Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 34
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Seis meses después… la nueva habitación en la casa de Nash y Naomi era un caos de colores. Había miles de luces con formas de criaturas aladas en el techo, una cuna tallada en forma de barco queer, como Sireno en miniatura, y peluches por todas partes.

Juanito, con un overol rosa, estaba subido a una escalera, pintando un mural gigante en la pared con Lutecios de diferentes colores, muchas garras y enormes sonrisas.

—¡Mi mini jefe llegará cualquier día! ¡Ya lleva cuarenta y dos semanas en ese vientre! ¡Ningún diseñador puede dejar esta habitación tan perfecta! ¡Yo lo hago todo con amor y madera con residuos de huesos de Lutecios del mercado negro!

Eclipse llegó desde la ventana, con su aspecto de loro guacamayo, pero alas que brillaban como si tuvieran galaxias en miniatura, y se posó en el borde de la cuna:

—Yo le enseñaré dominación mundial. Prepárate, Nolan Chase… Primera palabra: “¡Revolución!” —anunció, solemne.

Naomi, que lo observaba todo desde la puerta, soltó una carcajada y le dijo a Eclipse:

—¿Por qué quieres conocer tanto a mi bebé? Admites más de lo que crees, pájaro. Tú amas a esta familia.

Eclipse, la entidad inexplicable que había estado observando a los gemelos Chase desde hacía años, se detuvo un segundo en el aire. No lo negó. Luego, voló hacia la playa.

Nash estaba allí, con los pies hundidos hasta los tobillos, contemplando las suaves olas que probablemente iban a dejar muchas conchas sobre la arena. Observaba el atardecer, que lo teñía todo de sus colores favoritos.

Eclipse descendió y se posó sobre su brazo, majestuosamente.

—Así que amas a Naomi. Y también adoras a Evangeline, a tu cuñada, a la jefa de la mafia de Salamat y a Miss Nallane. Respetas a tus padres. Vas a tener un niño. Y tu persona favorita sigue siendo tu gemelo.

Nash se rió y respondió, sin duda alguna:

—Nolan va a tener todo de mí. En cuanto a todas las personas valiosas de mi vida, tendrán toda mi atención y afecto. Tengo suficiente para todos.

—Muy bien —aprobó Eclipse—. Estoy impaciente por conocer a ese niño.

—¿Por qué? —preguntó Nash y se inclinó hacia la extraña ave, observando sus ojos dorados.

—Porque tiene tu sangre —dijo Eclipse y bajó la voz inesperadamente, porque solía ser ruidoso y dramático—.

Tú y Sylvan siempre fuisteis mis favoritos.

Desde que estabais en el útero de Marinette…

y la esencia de Prism empezaba a convertir vuestros huesos en leyenda.

Es obvio que tenga interés en ver en qué se convierten vuestros hijos.

Nash finalmente le realizó la pregunta que tendría que haberle hecho mucho antes:

—¿Quién eres en realidad?

Eclipse respondió, sin ni una pizca de burla o sarcasmo:

—Soy el que nunca dejó de mirarte, incluso cuando creías estar solo.

Nash se quedó inmóvil, procesando esas palabras. Podía hacerle miles de preguntas, pero escogió solo una:

—¿Entonces... te vas a quedar el resto de mi vida?

Eclipse sonrió, como algo más viejo que el mar que había ante ellos.

—¿Crees que ser un CEO de perfumes es la cima de tu escalera? Aún puedes subir más. Cuando este reino tiemble y las coronas caigan, tú seguirás de pie. Y yo… te veré ascender. Todo Jangwa estará a tus pies.

Naomi lo llamó desde la ventana de la cocina para cenar. Nash le sonrió a la entidad que había ante él, y regresó a casa.

El mismísimo Oráculo, creador de los seres sobrenaturales, en su coraza en forma de guacamayo, se fue volando hacia la ciudad para pasear.

■ ■ ■

Nolan Chase nació esa misma noche, en casa. El doctor Gord se encargó de que Naomi estuviera confortable. Usaron epidural y a ella apenas le dolió. No hubo ninguna complicación. El bebé de tres kilos y Naomi estaban perfectamente bien.

Ella no dejó entrar a ninguna comadrona, porque no le gustaba cómo ellas babeaban por Nash.

Pero no pudo evitar que Marinette se quedara junto a su cama durante todo el parto, diciendo cosas como: “Nash también se atascó, por ser mi primer bebé, y lo tuve que empujar sin ni una gota de anestesia, ¡así que agradece tus privilegios!”.

Nash, mientras tanto, esperaba a que la cabeza de Nolan saliera lo suficiente para agarrarlo y sacarlo él mismo.

Ahora, Naomi estaba con Nolan dormido sobre el pecho. Gracias a la intervención del doctor Gord, no sentía incomodidad. Habían pasado apenas quince minutos desde que había nacido.

Marinette estaba de brazos cruzados, gruñendo porque Naomi solo le había permitido sostener a su nieto por diez segundos. Nash estaba sonriendo, de pie junto a la ventana, donde las flores frescas que había traído Evangeline inundaban la habitación entera en un aroma muy agradable.

Viktor, Sylvan y Shery llegaron a la casa.

Viktor entró primero, con la chaqueta del traje sobre un hombro, con un andar rápido, sin poder ocultar lo ilusionado que estaba.

—Así que este es Nolan —dijo, mirando al bebé que dormía plácidamente, como si supiera que le había tocado la mejor familia posible—. Felicidades, Naomi, Nash. Confío en que sabréis cuidarlo.

—Soy bueno en todo, obvio que voy a ser bueno en esto también —dijo Nash, con su arrogancia de siempre que a casi todos les parecía encantadora.

Sylvan entró con Shery, que tenía una expresión con la que delataba que solo había venido porque no quería que su novio fuera solo. A ella no le interesaba ese bebé ni las formalidades.

Sylvan estaba impecable en su traje claro, con la piel y el cabello brillando como si acabara de venir de un balneario. Le sonrió primero a Nash, diciéndole felicidades sin necesidad de palabras, porque ellos se entendían como si tuvieran telepatía.

Luego se acercó a la cama, se inclinó un poco hacia Naomi y susurró con tono inocente:

—¿Cómo estás tú?

Naomi lo miró a los ojos y suspiró, alegrándose mucho de verlo.

—Estoy bien, pero no siento las piernas —respondió, con voz rasposa.

Sylvan comentó, manteniendo el tono inocente:

—No sientes las piernas… Normal. Con Nash al lado, no las sientes ninguna noche.

Nash se rió de inmediato.

Marinette se llevó una mano a la frente, harta.

Viktor disimuló una sonrisa, admirando el descaro de su hijo.

Shery lo fulminó con la mirada.

Naomi se puso roja hasta las orejas, como si quisiera hundirse bajo las sábanas, pero se estaba riendo por dentro también, porque eso era cierto.

Sylvan se enderezó, arreglándose la manga como si nada.

—Relájate. Si puedes tener un bebé tan hermoso, puedes soportar mis bromas.

—Claro que es hermoso. Es el hijo de Nash —dijo Shery, que seguía en la puerta, sin acercarse—. Espero que la fábrica mediocre no lo haya afectado.

Nadie le dijo nada. Ni siquiera la miraron. Se lo consentían todo por estar embarazada. Incluso Naomi decidió no responder al insulto, pero no por respeto a Shery, solo porque estaba exhausta.

La puerta casi se desplomó e irrumpieron Juanito, Eloy, Théodoré, Fabian, Auroro, Rhal y Voss.

—¡Mi emperador en pañales! ¡Mi mini jefe rubio de tres kilos! —exclamó Juanito, cargando peluches de tiburones—. ¡Ven, te mostraré el mural que mi marido y yo hemos pintado para ti en Sireno! ¡Le hemos puesto caracoles y mariposas disecadas!

—Yo ordeno dinero, pero con gusto ordenaré los juguetes y chupetes del señorito Nolan —ofreció Théodoré, el pingüino con esmoquin, haciendo una reverencia.

—Este bebé es un meteorito envuelto en manta —dijo Eloy, con tono poético, vestido como un pirata—. Y yo soy un plebeyo afortunado, bendecido por su luz.

—Bienvenido, pequeño Chase. Cuando crezcas, tú y yo seremos buenos amigos —dijo Fabian, tímidamente. Todavía estaba rojo, porque había asistido durante el parto y había visto desnuda a Naomi otra vez.

—Los ojos del nuevo amo son del color de las cenizas de la Cárcel de Fracasos —expresó Auroro—. Sé por su aura que será un chico calmado y calculador. Le enseñaremos sobre la selección brutal.

—¡YAAY! ¡No puedo esperar a que Nolan y yo saltemos juntos desde el tobogán de Sireno! —exclamó Rhal, colgado de las cortinas.

—¿Por qué huele a fluidos? ¿Todavía no lo habéis metido en la piscina? —se quejó Voss.

Shery se llevó una mano a la frente y se dejó caer sobre el sofá.

Marinette estaba a un instante de perder la paciencia y activar la cuchilla de su brazo robótico.

Viktor, Nash y Sylvan se estaban riendo.

—¡No vais a poner ni un dedo sobre mi hijo, ceporros! —gritó Naomi, abrazando al bebé con fuerza.

Nolan despertó y se puso a llorar. Todos desearon cogerlo para consolarlo, excepto Sylvan y Shery, que se llevaron las manos a los oídos como si ese sonido fuera una tortura insoportable.

Naomi solo le entregó su bebé a Nash.

Nolan se calmó enseguida en los brazos de su padre, que sabía muy bien cómo sostenerlo.

Él se consideraba bueno en todo y no iba a permitir que la paternidad fuera una excepción.

■ ■ ■

En cuanto al mundo, la mitad de los fans de Nash inundaron las redes sociales con mensajes de felicitación. Rogaban por ver las fotos de Nolan. “El heredero de la marca N” se volvió tendencia número uno. Querían a Nash incluso más que antes.

Planeaban una enorme fiesta de celebración en Sireno.

La otra mitad reaccionó con furia teatral, acusando a Naomi de “robarles su hombre” y “arruinar su fantasía”. Los comentarios declararon guerra.

“¡Naomi, cazafortunas!”.

“Ese bebé debería haber sido mío”.

“¿Qué opina Fiona sobre esto?”

“Igual me lo quiero follar, padre o no”.

Las cadenas de televisión transmitieron las opiniones de celebridades, que decían con orgullo que les importaba un bledo que Nash tuviera hijos, sobrinos o una guardería entera.

Lo adoraban igual. Seguía siendo el ídolo nacional.