Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 23
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Al día siguiente, temprano, en el mar azul rosado, apareció una sombra colosal acercándose desde el horizonte. Primero parecía un descomunal monstruo marino. Luego… el nuevo hogar de Juanito y Eloy.

El buque se llamaba Sireno y medía lo mismo que un bloque de pisos. La cubierta era blanca, perlada. A lo largo del casco se abrían grandes ventanas con forma de conchas. En la proa, una escultura monumental de dos sirenas besándose se inclinaba hacia las olas.

Sobre la cubierta superior se extendía una piscina gigantesca, dominada por una escultura de pulpo brillante cuyos tentáculos se retorcían formando toboganes que desembocaban en el agua.

El barco avanzó majestuosamente hasta que encalló justo enfrente del chalé de Nash, bloqueando toda la vista del océano.

Naomi, en su lencería de color vino tinto, salió a la terraza por el sonido de música de discoteca queer mezclada con tambores piratas, y se quedó petrificada.

Juanito apareció en la cubierta del barco con un sombrero de capitán lleno de lentejuelas que reflejaron el sol y cegaron a Naomi.

—¡Jefe! —gritó Juanito, haciendo un corazón con los brazos hacia Nash, que se apoyó en la puerta de la terraza, detrás de Naomi—. ¡Gracias por dejarnos vivir en tu nuevo barco y trabajar para ti como jefes de operaciones!

Eloy se asomó por la cubierta también, y añadió:

—Tu generosidad es más inmensa que este océano, joven CEO, y ni mil naufragios me harían olvidarme de ti.

Sobre uno de los toboganes en forma de tentáculos de la piscina principal, estaba Théodoré, inspeccionando la compleja y bárbara estructura. Se había mudado. Trabajaría para Nash desde allí.

Nash sonrió, apoyándose en la barandilla de su terraza como un artista contemplando una obra maestra de arquitectura.

—¡Está bloqueando mi vista al mar! —protestó Naomi, inflando los mofletes, abrazándolo por un lado—. ¿Cuánto dinero te has gastado en ese barco? —se atrevió a preguntar, sin entender nada todavía.

—Cincuenta millones.

—¡¿Qué?! ¡Eso es más que el valor de nuestra casa! ¡Son todos tus ahorros!

—Es una inversión.

Desde la azotea, se escuchó el grito de Rhal:

—¡Nash, dile la verdad! ¡Solo le has dicho el precio de la piscina, y la rubia de bote es lenta!

Naomi fulminó con la mirada a Nash.

—¿Cuánto te gastaste?

—Todo mi dinero. Y Sylvan me dio todos sus ahorros —confesó Nash, con una sonrisa pícara—. Quinientos.

—¿Qué?

—Quinientos millones.

—¡¡Dios santo!!

Naomi se fue corriendo.

Fue a visitar Sireno de inmediato, para desentrañar por qué era tan caro. Subió a la cubierta principal.

Mientras Juanito le ofrecía marisco vivo que intentaba escapar del plato, ella lo empezó a entender…

El barco extravagante era una inversión en la imagen pública del imperio N. Un templo flotante, un museo y un club de lujo para la élite, diseñado para poder ser uno de los lugares más deseados de Jangwa.

Era un crucero queer para gente hedonista que conquistaría el mundo con música, lujo, pasarelas, maquillaje y sexo.

Naomi lo exploró, paseando por los corredores en su lencería, con un andar sensual, como la dueña de todo, y las puertas automáticas se fueron abriendo a su paso.

Las paredes tenían paneles interactivos con detalles sobre la marca y descripciones de sus productos y ediciones exclusivas que los visitantes solo podrían comprar allí.

En la primera planta había un gigantesco club VIP para celebridades queer, donde había jacuzzis, salón de juegos y cuartos privados.

En la cubierta superior, había una pasarela permanente que se iluminaba al paso de los invitados.

En la bodega había un pub secreto con los vinos más raros de Nallane y gastronomía ilegal.

Y una zona para fiestas privadas de millonarios.

Allí solo entraría quien tuviera una llave biométrica de acceso vinculada a su ADN.

Dichas llaves costarían miles, dinero que sería un ingreso directo del imperio N.

Mientras Juanito y Eloy, los jefes de operaciones del barco, dormirían en un camarote, el barco estaría produciendo dinero.

Eventos privados, fiestas desmadradas, pasarelas de moda, sesiones fotográficas para celebridades… Cada estancia estaba diseñada para jóvenes ricos y hedonistas.

En un mes, el barco podría recuperar veinte millones. Tenía el potencial de pasar a ser la atracción más rentable de Jangwa. Todos los ingresos de Sireno serían de Nash, el dueño y diseñador del barco.

Naomi se sentó sobre un sofá de lujo entre medusas flotantes decorativas e intentó procesarlo. Podía imaginar la conversación entre los gemelos con demasiada certeza.

Nash: Hermanito.

Sylvan: Sí.

Nash: Necesito... cuatrocientos cincuenta millones. ¿Me das tu tarjeta?

Sylvan: Para un barco.

Nash: Sí.

Sylvan le había pasado la tarjeta negra como quien pasa un cigarrillo.

Naomi se llevó una mano a la frente. Gemelos normales se peleaban si tenían que compartir un bocadillo. Esos dos... eran los gemelos Chase.

Los reporteros y paparazzis ya habían llegado a la playa como abejas a la miel, suplicando acceso, pagando entradas imposibles, rogando por una foto en la cubierta de cristal.

Naomi se acercó a Fabian, que estaba esperando a los nuevos empleados que se unirían a la tripulación.

Sus rizos rubios estaban desordenados por la brisa y llevaba ropa elegante.

Se le cortó la respiración durante un segundo al verla paseando en lencería, pero como era la novia de Nash, no debería sorprenderle el descaro.

Además, Fabian la había tenido por una noche antes de que ella conociera a Nash.

Lo recordaba detalladamente, pero para ella había sido irrelevante desde el principio.

Hoy Fabian estaba rígido por los nervios. Nash le había ofrecido ser el director de sistemas y tecnología de Sireno, solo cuando tuviera tiempo libre de los estudios de medicina.

Fabian había aceptado porque, aunque odiara eventos e interacciones sociales, le fascinaba ser parte permanente del imperio N y un amigo cercano de los Chase.

—Mi novio es un puto genio —dijo Naomi, alucinada—. Literalmente, va a ser el amo de la economía a este paso.

Robots con forma de gaviotas descargaron cajas selladas ante ellos. Dentro, había frascos de Fuego Exquisito, kits de demostración de Sed del Desierto, y prendas exclusivas. El logo de la marca N apareció proyectado sobre la vela mayor como una advertencia de dominación.

—Todavía no entiendo por qué hay un peligroso Lutecio con tentáculos en la cocina al que nadie echa —murmuró Fabian.

—Vamos, doctorcito. Pudiste viajar a mi mundo, la Tierra, con el Cilindro de Hielo de Auroro. Sobreviviste a la Cárcel de Fracasos. Lograste que Nash dejara de considerarte un ficus. ¡Podrás controlar un barco cuyo director general es Juanito!

Fabian suspiró y sonrió un poco.

—Dicho así, suena peor —susurró, y se giró hacia ella. La miró de arriba abajo por un segundo—. Quiero una novia que sea tan segura de sí misma que se pasee en público en lencería. Tal vez la encuentre si sigo siendo parte de este imperio.

—Claro que sí —respondió Naomi, que era buena con él porque lo conocía, pero no por ello le parecía relevante—. Estás en el lugar perfecto. Encontrarás a tu chica ideal tarde o temprano. Ahora espabila y haz el trabajo que te ha encomendado Nash.

Los drones desplegaron una enorme pancarta:

“Inauguración oficial de Sireno. Un santuario para los que desafían las normas. Acceso solo por invitación… o privilegio por ser hermoso”.

La comunidad queer más adinerada de Dunas Doradas esperaba en el muelle privado incluso antes de que las puertas se abrieran oficialmente. Influencers, diseñadores, bailarines, todos eufóricos como si caminaran hacia una pasarela divina.

Las noticias comentaron que Nash estaba intentando reinventar el concepto de “vida nocturna”.

■ ■ ■

Nash recorrió el salón principal de Sireno con Juanito y Fabian, para decidir dónde colocar las plantas para que todos las vieran, ya que eran genéticamente modificadas y por tanto vanidosas.

—Las plantas que muerden si no las miras deben estar en primera fila —opinó Juanito, señalando el techo—. Mucho más grandes.

—No —respondió Fabian, con paciencia—. Eso no es seguro.

—Precisamente.

Nash los escuchaba a medias.

—Quiero que la inauguración sea inolvidable. ¿Las rosas están alimentadas?

—Las medusas son demasiado grandes —protestó Fabian.

—Las medusas están perfectas —replicó Juanito.

Siguieron caminando... hasta que Nash se detuvo en seco.

A unos metros, junto al enorme panel transparente que dejaba ver el corazón tecnológico del barco, Sylvan conversaba alegremente con un hombre alto vestido de negro. Su piel clara y tersa le daba un aire de muñeco de porcelana perfecto y maldito. Sus ojos azules parecían congelar el aire alrededor.

Era Arsen Hale, el genio de veintidós años que había sido el líder de la revolución de Keamat tres años atrás.

Había destruido la monarquía, ganado la guerra y dejado viva a Adamarisse para que ocupara el trono.

Era el hombre al que la joven reina Adamarisse de Keamat amaba con locura. Su dios. Su marido.

Hoy, Sylvan y Arsen observaban un complejo sistema de estabilización mientras hablaban, muy cómodos.

—La distribución del peso cambia automáticamente e incluso una ballena podría entrar en el acuario principal —dijo Sylvan—. Todo gracias a ti.

Arsen asintió con interés.

—No esperaba menos de la tecnología en la que trabajamos juntos.

—Todavía no has visto la sala de control. Creo que te gustará.

Nash se quedó pasmado.

Juanito y Fabian lo miraron, sin entender qué le pasaba.

Nash gruñó y avanzó hacia su hermano.

Arsen lo saludó con una sonrisa educada.

—Nash, felicidades por el nuevo barco de la marca N.

Nash frunció el ceño con fuerza.

—Hermanito, ¿por qué no me mencionaste que ibas a invitarlo?

—Como es mi mejor amigo, hemos trabajado juntos en la ingeniería de tu barco —reveló Sylvan, como si no tuviera importancia—. Creía que ya lo sabías.

De repente, Nash levantó un dedo acusador dramáticamente.

—Un momento, ¿finalmente aceptas que este infame terrorista de Keamat es tu mejor amigo?

Sylvan sonrió y lo corrigió con cariño:

—Es el líder del ejército y el príncipe consorte de Keamat. Sé amable.

Nash miró a Arsen con rabia y soltó:

—¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? ¡Consíguete tu propio hermano!

Juanito se dobló por la cintura de la risa. Fabian se llevó la mano a la cara por el asombro.

Nash se marchó, caminando con furia, incapaz de ver a su gemelo dándole atención a otro ni un instante. Era insoportable.

Arsen lo observó marcharse, sorprendido, y le preguntó a Sylvan:

—¿Siempre es así de dramático?

—No, solo cuando se trata de mí. ¿A que es adorable?

Arsen sonrió.

—Puede ser mi amigo también si quiere.

—Quizás algún día. Dale tiempo.

Ambos se rieron y continuaron hablando de motores de barcos.

Fabian siguió a Nash como un empleado muy eficiente. Juanito golpeó una estatua de cristal entre carcajadas y exclamó:

—¡Ya está! ¡Ya está! ¡Le han robado el hermano al dios carcelero!