Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 21
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Varias horas más tarde, todos los invitados ya se habían ido. El jardín estaba en silencio finalmente, todavía decorado por sombras de luces y corales flotando en el agua del estanque. Como era de noche, el equipo de limpieza se ocuparía de todo al día siguiente.

Naomi estaba sola en un banco, con la chaqueta de Nash sobre los hombros. Sus tacones estaban tirados en el césped. No había vuelto a ver a Nash desde que él entró en la mansión después de que la boda concluyera.

Se sentía como si todos se hubieran olvidado de ella, pero sabía que se lo merecía.

Escuchó pasos tranquilos sobre el césped. Solo levantó la vista un segundo y lo vio.

Sylvan se acercó y se sentó a su lado en silencio.

Naomi volvió a mirar hacia el agua, donde los peces multicolor producían burbujas que brillaban por las luces cercanas y nunca estallaban, porque eran una especie de Lutecios. No se atrevía a mirarlo a él. Tenía el rostro descompuesto.

—Lo que hiciste fue horrible e imperdonable —habló Sylvan al fin, en voz baja, dura—.

No voy a decirte lo contrario para hacerte sentir mejor.

Pero tampoco voy a fingir que no entiendo cómo llegaste hasta ahí.

También fue culpa mía. Debería haberlo previsto.

Debería haber entendido que estabas sufriendo demasiado por Nash y Shery.

Se supone que soy bueno leyendo a todos y evitando que las cosas empeoren. Esta vez, fracasé.

Naomi se llevó una mano a la boca y giró el rostro, mientras las lágrimas empezaban a caerle sin control.

—Le hice daño a Nash… —murmuró—. Seguí empujando el cuchillo. Ni siquiera lo vi. No vi la sangre hasta que tú me hiciste salir del trance.

Intentó tranquilizarse, pero las lágrimas no paraban. Cuanto más respiraba para recuperar el control, peor era. Acabó llorando contra el pecho de Sylvan, agarrando su camisa, con sollozos entrecortados, frustrada porque ni siquiera entendía por qué le costaba tanto detenerse.

—No sé qué me pasa… —dijo, limpiándose las mejillas inútilmente—. Nunca he llorado así. No puedo controlarlo. Yo... Yo lo amo. Amo a Nash muchísimo. No quería hacerle daño. Nunca le haría daño a propósito.

Sylvan la rodeó con los brazos y dejó que escondiera el rostro contra él.

—Lo sé.

—Odio cómo me hace sentir Shery. Odio pensar que Nash puede quererla más que a mí.

Puedo tolerar a Fiona porque sé que no me lo va a quitar, pero todo en Shery me amenaza con que me lo va a quitar, joder.

No sé por qué me siento así. No tiene sentido, pero no puedo parar de temer perderlo.

Luego, para colmo, vi esas uñas, esa foto… y ya no podía pensar.

—Lo sé, Naomi.

Ella siguió abrazada a él, como si pudiera borrar lo ocurrido al esconderse allí, en sus brazos.

Sylvan no la apartó, pero tampoco suavizó el tono y le dejó claras las reglas:

—La próxima vez que estés así, vienes a buscarme. Me gritas a mí. Me culpas a mí. Rompes algo si necesitas hacerlo. Lo que sea. Pero no vuelves a ponerle un cuchillo en el cuello a mi novia.

Naomi asintió, entre sollozos.

—Y no vuelves a hacer sangrar a mi hermano. O nunca te lo perdonaré y habrá consecuencias.

—Nunca.

Los dedos de Naomi subieron hasta su mandíbula, probándolo. Él seguía quieto, serio, como si la estuviera invitando a continuar.

Con el rostro aún lleno de lágrimas, ella lo besó. Necesitaba sentirlo. Necesitaba confirmar que él la seguía queriendo como antes.

Cuando intentó profundizar el beso, él lo hizo primero y la levantó en brazos.

La llevó al altar, que estaba cerca.

Vacío. Oscuro. Casi místico.

No había nadie a la vista. Solo el mar y sus olas enfurecidas esa noche.

Sylvan la empujó contra una columna en el altar, subió su vestido, apartó su ropa interior de encaje, y la penetró. Como en la fantasía.

Los pétalos de las flores del altar caían sobre ellos lenta y suavemente.

Ese momento entre ellos no tenía nada que ver con Shery ni con nadie. Era suyo. Privado. Un vínculo innegable.

Él la hizo gemir con fuerza, pero su voz no llegó a oídos de nadie por el sonido del mar. No la soltó hasta llevarla al orgasmo más de una vez y dejarla sin fuerzas para hablar o seguir llorando.

Naomi ya no pensó más en lo ocurrido. Estaba apaciguada. Satisfecha. Exhausta.

Ahora solo quería regresar a casa y descansar.

■ ■ ■

Mientras tanto, en una de las habitaciones para invitados de la mansión de Viktor y Marinette, Shery estaba sola sobre un sofá de masaje sin activarlo, después de haberse dado una ducha fría. Llevaba solo un albornoz blanco medio abierto y el cabello suelto, descuidado.

La lámpara de pie lanzaba una luz cálida sobre ella. Todavía recordaba la sensación de ese cuchillo sobre su cuello, como si el filo estuviera aún allí. Su cuerpo seguía tenso por la rabia.

La puerta se abrió suavemente. Era Nash. Echó el cerrojo, solo para conversar sin interrupciones. Vestía de forma simple, para la casa, con el pelo recogido en su habitual coleta pequeña. El brillo de sus ojos claros lo hacía parecer excitado, a pesar de que solo había venido a hablar.

Se detuvo a un paso y la observó, más allá de su cuerpo mojado.

—¿Estás bien? —preguntó, en un susurro.

Shery alzó la mirada y miró hacia la mano vendada de él.

Las vendas estaban manchadas de sangre. Era un corte bastante profundo.

Shery tomó su mano y la besó, mirándolo a los ojos con devoción.

—Pensé que estabas a salvo conmigo y Sylvan cerca. Casi te pierdo hoy —lamentó Nash, sonriéndole con cariño y con la misma devoción—. Lo siento mucho.

Shery sabía que delante de Nash o Sylvan no necesitaba ser una dama perfecta. No necesitaba filtros, ni elegancia, ni nada. Ahora que estaba sola con Nash, podía decir todo lo que estaba sintiendo, porque él no la iba a juzgar.

—Lo ocurrido no es culpa tuya ni de Sylvan.

Tu maldita novia quería matarme por una manicura.

¿Sabes qué es lo que quiero? ¡Quiero que te corras dentro de mí delante de ella!

¡Que se atreva a atacarme otra vez! —exclamó Shery y lo abrazó de forma posesiva—.

No es por Naomi. Que se joda, que se pudra y se muera de los celos.

Es por ti, Nash. Porque te deseo igual que deseo a Sylvan.

Porque no puedo imaginar ni un día sin ti.

Nash la escuchó sin interrumpirla, dejando que ella lo soltara todo.

Luego pensó que era mejor que se fuera ya, porque necesitaba comprobar cómo estaba Naomi. Justo cuando iba a marcharse, Shery agarró su brazo con una mano y con la otra se abrió su albornoz, esbozando una sonrisa maliciosa.

—Acuéstate conmigo. Me lo merezco después de casi morir asesinada por tu novia.

Le echó los brazos al cuello y rodeó su cintura con las piernas. Él olía a cuero, a jazmín, a verano, a pecado y Fuego Exquisito...

Nash la levantó del sofá, pegándola contra él como si fuera parte de él, y la llevó a la cama.

—Ya te dije que no te iba a tocar, a no ser que le cuentes la verdad a mi hermano —susurró Nash, como si no fuera demasiado tarde para echarse atrás, todavía siendo el dios del autocontrol, listo para dejarla ahí y marcharse.

Ella se desnudó por completo y abrió las piernas.

Él se inclinó sobre su cuerpo mojado, cediendo al instinto. Intentó resistirse… pero no lo intentó en serio.

—Se lo contaré luego, lo prometo —dijo Shery, solo para hacerlo callar—. Ven. Devórame hasta saciarte.

Nash estaba con los labios entreabiertos, con el deseo goteando como miel sobre la cama, y la piel erizada al mirar a su pequeña y hermosa vagina, que lo esperaba desde hacía tantos meses.

Decidió creer en sus palabras. De verdad creyó que ella sí que hablaría con Sylvan sobre eso. Que de verdad lo confesaría de una vez por todas.

No era el dios del autocontrol. Era solo un depredador con una cadena imaginaria. Y dicha cadena acababa de caer, haciendo un ruido metálico muy erótico.

Se quitó la ropa de forma agresiva y la lanzó sobre el suelo. La agarró del cuello con una mano y la tumbó.

Shery lo miró con las pupilas dilatadas y soltó una carcajada de triunfo. Había sido terca y cuando ella era tan terca, ganaba.

Shery empezó a explorar su cuerpo con sus manos y con sus labios.

Esa vez no había normas. No había límites.

Era hora de hacer del pecado algo sagrado.

Mordió la cadena fina de su cuello, que seguía deslumbrando.

Pensó que no necesitaba ser Miss Nallane para hacerle sentir como si estuviera en el paraíso.

Conocía su propio encanto y estaba orgullosa de sí misma.

Enredó los dedos en su cabello y buscó esa coleta que siempre se le antojaba sexy. Bajó las manos a su espalda, donde lo acarició con las uñas que él le había hecho.

Lamió su pecho, sus abdominales... Tomó su pene en la boca como si fuera el mejor manjar del mundo, durante largo rato.

Cuando él la tomó, Shery lo recibió entero con gusto. Estaba acostumbrada a ese tamaño y ese ritmo brutal.

La penetración era incluso más deliciosa de lo que recordaba.

Nash, sacudiendo su cuerpo sin piedad con cada empujón, le puso la mano en la boca para que no se escucharan sus fuertes gemidos fuera de la habitación.

Era dominante, tal y como a ella le gustaba.

Shery tenía al hombre más deseado del reino sobre su piel. El mismo que había dicho en aquella entrevista ante millones: “No la tengo en mi cama, pero la tengo en esta botella de perfume”.

Podía tener orgasmos múltiples, y él podía sacárselos todos. Ella no podía pensar en nada. Se olvidó de cada sílaba de su nombre.

Nash la tenía sin aire y temblando, pero ella no le pidió que parara. No quería que parara hasta que él estuviera satisfecho.

Cuando eyaculó, Shery lo apretó con fuerza.

—No puedo moverme, maldito. Entraste tan profundo que ya no sé quién soy —dijo Shery, incapaz de incorporarse, sonriendo con arrogancia—. Métemela otra vez siempre que pienses que esto está mal. Se te pasará.

Él le acarició los labios húmedos y le susurró:

—Solo si cumples la promesa. Tienes que confesarle todo a mi hermano hoy mismo.

Shery sonrió como una niña buena, pero no pensaba cumplir nada. Siempre conseguía lo que quería. Sin consecuencias… aún.

Nash se arregló el cabello con los dedos y salió de la habitación como si fuera un hombre decente.

Shery se quedó tumbada, con la respiración agitada, pensando:

¿Qué hago ahora? ¿Rezo? ¿A quién se le reza después de esto? ¿A Nash? ¿A Sylvan? ¿A los dos? Dios mío… si los junto en la misma cama, no sobrevivo.

■ ■ ■

Nash bajó al porche. Se había puesto uno de los trajes semiformales azul marino de Viktor, con la camisa blanca parcialmente desabrochada. Tenía la expresión de arrogancia y diversión que era propia de él.

Sylvan y Naomi llegaron juntos al porche.

Naomi avanzó hacia Nash y él la abrazó cálidamente.

—Vamos, es casi medianoche. Os llevaré a vuestra casa —dijo Sylvan, bostezando—. Nash, ¿cuándo vas a aprender a conducir?

—Enséñale a conducir a Naomi —propuso él—. Yo prefiero sentarme atrás con la máquina de cócteles infinitos.

—Perdóname... por hacerte daño en la mano antes —dijo Naomi, sin atreverse a mirar a las vendas—. Te juro que me dolió igual a mí.

—No se te da bien ser poética, Naomi —respondió Nash, con tono burlón pero cariñoso—. Ni usar cuchillos. Mejor no vuelvas a tocar uno en tu vida.

—¿Entonces cómo cocinaré para ti?

—Yo lo haré. Tú no sabes cocinar de todos modos.

Sylvan puso la mano sobre la cabeza de Naomi de repente y ella se congeló.

—La melena de color miel te queda muy bien —susurró.

Naomi se puso roja como los corales ilegales. Agitó los brazos nerviosamente.

—¡Gracias! ¡Creí que no habías notado el cambio!

Nash se rió y le abrió la puerta del coche. Ella se tumbó en los asientos de atrás.

Cuando Naomi ya no estaba escuchando, antes de subir al coche, Nash se acercó a su hermano y le dijo:

—Ve a por Shery. Me dijo que te lo dirá todo. Está arriba, en la habitación de invitados.

—¿Está bien? ¿Se siente mejor? —preguntó Sylvan, preocupado por ella.

Nash le puso una mano sobre el hombro.

—Hermanito, solo espero que no te mienta sobre haberse acostado conmigo. Me lo prometió.

Sylvan no quería entrar. No quería preguntarle nada ni acusarla.

—No importa. No soy un santo —dijo en voz baja, dispuesto a subir al coche.

Nash le cortó el paso.

—Tienes que hablar con ella. Es importante para mí. Necesito saber si ella cumple su palabra o me hizo una promesa falsa.

—Pero no quiero afrontarlo… —confesó Sylvan porque, en el fondo, esperaba lo peor—. ¿No podemos olvidarlo? No necesitamos presionarla. No después de que ella estuviera a punto de morir asesinada esta noche…

—Hazlo por mí, hermanito —dijo Nash en voz baja, insistente—. Te esperaré aquí.

Sylvan había pasado por momentos horribles en su vida. Hablar con su novia con el riesgo de que ella le fuera a mentir otra vez no debía ser para tanto.

Aun así, se sentía muy incómodo.

Se tragó sus emociones y entró en la mansión para buscar a Shery, la mujer a la que amaba con toda su alma.

Nash se quedó esperando junto al coche.