Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 37
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Tres años después… Nash entró en la oficina de su padre, el primer ministro de Jangwa, Viktor Chase. Solía verlo a menudo, le contaba toda su vida y él le daba consejos, apoyándolo en sus decisiones.

Hoy, Viktor lo había llamado diciendo que tenía una sorpresa para él.

Nash no sabía lo que le esperaba, por eso estaba intrigado.

—Aquí estoy, papá.

Viktor le sonrió desde su enorme sillón. Una pantalla holográfica apareció delante de Nash, mostrando un documento oficial.

Era un nuevo cargo en el gobierno de Jangwa.

Ministro de Cultura.

Era una sorpresa para Nash, sí, pero ahora que veía ese título ante él, sabía que tenía sentido que hubiera logrado llegar tan lejos.

Nash era un millonario con las tres empresas más exitosas del reino. Sus perfumes se exportaban a otros continentes y su impacto cultural había llegado a cada rincón de Nallane.

Su línea de ropa se había vuelto una referencia en el mundo del diseño de lujo.

Su marca de maquillaje había roto récords en ventas en la industria el mismo día del lanzamiento.

Ya tenía un título universitario en política.

Había dado conferencias en Jangwa y en el extranjero.

El público lo admiraba por su inigualable carisma.

Nash firmó y su nombre quedó inscrito oficialmente en el gobierno como ministro, con apenas veinticinco años.

No se debía a que fuera el hijo del primer ministro. Se lo había ganado con creces.

Viktor se levantó y se acercó a él.

—Sylvan siguió los pasos de su madre, y tú estás siguiendo los míos. No puedo expresar lo feliz que me hace esto —dijo, conmovido—. No me merezco un hijo como tú, después de no haber estado presente durante gran parte de tu vida. No me merezco celebrar tu éxito, pero aquí estoy. ¿A que es irónico?

—No es irónico. Aunque empezamos tarde, lo único que importa es que estamos hoy aquí. Juntos —dijo Nash y adelantó un paso para abrazar a su padre—. Gracias por confiar en mí. Te demostraré que soy digno de este cargo.

■ ■ ■

El ascensor se abrió con un susurro elegante. Lo recibió un olor a madera ancestral obtenida de forma ilegal, a un ambientador sensual y… a agua salada.

Nash entró en su nueva oficina por primera vez.

Todo era exactamente como lo había pedido.

Había columnas de mármol oscuro e intimidante que le daban un aspecto de templo de acceso prohibido. El suelo brillaba y era tan perfecto que parecía una falta de respeto pisarlo.

Dos de las paredes eran por completo de cristal y se veían todos los rascacielos más espectaculares de la ciudad a un lado y las dunas doradas del desierto al otro.

En la pared del fondo había un acuario que había diseñado él mismo.

Era una estructura tan grande que, desde la oficina, descendía en espiral por el edificio entero, fusionándose con el mar al nivel del suelo.

Las paredes regulaban la presión en tiempo real, adaptándose a los movimientos de los tres tiburones blancos que podían atravesarla, y el flujo se mantenía estable.

Un sistema de corrientes artificiales, diseñado por Fabian, impulsaba el agua hacia arriba y hacia abajo como si fuera un ascensor líquido.

Los tiburones eran los únicos que podían subir hasta el despacho de Nash para conversar con él.

Se trataba de Auroro, Rhal y Voss, cuyas almas Fabian y los gemelos Chase habían logrado transferir a Lutecios marinos con forma de tiburones.

—Aprobamos nuestro nuevo hogar —dijo Auroro, a quien le encantaba quedarse flotando detrás de Nash.

—¡El ascensor es la hostia! —dijo Rhal, y se fue porque quería descender la espiral vertical de doscientos metros otra vez.

Cuando los tiburones hablaban desde dentro del acuario, Nash podía escucharlos gracias a los altavoces de IA avanzada que había en la pared.

Había una pequeña vitrina dentro del acuario, como parte de la decoración, en la que estaban los tres ositos de felpa, para recordarles su origen a las almas de los tiburones. Voss no lo aprobaba e intentó morder la vitrina con sus enormes colmillos de depredador sobrenatural. No funcionó.

Nash recorrió la oficina, observando cada rincón para ver si había quedado perfecto. Tocó la placa en la que ponía: “Nash Chase, Ministro de Cultura”, y miró hacia las paredes y el interior del acuario.

—Hmmm. Falta decoración.

Se escuchó un crujido y se abrió una rejilla del techo.

Juanito cayó. Literalmente. Con overol morado manchado de pintura, una caja de herramientas en su cinturón y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Nash! ¡Esto parece una funeraria con MBA! Tú eres un CEO sexy de veinticinco años, no un político que vive de café negro.

Nash se sentó en su sillón de cuero de color piel, cruzando una pierna.

—Está bien. Tráeme plantas carnívoras.

—¡Ya lo sabía, mi jefe! —exclamó Juanito, sacando una planta carnívora del bolsillo sobre su trasero—. ¡Esta se llama Gertrudis y odia a la monarquía!

Sin explicación alguna, sacó más plantas carnívoras de su trasero, que se movían como almas en pena.

—¿Otra vez usando la conexión a la Cárcel de Fracasos de Théodoré sin mi permiso? —dijo Nash, riéndose.

Juanito colocó las plantas en todas partes, incluso encima del tanque de los tiburones. También cuadros y candelabros sensuales.

—¿No quieres dar un chapuzón, Juan? Ven, prometo que no morderé —dijo Voss, mostrándole los dientes.

—¡Las plantas babean como todas las mujeres y hombres cuando ven a Nash! —exclamó Rhal—. ¡Y a Sylvan! ¡Porque ambos son el mismo brujo rubio!

Juanito ya estaba taladrando la pared, para poner luces LED en el tanque de los tiburones.

El ascensor se abrió y entró Naomi con un frappé de pistacho en la mano, vaqueros rasgados de la marca N, crop top y una expresión de emperatriz que no permitía tonterías.

—¡Juanito, no te atrevas a arruinar esta oficina! ¡Mi prometido tiene un cargo serio! —dijo Naomi, y sacó el arma personalizada de Nash. Era negra, con adornos dorados y su nombre grabado: “Fuego Exquisito”—. No me obligues a usar esto.

Nash intervino con toda tranquilidad:

—Juanito es mi director de vibras.

Juanito sacó de algún lugar, tal vez su bolsillo, una placa brillante: “DIRECTOR DE VIbrAS”.

—¡Lo sabía! ¡Yo nací para esto!

Cuando Naomi, harta, lo apuntó con el arma, Juanito salió corriendo con el taladro en la mano.

—Esta fue la inauguración más ridícula de la oficina de un político —comentó Auroro, pero se estaba mordiendo la lengua para contener la risa.

Voss chocó contra el cristal. Él quería devorar a Juanito, pero también quería que le instalara las malditas luces de LED.

Mientras tanto, Rhal seguía usando el ascensor del tanque como si fuera un parque de atracciones.

■ ■ ■

En un edificio cercano, la oficina del nuevo general parecía un museo de armas, mapas, libros y muebles de lujo de acero y terciopelo. Todo parecía sacado de una revista de decoración de interiores para dioses.

En el centro de todo, estaba Sylvan Chase, con el cabello rubio peinado hacia atrás y esos ojos azules que cortaban como una espada legendaria. El general más joven en la historia del ejército. Se veía elegante, imperturbable.

La puerta automática que solo dejaba pasar a gente importante dejó de funcionar.

Juanito entró con el overol manchado de agua, dientes de plantas carnívoras y herramientas del mercado negro.

—¡El general más sexy de Nallane! ¡Necesitas vibras! —exclamó Juanito, y sacó su placa—. Tengo certificación oficial, otorgada por Nash, y voy a decorar tu despacho.

Sylvan apoyó los codos sobre el escritorio, curioso.

—¿Cómo entraste a la base militar?

—Sobornando a los soldados con productos de la marca N firmados por Fiona Tempest.

A Sylvan se le escapó la risa.

Juanito salió al exterior del despacho, no sin antes darles un abrazo a Nolan y a Nida, que estaban jugando en el despacho en una zona de ocio diseñada para ellos. Sylvan podía verlos desde allí mientras trabajaba.

Juanito se quedó en una góndola, decorando la pared de fuera con ni idea qué barbaridad.

La puerta se abrió con reverencia y Arsen entró en el nuevo despacho de Sylvan acompañado de su hijo Claude.

El príncipe heredero de Keamat tenía siete años y ya caminaba con la seguridad de un niño que había crecido sabiendo que un reino entero estaría a sus pies en el futuro.

Sylvan sonrió al verlo.

Arsen parecía muy contento de llevar a su hijo con él. Claude consideraba a su padre su ídolo.

—General Chase, bonito despacho —dijo Claude, con tono formal—. Felicidades por el nuevo cargo.

—Puedes seguir llamándome tío Sylvan —respondió él.

Claude sonrió. Estaba cómodo, pero no perdía la postura elegante. Sabía que Sylvan era el mejor amigo de su padre.

Claude alcanzó a ver a Nolan y Nida, que estaban cerca del ventanal, jugando sobre moqueta muy suave. Los dos tenían solo tres años y estaban rodeados de juguetes extraños.

Eran robots con forma de Lutecios marinos de peluche, fabricados por el sindicato con tecnología compleja.

Podían flotar, crear burbujas que no estallaban y seguir con la mirada a los niños.

Caleb Chase los había diseñado personalmente para sus sobrinos-nietos y había encargado su fabricación en uno de los talleres privados del sindicato. Había dibujado incluso los primeros bocetos, escogiendo las criaturas que sabía que les gustaban a Nida y a Nolan.

Caleb había exigido que cada mecanismo tuviera límites estrictos. Ninguna pieza podía desprenderse ni ejercer suficiente presión para lastimar un dedo pequeño.

Claude los observó fijamente desde lejos, entendiendo que no eran juguetes normales.

Juanito apareció desde el otro lado del ventanal, se acercó al príncipe con un Lutecio azul entre las manos y le explicó con absoluta seriedad que Nolan y Nida no conseguían organizar correctamente su reino submarino y necesitaban a alguien con experiencia en asuntos monárquicos.

No reveló que su objetivo era que el príncipe jugara con ellos.

Claude miró a los dos niños con interés.

Nida había colocado una corona diminuta sobre uno de los pulpos. Nolan estaba intentando columpiarse sobre un caballito de mar.

Claude se acercó a ellos.