Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 20
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Al día siguiente, entre los altos muros del jardín de la mansión de Marinette y Viktor, donde los rosales y las fuentes decorativas susurraban historias de familias nobles ancestrales, la elegancia se interrumpió brutalmente por una ola de caos y cangrejos.

Había conchas colgando de los árboles, centros de mesa con estrellas de mar gigantescas, columnas de coral ilegal, y torres de sushi organizadas en forma de pulpo.

Nash vestía un traje negro de cuero y seda, como una pieza central en una pasarela en un infierno al que todos entrarían por gusto. Sus cadenas brillaban como si pudieran besar y asesinar a la vez.

Su perfume, por supuesto, lo precedía. Etéreo olía como firmar un pacto sexual sin leer las cláusulas.

Los invitados, jóvenes de la comunidad queer de clase alta, se reunieron para contemplarlo cuando bajó del coche.

Junto a él, Sylvan parecía descender de un templo en una nube.

Su traje de color marfil estaba impecable, ceñido, y relucía bajo el sol como si lo hubieran confeccionado dioses que ni existían.

No estaba allí para seducir, pero seducía a todos.

Tenía su habitual aire de: “No me importa nadie, pero estoy aquí por mi hermanito”.

Naomi y Shery bajaron del coche, confundidas. Sus novios les habían dicho que se pusieran bonitas, porque había una boda sorpresa. Ambas llevaban vestidos provocadores y tacones finos con los que era difícil caminar sobre el césped.

Eloy, el náufrago que hacía poco solía vender joyas hechas a mano en la playa, hoy era el novio en una boda de lujo.

Llevaba un traje con escamas reales y perlas de las profundidades marinas.

Caminó hacia el altar con una mano sobre el pecho y la mirada de un poeta romántico que vivía en un cuento de hadas, excepto que las hadas eran pulpos y cangrejos.

Sobre dicho altar de flores, en la entrada de un estético laberinto, estaba Juanito, más elegante que nunca.

Nash había pagado todos los gastos de la boda, como regalo para la pareja. La decoración la había escogido Juanito.

Los invitados eran los fans hedonistas de Juanito, que era famoso por ser el modelo de Fuego Exquisito. Todos habían venido a pasárselo bien y comer marisco.

Théodoré llegó con los anillos para los novios, y caminó torpemente hacia el altar con sus patitas. Todos le sacaron fotos, lo animaron a ir más rápido y lo piropearon.

—¡Pingüino guapo! ¡Buen trabajo, bebé!

Música marina sonaba de fondo y los candelabros con forma de medusa iluminaban los rostros felices de los invitados.

Varios reporteros en un helicóptero se arriesgaban a ir a prisión, porque estaba prohibido sobrevolar esa zona, y grabaron la fiesta privada queer.

Las noticias en vivo mostraban los siguientes titulares: “Nash, el CEO más influyente de Jangwa, financia una boda de élite en el jardín de su padre, el primer ministro”.

“Sylvan asiste con traje marfil”. “Hay un peligroso Lutecio marino con tentáculos sentado en primera fila, ocupando cinco asientos”.

Las redes sociales estaban inundándose con mensajes de emoción y apoyo de la comunidad queer.

Nash se sacó una foto provocadora y la subió a su cuenta oficial, como solía hacer.

Pero esta vez etiquetó a Fiona y escribió en la descripción de la publicación: Te tendré que dar…

una lección por negarte a venir a la boda de mis amigos”.

El número de likes, compartidos y comentarios se disparó de inmediato. Fiona respondió: “Sí” con corazones.

Los comentarios más famosos en respuesta fueron tipo: “¡Nash, te lo imploro, dame una lección a mí también!”.

El escándalo delicioso de Nash y Fiona se volvió tendencia otra vez.

Nash se guardó el móvil, satisfecho. En realidad, él sabía que Fiona no había venido a la boda porque estaba ocupada con los trámites de su divorcio con Norton. El público no sabía nada aún.

Desde la terraza principal de la mansión, se asomó el primer ministro en su ropa de casa y con un café en la mano.

—Cariño —dijo Viktor, llamando a su mujer, que acababa de llegar—. ¿Quiénes son todos esos civiles en nuestro jardín?

Marinette, en un vestido floral de verano y un moño, se asomó y gruñó con rabia.

—Ya habría agarrado mi bazooka, pero Nash me pidió por favor que le prestara el jardín a sus payasos.

Ella se dio la vuelta y se marchó al interior de la mansión, antes de que la excéntrica música le causara dolor de cabeza.

Viktor se quedó mirando, divertido.

■ ■ ■

Juanito y Eloy se besaron con pasión y fuegos artificiales con forma de cangrejo iluminaron el cielo.

Naomi se tomó su primera copa de vodka en un rincón del jardín donde había mucho vino de diferentes tipos y pirámides de champán. Caminó hacia Sylvan, que estaba de espaldas, mirando la ceremonia. Lo abrazó con fuerza, enterrando la cara en su pecho.

—¡Cásate conmigo, Nash! —demandó, dramáticamente—. ¡Yo también quiero una boda ridícula llena de mariscos!

Sylvan sonrió, divertido, y susurró:

—Desquiciada…

Naomi se dio cuenta de que estaba confundiéndose de gemelo, pero no lo soltó. Al contrario, se pegó más a él y dijo:

—Cásate tú conmigo, Sylvan. Quiero que me lleves en brazos a una cama llena de pétalos. O mejor, tómame en el altar. No me dejes ni jurar los votos sin tenerme contra la pared primero.

Shery se acercó a ellos, seguida de Nash, y ambos alcanzaron a oír todo lo que Naomi había dicho.

Nash se rió, divertido por lo descarada y desvergonzada que era Naomi incluso en público.

Pero a Shery no le hizo ni una pizca de gracia.

—Qué fantasía tan maravillosa para alguien tan patética —comentó Shery, sin poder disimular la rabia que sentía—. Si te queda algo de dignidad, recuerda que mi Sylvan ni siquiera te mira dos veces.

Naomi seguía abrazando a Sylvan, mientras le dedicaba una sonrisa torcida a Shery y preguntó:

—¿Estás segura?

Los gemelos miraron a Naomi, atentos.

Ambos sabían que Naomi estaba a punto de cruzar una línea muy grave. A punto de revelar algo que tendría consecuencias. Pero ya verían si hacía falta intervenir o no.

Shery la agarró de la muñeca de repente, con los ojos muy abiertos, e hincándole las uñas, preguntó:

—¿Qué significa eso?

Nash apartó la mano de Shery con cuidado, con una enorme sonrisa. La muñeca de Naomi ya tenía arañazos que empezaron a sangrar.

—Cálmate, cuñada. Si sigues siendo tan agresiva, se te romperán pronto estas uñas que te hice con tanto esmero. Ven, acerquémonos todos juntos al altar. Juanito nos está esperando.

Naomi no se preocupó por la herida, ni siquiera notó el dolor. Se fijó en las uñas de Shery y preguntó:

—¿Nash te hizo esa manicura? ¿Cuándo?

—Cuando tú dormías, soñando con tu boda imposible —respondió Shery, con pura maldad, para provocarla.

—¿Es eso cierto? —preguntó Naomi, mirando a Nash con una expresión de horror y furia.

Él respondió enseguida, encogiéndose de hombros:

—Sí, ¿y qué?

Nash era honesto, como si no significara nada.

Para Naomi, fue la gota que colmó el vaso. Extrajo un sacacorchos de su bolso y dijo, sin ni una pizca de broma:

—¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? Deja a mi hombre en paz. Ven aquí, te hago yo un bonito diseño con sangre.

Se abalanzó sobre Shery, agarrando su mano, a punto de arrancarle las uñas.

Shery la apartó, empujándola con más fuerza, como si se quitara una sabandija de encima.

El tacón de Naomi se torció y ella se cayó sobre la pirámide de copas.

La mesa entera se derrumbó y el cabello ondulado de Naomi se arruinó.

Las copas no se rompieron porque eran de metal y ella no se hizo daño, pero su vestido acabó empapado. Los camareros miraron hacia el desastre con decepción.

Nash se quitó su chaqueta y se la puso a Naomi, pero ella ni lo notó, porque seguía mirando a Shery con un desprecio que ardía más que vino en la garganta.

Sylvan, apoyándose en una columna, observaba la escena en silencio.

—Deja ya el teatro. Solo estás humillándote a ti misma —concluyó Shery, dándose la vuelta para irse.

Nash y Sylvan también se encaminaron juntos hacia el altar.

Naomi seguía con la vista clavada en Shery, y vio que ella sacó su móvil para retocarse el maquillaje, mirándose en la cámara.

La pantalla se encendió por un segundo y Naomi alcanzó a ver la imagen.

No era una foto de su cuenta social, ni era un póster de sus campañas.

Era Nash en la universidad, en bata blanca, en un laboratorio donde no había nadie más.

Nash estudiaba política. Si se había puesto una bata, solo había sido para Shery, porque a ella le parecía sexy así. Un juego de rol privado… Demasiado íntimo.

Naomi estaba con el cabello goteando, el maquillaje arruinado y los ojos llenos de furia e indignación.

Agarró un cuchillo que yacía en una mesa del banquete.

Caminó detrás de Shery, que se estaba alejando hacia la zona principal de la boda. Se acercó a ella por detrás y, agarrándola del brazo violentamente, colocó el cuchillo contra su cuello.

Shery se quedó atónita. No se lo esperaba.

Ya no era teatro. Eso era real.

—Naomi, deja eso. Juega limpio —dijo Sylvan, con la mirada más peligrosa, seria y fría que había visto ella desde que lo conoció, desde el otro lado de una fila de mesas.

Naomi no se atrevía a sostenerle la mirada a Sylvan, pero no dejó el cuchillo. Al contrario, lo acercó tanto al cuello de Shery que, si ella se movía ahora, su vena se cortaría.

—¿No recuerdas que te advertí? Si tocas a Nash, te voy a matar. ¿Sabes qué? He matado a gente por mucho menos que esto en el pasado.

Shery estaba anonadada. Naomi iba a cortarle el cuello. Lo tenía decidido.

Sylvan se puso tenso, calculando cómo desescalar la situación sin que ninguna de las dos se hiciera daño.

Sus reflejos eran incomparables. Era un hombre capaz de leer un campo de batalla en instantes.

Pero Naomi… no era un enemigo. Él confiaba en ella.

Siempre había creído que bastaría con una mirada, con decirle “basta, compórtate”.

Por eso, por esa falsa sensación de seguridad, no estaba logrando reaccionar tan rápido como podía.

Pero Nash no calculó nada. Avanzó hacia ella en tres pasos largos. Agarró el cuchillo justo por el filo. La hoja le cortó la palma al instante. La sangre brotó entre sus dedos, pero él solo se ocupó de apartar el cuchillo del cuello de Shery.

—Apuñala a todas las mujeres de esta boda si quieres, menos a ella —dijo con suavidad, sin borrar la sonrisa, pero sonó como una sentencia a muerte.

Naomi no miró hacia la herida de Nash. Seguía apretando el cuchillo e intentó moverlo con todas sus fuerzas para cortar el cuello de Shery. Nash forcejeó con ella y la hoja se clavó más en su mano.

Sylvan se acercó a ella y levantó su mentón con una mano, obligándola a mirarlo.

—Dámelo —susurró, inclinándose hacia su rostro.

Naomi tembló entera al ver sus ojos. Había una tétrica autoridad que le dejaba claro que ella había perdido.

Le entregó el cuchillo a Sylvan. Él lo tiró al suelo, entre las piedras decorativas, junto a las gotas de la sangre de Nash. Le siguió sosteniendo la mirada… hasta que Naomi bajó la cabeza.

Shery dio un paso hacia él y Sylvan la envolvió en sus brazos.

Nash miró a Naomi con ternura, a pesar de todo, y le susurró:

—Ya está. Respira.

Solo entonces Naomi vio la sangre que cubría la mano de Nash. Sintió una punzada de horror. Ella le había hecho eso. Había estado tan empeñada en llegar al cuello de Shery que ni siquiera había visto que estaba hiriendo al hombre que más amaba. Cerró los ojos, rendida.

Shery se abrazó a Sylvan con fuerza, pero sus ojos seguían fijos en Nash, brillando por la rabia que sentía hacia sí misma.

—¡Me dejé mi puta pistola en el coche hoy! ¡Pobre Nash se ha herido por mí! —exclamó, con la voz quebrada—. ¡Tendría que haberla matado yo a ella antes de que Nash se hiciera daño, joder!

Sylvan la abrazó en silencio, pero estaba pensando que esa no era una chica reaccionando al trauma. Era una chica a la que solo le había faltado el arma adecuada. Era igual de peligrosa que Naomi.

Nadie había presenciado la escena. Todos los presentes estaban junto a la enorme tarta de Juanito y Eloy, que tenía forma de buque pirata.

Shery se fue sola, sin mirar a nadie más, caminando con furia hacia la mansión de sus suegros.

Sylvan y Nash se miraron y, decidiéndolo con un gesto, se fueron juntos como si no hubiera pasado nada y se reunieron con el resto de los invitados.

Naomi se quedó sola. Agarró una botella de vodka y se la tomó entera.