Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 18
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Shery regresó a casa y vio que Sylvan estaba en la cocina, preparando la cena. Subió primero a la ducha. Se quedó ahí durante largo rato, escuchando música. Cuando apareció una canción de Fiona, apagó el estéreo con rabia. Odiaba a esa pelirroja.

Se tomó su tiempo estilizándose el cabello, hasta que su trenza quedó perfecta y se puso sus habituales cremas de cuidado de la piel.

Al bajar a la sala de estar, se rellenó un vaso de su vino favorito, lo dejó sobre la mesa y bebió directamente de la botella.

Luego se acercó a Sylvan. No le dijo nada, directamente, agarró su cabeza y lo besó con pasión y agresividad, como si hubiera echado de menos cómo se sentía, cómo olía y cómo sabía. Su hombre. El que le pertenecía solo a ella. El que había dejado a su diosa Evangeline por ella hacía unos meses.

Esperaba que no quedara rastro de su encuentro con Fiona.

—Espero que no pienses en ella —susurró, apartándose un poco—. Espero que, lo que yo te doy, sea suficiente.

—Es más que suficiente, mi amor. Y perdóname por haberte hecho sufrir por Fiona —dijo Sylvan, con sinceridad, porque se sentía culpable por el daño emocional que le había causado—. No quiero mentirte, no puedo decirte que estás por encima de Nash para mí. Nadie lo está.

—¿Nash siempre va a estar por encima de mí? —preguntó Shery.

—Sí —respondió Sylvan, sin vacilar—. Siempre.

Shery no se molestó. No le parecía extraño.

—No necesito ganarle a Nash. Solo necesito que ninguna mujer me gane a mí.

—Aparte de él, tú eres la persona más importante de mi vida. Ninguna mujer te ganó ni te ganará. Te lo juro. Si hay algo que no te agrada, dímelo. Cambiaré para ti.

Ella se sintió muy bien al escuchar eso. Lo abrazó con fuerza.

—Solo quiero que me mimes más y me repitas cada rato lo mucho que me amas —susurró ella, con tono caprichoso.

—Sí, pero quiero que tú también seas siempre sincera conmigo cuando te pregunto algo.

Shery frunció el ceño al escuchar eso. Se apartó, con la excusa de preparar la cena. Sacó filetes de salmón del frigorífico.

—Nunca te miento, cariño —dijo.

—¿Qué tal te fue en clase? —preguntó Sylvan con voz amable, quedándose a su lado en la cocina.

—Muy bien. Fabian causó vergüenza ajena incluso a los cadáveres de la morgue —dijo Shery, riéndose, mientras preparaba la sartén.

—Fabian se fue con papá y el doctor Gord a una exhibición sobre robots después de la sesión de fotos con Nash. No fue a clase hoy —respondió él, con tono seco.

—¡Lo sé! Me refería a la clase de ayer —aclaró Shery de inmediato, y sacó más ingredientes del frigorífico—. Tengo mucha hambre, cariño.

La vista de Sylvan se detuvo sobre las uñas de Shery, decoradas con conchas. Le tomó la mano con calma, como si solo quisiera admirar su manicura. Examinó los bordes puntiagudos, agresivos, perfectos. Stiletto. El gusto de Nash.

—Mi técnica habitual de uñas no estaba —explicó ella con voz ligera, antes de que él hablara—. Así que fui con otra. ¿Te gustan así?

Sylvan le dio un beso en los nudillos. Las uñas eran perfectas. Nash era un artista excepcional.

Y Shery era… una mentirosa de pacotilla.

Ella lo miró de forma romántica.

Sylvan analizó esa mirada. Halló deseo y orgullo en los ojos verdes de ella. No había ni una pizca de culpa o pánico. Por eso, pensó:

Mentirosa, y encima sin arrepentimiento. Creía que eras más astuta, mi amor. ¿Acaso no recuerdas que puedo leer a todos como un libro abierto?

Shery se arrodilló y abrió su cinturón. Ella solía hacerle eso a menudo, pero él sabía que hoy el placer iba a ser el arma para cambiar de tema.

Sylvan la detuvo, pero no se marchó. La levantó, haciéndola sentarse sobre la mesa, y la penetró allí, durante todo el tiempo que ella necesitó para satisfacerse.

Shery lo besó durante todo el sexo y acabó teniendo un orgasmo tan intenso que no pudo ponerse de pie otra vez.

Sylvan eyaculó dentro de ella, la llevó al sofá en brazos y la dejó allí.

—Te amo —susurró Shery. No era mentira, pero no por ello borraba sus otras mentiras.

Sylvan fue a la cocina para continuar preparando la cena.

Cuando abrió el horno, encontró al osito de peluche rosa, Voss, escondido ahí. El que vivía en casa de su hermano. El que solía ser el jefe de peligrosos gorilas sin piel, los Encarnados, en la Cárcel de Fracasos.

No preguntó nada.

—Shery te miente y tú te acuestas con Naomi a escondidas. Sois un desastre los dos —comentó Voss, y se subió a la encimera después de asegurarse de que el Lutecio con tentáculos y ácido morado no lo hubiera seguido hasta esa cocina—. Ahora deja de poner esa cara, rubio, y dame salmón.

Sylvan continuó preparando la cena con calma y precisión. Le pasó un filete a Voss.

—Oí que te comiste el anillo de compromiso de Juanito.

—Oíste mal. Ese fue Rhal.

Se escucharon chirridos y golpes mojados. Por el pasillo, apareció el enorme Lutecio, devorando una de las suculentas de Shery.

Había seguido a Voss hasta allí.

Voss, amargado y aterrado, corrió hacia el jardín. El monstruo lo siguió.

El salmón ya estaba listo. Sylvan le sirvió la cena a Shery y no volvió a hacerle preguntas ni mencionar el tema.

Se sintió culpable. Sintió que no tenía ningún derecho a quejarse. Voss tenía razón sobre lo de Naomi.

Pero no por ello dolía menos que Shery le mintiera en la cara con tanto descaro.

Era una de sus recetas favoritas, pero no la disfrutó.

■ ■ ■

Al día siguiente, Naomi salió de un club de vóley al que se había unido recientemente para mantener un peso ideal. Nash estaba ocupado, por eso le había pedido a Sylvan que fuera a recogerla.

Sylvan la esperaba dentro de su coche deportivo blanco. Al verla acercarse, le abrió la puerta desde dentro.

Naomi entró al coche a toda prisa y lo abrazó por el cuello desde el asiento del copiloto, apretándolo con fuerza, sin dejarlo arrancar.

—¡Todas las chicas estaban celosas! ¡No paraban de preguntarme mil cosas sobre Nash!

Él sonrió, sujetándola suavemente por las muñecas para poder soltarse.

Ella no se apartó. Le gustaba cómo se sentía el contacto.

—¿A dónde quieres ir? ¿Te llevo al café de gatos? —sugirió Sylvan, y arrancó el coche—. Shery está allí. Siempre va cuando acaba su primera clase de la uni.

—Nunca vamos a llevarnos bien. Me tatuaría en la frente lo mucho que la odio —expresó Naomi, con una mueca de desagrado.

Seguía con una mano sobre el hombro de Sylvan y los ojos clavados en su perfil mientras él conducía—.

¿Vas a continuar fingiendo que no notas cómo tu maldita novia Shery mira a Nash?

—lo agarró del brazo, inclinándose más, tan cerca que él podía sentir su aliento sobre la mandíbula.

No le estaba dejando conducir en paz—. ¿Shery te ha sido infiel alguna vez?

Porque apuesto a que en la universidad todos babean por ella, y esa mujer es de todo menos una santa.

Sylvan la miró y manifestó su irritación con un repentino cambio en su tono:

—Hoy estás muy atrevida, Naomi. Compórtate.

Naomi vio que había metido la pata, y pensó:

Ese tono debería hacerme callar… pero solo me enciende. Sí, sí, ya verás cómo me porto. Voy a portarme tan bien que vas a tener que estacionar el coche.

Sylvan no le volvió a dirigir la palabra durante un rato. Cuando ya estaban en el centro de la ciudad, le preguntó con tono serio:

—Dime a dónde quieres ir.

—Llévame a casa… —susurró ella, arrastrando la voz como un secreto, y se inclinó sobre él, desabrochándole el cinturón del pantalón.

Sylvan mantuvo la vista fija en la carretera, con el perfil iluminado por las luces de la ciudad.

Cuando ella empezó a hacerle sexo oral, una sonrisa leve apareció en su rostro, como si pensara: “Esta nena no tiene remedio”. Puso la mano en su nuca y marcó el ritmo.

Naomi lo disfrutó, jadeando contra su piel, mientras Sylvan seguía conduciendo como si nada. Tomó las curvas con precisión, como si incluso el tráfico lo obedeciera.

Apretó un poco más los dedos en su nuca, inclinando la cabeza hacia ella.

—Mírame mientras lo haces. Eso es… —susurró.

La voz baja de Sylvan se deslizó en la columna de Naomi. Lo lamió con más ímpetu.

Detuvo el coche frente a una tienda de té de perlas, se ajustó la ropa con calma y la obligó suavemente a separarse, acariciando su rostro con el pulgar. Le dijo, con voz provocadora y burlona:

—Vamos, Naomi, dale un descanso a tu boca. Esto debería mantenerte tranquila un rato.

Ella se recompuso y se pasó la lengua por los labios, sonriendo mientras contemplaba el control de Sylvan.

Él tomó su mano y caminaron juntos hacia la tienda.

Me deja así, con la respiración entrecortada y… más ganas. Prefiere comprarme una bebida con ositos de gelatina en vez de follarme entera otra vez en los asientos de atrás del coche. Qué malo es.

Naomi se alegró de que, por lo menos, él ya no estuviera enfadado.

■ ■ ■

En la tienda de té de burbujas, robots en forma de osos diminutos repartían los pedidos con luces LED en forma de corazones en sus ojos.

Sylvan hizo el pedido. No necesitaba preguntarle qué quería, pues ya sabía desde antes qué solía tomar ella.

Naomi tomó un sorbo, muy ilusionada. El Lutecio con forma de osito gritó mientras se derretía, pero ella frunció los labios. Apartó la bebida.

—Hoy sabe raro. No me gusta.

Sylvan agarró el vaso y bebió de la pajita de ella.

—No, sabe como siempre. Pero adelante, escoge otra cosa.

Ella miró las opciones y pidió otra bebida. Cuando la probó, sonrió, satisfecha.

—Esta sí está deliciosa. Estoy rara últimamente en general —dijo Naomi, quejándose de su cuerpo—. Tengo ganas de dormir todo el día.

—Eso sí que es peculiar, porque tú eres muy ruidosa y fácil de agitar —comentó él, metiéndose con ella.

Naomi se rió, sonrojándose.

Sylvan ya sospechaba lo que le pasaba a Naomi, pero no lo iba a nombrar, porque ella todavía no lo imaginaba. Bebió su té de mango. Hubo una pausa larga, pero cómoda.

Naomi lo observó en silencio, y pensó… que no lo quería como novio o marido. Lo que sentía por él era otra cosa. Cada vez que lo miraba, recordaba el sonido exacto de su respiración cuando la solía empujar más allá de sus límites.

Eso no se olvidaba. Eso se volvía adicción. Era amor, pero diferente. No lo quería en su casa, cenando con ella, lavando platos o eligiendo muebles.

Lo quería como una droga que necesitaba toda su vida, aunque fuera en pequeñas dosis.

También disfrutaba de momentos como ese con él. Momentos en los que podían hablar y conocerse mejor.

Sylvan la miró como si pudiera leer sus pensamientos con un hechizo no pronunciado, y ofreció:

—Cuéntame algo sobre ti. ¿Quién eras antes de conocer a Nash en la Cárcel de Fracasos? En la Tierra.

Naomi sintió que era un honor que se estuviera interesando en su pasado, y le contó muchas cosas. Él la escuchó con atención, sonriendo, pero Naomi notó que se estaba obligando a sí mismo a distraerse de algo que lo estaba afectando profundamente.

Ella no preguntó, porque no quería incomodarlo otra vez.

Terminaron sus bebidas. Él recibió un mensaje importante relacionado con su trabajo secreto en la élite del ejército. Se levantó y concluyó:

—Eres la novia de mi hermano, por eso, siempre que quieras hablar conmigo, te escucharé.

—¿Me estás diciendo que me das importancia solo por él?

—Sí —dijo Sylvan, para fastidiarla.

—Gracias por tener en cuenta mis sentimientos, maldito.

—De nada.

Cuando estaba a punto de irse, Naomi lo detuvo. Se puso de puntillas y lo besó en la boca. Como si fuera suyo, como si tuviera derecho sobre él.

Sylvan se dejó besar por unos segundos y luego se apartó con una mirada burlona.

—De verdad, Naomi, no puedes comportarte ni cinco minutos —protestó, sonriendo.

—¿No vas a llevarme a casa? —preguntó ella, sin despegarse de él a pesar de que había gente mirándolos con mucha curiosidad.

Pero ellos no sabían si se trataba de Nash o Sylvan. Eran prácticamente idénticos en todo.

Sylvan aclaró en voz baja, mirándola a los ojos con seriedad:

—Sé que me deseas para sentirte superior a Shery. No te debo ese tipo de consuelo.

—Eso no es verdad —replicó ella de inmediato, sin soltar su brazo—. Siempre te deseo. Por eso hemos tenido sexo tantas veces.

Él se soltó sin brusquedad.

—No conviertas a Shery en el centro de tu vida. No sufras al intentar competir.

Naomi se quedó mirándolo mientras él desaparecía entre civiles, osos robóticos y flores metálicas decorativas.

Estaba estupefacta por cómo él la había entendido mejor que ella misma.

Quería el cuerpo de Sylvan, quería disfrutar de él una y otra vez, porque tenía el permiso de Nash. Pero hoy, era cierto que su objetivo principal era sentirse superior a Shery. Robarle el hombre a Shery. Ganarle a Shery en una carrera invisible.

Tenía sentido que Sylvan no hubiera deseado ser parte de eso.

Naomi sintió mucha rabia hacia Shery. Se odiaba a sí misma por darle tanta importancia, pero no podía evitarlo. No podía ignorar su existencia.

La aborrecía.