Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 32
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El padre de Fabian, el doctor Gord, era el jefe de medicina de Jangwa, y el mejor amigo de Viktor Chase desde su infancia. Siempre había estado presente para la familia Chase, conocía cada detalle sobre sus complejas vidas y sus traumas, y les había salvado la vida siempre que lo habían necesitado.

Esa vez también, salvó la vida de Shery, usando medicina avanzada, y logró estabilizarla. Pero el daño en su sistema reproductivo y digestivo era irreversible. Tendría que vivir con secuelas permanentes y estar en rehabilitación durante meses.

Sylvan jamás le permitiría vivir así.

Los gemelos Chase la llevaron de vuelta a su casa. La hermosa casa llena de flores frescas y ornamentos románticos. La tumbaron sobre la cama. Ella seguía inconsciente.

Solo Sylvan y Nash estaban con ella cuando la aeronave negra, brillante, silenciosa, irrumpió en la playa privada, como si desafiara a la gravedad y a todas las leyes físicas.

El príncipe consorte de Keamat, Arsen, descendió solo, entró en la casa y llegó a su lado. No se había demorado.

No era un médico, no estaba allí para salvar la vida de Shery. Eso ya lo habían hecho Fabian y Gord. Estaba allí para usar un método al que solo él tenía acceso, con genes de Lutecios, que arreglaría por completo el daño interno de Shery.

Arsen había luchado contra la experimentación en humanos.

Había causado una revolución en Keamat para cambiar las leyes.

Hoy, estaba dispuesto a hacer lo que él más odiaba porque Sylvan se lo había pedido.

Y porque Shery no iba a ser una víctima de experimentación ilegal. Ella era la amada de su mejor amigo.

Arsen sabía lo que se sentía al perder un hijo. Entendía ese dolor.

Nash y Sylvan se quedaron a su lado. Arsen se inclinó sobre el cuerpo frágil de Shery y deslizó una mano por su rostro pálido.

Con la otra mano, apartó lentamente la sábana que la cubría.

Máquinas complejas, como un robot de varios vectores, se levantaron a su lado, al aparecer desde un dispositivo de espacio comprimido.

Parecían torres siniestras con herramientas quirúrgicas, pero Arsen no estaba tocando a Shery como a una paciente.

Evaluó cada daño en su cuerpo desnudo con sus manos antes de dejar a las máquinas iniciar el proceso invasivo.

El zumbido de sus pantallas flotantes, que aparecieron con un susurro eléctrico al lado de la cama, era lo único que se escuchaba mientras los láseres azules, fríos como sus ojos, regeneraban los tejidos de Shery a velocidad vertiginosa.

—No quedará rastro del daño —prometió Arsen, en voz baja, reconfortante, mientras deslizaba los dedos sobre el vientre de Shery—.

Como si nunca hubiera pasado. Pero el embarazo ella lo perdió en el acto, cuando recibió el disparo.

Ninguna tecnología ni magia pueden servir para recuperar a alguien que ya no está.

Al oír esas palabras, Sylvan no pudo más. Su semblante serio se descompuso. Apartó la mirada. Retrocedió y salió de la habitación.

Necesitaba aire. Necesitaba un momento para procesarlo.

Ya sabía desde antes que había perdido al bebé, no esperaba un milagro divino, pero fue en ese momento cuando sintió el peso de la tragedia.

Su propio cerebro lo odiaba.

Recordó que no había deseado a ese bebé, que lo había ignorado durante esos meses, que ni siquiera le había contado a su familia sobre su existencia. Como si fuera insignificante. Como si quisiera borrarlo.

Y ahora, él se había borrado solo.

El bebé se había ido por sí solo, sin que hubiera hecho falta que Sylvan lo echara.

Las lágrimas se abrieron paso. Sylvan agarró con fuerza la barandilla de la terraza. La playa ante él se volvió borrosa.

La culpa lo estaba quebrando. Dolía tanto como una bala en las entrañas.

Nash salió detrás de él. Arsen se quedó en la habitación, concentrado en Shery.

Al ver a su gemelo llorando, Nash no dijo nada. Solo lo abrazó y se quedó a su lado.

Sylvan no se esforzó por recomponerse. Ante Nash, no necesitaba ponerse una máscara de hombre duro. Él era su lugar más seguro.

—No lo quise… y se fue —musitó, con la cabeza apoyada en el hombro de Nash.

—No querer ser padre no significa que quisieras perderlo. No le fallaste. Solo no tuviste tiempo de aprender a quererlo —dijo Nash, que también se sentía fatal por perder al bebé, pero necesitaba ser fuerte para darle consuelo a su hermano.

Sylvan cerró los ojos. Quiso creerle. Durante unos segundos, incluso lo consiguió. Pero la culpa seguía ahí, clavada demasiado hondo para desaparecer con unas pocas palabras. Se aferró un poco más a Nash, como si necesitara que su hermano sostuviera por él todo lo que ya no podía cargar solo.

Desde la habitación, Arsen les hizo un gesto.

Ya había retirado sus tétricas máquinas y sus láseres.

Le había puesto un camisón de lino con ovejitas a Shery, uno de sus favoritos, y había acomodado varias almohadas bajo su cabeza.

Le estaba acariciando el muslo y la miraba con calidez, satisfecho por el resultado.

Cuando los gemelos entraron y se sentaron a su lado en la cama, ella ya parecía la Shery de siempre. Sin rastro de sangre o heridas. Solo una muñeca dormida.

—El efecto de la anestesia pasará pronto —dijo Arsen—. Todo ha salido bien. Lo ocurrido no afectará a su fertilidad. Ni a nada.

—Jamás podría pagarte por esto… —murmuró Sylvan.

—Gracias, de verdad —añadió Nash, hablando con él por primera vez con gran respeto.

—De nada. Si me necesitáis, estoy a vuestra disposición —dijo Arsen, y sonrió—. Cuidad de ella.

Antes de marcharse, también se ocupó de la herida de Sylvan, sin que él necesitara pedírselo. Retiró la bala de su hombro y regeneró en pocos minutos los músculos y tejidos dañados. Cuando terminó, no quedaba ninguna señal visible de que hubiera recibido un disparo.

El príncipe consorte regresó a su nave oscura, que se elevó sin motores visibles en el aire, como un espectro bajo la luz, y desapareció entre las nubes en un abrir y cerrar de ojos.

Nash y Sylvan se quedaron en la cama junto a Shery, esperando a que ella despertara.

■ ■ ■

Shery abrió los ojos y se incorporó. Solo llevaba su camisón favorito con dibujos de ovejitas. Su cuerpo estaba bien, no había nada desagradable. Ni vendas. Ni puntos. Ni cicatrices. Pero sí una sensación de vacío que era irritante.

Sylvan estaba sentado al borde de la cama, sujetándole la mano.

Nash estaba del otro lado y se acercó más a ella, hasta envolverla en un abrazo.

Había tristeza muy profunda en los ojos de ambos. No sabían quién de los dos era el padre biológico del bebé de Shery ni necesitaban saberlo. Ambos habían perdido a un hijo.

Shery se sorprendió al verlos así de tristes, porque ella no se sentía igual. Ella solo estaba frustrada por haber perdido el embarazo, que era su trofeo en la familia Chase.

—¿Cómo estoy así de bien? ¿Sin heridas? —preguntó Shery, confundida.

—Arsen ha reconstruido tus tejidos con tecnología de Lutecios —dijo Nash.

Shery pensó en Arsen y se ruborizó. Incluso imaginó sus manos deslizándose sobre su piel, sin poder controlarse por un segundo.

Ese príncipe consorte, exterrorista, había hecho mucho por ella.

Estaba muy agradecida. Sin él, sabía que su vida habría pasado a ser horrible por el disparo devastador de la mafia.

—¿Quién y por qué mandó francotiradores? ¿Os habéis ocupado del enemigo?

—No te preocupes por eso, cuñada —respondió Nash y miró a su hermano.

Ambos se preguntaban lo mismo. ¿Por qué Shery no estaba hablando del aborto? No parecía estar evitándolo por el trauma. Era como si no le importara.

La puerta se abrió. Era Naomi, que había entrado sin llamar.

Llevaba una bandeja en las manos, con vasos de jugo que había preparado en la cocina con frutas frescas. Se había puesto el delantal rosa con medusas de Shery. Entró tranquila, recuperada después de toda la tensión del día.

Se acercó a la cama y acercó un vaso a Shery con jugo de granada y dátiles.

—Lo siento por tu pérdida —dijo, con tono respetuoso, aunque fuera forzado.

Shery fingió que ni siquiera la había escuchado. Seguía odiando a Naomi con toda su alma y su simpatía falsa le resbalaba. No aceptó la bebida que ella le estaba ofreciendo.

Naomi frunció el ceño, como si dijera: “Incluso después de casi palmarla, tienes una actitud, ¿eh? Vete al infierno, no te voy a volver a dirigir la palabra”.

Naomi le ofreció la bebida a Sylvan con la misma calma. Él no la miró, pero aceptó el vaso.

—Tienes a Nolan, cuñado —le dijo Naomi, con el tono afectuoso que siempre le salía ante Sylvan sin necesidad de fingir—. Puedes criarlo con nosotros. Él te recordará a tu hijo... y tú serás el mejor tío del mundo, lo sé. ¿Verdad, Nash?

Nash, que seguía sentado al borde de la cama, asintió.

Naomi dejó la bandeja y se fue, porque Marinette y Viktor acababan de llegar para ver a Shery, y bajó a recibirlos.

—Tengo que comprobar si Fiona está bien —dijo Nash, levantándose también—. La llamaré.

Sylvan asintió. Nash se fue de la habitación.

Shery se había quedado sola con Sylvan por un momento. No pensaba esperar más. No necesitaba que el tiempo sanara el dolor. Le iba a soltar lo que quería.

Se inclinó y le susurró:

—Me amas… ¿verdad?

Sylvan levantó la mirada de su vaso. Shery sonrió de repente de forma arrogante. Sylvan leyó esa expresión, perturbado, y lo entendió: ella no estaba dolida, mucho menos traumatizada.

Una chica que solo veía dos opciones dignas de ella: ganar o morir en el intento.

—He sufrido mucho. ¿Me dejarás cumplir mi deseo? ¿Me dejarás intentarlo otra vez? —preguntó Shery con todo el descaro que llevaba dentro.

Sylvan la siguió mirando… y juzgó que esa expresión no era la de una mujer que había sufrido mucho. Era la expresión de una mujer que odiaba perder.

Ella no quería otro bebé para reemplazar al que había perdido. Solo quería volver a sentirse poderosa. Según ella, solo un heredero Chase podría darle ese poder en la familia.

Sylvan estaba incrédulo al ver que ella seguía persiguiendo su ambición como si esa pérdida solo hubiera sido un inconveniente.

Su opinión sobre la paternidad seguía siendo la misma: él no estaba hecho para ser un padre ideal. Por eso, respondió en voz baja:

—No quiero intentarlo otra vez. Ni nunca. Ya hablamos sobre eso al inicio de nuestra relación. No quiero ser padre.

—Le fallaste a ese bebé, Sylvan —lo acusó Shery súbitamente, con voz cortante.

Sylvan se estremeció por un instante y la miró con más incredulidad.

—No digas eso.

—Es verdad. No lo querías. No te alegraste cuando supiste que existía. Pasaste semanas deseando que nuestra vida siguiera como antes y ahora se nota que te odias porque murió antes de que pudieras quererlo como debías.

—Shery, basta.

—No. Escúchame. No puedes cambiar lo que pasó con él. Pero puedes hacerlo mejor con el siguiente. Sabes que fracasaste como padre antes incluso de empezar. Eres culpable. Siempre lo serás.

Sylvan apretó la mandíbula y casi bajó la mirada, pero se defendió:

—No confundas mi dolor de haber perdido a un hijo con el deseo de tener otro.

Ella seguía mirándolo con sus ojos verdes avispados, esbozando una sonrisa de soberbia.

—Si me das otro hijo, tal vez podrás quererlo desde el principio. Podrás protegerlo. Podrás hacer todas las cosas que no llegaste a hacer por el primero. Te redimirás. De lo contrario, sé que no vas a poder vivir tranquilo pensando que el único hijo que tuviste murió sin que lo quisieras.

Sylvan la miró, horrorizado.

Shery no apartó los ojos.

—Estás usando al bebé que perdimos para manipularme —dijo Sylvan en voz muy baja, apretando con fuerza el borde de la cama—. Me estás pidiendo algo en contra de mi autonomía.

Ella soltó una carcajada y se echó hacia atrás en la cama, acomodándose más.

—Si me dices que no, puedo quedarme embarazada otra vez. ¿Qué puedes hacer para evitar eso? ¿Dejar de acostarte conmigo? ¿Abandonarme?

Él sintió el impacto de esas palabras como un golpe de lleno en la calavera. Estaba claro que ella conocía el poder que tenía sobre él.

—Eso es muy cruel, Shery.

—Lo sé. Te lo mereces.

Sylvan cerró los ojos. Ya no estaba decidiendo si quería otro hijo. Sabía que no lo quería. Estaba decidiendo si prefería que Shery lo hiciera a sus espaldas o ceder y afrontar aquello junto a ella.

Cuando volvió a mirarla, parecía derrotado.

El muro de Sylvan, que había sufrido demasiados golpes ya, se derrumbó.

—Está bien. Tendremos otro bebé. Pero no confundas esto con que hayas conseguido cambiar lo que quiero. No lo has hecho. Solo te has aprovechado de mi amor por ti y lo has convertido en mi punto débil.

—Perfecto. Esa era exactamente mi intención, mi amor —concluyó Shery, y se rió a carcajadas, eufórica, y lo abrazó con fuerza, de forma posesiva, como si gritara con su cuerpo: “Siempre te gano”.