Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) Epílogo
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Epílogo

Unos días después de la doble boda, Nolan caminaba sobre la alfombra del cuarto de juegos de la mansión de los abuelos Marinette y Viktor.

Juanito estaba agachado detrás de un ficus, grabándolo todo con el móvil. La abuela de los niños había salido un momento para atender una llamada importante.

—¡Vamos, pequeño jefe! ¡Conquista el mundo!

Nolan se apartó un mechón rubio de los ojos, respiró hondo y se dirigió hacia un tiburón de peluche que era casi tan grande como él. Lo agarró con ambas manos, arrastrándolo por el suelo.

Nida estaba sentada sobre una manta acolchada, acariciando sus trenzas castañas. Nolan se acercó a ella y le entregó el tiburón como un caballero entregando un tesoro a una princesa.

Nida lo recibió y se rió muy fuerte, tipo: “Muahahhaa”.

Nolan se rió igual, pero sonaba adorable.

A pocos metros, el Lutecio de los tentáculos con ácido morado estaba tumbado boca arriba. Nadie lo había echado, así que seguía en la familia.

Nida le agarró uno de los tentáculos. Nolan le ofreció como comida un extintor de juguete, o tal vez real, nunca se sabía. El monstruo emitió un ruido ofendido.

La puerta se abrió. Naomi entró para recoger a su querido hijo, al que había dejado con los abuelos solo por un rato. Solo porque Marinette había prometido poner su retrato en el hall junto a la familia antes que el de Shery.

Shery apareció por otra puerta, inesperadamente.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Naomi, rodando los ojos—. ¿De verdad has venido a recoger a Nida?

—No. Quería hablar contigo —dijo Shery.

Juanito retrocedió poco a poco hacia la puerta del jardín. Naomi agarró el extintor de las manos de Nolan.

—¡No me pegues, Naomi! ¡Estoy educando futuros villanos!

Juanito salió corriendo. Naomi lo persiguió, pero no logró atraparlo. Nunca lo lograba. Regresó al cuarto de juegos, resoplando.

Nolan abrazó al enorme monstruo marino y Nida puso pegatinas sobre él.

Shery se sentó en un sillón en forma de avión militar. Naomi se sentó sobre el reposabrazos, a su lado.

—Me pregunto dónde fue Sylvan la noche de nuestra boda después de acostarse conmigo. Se marchó sin avisarme, a las tres de la madrugada —dijo Shery, como si no hubiera parado de pensar en eso.

—Nash también se fue a esa hora de mi cama —confirmó Naomi, y de repente, milagrosamente, dramáticamente, fascinantemente, su cerebro hizo una conexión imposible y no pudo evitar confesar la verdad—. Sylvan vino a mi habitación justo después. Pero él no me contó dónde se había ido Nash.

—Nash vino a mi cama después de que se fuera Sylvan —reveló Shery el secreto también, y su mente hizo la misma conexión—. ¡Se intercambiaron de cama!

Se quedaron petrificadas por un minuto entero, luego ambas se llevaron una mano a la frente.

—Llevamos tanto tiempo queriendo matarnos, gritando: “no toques a mi hombre”, mientras nuestros hombres nos tocan a las dos. Éramos espejos desde el principio. Cada una de nosotras se metía en la cama del gemelo prohibido creyendo que la otra no lo hacía.

—Ellos creyeron que tú y yo nunca hablaríamos de esto. Que nunca nos pararíamos a preguntar a la otra.

—Qué hijos de puta tan creídos.

—Creídos pero hermosos.

—Demasiado hermosos.

Nolan le trajo más peluches a Nida. El Lutecio seguía allí, como un cojín gigante. Todos los juguetes estaban manchados de ácido morado que olía de maravilla.

Naomi soltó una carcajada. Shery también.

—Joder.

—Sí.

—Ignoramos algo bastante obvio.

—Muchísimo.

Nida golpeó al Lutecio sin razón aparente. El monstruo, del tamaño de un coche, emitió un ruido mojado, indignado.

—Sigo sin soportarte, Naomi.

—Yo te odiaré toda la vida, Shery.

—Pero quiero a los dos. A mi marido y a su gemelo.

—Yo también.

—Entonces… supongo que vamos a fingir que no sabemos nada y dejar que ellos sigan haciendo lo que hacen. Es una fantasía erótica hecha realidad.

—Sí, por eso mismo no quiero que pare. En cuanto a ti, no voy a intentar matarte. Por ahora.

—Muy bien. Yo tampoco te mataré. Por ahora.

Las dos se miraron y se desternillaron. Se detestaban, pero les encantaba su vida.

Desde algún lugar del pasillo se escuchó la voz de Eloy:

—¡He traído corales, cangrejos y peces para jugar!

Juanito venía detrás de él, asomándose con cautela para comprobar si Naomi seguía armada.

Los niños continuaron jugando. El Lutecio parecía arrepentirse de todas las decisiones que lo habían llevado hasta esa familia, pero nunca se iba a ir. Desde luego que no.

Muchas gracias por llegar hasta aquí. Hay una humana introvertida detrás de este libro esperando a que alguien la vea a través de Nallane.

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