Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 30
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En el coche, Sylvan abrazó a Shery.

—El francotirador estaba apuntando a tu cabeza, amor. No tenía otra opción. No se me ocurrió nada mejor. Quería salvar tu vida, y me daba igual morir en el intento —explicó Shery, con la voz cargada de rabia—. ¡Pero sé que he perdido el embarazo, carajo!

Naomi conducía hacia la autovía para llegar rápido al otro lado de la ciudad, donde vivía el doctor de la familia Chase. El doctor Gord era el único que podría salvar a Shery sin dejar lesiones permanentes en su cuerpo, gracias a su medicina avanzada que no se empleaba en todas partes.

Naomi miró hacia la pareja que había atrás desde el espejo retrovisor.

—¿Vosotros también ibais a tener un bebé? —dijo, entendiendo ahora por qué Sylvan estaba así de devastado e incapaz de reaccionar a pesar de su inteligencia táctica inigualable—. Oh… no. Sylvan, lo siento muchísimo.

—Ese bebé ha muerto por mis enemigos… —musitó Nash, apretando su arma con tanta fuerza que sus nudillos perdieron el color.

Su móvil empezó a sonar justo entonces. Sobre la pantalla ponía “Pelirroja consentida”. Nash atendió la llamada no esperó a que ella lo saludara. Habló primero, con voz rota:

—No te tomé en serio. Tenías razón.

Fiona jadeó por el horror y exclamó:

—¿Qué ha pasado? ¡No quiero que te pase nada! ¡Dime qué puedo hacer para ayudar! ¡Haré lo que sea!

—¡Que Norton mande a más a por mí, joder!

¡Solo a por mí! —gritó Nash de repente, con ganas de romper el móvil entre las manos—.

¡Ya he perdido algo mío y destruiré a todo aquel que se atreva a mirar lo que me queda!

Y tú, ponte a salvo, Fiona. Vuela a Sireno.

¡Rápido! Puede que haya coordinado un ataque contra ti al mismo tiempo.

Nash cortó la llamada sin esperar respuesta.

Naomi no entendía por qué Nash le estaba dando tanta importancia al bebé que Sylvan y Shery acababan de perder. Imaginaba que lo hacía porque iba a ser su sobrino, pero no tenía sentido quererlo tanto. Su propio hijo, Nolan, seguía a salvo, dentro de Naomi.

Ella desconocía que el bebé que Shery acababa de perder tal vez era de Nash.

■ ■ ■

Aún estaban lejos de su destino cuando, de repente, empezó a escucharse el sonido de potentes motores que parecían estar levantando fuego a medida que se aproximaban.

Eran tres furgonetas negras. Norton, al haberse dado cuenta del fracaso en la misión, ya no estaba siendo discreto.

Había ordenado una cacería.

Los disparos volaron las ventanillas del coche de Naomi. Ella pisó el acelerador.

Nash disparó de vuelta con su arma, pero era inútil.

Esas furgonetas, pertenecientes a la marca internacional de automóviles de Norton, estaban acorazadas con tecnología de la mafia de Solaris y Caleb.

Pero no estaba permitido usarlas así. Norton se había saltado mil protocolos de su mafia al mandar a sus subordinados a por ellos.

Sylvan, que había estado callado todo el tiempo, se apartó del lado de Shery, miró hacia los enemigos desde la ventanilla rota, y dijo:

—Naomi, sube al carril contrario.

Su coche era muy rápido, pero esas furgonetas también tenían motores modificados.

Ella, asustada, le hizo caso.

Sylvan sabía que esos coches blindados no podrían seguirlos allí a la misma velocidad sin provocar un desastre público. Ganarían tiempo para alejarse hacia la autovía sin causar daño colateral.

Un camión vino derecho hacia ellos cuando estaban en el carril contrario. Estaba a punto de impactar contra su coche.

Sylvan se inclinó hacia delante, puso las manos sobre las de Naomi, que no estaba logrando reaccionar, y giró el volante con tanta fuerza y control que las ruedas del lado derecho se elevaron en el aire.

El coche avanzó durante unos segundos sobre solo dos ruedas, rozando el lateral del camión que venía de frente. El espejo salió volando. La puerta se dobló. Nash se giró y agarra a Shery con un brazo, asegurándose de que ella no saliera disparada del coche.

Naomi chilló, pero no apartó el pie del acelerador.

Sylvan, con una mano en el volante y el otro brazo sujetando el respaldo del asiento de Naomi, mantuvo el coche equilibrado hasta que las cuatro ruedas regresaron al carril.

—Lanza el coche por el desnivel al final de la carretera —prosiguió Sylvan—. Caeremos a la autovía del sur, que no tiene mucho tráfico los fines de semana.

Naomi tenía la respiración agitada y la vista nublada por el miedo, pero aceleró, y dejó caer el coche por un desnivel de varios metros.

El impacto fue brutal. Sus cuerpos se sacudieron, pero el coche, que era resistente, seguía en marcha.

■ ■ ■

Ya estaban sobre la autovía casi vacía y Naomi continuó conduciendo a tanta velocidad que parecían estar a punto de morir en cualquier instante por el más mínimo error.

Sylvan deslizó los dedos sobre su reloj militar de comunicación.

Las furgonetas no tardaron en encontrar un camino alternativo y aparecieron de nuevo justo detrás de ellos.

Shery seguía mirando a Sylvan sin apartar la vista ni un instante, ignorando todo. Lo miraba como si se estuviera enamorando otra vez de él, como la primera.

Estaban entrando en un parque industrial. Ruinas eléctricas, postes olvidados, cajas de control oxidadas, estructuras de metal por todas partes…

Sylvan extendió la mano hacia Nash. Un simple y preciso gesto. Nash le pasó el arma de inmediato.

Sylvan recargó la pistola y dijo:

—Naomi, ¿ves ese canal a la izquierda? Al otro lado hay una bajada estrecha. Desvíate hacia allí. Si no puedes, giraré el volante yo mismo otra vez.

Naomi no hizo preguntas y actuó.

Sylvan apoyó la pistola de alto calibre contra la puerta, con la mira apuntando por la ventanilla.

Naomi giró con fuerza. El coche bordeó el canal. Las furgonetas no lograron frenar a tiempo y se deslizaron por la rampa de tierra, cayendo al agua poco profunda pero cargada de cables sumergidos.

Sylvan apuntó con precisión hacia un punto clave en el entorno.

El proyectil atravesó el aire y reventó una caja eléctrica colgando de un poste oxidado. La chispa saltó, marcando el comienzo de una reacción en cadena.

Un arco eléctrico gigante se extendió por el canal. Las tres furgonetas quedaron atrapadas dentro.

El agua se iluminó con una explosión sigilosa, pero devastadora.

Chispas, cristales y humo se levantaron hacia todas partes.

Las furgonetas no volverían a moverse.

Se levantaron llamas en la zona, después del horror que Sylvan había desencadenado con un solo disparo. Él no asesinaba a humanos, porque no estaba en su código moral.

Los mercenarios habían muerto por la electricidad, por la física, por la mala suerte de estar persiguiéndolo a él y a su familia. Y también porque Sylvan, después de lo ocurrido, estaba demasiado afectado como para pensar en códigos morales.

Naomi frenó el coche y respiró. Sylvan observó lo que acababa de hacer con la conciencia intacta, satisfecho.

Shery se incorporó y se abrazó a la espalda de Sylvan. Su cuerpo temblaba y estaba muy frío. Hundió la cara en su camisa empapada de sangre, abrazándolo como si no lo fuera a soltar incluso si el coche ardiera. Porque después de todo… seguía siendo su hogar y el amor de su vida.

La calma no duró mucho. Más vehículos bajaron de la autovía, esta vez sin caer en la trampa de electricidad y agua, derechos hacia ellos.

Esta vez, había demasiados enemigos.

Nash bajó del coche y caminó despacio hacia el humo, aguardando a los enemigos.

Era hora de dejar de pretender solo ser un CEO…

y pasar a ser el dios carcelero. Nash levantó la mano.

Estaba a punto de abrir un portal a la Cárcel de Fracasos y dejar que irrumpieran en la escena entidades gigantescas y horríficas, Lutecios sanguinarios, que abrirían en canal a todos los humanos y aplastarían todos sus vehículos por orden de su amo.

Pero Nash no llegó a invocar esa brecha en la realidad. Se detuvo al divisar un helicóptero en el cielo.

Los hombres estaban listos para comenzar el diluvio de balas, pero una explosión lo interrumpió todo.

Un misil cayó del helicóptero. Luego otro, y otro…

El humo los cegó. Se levantaron piezas metálicas, fuego, polvo, balas y sangre en el aire.

Las tres furgonetas que recién habían llegado estaban completamente destruidas. Los hombres que había dentro estaban reducidos a pedazos de carne, entre el fuego.

—¿¡Quién más se atreve a molestar a mis hijos!

? —gritó Marinette desde el helicóptero—.

¿Hay alguien más? ¡Porque tengo misiles de sobra, cabrones!

—sacó su móvil, abriendo las redes por primera vez en su vida para publicar un mensaje—: Cualquiera que se atreva a amenazar a Nash, irá de cabeza a mi sala de tortura y me rogará por la muerte. En nombre del gobierno de Jangwa.

Norton y la élite de Jangwa y Salamat recibieron ese claro mensaje como si fuera una alerta presidencial, por parte de la militar más temida de Nallane.

Nash miró hacia el cielo, reconociendo el helicóptero militar de su madre, que era morado y sobre el que ponía: “Doña Chase”, y sonrió.

—Mamá… gracias.

Sylvan, que hacía un rato había mandado sus coordenadas a su madre, no habló. Solo guardó el arma y respiró hondo.

Nash no necesitaba a su madre para sobrevivir. La necesitaba para que el mundo entendiera lo que pasaba cuando alguien intentaba tocar a los gemelos Chase.

Incluso el gobierno de Jangwa no se queda indiferente.

■ ■ ■

El coche volvió a ponerse en marcha.

Shery seguía abrazada a Sylvan, pero sus brazos perdieron fuerza. Su respiración se volvió más débil hasta que, de pronto, su cuerpo se desplomó contra él.

Sylvan le sostuvo el rostro y miró la sangre que cubría su vestido.

Había perdido el conocimiento y no iba a volver a despertar sin intervención extrema.

La herida no estaba sangrando gracias a la sustancia experimental de Fabian, pero el daño interno era irreversible.

El doctor Gord podría salvar su vida, pero no regenerar su útero.

La bala de alta tecnología de la mafia había causado mucho más daño en el interior de su cuerpo de lo que sugería la herida visible, destrozando tejidos y varios órganos a su paso.

Esto ya estaba más allá de Gord y de la medicina de los humanos.

Necesitaba a alguien capaz de regenerar los órganos destruidos con la tecnología más avanzada y esotérica de Nallane, utilizando tejidos de Lutecios.

Necesitaba a su mejor amigo, que era el joven genio en quien podía confiar su propia vida. Y la de Shery.

Sylvan deslizó los dedos sobre su reloj militar y llamó a Arsen Hale.

—Ven a Jangwa en tu avión militar de inmediato. Shery está gravemente herida. Gord va a atenderla, pero necesito que vengas tú también. Trae todo lo que puedas necesitar.

Arsen no pidió más explicaciones.

—Descuida.