Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 33
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Nash voló a Salamat esa misma noche y llegó al amanecer. La había llamado muchas veces, sin respuesta, por eso no se demoró y fue a buscarla.

Entró en su apartamento y encontró los sistemas desactivados.

Luego vio la sangre. Había manchas sobre la moqueta, junto al ascensor y por los muebles. Una pistola estaba tirada en el suelo.

La encontró en la cocina.

Fiona estaba tumbada en el suelo, junto a la encimera, con una botella vacía de vino cerca de la mano. Tenía el vestido destrozado, sangre seca en el rostro y las piernas, y una herida de bala en la mano.

Nash se arrodilló a su lado inmediatamente y la agarró del rostro.

—¡Fiona!

Ella abrió los ojos de golpe. Durante un instante pareció aterrada. Entonces lo reconoció.

—Nash…

Se incorporó, débil, y se abrazó a él. Nash la sostuvo, aliviado.

Fiona hundió el rostro contra su pecho y lo apretó con los brazos a pesar de la mano herida.

—Estás bien —murmuró—. Estaba muy preocupada por ti.

Nash volvió a mirar la sangre que había en el apartamento. El vestido roto. Su mano. Los sistemas pirateados.

Después la abrazó con más fuerza, como si quisiera asegurarse de que de verdad la tenía en sus brazos.

—Maldita sea… ¿Por qué no me llamaste? ¿Te enfrentaste a ellos sola?

Fiona asintió y se mordió el labio.

—Los maté a ellos antes de que me mataran a mí. No fue bonito, pero me las apañé.

Las heridas le estaban escociendo otra vez. Nash la levantó en brazos y la llevó al sofá. Buscó un kit de primeros auxilios y vendó sus heridas con cuidado.

Intentó volver a activar los robots, pero él no era un técnico, sino un creador de perfumes. Por eso, preparó el desayuno él mismo y se lo sirvió, dándole de comer con sus propias manos. Ella se dejó cuidar y comió.

—Fuiste muy valiente, pelirroja consentida… —susurró Nash—. Norton está muerto. Solaris lo ejecutó.

Fiona respiró profundamente al oír eso. Su cuerpo ya no temblaba, pero seguía débil.

Nash le tomó con cuidado la mano sana.

—Ven conmigo al sindicato. Tengo algo importante que hacer.

Fiona no hizo preguntas y fue con él sin mirar atrás.

■ ■ ■

En el edificio principal del sindicato había mármol oscuro, decoración minimalista y luz morada tenue.

Las puertas se abrieron antes de que Nash tuviera que presentarse. Los guardias se apartaron sin que nadie diera una orden. Nadie lo miraba directamente a los ojos. Nadie lo detuvo. No hacía falta. Todos sabían quién era. No por su apellido o por su fama, sino por lo que había ocurrido anoche.

Nash no pertenecía a la mafia ni tenía autoridad dentro de ella. Su influencia venía de algo más simple: era el sobrino de Caleb, el amo y fundador principal. Además, Nash era el hombre más importante del mundo para Solaris, la ama del sindicato de Salamat.

Ella lo había demostrado al ejecutar a Norton.

Desde entonces, el mensaje era claro.

Nadie tocaba a Nash. Y, por extensión… nadie tocaba lo que Nash decidía proteger.

Fiona caminaba a su lado con sus tacones transparentes haciendo eco, con su mano vendada entrelazada con la de él.

Las miradas de los poderosos hombres, que habían sido parte de esa mafia desde antes de que ella y Nash nacieran, se desviaron hacia esa mano.

Vieron las heridas, la falta de miedo en el rostro de Fiona, la seriedad en los ojos de Nash… y captaron el mensaje.

Esa visita de Nash era una declaración. Si alguien pensaba vengar a Norton, si alguien pensaba que Fiona era un blanco fácil, ahora lo entendían.

La mirada de Nash lo gritaba: “Nadie toca a mi pelirroja consentida”.

Ella solía ser intocable en esa mafia por Norton. Ahora lo era por Nash.

Era capaz de matar. Capaz de sangrar sin quebrarse y defenderse sola. Pero estaba muy orgullosa de estar bajo la protección de los Chase.

Llegaron a la estancia principal donde estaba el trono de Solaris y el aroma de la shisha los intoxicaba como droga irresistible.

Los últimos guardias se apartaron de su camino.

Nash entró sin soltar la mano de Fiona y la puerta automática se cerró a su paso.

La oficina de Solaris estaba iluminada con una luz dorada que hacía que todo pareciera más caro y letal. Y ella, sentada sobre su trono negro, parecía recién salida de un baño lleno de polvo de diamantes.

Las cortinas oscuras ondeaban por la brisa. Se veía el mar negro, bajo un cielo sin estrellas. Solaris levantó la vista. Sus ojos de largas pestañas se iluminaron al ver a Nash.

—Bienvenido.

Después… notó la presencia de Fiona.

Las heridas vendadas, la forma en que estaba de pie con la mano entrelazada con la de Nash… No le gustó lo que vio y frunció el ceño.

Fiona la miró un segundo y se pegó más a Nash, con orgullo.

Solaris se levantó de su trono. Su largo vestido de diseño de leopardo, abierto por los lados, se deslizó por el suelo como una serpiente.

—Quiero que Fiona ocupe el puesto de Norton —dijo Nash, sin perder tiempo en narrar sucesos que Solaris ya conocía.

La jefa de la mafia se llevó la mano al mentón un momento, como si la evaluara sin interés real, y respondió:

—No. Es Miss Nallane.

Fiona se quedó callada. No esperaba que Nash hubiera venido a pedir algo así por ella, por eso estaba sorprendida, pero entendía por qué él había dicho eso.

No era para protegerla. Era para demostrarle al mundo que Fiona sabía valerse por sí misma y era tan inteligente que podía controlar a gran parte de la poderosa mafia de su familia.

—Precisamente por ser Miss Nallane, tiene acceso a empresarios, celebridades, políticos, familias poderosas y gente que jamás se sentaría a hablar con uno de tus hombres intimidantes. Conoce este reino mejor que cualquiera que puedas poner en ese puesto.

—También es tu amante. ¿Cómo sé que quieres hacer esto porque te parece competente y no porque a ti te gusta? Mi sindicato no es una extensión de tu dormitorio.

Nash sonrió. Fiona también sonrió contra su hombro, por primera vez en semanas.

—Entonces no la aceptes por mí. Ponla a prueba. Un mes ocupando el puesto de Norton, controlando todas las fronteras, edificios, hombres y contratos de los que él se ocupaba. Si crees que es eficiente, dale ese puesto permanentemente.

Solaris miró a Fiona.

—¿Tú quieres el puesto?

Fiona se apartó un poco de Nash y la miró sin titubear.

—Sí. Pero no quiero ser otro Norton. No voy a dirigir Salamat como él. Yo sé manejar personas, reputaciones y alianzas. Si quieres fuerza bruta, también sé disparar, pero no lo haré sin razón. Ni violaré las reglas internas de la mafia como hizo él.

—Si Nash no hubiera venido a pedírmelo, ¿habrías tenido el valor de solicitarlo tú?

Fiona sonrió más ampliamente.

—Probablemente no habría sabido que era una posibilidad, pero este rubito me ha abierto la puerta y ya no quiero quedarme al otro lado.

—Te probaré por tres meses enteros —dijo Solaris—. Tendrás la autoridad que tenía Norton sobre su división. Si demuestras que puedes manejarla, conservarás el puesto.

Fiona volvió a pegarse a Nash.

Él sonrió con arrogancia, orgulloso de la influencia que tenía y también satisfecho porque sabía que Fiona se lo merecía.

Solaris rodó los ojos, se sentó en su trono y agarró la manguera de la shisha para fumar.

—A partir de mañana, los hombres que respondían ante Norton responderán ante ti. No te ilusiones mucho. Solo te estoy dando la oportunidad por Nash. Si fallas, te borraré como un error más —advirtió Solaris.

Fiona pensó en todos aquellos hombres que durante años la habían visto caminar junto a Norton como si solo fuera su esposa hermosa.

Después sonrió.

—Entendido, jefa.

■ ■ ■

Pasaron tres meses. Fiona Tempest no se escondía del público.

Seguía siendo Miss Nallane, sonriendo ante las cámaras, provocando titulares, alimentando rumores que nunca confirmaban ni desmentían.

Su nombre continuaba en boca de todos, envuelto en escándalos deliciosos, lujo y deseo. Nadie sabía que, detrás de esa sonrisa perfecta y esos rizos rojos provocadores, ahora existía una subjefa de la mafia más poderosa de dos reinos enteros.

Miss Nallane en público… y miembro de la dinastía Chase en secreto.

No necesitaba el apellido oficialmente. Había encontrado su lugar en esa familia.

Más oscuro, más letal… pero era un lugar.

Siguió viviendo sola en Salamat, independiente, soberbia. Compraba lo que quería, iba a donde quería, desaparecía cuando le daba la gana.

Y cuando lo hacía, siempre había un destino: Jangwa. La suite sensual en Sireno, reservada para ella.

No iba por contratos ni por su marca. Ni siquiera por la mafia. Iba por Nash.

Lo suyo no tenía nombre aparte de “socios” y el mundo seguía sin poder descifrar qué diablos eran. Todos seguían igual de obsesionados.

A veces, cuando la suerte se inclinaba de su lado de una forma obscena… Sylvan también estaba esperándola.

La unidad demoníaca. Algo que ya había probado… y quería volver a probar. Otra vez. Y otra. Y otra.

A veces pasaba horas haciendo cosas propias de mujeres junto a su amiga Naomi, como balnearios demasiado excesivos y boutiques exclusivas.

A veces, si estaba de buen humor, escuchaba las teorías de Auroro y Rhal, e incluso ayudaba a Voss a esconderse del Lutecio.

Mientras tanto, su vida, su fama y reputación seguían intactos.

No había necesitado una boda ni un título oficial para ser una Chase.