Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 22
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Era de noche, pero en el amplio vestíbulo de la mansión de Viktor y Marinette había una lámpara de araña que pesaba toneladas y lo teñía todo de color dorado.

Por las escaleras de moqueta color sangre, Shery descendió con un kimono azul con carpas doradas que había tomado prestado de Marinette. Se sentía como en casa, como siempre, en la mansión de sus suegros.

Sonrió al ver a Sylvan esperándola.

—Amor, ¿vamos a regresar a casa o nos quedamos a dormir aquí esta noche?

Sylvan giró la cabeza lentamente hacia ella, serio como las armaduras decorativas, como si fuera de metal también.

—¿Qué estabas haciendo?

Shery se detuvo sobre el peldaño bruscamente. Su sonrisa seguía impecable.

—Nada, solo me duché, odié a Naomi y la maté mil veces en mi mente, y me cambié de ropa. ¿Nos vamos?

Sylvan siguió mirándola… hasta que la sonrisa de Shery desapareció.

—Dime la verdad.

—¿Nash te lo ha contado? —musitó Shery, porque entendía que esa no era una conversación normal por la mirada seria de Sylvan.

—Todo. Desde el primer día que lo conociste —respondió él, en voz baja—. Mi hermano no ha hecho nada a mis espaldas.

Shery se sorprendió, pero no se preocupó. Se cruzó de brazos, tranquila.

—En ese caso, si no te enfadaste ni me prohibiste nada, significa que no tienes ningún problema. Deja de mirarme así, no me gusta —protestó Shery, con tono meloso—. Ven aquí, amor, abrázame…

Él se echó hacia atrás cuando ella se acercó.

—No me importa que Nash te haya tocado. Porque se trata de él. Mi gemelo. Mi otro yo. Solo… necesito que me expliques por qué me mentiste cada vez para ir a su lado —aclaró Sylvan, manteniéndose serio y distante.

Ella aún no se preocupó al verlo así de frío por primera vez en su relación, porque creía que podría arreglarlo sin dificultad.

—No fui a sus brazos porque me faltara atención de tu parte, ni como venganza por Evangeline, Adamarisse o Fiona.

Siempre me has complacido con creces. Has sido el novio perfecto, pero…

desde el primer día, no pude resistirme a él.

Ni quise. Lo amo con locura, no necesito negarlo ni pretender que se trata de otra cosa —explicó Shery exactamente lo que sentía—.

No te lo dije porque, si me decías que no, si me lo prohibías, iba a hacerlo igual.

No quería enfrentarlo. No quería escoger entre tú y él. Por eso, no me arrepiento en absoluto.

—No necesitabas escoger. ¿No era evidente?

Sabes desde el principio cómo funcionamos mi gemelo y yo.

No existe competencia o celos entre nosotros.

Es nuestra ley sagrada —dijo Sylvan, sin poder ocultar del todo la rabia que sentía hacia todo—.

Así que no me vengas con la excusa de que creías que yo te lo habría prohibido.

Eres muy inteligente. Sabías que eso era improbable.

Shery se quedó en silencio un momento, como si estuviera preguntándose a sí misma qué es lo que realmente temía. Cuando estaba lista, se lo confesó:

—Quería que tu imagen de mí no se rompiera jamás. La imagen de que yo era solo tuya. Una novia devota. Una novia que solo tenía un dios. Tú.

Sylvan no se sintió mejor al oír eso.

—O sea que me mentiste para mantener una imagen falsa —dijo, manteniendo la calma a pesar de que lo mal que se estaba sintiendo—.

Te habría dejado acostarte con Nash si me lo hubieras dicho.

Cada jodida noche. Para mí él y yo somos lo mismo.

Somos raros, y me da igual. No es tan difícil de entender.

Habrías seguido siendo una novia devota para mí si lo amabas a él también.

Pero tú me mentiste como si fuera un imbécil. Una y otra vez.

Sh no entendía el dolor de él. No entendía cuál era el problema si todo había sido solo un malentendido.

—Para ya de hablarme así —demandó ella, haciendo otro intento de abrazarlo.

Sylvan le dedicó una mirada tan fría que ella se estremeció, quedándose con los brazos en el aire.

—Es cuestión de dignidad. Es falta de confianza. De respeto.

Shery se dio cuenta de que eso no era una simple discusión por un malentendido. No podría arreglarlo haciéndolo callar con un beso.

Eso era serio.

—No tendría que haberte mentido. Te amo, Sylvan. Perdóname —se disculpó ella, con una sonrisa insolente, inapropiada para un momento así.

La expresión de Sylvan no se suavizó.

—Te agradezco la disculpa, pero ya no puedo confiar en ti igual. Ni siquiera sé si de verdad me amas, o solo soy otro juguete sexual que no quieres perder. Por eso, es mejor ponerle un fin a nuestra relación —sentenció, sintiendo una ola de devastación que se esforzó por ocultar.

Los ojos de Shery se aguaron. No logró detener las lágrimas.

—No…

—Quédate con nuestra casa de la playa. Con todo lo que teníamos —concluyó Sylvan, ardiendo por dentro hasta los huesos por el dolor—. Sigue con tus estudios. Vive en lujos. No te hace falta volver a ver mi cara.

—¡No! —chilló ella, agarrándolo del brazo—. Puedo seguir adelante sin ti, puedo ser exitosa sin ti… ¡Pero no quiero esa vida! ¡Te quiero a ti, Sylvan!

Él se soltó y caminó hacia la puerta, sin decir nada más.

■ ■ ■

La puerta se abrió delante de él y apareció Nash.

Su mirada se posó primero sobre su hermano, y notó lo devastado que él estaba. Luego miró a Shery, que estaba con la cara llena de lágrimas.

—Vamos al coche —dijo Sylvan, y se dispuso a pasar por su lado, pero Nash le bloqueó el paso.

—No nos vamos hasta afrontar esto. Estoy contigo. Lo hacemos juntos.

Nash lo obligó a girarse, a enfrentar a Shery. Se quedó entre ambos.

Sylvan quería irse. Quería desaparecer. Quería que todo eso terminara.

Shery miró a Sylvan. Era el chico que le había salvado la vida, que había roto su maldición cuando ella era una entidad del Oráculo que devoraba humanos.

Él había luchado en el infierno, figurativa y literalmente, para lograr que ella volviera a ser una humana normal.

Había sido su primero. Era el amor de su vida desde que lo conoció.

Miró a Nash, quien, como un huracán, había estado desmoronándola, excitándola... quemándola viva de forma exquisita, haciéndole olvidar su nombre, su vida, su origen.

Tenía la certeza de que no podía vivir sin ninguno de los dos.

Se quedó callada, esperándolos.

Nash, por su parte, estaba calculando cómo arreglar la situación.

Se tomó un momento para medir las palabras, porque estaba ante su gemelo, que era un hombre al que era imposible tratar con condenscendencia.

No estaba aquí para ganar el argumento, solo para convencerlo de quedarse y replantear sus opciones.

—Tienes todo el derecho a estar dolorido.

Pero, hermano… no finjamos que esto salió de la nada.

Los dos creamos el terreno en el que ella cayó.

Por nuestra forma de funcionar. Por nuestras reglas.

Si, desde el principio, tú y yo hubiéramos sido como hermanos normales, manteniendo a nuestras mujeres lejos del otro, las cosas habrían sido distintas.

Ella no habría tenido la oportunidad de mentirte.

Por eso, esta situación existe porque tú y yo nunca nos hemos visto como hombres distintos y no marcamos límites.

Esas palabras alcanzaron a Sylvan, que se detuvo y las procesó.

—¿Qué carajos quieres que haga ahora? —preguntó, harto de todo lo que estaba sintiendo, deseando calma.

—Tú y yo no vamos a cambiar. No está en nuestra naturaleza. Nuestras reglas son nuestras. Irrompibles. Nuestro vínculo es sagrado. Solo es cuestión de que ella aprenda a navegarlas sin mentirnos. Si ella vuelve a fallar, déjala. Pero no la abandones como si no significara nada para ti.

Nash lo dijo con la calma y precisión de alguien que podría convencer a un rey de abdicar sin levantar la voz, o hacer callar a todo un parlamento sin mover ni un músculo.

Se impuso un silencio en el que solo se escuchaba a alguien bebiendo algo en la distancia, pero ellos no lo notaron.

Shery avanzó un paso hacia Sylvan.

—Si me dejas, voy a morir. Y me conoces bien. No soy normal. Soy intensa. Desquiciada. Sabes que lo haré.

Sylvan, demasiado agotado emocionalmente, suspiró, listo para llegar a una conclusión.

—Está bien. Regresa a casa, Shery. Pero escúchame bien: si vuelves a mentirme sobre cualquier cosa, te juro que me iré —dijo Sylvan y esperó un momento, para asegurarse de que sus palabras entraran en la cabeza de ella sin ninguna confusión—.

En cuanto a Nash, puedes hacer lo que quieras.

Él es la única excepción. Para mí, mi gemelo es una extensión de mí mismo. Eso nunca cambiará.

Shery respiró al fin, aliviada, y prometió, todavía sollozando:

—Jamás te mentiré, ni te ocultaré nada. Y solo soy tuya y de él. Si vuestro vínculo es irrompible, esa es mi ley sagrada.

Nash esbozó una sonrisa, como si aprobara sus palabras, pero no dijo nada más.

Shery abrazó a Sylvan con fuerza, como si acabara de sobrevivir algo más difícil que una guerra. Porque, para ella, lo había sido.

Él no se movió.

Al escuchar una risa femenina, los tres miraron hacia arriba. Apoyada en la barandilla dorada de la segunda planta, estaba Marinette en un pijama negro, con un moño cómodo y un vaso de té helado en la mano. Había estado mirando desde el principio… porque era su casa.

—Esto fue más entretenido que ver a los soldados suplicar durante entrenamiento —comentó, con tono perverso—.

La chica que jugó con ambos hijos míos, pretendiendo ser inocente, ¿eh?

Pero buen trabajo, nena, sigues aquí. Si vuelves a causar dolor de cabeza a Sylvan o a Nash, dejarás de ser digna de esta familia. Yo misma me encargaré de borrarte.

Shery miró a Sylvan y a Nash. Los gemelos no comentaron nada al oír la amenaza de su madre.

Marinette se rió al ver el rostro empalidecido de Shery, y se retiró.

Shery no se engañaba, sabía que eso no era una victoria. Era su última oportunidad de permanecer en esa familia y la iba a honrar.

No volvería a cometer errores, porque no podría soportar decepcionar a Sylvan o a Nash.

Sylvan la miró un momento como si quisiera decir algo, pero no lo hizo. Se marchó al porche.

Nash le dedicó una sonrisa a Shery, y le susurró:

—No te preocupes, cuñada, solo ten en cuenta que mi hermano necesita tiempo.

Shery asintió, pasándose la mano por las mejillas para limpiarse las lágrimas.

Nash no se demoró más y siguió a Sylvan. Ambos subieron al coche.

Naomi se había quedado dormida en los asientos de atrás, porque su cuerpo se agotaba fácilmente esos días.

■ ■ ■

Sylvan condujo en silencio y frenó delante del chalé de Nash.

—Gracias por no dejarme marcharme, rompiéndolo todo —dijo Sylvan.

—Jamás te dejaría herido y solo. Tú vales más que cada persona en mi vida y cada principio —expresó Nash, y cogió en brazos a Naomi, que seguía dormida.

Antes de que él se fuera, Sylvan preguntó:

—¿Le vas a contar a ella sobre tu relación con Shery?

—No. A Naomi, no la estamos engañando con malicia. Ella tiene lo que quiere. Shery tiene lo que quiere. Ambas nos quieren a los dos, y solo así pueden tenernos sin consecuencias. No hace falta romper la armonía. No necesitamos el peligro de ambas intentando matarse.

—Estoy orgulloso de ti, Nash. De tu inteligencia, que incluso me supera a mí. Si sigues así, algún día vas a acabar dirigiendo este reino.

—Si pasa, será por seguir tu ejemplo, y te quiero a mi lado.

Intercambiaron una sonrisa cálida.

Nash entró en su casa.

Solo en su coche, Sylvan no tenía ganas de ir a ningún lado. Aparcó cerca de un mirador, sobre un acantilado.

Contempló el sosegado mar negro bajo una noche nublada y pensó sobre su propia hipocresía.

No podía sentirse traicionado por Shery sin recordar inmediatamente que él también le estaba ocultando algo enorme.

Naomi.

Había exigido sinceridad mientras mantenía en secreto una relación que Shery desconocía por completo. Había escuchado sus mentiras, había sentido que le faltaban el respeto, que lo trataban como a un imbécil… y, aun así, él estaba haciendo algo malo también.

La diferencia entre ambas situaciones no bastaba para tranquilizarlo.

Sí, Nash conocía y permitía todo lo que ocurría con Naomi. Sí, Sylvan jamás habría tenido esa relación a espaldas de su hermano. Pero Shery era su novia. Shery no sabía nada. Y él acababa de exigirle una honestidad que todavía no era capaz de ofrecerle.

Aquello le hacía sentir culpable.

Por eso había querido evitar la conversación desde el principio. No se sentía con derecho a subir aquellas escaleras y juzgarla como si él estuviera limpio.

No lo estaba.

Y lo peor era que no sabía cómo solucionarlo sin destruir la paz en la familia.

Si Shery descubría lo de Naomi, podía perder el control. Si Naomi descubría toda la verdad sobre Shery, podía ocurrir lo mismo. Ya lo había presenciado en la boda.

Nash tenía razón: decirlo podía desencadenar otra catástrofe.

Sylvan bajó la cabeza hasta apoyarla sobre el volante.

Su propio secreto pesaba mucho, pero eso no significaba que fuera a renunciar a la dinámica establecida.

Lo que sí significaba es que iba a perdonar a Shery.

Seguía herido, no podía perdonarse a sí mismo, necesitaba tiempo, pero Shery seguía siendo el amor de su vida.

Pensó en regresar a casa con Shery, abrazarla y fingir que nada se había roto. Lo deseaba tanto que le dolía.

Pensando en ella, se quedó dormido con la cabeza sobre el volante.