Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 19
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Nash regresó a casa después de una reunión y se relajó en el sofá color piel, ante el televisor que se formó de la nada ante un acuario en la pared, como una proyección de avanzada tecnología.

En las noticias estaban hablando de cómo toda la ciudad esperaba, impaciente, la inauguración de la línea de maquillaje de la marca N. Cada celebridad estaba desesperada por ser la primera en probar sus productos.

Naomi estaba en el salón de belleza. Nash le había dicho que se tiñera su cabello, porque como era un genio de la estética, la imaginaba en un color que la haría lucir más hermosa y sofisticada. Ella merecía parecer la novia mimada de un millonario.

Justo cuando la casa estaba en silencio, Juanito irrumpió en la sala de estar con un osito de peluche rosa que estaba tirándolo del bigote y de las orejas.

—¡Sylvan me regañó! ¡Me dijo que estos ositos son mi problema! —exclamó Juanito, colocando el peluche agresivo sobre la mesa a duras penas.

—Mi hermanito solo te dijo tres palabras: “Devuélvelo a casa” —lo corrigió Nash, sin apartar la vista del televisor, donde psicólogos expertos estaban discutiendo sobre cómo funcionaba la mente creativa de Nash.

—¡Eso sí es regaño! —siguió quejándose Juanito, dramáticamente, para hacer reír a Nash, como siempre.

Voss, que hoy olía a quemado y a rencor, le dijo:

—Eres un don nadie. Nash ya te ha reemplazado por el doctorcito gafotas mojado, y tú ni has pillado la indirecta. Sigues aquí como un miserable estorbo.

—¡Eso no es verdad!

—Incluso Eloy ha aceptado casarse contigo solo por el dinero del modelaje —remató Voss.

Auroro y Rhal llegaron al oír el jaleo, con enormes helados en la mano que estaban derramando en el camino.

—¡Voss tiene razón! —exclamó Rhal—. No he escuchado lo que ha dicho, pero probablemente tenga razón.

—No, eso fue cruel —opinó Auroro—. Voss, pídele perdón a Juanito.

Juanito agarró al pingüino robot y, llorando teatralmente por la rabia, escribió en el panel bajo su ala:

—Sé una fórmula para abrir un portal a la Cárcel de Fracasos. ¡Idos al infierno, demonios!

La sala de estar cambió. Una zona frente al televisor se distorsionó, como una brecha en la realidad.

Nash se levantó del sofá.

—Espera, solo yo puedo abrir un portal, y no así. Así no es seguro.

Un vórtice negro, como una tétrica herida, se formó en medio de la sala. No hubo ruido. No hubo vibración. Solo surgió.

Cuerpos gigantescos, de piel encarnada como bestias despellejadas, aparecieron desde la brecha, haciendo añicos la mesa de cristal sobre la que estaban.

Eran los Encarnados, una especie muy agresiva y sanguinaria de Lutecios, confinados en el Territorio de Veneno de la dimensión de Nash.

Las tres entidades robustas de dos metros de altura rugieron. La lámpara de araña se sacudió. El olor a cenizas y nieve se propagó.

Los seres extendieron sus garras, tan largas como piernas.

Juanito retrocedió, poniéndose serio de repente.

—Nash, no sabía que esa fórmula abriría un portal sin tu permiso. Perdóname —dijo, con la voz baja, tensa, colocándose delante de él con los brazos abiertos, como un guardaespaldas profesional.

Al ver peligro real, Juanito había dejado caer su máscara de payaso y había pasado a ser el soldado calculador y fuerte de veinticinco años que realmente era.

Nash observó a los seres que estaban a punto de destruir toda la sala de estar. Su único instinto era derramar sangre y órganos.

Seguía siendo el amo de aquella dimensión, aunque no la hubiera visitado en los últimos meses. Apartó a Juanito con calma y se acercó a los oscuros Fracasos.

Los Encarnados le sostuvieron la mirada a Nash, aún rugiendo, y sus garras se detuvieron a un centímetro de su cabeza, que habían estado a punto de arrancar. Lo reconocieron como su amo.

Cambiaron de presa y se abalanzaron con coordinación inhumana hacia Juanito, volcando los muebles a su paso.

Juanito retrocedió hacia una pared donde había un botón que pulsó para abrir una estancia secreta llena de armas del ejército. Agarró una escopeta de doble barril, sin titubear, listo para disparar.

La puerta se abrió y entró Naomi, canturreando.

Los Encarnados se quedaron paralizados en plena postura de ataque y giraron la cabeza hacia ella. Sus cuerpos despellejados que estaban goteando sangre sobre la moqueta empezaron a retroceder hacia el portal.

—El Oráculo dice que esperemos al nuevo amo de la Cárcel de Fracasos, que está en camino —susurró uno de los engendros, mirando hacia el vientre de Naomi, y luego su voz se apagó por completo cuando desapareció en el portal.

Nash hizo un gesto con la mano. El vórtice negro se encogió hasta dejar de existir. El aire volvió a la normalidad.

Juanito dejó la escopeta en su sitio y suspiró, aliviado.

Nash miró a Naomi y murmuró:

—¿El nuevo amo?

Ella se encogió de hombros.

—Nada debería sorprenderme, teniéndote como novio, dios carcelero —dijo, caminando hacia Nash y abrazándolo—. ¿Cómo me veo?

Él no se fijó aún en su nueva melena de color rubio miel, que hacía brillar su piel color oliva y sus grandes ojos oscuros. Estaba pensativo.

Juanito levantó los muebles volcados, volviendo a poner una expresión dramática a propósito, porque ya no había peligro y podía volver a ser el payaso favorito de Nash.

—¡Primero Sylvan me regaña y luego monstruos sin piel casi me descuartizan! ¡Necesito paga extra, jefe, pero no en billetes! ¡En apoyo emocional y sushi!

Nash acarició la cabeza de Naomi y dijo:

—Este estilo te queda de maravilla.

Ella sonrió y se fue a la cocina, canturreando otra vez, lista para preparar la cena.

Nash no hizo ninguna pregunta, pero ya tenía una sospecha.

Théodoré estaba llorando porque no sabía que la pantalla bajo su ala podía abrir un portal al vertedero de almas.

El Lutecio con tentáculos estaba encogido detrás de un ficus, traumatizado.

Rhal, Auroro y Voss, que habían permanecido escondidos detrás de un robot de limpieza, salieron y lo primero que hicieron fue quejarse:

—¡Nash! ¿Cuándo nos vas a dar cuerpos decentes?

—Fabian se ocupará de eso —dijo Nash alegremente.

Auroro y Rhal saltaron de alegría y continuaron comiendo helado. El Lutecio persiguió a Voss otra vez, lanzando ácido morado a todas partes.