y exclusivas.
Incluso el cura era una celebridad, un bailarín profesional de Sireno.
Las dos parejas se casaron.
Shery pasó gran parte de la celebración en brazos de Sylvan. Si alguien quería hablar con él, tenía que aceptar que Shery era parte de su cuerpo. No era cansancio ni necesidad.
Simplemente, le gustaba estar encima de su marido. Y lo besaba una y otra vez delante de todos. Él interrumpía cada conversación para besarla de vuelta. También acariciaba su cuerpo como si no pudiera quitarle las manos de encima.
Cuando Shery se subía encima de Sylvan, se veían sus tacones transparentes, afilados como instrumental quirúrgico.
Seguía siendo una doctora, después de todo.
Naomi, en cambio, estaba mucho más emocional. No pudo evitar derramar lágrimas cuando el cura declaró a Nash su marido. Por fin había cumplido su sueño por completo: ser imprescindible para él.
Nash la abrazó con ternura. Nolan también se puso a llorar al ver a su madre llorando, y Nash lo llamó al altar y los tres se dejaron fotografiar por sus fans, juntos.