Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 24
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Más tarde ese mismo día, en una celebración privada en la nueva atracción flotante de la marca N, Juanito agitaba su coctelera, preparando bebidas. Cuando vio llegar a Nash, preparó para él el mejor batido de mango con coco y purpurina comestible. Se acercó, haciendo una reverencia.

—Para mi jefe, el CEO más sexy de Nallane, con todo mi amor añadido en cada gota —anunció, añadiendo una sombrilla a la bebida.

—Gracias, exagerado —dijo Nash, aceptando el vaso y probándolo.

Juanito se fue a recibir a más invitados de honor.

Nash odiaba el mango, pero no quería tirar la bebida que su amigo le había preparado.

Shery pasó por su lado justo en ese momento.

Llevaba vaqueros muy cortos, una camisa ancha, y el pelo recogido con una enorme pinza en forma de delfín.

Acababa de subir al barco después de aparcar su coche deportivo morado en el muelle.

Había venido sola. Vio el vaso en la mano de Nash y sonrió.

—Sé que no te gusta el mango. No sufras.

—Tómalo tú —respondió él, devolviéndole la sonrisa, y le entregó el vaso.

Ella se lo bebió.

Naomi estaba junto a la piscina en un vestido de encaje negro y la melena de color miel alisada. Se acercó a ellos.

Shery se lamió la purpurina del labio lentamente y continuó mirando a Nash.

Naomi llegó hasta ellos y su mano rozó el vaso, apenas un gesto… pero fue suficiente. El vidrio golpeó el borde de la barandilla y cayó al suelo transparente, estallando en un charco de mango y purpurina.

Shery la miró sin retroceder ni un centímetro.

Nash se apoyó en la barra, cruzándose de brazos, atento a ambas, sin mostrar juicio.

—¿Hoy también te dejaste la pistola en el coche? —preguntó Naomi, con una arrogancia que delataba que nada había cambiado, ni cambiaría, entre ellas.

—La llevo encima, y si te disparo aquí y ahora, nadie me va a detener como Nash te detuvo a ti ayer —dijo Shery, en voz baja, pero cortante.

—Y, aun así, no estás disparando —dijo Naomi, con una carcajada.

Shery se aguantó a duras penas las ganas de reaccionar, con la mano sobre su arma, bajo su camisa ancha.

Juanito se interpuso entre ellas con firmeza, inclinándose con una bandeja con varias bebidas de diferentes sabores.

—Señoritas, no arruinéis el ambiente cálido de esta fiesta. He hecho cócteles para todos —dijo, con tono serio, amenazador.

Las chicas lo miraron. Por su expresión y lenguaje corporal, Juanito parecía un militar que no iba a consentir ese tipo de comportamiento.

Shery agarró un cóctel de la bandeja y se fue a otra parte de la cubierta.

Buscó a Sylvan con la mirada en todas partes. No lo encontró.

Sabía que él estaba en Sireno, pero como él no le había dirigido la palabra desde ayer, no estaba segura de nada.

Estaba tensa. Entendía que Sylvan necesitaba tiempo. No era estúpida. Pero era impaciente.

Alcanzó a verlo a lo lejos en uno de los corredores cerca de la entrada de Sireno. Estaba con Arsen. Shery dejó su cóctel a medias y avanzó hacia ellos, dispuesta a abrazar a Sylvan. Pensaba que, delante de Arsen, él no la rechazaría ni la miraría de forma fría.

Pero alguien se adelantó.

Una mujer que acababa de entrar.

Fiona Tempest.

Acababa de llegar acompañada de guardias de Sireno, que la habían guiado respetuosamente hasta esa zona privada para la familia Chase.

Llevaba un vestido negro de encaje similar al de Naomi, pero mucho más elegante y cautivador sobre su cuerpo de Miss Nallane. Estaba radiante, observando cada rincón como si le encantara la decoración excéntrica.

Sylvan sonrió y la llamó con un gesto.

Shery se quedó quieta a unos metros, mirándola con los labios apretados. Fiona ni siquiera registró su existencia y caminó hacia Sylvan.

Ella se lanzó a sus brazos de forma bastante íntima… y él la abrazó de vuelta por un momento.

Shery apretó con tanta fuerza su arma bajo su camisa que le empezó a doler.

Sylvan no miró hacia Shery. Sabía que ella estaba allí. La estaba ignorando a propósito. Fiona habló con él y con Arsen alegremente durante varios minutos y los tres se rieron juntos. Luego ella dijo que iba a buscar a Nash, que seguía en la cubierta, y se fue.

Arsen también se despidió y se marchó.

Sylvan y Shery se quedaron solos en el corredor donde sonaba música muy alegre… para una situación tan incómoda.

Él seguía sin mirarla y se fue por unas escaleras a una zona privada.

Shery no iba a quedarse sola lamentando la falta de atención.

Fue detrás de él.

■ ■ ■

En una terraza de una suite privada en la cima del barco, Shery alcanzó finalmente a Sylvan.

Él se había sentado en una hamaca colgante y tenía la mirada perdida en el mar. Desde lo ocurrido en la mansión de Viktor y Marinette, había pasado solo una noche, y Sylvan no había dormido con ella en la casa en la que vivían juntos.

Ella le había preparado el desayuno como siempre esa mañana, y él no le había dirigido la palabra mientras comía.

Shery había intentado no presionarlo, darle tiempo, pero no podía aguantar tanto. Se acercó a él y se sentó sobre su regazo.

Él no la tocó. Ni sus piernas, ni su cabello, ni su vientre. Ni una caricia furtiva, como si ella no estuviera ahí.

—Te amo, Sylvan —susurró Shery.

Él respondió, con tono educado, pero sin emoción:

—Lo sé. No hace falta que lo repitas tantas veces.

Ella intentó acariciarle la cara. Él no se apartó, pero tampoco reaccionó. Se quedó mirando al horizonte con una expresión imperturbable.

Shery se levantó y se acercó a la barandilla. Abajo, muy abajo, las olas golpeaban contra la estructura externa de Sireno.

El corazón de Shery estaba latiendo con más furia que esas olas.

Se lanzó al agua de cabeza. El mar se tragó su cuerpo de inmediato.

Nadie más se percató de eso, porque nadie estaba en esta zona. Sylvan se levantó y corrió hacia allí inmediatamente, pensando:

No, Shery, no juegues así con tu vida, joder.

Se lanzó al mar sin quitarse la camisa y nadó hasta encontrarla.

Shery seguía consciente, pero no estaba luchando con las olas. Él la agarró, la llevó a la orilla desierta en brazos, donde la dejó sobre la arena.

Ella tosió. Estaba con los ojos verdes entrecerrados, la ropa empapada y pegada a su piel. No había pánico en su rostro. Sabía lo que hacía.

—No quería salir del mar —susurró, sin apenas voz.

—¿Estás loca? —preguntó él, sin apartarse de su lado.

—¿Sabes cómo se siente estar en tus brazos y que no me mires? ¿No me hables? ¿No me toques? Es la peor de las torturas.

—Para mí también, pero no sé por qué, no consigo volver a la normalidad.

Shery agarró su rostro, devastada, y lo acercó a su cara.

—Entonces déjame hundirme. ¿Para qué demonios me salvaste?

Él la abrazó para hacerla callar.

Ella lo besó en la boca a la fuerza, con desesperación. Él no la detuvo, pero el beso sabía a agua salada y a dolor difícil de superar.

Sylvan dejó que el beso durara unos segundos antes de apartarse. Puso ambas manos sobre sus hombros y le dijo con severidad:

—Me diste un susto horrible. No vuelvas a hacer eso.

Shery respiraba con dificultad, empapada, temblando por el frío.

—Te dije que preferiría morir antes que perderte.

Él la cogió en brazos y empezó a caminar hacia el paseo marítimo. Sus pies se hundían en la arena blanca y cada paso pesaba más por el dolor.

—Ya lo entendí. No necesito que vuelvas a demostrármelo.

Shery se quedó pegada a él.

—Si quieres seguir viendo a Fiona, hazlo. Sin límites. No me importa —ofreció Shery, acariciándole la mandíbula—. Bueno, sí me importa, la odio, pero prefiero soportar eso antes que volver a sentirte así de lejos de mí.

—Está bien, pero no tienes que ofrecerme nada para que vuelva a ti —respondió Sylvan—. Ni por miedo a perderme. No necesitas darme regalos así para que yo te quiera.

—No es un regalo. Lo concedo porque te amo y quiero que seas feliz.

Sylvan llegó hasta su coche morado. La tumbó sobre los asientos de atrás, puso una mano sobre su rostro y le susurró:

—Yo también te amo. Te perdono. No estaba consiguiendo comportarme contigo como antes, pero volveré a la normalidad… por ti. Porque sé que la paciencia no es lo tuyo.

Ella volvió a intentar besarlo, pero Sylvan la dejó allí y se sentó en el asiento del conductor.

—Vamos a casa. Juntos.

Ella se pasó la mano por el rostro y asintió, ocultando una sonrisa torcida.

Lo había logrado. Su peligroso método de forzarlo a sanar rápido había sido un éxito.