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Fiona no podía tranquilizarse. Ya habían pasado dos meses y no había ocurrido absolutamente nada.
Norton no había vuelto a contactarla ni cruzarse con ella en eventos sociales.
Ya todo el mundo sabía que se habían divorciado, pero ninguno de los dos dio una razón al público. Ninguno humilló al otro.
Pero el silencio le parecía más siniestro. Sentía un extraño agobio bajo la piel y no podía parar de pensar que él iba a hacer algo contra Nash.
No podía olvidar ese mensaje: “Qué bien se ve tu rubito… Es una pena que no vaya a durar”.
¿Qué no iba a durar? ¿A qué se refería? Fiona imaginaba lo peor: la vida de Nash.
Sabía que Norton era medido. Era un hombre que controlaba a gran parte de la mafia y sabía esperar al momento adecuado.
Era obvio que no iba a hacerle daño a Nash cuando todos podrían haberlo culpado a él por ser el esposo de Fiona.
Ahora, ya no era el esposo de Fiona y el mundo probablemente ni se acordaba de su conexión.
Para Norton, ya era el momento adecuado para actuar, si iba a hacerlo.
Fiona tamborileaba los dedos contra el volante mientras conducía en una autovía en Salamat, mirando hacia la carretera, pero con la mente a mil kilómetros, pensando en los gemelos Chase.
Llamó a Nash para recordarle el peligro.
—Nadie arruina mis planes, pelirroja consentida. Cuídate. Si tú tienes algún problema con él, llámame. Vendré de inmediato —dijo Nash, con calma, como si la amenaza no mereciera más espacio en su agenda—. Cuando quieras, ven a Sireno otra vez si necesitas unos días para relajarte.
Como si Norton no existiera.
Fiona también habló con Sylvan. Su respuesta fue similar:
—No te preocupes por nosotros, Miss Nallane. Si me necesitas tú, llámame.
Los hermanos no reaccionaron, ni se prepararon ni se protegieron. Se consideraban intocables.
Fiona apretó el volante con más fuerza. A ella sí le importaba mucho.
No podía culpar a los gemelos. Ellos no sabían hasta dónde había sido capaz de llegar Norton. Creían que solo era un subjefe que obedecía las reglas y a quien le importaba el código de honor de la mafia de la familia Chase.
Naomi no le había revelado a nadie el secreto de Fiona.
Por un instante, ella pensó que tal vez si se lo contaba a Nash, él se ocuparía de inmediato de Norton.
Descartó la idea, diciéndose a sí misma que era por orgullo y porque no quería describir su trauma para ganarse simpatía.
Pero, en el fondo, tenía miedo de que, si Nash se enfrentaba a Norton por ella, podría acabar muerto.
No había que subestimar su poder en la mafia.
Exhaló y cambió de carril con un movimiento brusco. Estaba sola en su coche. Iba de camino a una fiesta fiesta privada. Decidió ir a Jangwa, cancelando sus planes.
No quería escapar por ser cobarde, solo quería estar cerca de Nash para asegurarse de que no estuviera en la punta de mira de Norton.
No podía aguantar la incertidumbre, estando al otro lado del océano, lejos de él.
Por eso, puso rumbo al aeropuerto.
En el espejo retrovisor, vio que un coche que parecía normal también había cambiado de carril bruscamente como ella para bajar de la autovía.
Tal vez estaba siendo paranoica. No volvió a mirar a ese coche.
■ ■ ■
Ya hacía frío, pero la casa de la playa de paredes de colores pasteles seguía igual de cálida.
Sylvan le daba atención todos los días a Shery.
Le sostenía la mano cuando caminaba con ella, como si eso bastara para protegerla incluso de sí misma.
Cocinaba para ella a menudo, preparando lo que creía que era ideal para su salud.
Pero nunca hablaba del bebé porque no quería fingir entusiasmo. Él solo quería a Shery. Y para ella, eso bastaba. Ella tampoco tenía ilusión por dar a luz, solo esperaba al momento en el que todos la pusieran sobre un pedestal en la familia.
Todavía no lo habían anunciado. Shery estaba impaciente por contárselo a todos, pero Sylvan no parecía listo aún para decirlo en voz alta.
En medio de su vida de celebridad, tan abarrotada, Nash siempre encontraba un hueco para visitar a Sylvan y Shery.
Nash y Naomi se preparaban para la llegada de Nolan, aunque aún faltaran más de cinco meses, porque les hacía mucha ilusión. Naomi había aprendido a conducir e iba a los mejores restaurantes y clubs VIP con él. Siempre estaban perseguidos por paparazzis.
Marinette y Viktor discutían constantemente sobre todo lo que creían que necesitaría el hijo de Nash. Hasta Caleb, que normalmente opinaba poco sobre asuntos familiares, había aprobado el nombre con un simple asentimiento.
Shery, siempre que oía el nombre de Nolan, rodaba los ojos y guardaba silencio, pensando que esa gominola Chase no era para tanto. Ella también tenía lo mismo.
Hoy, después de muchos días, los cuatro iban a coincidir en el mismo lugar por un proyecto peculiar.
El tío de los gemelos Chase, Caleb, tenía un edificio que pasaba desapercibido por fuera en el centro de Dunas Doradas. Era un híbrido perfecto entre biblioteca, complejo de investigación y cafetería de élite.
La luz era difusa, intelectual. Las paredes estaban cubiertas por estanterías de cristal con libros médicos, volúmenes sobre Lutecios y manuales de ingeniería genética. Algunos estaban encadenados, como si contuvieran conocimiento que no debería circular libremente, pero era por pura estética.
Fabian, con su bata corta de laboratorio encima de un atuendo elegante, revisaba hologramas y repetía las reglas al personal con gestos tímidos.
Estaba listo para trabajar con Sylvan y Nash en un proyecto muy complejo: transferir las almas de sus tres amigos sobrenaturales de la Cárcel de Fracasos en cuerpos de animales.
De momento, solo podían hacer un plan introductorio.
Era algo que requeriría tiempo y tecnología que solo iban a obtener en la mafia de Caleb.
Nash llegó con Naomi. Los ositos de felpa ya estaban dando su opinión desde dentro de la mochila de Naomi:
—¡Quiero un cuerpo de leopardo blanco! —demandó Rhal.
—No, necesitamos alas —argumentó Voss.
—Seremos tiburones letales… en el acuario de Nash, en su futuro despacho de político —visualizó Auroro.
Naomi los mandó callar y amenazó con meter sus almas en una máquina de café. Nash se reía por lo bajo. Los paparazzis habían estado siguiéndolos y les habían sacado fotos al nuevo coche de Naomi, como excusa para fotografiar a Nash. Pero ya no había nadie en la zona. El edificio estaba reservado.
Sylvan llegó un poco tarde, porque fue a recoger a Shery a la universidad. Entró con ella pegada a su brazo, como si fuera parte de él. Shery llevaba un vestido apretado y muy corto, con un abrigo suave de piel de oso polar.
Nash tomó la mano de Shery con suavidad y la sostuvo por un momento, para ayudarla a bajar unas escaleras demasiado inclinadas.
Ella se ruborizó, porque recordó cómo solían tener sexo a menudo y tenían que comportarse como adultos civilizados en público, pretendiendo que eran solo familia.
Ella amaba a los gemelos y no podía vivir sin ninguno de ellos.
No le importaba que Nash no estuviera en su cama todas las noches.
Podía hacerlo suyo siempre que lo deseara.
Sin culpa. Sin condiciones. Sin decencia.
Naomi clavó una mirada hostil en Shery, afilada como la navaja oculta de un asesino. No entendía por qué demonios ella necesitaba ayuda para bajar escaleras. No tenía sentido. Su vientre todavía seguía plano, por eso Naomi no sospechaba que Shery estuviera embarazada.
Shery ni la miró.
—Cuñada, siéntate un momento con Naomi y tomad café dulce. No hace falta que habléis, solo no os matéis por quince minutos —bromeó Nash.
Shery, rígida como una verdadera estatua, obedeció. Naomi la miró como si estuviera viendo una prostituta vestida de lujo sentarse en su mesa.
Fabian se ajustó sus gafas negras, se inclinó ligeramente e invitó a Nash y a Sylvan a una mesa en el fondo de la sala, donde había un lector digital que mostraba artículos científicos y gráficos tridimensionales sobre materiales y fórmulas ilegales.
Él ya había trabajado para la mafia de Caleb Chase en el pasado. No era el científico más importante ni tenía autoridad o un cargo, pero podía acceder a ciertas propiedades del sindicato libremente como si fuera parte de la familia.
En la zona de trabajo no había techo. Yedra metálica decoraba las paredes. Se veían las azoteas de los edificios cercanos.
Sylvan y Nash se acercaron a la mesa, dejando a Naomi y a Shery junto a la barra, donde un robot minimalista escaneó sus caras y empezó a preparar bebidas según el humor de cada una.
La barra estaba llena de cosas hermosas: flores secas, café con dibujos de espuma, macarrones artesanales…
Naomi se recostó con toda la soberbia del mundo y tomó el batido de vainilla que el robot le entregó. Shery observó su taza en silencio. Ninguna de las dos habló. No tenían nada que decir.
■ ■ ■
En un edificio cercano, en la azotea, había dos hombres armados. Llevaban dispositivos para comunicarse entre ellos.
—¿Cuál es Nash? —preguntó el francotirador, con el dedo sobre el gatillo, enfocando la mira—. Norton dijo que matáramos a Nash en este momento exacto, según lo planeado, pero ambos tienen la misma maldita cara. ¿Esperamos confirmación?
—No hay tiempo. Es la posición perfecta. Matémoslos a los dos —respondió el segundo francotirador, ajustando su rifle, apuntando a la cabeza de uno de ellos—. Ninguna bala distingue entre gemelos.
—Estoy apuntando al de la izquierda.
—Perfecto, yo ya estoy listo para volar la cabeza al de la derecha.
Desde la barra, Shery vio algo. Un destello, el reflejo de un rifle en una ventana del edificio de enfrente. Solo una silueta, un arma… que estaba apuntando hacia Sylvan.
El otro lado de la terraza estaba cubierto por una hiedra enorme, que bloqueaba la vista del segundo tejado. No alcanzó a ver nada ahí, así que desconocía la existencia del segundo francotirador.
Shery no podía gritar. Sabía que, si hacía ruido, el disparo saldría antes de que alguien reaccionara.