31
Fiona no estaba lejos del aeropuerto, donde tomaría el vuelo a Jangwa.
Eran altas horas de la madrugada en Salamat.
Estaba pasando por una carretera vacía, en medio de campos de raíz.
No podía conducir bien por lo preocupada que estaba.
No había vuelto a llamar a Nash porque no quería distraerlo si estaba lidiando con enemigos.
Estaba esperando a que él la llamara y confirmara que estaba a salvo.
Pero la tensión la estaba devorando. Quería llegar lo antes posible al avión y volar a Jangwa.
Se vio obligada a reducir la velocidad en una curva estrecha en un puente.
El vehículo de atrás se estrelló contra su coche, que se volcó por el puente a un riachuelo entre los campos.
El impacto fue tremendo. Solo vio un destello de luz y luego todo se oscureció. Las bolsas de aire se abrieron. Fiona se hizo bastante daño, pero no perdió el conocimiento.
Estaba atascada en el coche volcado, incapaz de moverse. El agua empezó a llenar el coche y ya estaba llegando hasta el cuello cuando su cabeza dejó de dar vueltas y pudo razonar.
Le pidió a la IA que abriera el maldito cinturón.
No funcionó. El coche se hundió por completo.
Justo antes de perder el conocimiento por la falta de aire, notó manos ásperas aferrándose a su cuerpo.
Cuando volvió a mirar, jadeando, descubrió que varios hombres la habían sacado del agua y la acababan de arrojar sobre la superficie mojada en el oscuro campo de raíz.
La carretera estaba arriba, lejos, y no había nadie en la zona. Ni siquiera luz. Solo el río, el campo… y los hombres de Norton.
La acababan de rescatar, pero delataban con sus repugnantes miradas que ahora le harían algo peor que la muerte.
Norton no estaba entre ellos.
Uno la agarró del cabello y la levantó. Otro arrancó su vestido de un solo manotazo.
—Esta vez no te codiciamos por ser hermosa. Solo queremos ver tus órganos fuera de su sitio —dijo el tercero, abriendo las piernas de Fiona a la fuerza.
Fiona estaba mareada y lo veía todo rojo porque la sangre de su herida alcanzaba sus ojos. Pero pudo ver que detrás de los hombres estaba uno de los coches de la marca de automóviles de Norton, con IA avanzada.
Fiona, hacía tiempo, había participado en la creación e instalación de ciertos comandos en los coches de esa marca, junto a Norton. Lo recordaba. Y en ese momento, era su única esperanza.
—¡Anulación de protocolo 1224! ¡Acelera! —gritó Fiona a todo pulmón.
El coche reaccionó y se movió por sí solo. Se estrelló violentamente contra el hombre que estaba a punto de penetrar a Fiona.
El cuerpo del desgraciado salió volando y cayó al río.
El hombre que estaba agarrando los brazos de Fiona por detrás la soltó por un instante, por el shock.
Fiona aprovechó para rodar por el suelo, levantarse a duras penas y subirse al coche que se había movido.
Sabía que en uno de los compartimentos había un arma. Los hombres de esa mafia nunca viajaban en un coche aparentemente para civiles sin armas de repuesto. Lo pudo abrir insertando otro comando de anulación de protocolos en el panel interactivo.
Los tres hombres restantes empezaron a disparar.
—¡Ventanillas! —gritó Fiona.
La IA del coche obedeció otra vez y las ventanillas con cristal antibalas subieron.
Los hombres también empezaron a gritarle comandos al coche.
La IA se confundió y no entendía a quién obedecer. Fiona obtuvo el arma del compartimento y disparó a uno de ellos a bocajarro en el vientre justo cuando él había logrado entrar en el coche.
Se puso al volante y, con el cadáver medio colgando del coche, aceleró y atropelló a otro hombre, matándolo al pasar las llantas por encima de su cabeza.
Empujó al cadáver y cerró la puerta. Subió a la carretera por un desnivel.
Quedaba un hombre vivo abajo, junto al río, pero eso era lo de menos.
Sus manos estaban temblando. Su cuerpo estaba tan tenso que le estaba costando pisar el acelerador. Su respiración no estaba volviendo a la normalidad. Seguía mirando al espejo retrovisor como si los campos estuvieran llenos de sombras que pudieran consumirla.
Cambió de carril bruscamente otra vez. Asumió que Norton esperaba que ella fuera al aeropuerto y probablemente hubiera otra emboscada en el camino.
Tal vez Norton incluso hubiera comprado a su piloto y a sus azafatos.
Por ese miedo, decidió regresar a su apartamento. Ese lugar era seguro. Se había gastado demasiado dinero en asegurarse de eso.
Condujo de regreso a la ciudad, a su apartamento. Escogió un camino largo, por el que circulaban más vehículos.
Dudaba de cada coche, de cada luz y sombra, pero logró entrar en la zona de rascacielos del centro de la ciudad.
Se aguantó las ganas de llamar a Nash. No se resistía por orgullo, sino porque no quería preocuparlo cuando él también estaba en peligro.
No estaba tranquila. Desde luego que no.
■ ■ ■
Fiona aparcó el coche bajo su edificio y avanzó, tensa y con las piernas doliéndole, por los corredores oscuros hacia el ascensor que conducía a su apartamento.
Su frente seguía sangrando. Ni siquiera llevaba su móvil encima.
Esos desgraciados se lo arrancaron todo.
Solo tenía un arma en la mano. Se repetía a sí misma que eso bastaba.
Las puertas se fueron abriendo a su paso, pero no había guardias reales a esas horas de la madrugada. Solo los robots, que no dijeron nada.
Entró en el ascensor y la luz no se encendió. No se escuchó la voz de la IA ni la música, como si el sistema hubiera sido desactivado. Pero las puertas se cerraron y el ascensor subió poco a poco.
Algo no cuadraba. No había nadie dentro con ella, pero se escuchaba una respiración… encima de ella. Ella se sacudió la cabeza, creyendo que solo estaba siendo paranoica.
La puerta se abrió. Su apartamento estaba intacto.
Fiona avanzó sobre la moqueta beige, con la sangre goteando desde sus heridas, pero el ascensor seguía abierto detrás de ella.
Se produjo un golpe seco. Algo cayó dentro del ascensor desde arriba.
Un cuerpo robusto. Un hombre que había esperado al momento adecuado.
Era el amigo más leal de Norton. Aquel con el que Fiona se llevaba bien y con quien había ido a fiestas e incluso de compras en el pasado.
Estaba armado con una pistola con silenciador. No se demoró y disparó a la mano de Fiona.
Ella gritó y se le cayó su propia arma. Más sangre se derramó sobre la moqueta y los muebles cercanos.
Fiona estaba en su lugar seguro, pero ese mismo lugar ahora era un campo de batalla.
—Ve a la cama, calladita, y obedece —dijo el hombre en voz baja, tétrica—.
Norton está cavando su propia tumba al desobedecer todas las normas de la mafia, solo porque ya está desesperado por acabar contigo.
Sé que en la mafia de Solaris Chase yo tampoco voy a sobrevivir cuando ella se entere, pero te quiero debajo de mí esta noche.
Fiona no reaccionó a esa información. Estaba ocupada analizando cómo sobrevivir. Apretó su mano dañada y retrocedió poco a poco, sin apartar los ojos de su enemigo.
Él se acercó paso a paso y guardó la pistola porque su víctima estaba herida, indefensa y acorralada.
Los sistemas no funcionaban. El hombre, que era uno de los mejores técnicos de la mafia, los había piratear, por eso Fiona no podía usar su IA para activar los carísimos sistemas de defensa personal que había instalado.
Recordó aquella vez cuando había estado a punto de matar a Nash en aquel hotel, después de la entrevista. Él la besó, la colocó sobre la baranda y jugó con ella, fingiendo que iba a empujarla. Aquello fue sexual e intenso.
Hoy, era cuestión de vida o muerte.
A Fiona se le ocurrió algo y respiró un poco más despacio.
—Al carajo Norton, Solaris e incluso Nash. Tú eras mi mejor amigo en esa pocilga. ¿En serio quieres tomarme en la cama? No seas soso. Ven a la terraza. Hagámoslo con vistas. Mañana vamos a morir de todos modos, ¿no?
El hombre hizo una mueca de confusión y la miró fijamente, pero se lo tragó.
Fiona era una buena actriz. Era, literalmente, su profesión.
Ella salió a la terraza con calma, se sentó en un sofá junto a la baranda y le hizo un gesto de invitación.
Era un sofá normal, con mecanismos manuales. Él no había podido pirateado eso.
El hombre se acercó con impaciencia y se subió encima de ella.
Fiona deslizó la mano detrás del sofá y activó una palanca. Justo antes de que el aliento del agresor la rozara, el sofá subió.
El sofá arrojó al hombre.
Él creyó que era solo un incordio accidental del sofá y casi no se resistió. No se dio cuenta de que el vacío lo aguardaba.
Se precipitó desde la terraza. La última planta de un rascacielos.
Cuando se estrelló contra el suelo, estaba tan lejos que Fiona ni siquiera alcanzó a oír el crujido de sus huesos.
Habría sido satisfactorio.
Ella se fue de la terraza, cerrando la puerta a su paso. Hacía frío.
Se sentó sobre el suelo junto a la encimera, en la cocina, con las rodillas pegadas al pecho, la cabeza baja y las manos sobre el rostro.
Había perdido bastante sangre, su cuerpo temblaba y su respiración estaba entrecortada. Agarró una botella de vino que estaba rodando por el suelo y se la tomó. Poco después, se quedó dormida, derrotada por el agotamiento.
■ ■ ■
Solaris Chase, la hija de Caleb y la ama de toda la mafia de Salamat por herencia, no iba a enviar a nadie a hacer el trabajo.
Al oír sobre lo ocurrido, ella misma se puso en marcha, rumbo a la oficina de Norton, taconeando como una sentencia sobre el mármol negro del pasillo, sin guardaespaldas.
Norton estaba en su sillón, imponente, mirando sus pantallas como si todavía estuviera pensando en mover más piezas en el tablero. El estrés se notaba por sus venas marcadas y su frente sudada, pero estaba inexpresivo.
Él era uno de los pilares del sindicato de la mafia. Controlaba rutas, territorios, dinero… Tenía hombres leales, contactos valorados en millones y años de servicio bajo el nombre de los padres de Solaris. Era el subjefe más eficiente y valioso.
Pero a Solaris eso no le importaba ni un bledo. Ella entró sin avisar y ya tenía su pistola levantada hacia él.
—¡Ama! ¿Por qué estás tan alterada, querida? —preguntó él, con una sonrisa que no llegó a completarse.
—Nadie toca a mi Nash —dijo Solaris, y disparó.
A bocajarro. En su cara.
Norton cayó sobre el escritorio y todos sus importantes papeles se llenaron de sangre.
Solaris guardó el arma, se acomodó el abrigo de piel de leopardo, se pasó una mano por sus perfectas trenzas rubias, y se marchó, pasando por entre los guardaespaldas de Norton.
Nadie la detuvo. Nadie preguntó por qué lo había ejecutado así.
Ahora, por la muerte de Norton, que siempre se creyó intocable, toda la mafia se había dado cuenta de algo: nadie podía atreverse a mirar a Nash Chase.
Ni por odio, ni por celos, ni por error.