36
Cuatro meses después, la hija de Sylvan nació un poco antes de lo esperado, a las treinta y siete semanas. Nació en la casa de paredes pasteles, sin ninguna complicación, gracias al cuidado del doctor Gord.
Cuando Nida Chase empezó a llorar y Shery la vio por primera vez, sentenció de inmediato:
—No me la deis. Ese ruido es demasiado irritante. ¿Podéis llevarla a otra habitación? Quiero descansar.
Sylvan, que todavía no había tocado al bebé, miró a Shery, perturbado.
No esperaba que ella la rechazara así, con tanta soberbia.
Pero intentó simpatizar con ella, pensando que Shery era solo una chica de veinte años. Era ambiciosa, casi narcisista, y siempre hacía lo que le daba la gana. No aguantaba ni el más pequeño inconveniente en su maravillosa vida.
Ya había creado a una heredera en la familia Chase. Creía que su misión había sido completada y ahora solo veía a su propia hija recién nacida como un incordio.
El doctor Gord le entregó el bebé a Sylvan.
Él la sostuvo, pero ella no paró de llorar. Intentó calmarla sin soltarla, pero no lo logró.
Nida seguía llorando, porque tenía hambre y necesitaba a su madre.
Shery se encogió de hombros y anunció:
—No pienso amamantarla. Mis pechos no son para eso. No los voy a arruinar como he arruinado mi pobre vientre.
Marinette y Viktor llegaron justo entonces. Marinette vio que Sylvan no estaba sosteniendo bien a Nida, y la tomó en sus brazos.
—¿No la vas a tocar? —le preguntó a Shery, incrédula.
—¡Qué hermosa! —dijo Viktor, fascinado—. Cuando Shery descanse, ya se ocupará de ella. No la presionéis. Nosotros la cuidamos mientras tanto.
—Podéis tenerla para siempre —ofreció Shery, con toda sinceridad—.
Sylvan, ven aquí, llévame al baño en brazos.
Me sigue doliendo, no puedo caminar. Necesito quitarme este olor raro de encima.
¿Por qué os preocupáis por ella, que no hace más que llorar como un demonio?
Yo he hecho el trabajo duro. Yo merezco que me cuiden.
Marinette y Viktor miraron a Shery con indignación. Conociéndola, anticipaban una mala actitud, pero no tanta.
Marinette tomó una decisión en el acto:
—Como quieras. Me ocuparé yo de Nida. No voy a permitir que mi nieta sufra por la falta de instinto maternal de Shery. Sylvan también tiene cara de no estar interesado. Qué decepción.
—¿Puedes lidiar con reinos enteros, pero no con una criatura? —añadió Viktor, también decepcionado con su hijo.
Sylvan no dijo nada en su defensa.
Nash entró en la habitación a gran velocidad, recién llegado de una reunión en el extranjero, y tomó a Nida en sus brazos de inmediato. No le preocupaba que ella estuviera llorando.
—¡Qué preciosidad! Hermanito, yo te enseñaré cómo cuidarla. Y si no quieres, tampoco pasa nada. Estoy aquí. Me ocupo yo.
Naomi también entró y se acercó, con Nolan en brazos, que tenía ya cuatro meses y un aire calmado de príncipe consentido. Ella odiaba que su hijo hubiera perdido todo el protagonismo en la familia, pero no tenía nada en contra de Nida.
—Pobrecita, cuánto llora. ¿Nadie le ha dado leche aún? Puedo daros la fórmula de Nolan, si hace falta. Él prefiere beber de mis pechos —dijo, y miró de reojo a Shery con malicia—. Todo esto te sobrepasa, ¿no?
—Qué va. Es elección mía no dañar mi cuerpo ni mi paz. He hecho suficiente por esa niña. Sylvan, sácame de aquí. No quiero tanto jaleo —demandó Shery.
Marinette y Viktor estaban mirando a Shery, atónitos por su forma de hablar. Nash acurrucó más a Nida contra su pecho y logró calmarla un poco.
Sylvan le hizo caso a Shery. La levantó en brazos, besó su frente y la llevó al baño como si Shery fuera lo único que le importara. No miró atrás.
La familia Chase se quedó con la recién nacida, que seguía llorando desconsolada.
Sus propios padres le habían dado la espalda, pero Nida no iba a estar sola.
Nunca lo estaría.
■ ■ ■
Pasaron cuatro semanas.
Marinette se había quedado en casa de Sylvan y Shery, tomándose días libres en su importante trabajo en el ejército. Ellos habían seguido disfrutando de sus vidas como si no tuvieran una pequeña criatura que los necesitara.
Esa tarde, Marinette le devolvió su hija a Sylvan y dejó claro:
—Tengo una misión diplomática. Cuando vuelva, te quiero ver haciéndote cargo de Nida por completo. De lo contrario, me llevaré a mi nieta para siempre y no te dejaré ni a ti ni a tu mujer volver a ver su cara.
Marinette se fue. Sylvan no protestó, porque sabía que su madre tenía razón. Había ayudado mucho, había cuidado de Nida durante casi un mes entero. Era normal que ya estuviera harta de la falta de interés de la pareja en su propia hija.
Sylvan tenía un evento importante que atender.
Shery acababa de regresar de la universidad, despreocupada, con té de perlas en la mano, canturreando como si no tuviera ninguna responsabilidad en casa.
Llevaba una minifalda de cuero, la bata de laboratorio sobre un hombro y tacones puntiagudos, arrogantes como ella.
—Mamá se ha ido. ¿Puedes cuidar de Nida esta noche? No voy a estar en casa —dijo Sylvan.
—No —respondió Shery, con una sonrisa angelical—. No pienso cambiar ningún pañal ni preparar fórmula. No puedo hacerlo con esta manicura.
Sylvan no acusó a Shery de nada, porque respetaba su forma de ser y la amaba igual. Sabía que su falta de amor maternal no era un defecto o consecuencia de un trauma. Solo era un rasgo de su personalidad.
—No quiero contratar a una niñera para mi hija —decidió Sylvan, con calma—. Ella merece que la cuide un Chase. Llamaré a Nash. Está en Sireno en una pasarela privada. Cuando termine, le diré que pase la noche aquí.
—¡Sí, perfecto! —exclamó Shery, muy ilusionada.
Sylvan se fue, dejando a Nida dormida en la cuna.
Cuando llegó Nash, en uno de sus trajes de fiesta que dejaban sin aliento a todo el mundo, Shery se lanzó a sus brazos en la puerta y le susurró:
—Te he echado mucho de menos.
La última vez que Shery se había acostado con él fue antes de su aborto, hacía más de nueve meses. No podía aguantar más. Nash también la deseaba igual, pero se aseguró primero de que Nida estuviera cómoda, preparando su biberón.
Shery se quedó mirando, fascinada. No entendía cómo una cosita tan pequeña e inútil tenía tanto efecto sobre los Chase.
Ella estaba muy orgullosa de ser la madre de la hija de Sylvan. No la odiaba. No se arrepentía de parirla. Quería que Nida estuviera a salvo, que creciera y fuera una mujer maravillosa. Pero, simplemente, no sentía ninguna conexión con ella.
Shery quería una vida llena de lujos, popularidad, estética, clases en la universidad, salones de belleza, fiestas con amigos... También deseaba atención constante y sexo ilimitado con los gemelos Chase.
Opinaba que tanto Sylvan como Nash se veían incluso más sexys cuando estaban cuidando de criaturas con delicadeza.
Nash la entendía, por eso no la juzgaba. No estaba de acuerdo con ella ni apreciaba sus decisiones, pero pensaba que no tenía derecho a decirle cómo vivir su vida y a quién amar y a quién no.
Se quedó a su lado, dándole todos los mimos que ella demandaba.
■ ■ ■
Mientras tanto, Sylvan estaba en lo alto de un rascacielos, en una sala donde solo figuras importantes del reino se habían reunido para una celebración privada. Era la inauguración de la sucursal más grande de la empresa de flores de Evangeline.
Ella, al ver a Sylvan, se alegró mucho y lo llevó a un lugar donde pudieran estar solos. Al abrazarlo y fijarse en él, notó que él estaba desorientado.
Evangeline, que tenía el poder de leer mentes y el pasado de cada humano, por ser un Espectro inmortal, sabía a qué se debía.
—¿Cómo está Nida? —preguntó, para iniciar la conversación.
—Shery no la va a querer nunca y no pasa nada. Pero… si no fuera por mamá y Nash, la pobre pasaría todo el día llorando sola en la cuna. Eso es prueba de que soy un padre horrible.
Evangeline le acarició el rostro y le dijo, con su tono dulce y cariñoso de siempre:
—Eso demuestra que todavía no has empezado, no de que estés fallando. Nida te necesita, pero no pide nada de ti. Cuanto más te acerques, viéndola como algo que merece protección y amor, dejará de llorar. Tú puedes con todo, Sylvan. Con tu propia hija también.
Sylvan necesitaba escuchar esas palabras. Sabía que Evangeline tenía razón. No era solo porque fuera su responsabilidad; era por el vínculo que podía construir con su hija.
—Cuidaré de mi bebé yo mismo —decidió, y no volvería a dudar.
■ ■ ■
Al día siguiente, en casa, Sylvan encontró a Nash en el jardín, con Nida en brazos, hablando con Juanito y Eloy, que estaban planeando construir una zona para niños, donde Nolan y Nida podrían jugar juntos cuando aprendieran a gatear.
Shery ya se había marchado a la universidad en su minifalda de cuero.
—Hermanito —dijo Sylvan, acercándose a pasos firmes—. Ya la he ignorado lo suficiente. A partir de ahora, voy a cuidar a Nida como ella merece. Pero seguiré necesitando tu apoyo, eso no va a cambiar.
Nash sonrió y le entregó a Nida, que estaba mirando todo con mucha curiosidad con sus grandes ojos de color turquesa.
—Sé que lo harás bien. Nida te buscará a ti en cada sala. Te querrá más que a nadie en este mundo.
Juanito intervino, emocionado:
—¡Señorita Nida! ¡Tu tío Juanito estará siempre disponible para hacerte reír! ¡Si tú lloras, yo lloro!
—¡Me disfrazaré de tortuga para ti! —ofreció Eloy—. ¡O de delfín! ¡O de ballena!
Los gemelos Chase sonrieron.
Sabían que sus hijos iban a tener los amigos más entretenidos y afectuosos.