Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 35
89%

35

Arsen Hale también vino desde Keamat para conocer a Nolan y pasar el día con sus amigos.

Sylvan lo invitó a cenar con toda la familia y, antes de volver a casa, decidió llevarlo al edificio principal del sindicato de Jangwa porque tenía que hablar con su tío Caleb sobre un asunto político.

Ya que Arsen estaba allí, era una buena oportunidad para presentárselo.

Sylvan no le avisó a qué clase de edificio iban a ir. El príncipe consorte de Keamat no tenía ni idea aún de que Caleb Chase era algo más que un político popular de Jangwa.

Arsen se dio cuenta cuando entraron al rascacielos principal de que Caleb no era un simple político millonario.

El mármol negro cubría las paredes y el suelo del vestíbulo, pulido hasta reflejar las luces tenues del techo.

No había ningún letrero que identificara el lugar ni personas esperando en la recepción.

Hombres armados, en trajes caros y atractivos, vigilaban las entradas, y cámaras flotantes seguían cada movimiento desde las esquinas.

Las puertas se abrieron automáticamente después de reconocer a Sylvan.

—¿Esto es la mafia de tu familia? —preguntó con tono casual, caminando a su lado con la misma tranquilidad.

—Sí —respondió él, como si nunca hubiera considerado ocultarle eso a su mejor amigo—. Mi tío Caleb es el amo principal. Solaris controla Salamat. Son todos muy amables aquí.

Arsen miró a los hombres armados que se apartaron inmediatamente para dejarlos pasar. Eran intimidantes, tan robustos como si pudieran romper paredes, y tenían implantes ilegales que mejoraban su percepción y sus reflejos, pero se movían con elegancia.

—Son mafiosos con tecnología prohibida —murmuró Arsen—. ¿Cómo funciona todo aquí?

—Siguen códigos de honor —respondió Sylvan.

Arsen volvió la mirada hacia él, curioso.

—¿Qué códigos?

Sylvan le explicó las normas internas, los límites sobre la violencia y las consecuencias de utilizar los recursos de la organización para asuntos personales.

También le explicó que existían jerarquías estrictas y que las decisiones necesitaban autorización.

Además, nadie podía tocar o usar a gente vulnerable.

Ni siquiera a enemigos capturados. Estaba estrictamente prohibido.

Arsen escuchó con atención.

—Entiendo —dijo, creyéndoselo todo porque las pruebas estaban ante él.

No había desorden. No había nadie perdiendo el control. No había ni rastro de violencia.

Pasaron por un corredor donde las paredes eran de cristal y había varias salas privadas, equipamiento complejo y oficinas.

Arsen reconoció a Fabian utilizando una de las máquinas en una habitación lateral. El doctor Gord, un noble muy famoso de Jangwa, estaba junto a él, revisando algo en una pantalla.

Arsen señaló discretamente.

—¿Ellos tienen un rango?

—Qué va. Pueden acceder a zonas restringidas porque son de fiar. Son como familia.

Arsen asintió. La explicación pareció suficiente. No todos necesitaban ser parte del sistema. La familia y sus amigos cercanos tenían autoridad también.

Llegaron a una zona todavía más privada.

Allí había menos hombres, pero las medidas de seguridad aumentaban.

Arsen distinguió sensores avanzados integrados en las paredes, estabilizadores y varias paredes capaces de aislar secciones enteras del edificio para convertirlas en un refugio impenetrable incluso por misiles militares.

Sylvan atravesó todo sin detenerse.

Al final del corredor había una sala amplia, minimalista. Las ventanas oscuras ocupaban una pared completa y dejaban entrar la luz del exterior.

Caleb Chase estaba allí. Era un hombre enorme, de hombros anchos y constitución pesada, con el cabello rubio cayéndole sobre la espalda. Su presencia era la de un hombre que vivía en la cima del mundo, donde todos cumplían sus órdenes.

Arsen pensó en el alcance del sindicato, sus recursos, sus conexiones y la influencia que podía ejercer fuera de Jangwa. Caleb era uno de esos hombres cuya estabilidad resultaba conveniente para todos los gobiernos existentes.

Mientras respetara sus propios límites, su existencia podía ser tolerada.

Si alguna vez dejaba de respetarlos, podía convertirse en una amenaza para Nallane.

Arsen, que era el líder del ejército de Keamat, entendía el poder de Caleb, pero no le preocupaba.

Caleb no estaba prestando atención a ninguno de los hombres armados de la sala.

Estaba mirando a Nolan.

Nash se encontraba a su lado con el bebé pegado al pecho en un portabebés. Nolan estaba con la cabeza apoyada contra él y una mano diminuta asomando junto al borde de la tela.

Caleb inclinó la cabeza hacia su sobrino nieto. Le ofreció un dedo.

Nolan cerró la mano alrededor de él.

La enorme mano de Caleb permaneció inmóvil para permitir que lo sujetara. Después le rozó suavemente la mejilla con un nudillo y le dijo algo dulce en voz baja, sonriéndole.

Nash estaba muy cómodo a su lado y ambos conversaban sobre una entrega de vino ilegal de Fasamarat.

Sylvan se acercó y señaló a Arsen con naturalidad.

—He venido con Arsen, mi mejor amigo y el esposo de la reina de Keamat, para presentártelo. Arsen, este es mi tío Caleb.

Arsen, en su corta vida, había lidiado con criminales, monarcas, militares y personas capaces de iniciar guerras con una orden.

Pero aquel hombre era el tío de Sylvan. Y solo estaba acariciando la mejilla de un recién nacido.

Arsen sonrió.

—Es un placer conocerte.

Caleb le devolvió el saludo con tranquilidad.

—Igualmente.

Arsen aceptó aquello con la misma facilidad con la que había aceptado los códigos de honor.

Entonces Nash le clavó la mirada.

No pareció importarle que estuviera en medio del edificio principal del sindicato, rodeado de hombres armados, ni que el mismísimo jefe de la mafia estuviera a dos pasos de él.

Señaló a Arsen con una mano y dijo con todo el dramatismo que llevaba dentro:

—¡Deja de robarme el hermano, terrorista rarito!

Varios mafiosos volvieron la cabeza.

—Nash, ya hablamos de esto. Es un exterrorista —dijo Sylvan, poniendo una mano sobre el hombro de Arsen.

—¡UNA VEZ TERRORISTA, SIEMPRE TERRORISTA! —exclamó Nash.

Arsen asintió lentamente, como si estuviera considerando la lógica.

—Tiene sentido.

Eso pareció enfurecer todavía más a Nash.

Caleb giró la cabeza hacia otro lado. Sus hombros se movieron una vez. Estaba haciendo un esfuerzo extraordinario por no reírse.

Sylvan, en cambio, ya sonreía.

—Nash.

—¿Qué?

—Eres adorable.

La indignación desapareció del rostro de Nash durante medio segundo. Después volvió a señalar a Arsen.

—¡Sylvan es mi gemelo! Deja de ir a todas partes con él, esa es mi responsabilidad.

—Siempre puedes apuntarte —ofreció Arsen.

Nolan se removió contra el pecho de Nash y él se calló.

Bajó la mano acusadora y la apoyó sobre la espalda de su hijo.

—Tú sigue durmiendo, precioso. Papá está recuperando a tu tío de un ladrón de hermanos.

Arsen sonrió otra vez, derrotado.

Caleb no pudo aguantar más y se rió junto a Sylvan.

Nolan abrió la boca en un bostezo diminuto, encogió las piernas contra Nash y volvió a quedarse dormido.

■ ■ ■

A varios kilómetros de allí, Naomi estaba tumbada boca abajo sobre una camilla climatizada en el spa privado en Sireno.

Las paredes eran de piedra clara, el aire olía a flores exóticas y aceites cálidos y, detrás de los ventanales, se veían corales y peces, porque estaban en la planta más baja del barco.

Fiona Tempest descansaba en la camilla de al lado, con el cabello rojo recogido y una mascarilla hidratante cubriéndole el rostro.

Naomi suspiró mientras un masajista trabajaba cuidadosamente sobre sus hombros.

—No recuerdo la última vez que hubo tanto silencio.

—Disfrútalo —murmuró Fiona—. Has hecho un buen trabajo al cargar un bebé durante tantos meses.

Naomi sonrió y expresó:

—La verdad es que cuando se separa de mí, lo echo muchísimo de menos. Pero estoy tranquila porque Nash sabe cuidar a su hijo.

Fiona sonrió sin abrir los ojos.

Los trabajadores, hombres profesionales, no conseguían mantener la compostura mientras las atendían.

Tenían bajo sus manos a Miss Nallane y a la mujer de Nash Chase al mismo tiempo.

Preparaban aceites, mascarillas y cremas nerviosamente.

No querían dar una mala impresión. Tampoco querían que su turno acabara.

El móvil de Naomi vibró. Nash le había enviado una fotografía.

Nolan dormía pegado a su pecho en el portabebés. Al fondo se distinguían las ventanas oscuras del edificio del sindicato y una parte del enorme brazo de Caleb.

Debajo de la fotografía había un mensaje:

“Nolan está bien, pero Arsen intenta robarme a Sylvan otra vez”.

Naomi dejó el móvil sobre la mesa y dijo:

—Todo está normal.

—Me alegro.

Ninguna de las dos se preguntaba ya qué significaba “normal” en la familia Chase.