17
Unas horas más tarde, Sylvan fue a la universidad a recoger a Shery. Ella demandó ir a su local favorito para beber té de tapioca.
El restaurante tenía pisos que cambiaban de color con los pasos, osos de peluche gigantes empotrados en las paredes y un menú que proyectaba los sabores flotando en el aire como hologramas comestibles.
En una esquina, una fuente derramaba leche de fresa desde una esfera flotante. Lo normal en la alta sociedad de Jangwa.
Sylvan estaba sentado en uno de los sillones acolchados con forma de nube. Frente a él, Shery llevaba su uniforme quirúrgico, porque acababa de salir de una de sus clases prácticas de medicina. Era mediodía y ella tenía que regresar allí pronto.
Le contó sobre su día, pacientes locos, compañeras irritantes y cómo Fabian hacía el ridículo cuando le tocaba dar un discurso sobre enfermedades sexuales.
Sylvan sonrió, prestándole atención. Su móvil vibró. Era un mensaje.
Nash: ¿Puedo llamar a Shery a mi casa hoy? Tengo diseños de uñas en mente. Pero sé que ella querrá algo más que una manicura.
Sylvan respondió de inmediato.
Sylvan: Adelante, llámala. No necesitas preguntarme, hermanito.
Sylvan amaba a Shery con toda su alma, pero no sentía que estuviera haciendo un sacrificio. Permitir que Nash la tocara era una consecuencia natural de su vínculo.
Quería que su gemelo tuviera todo lo que deseaba. Pondría el mundo entero a sus pies. También daría su vida por él si hiciera falta, sin pensarlo dos veces.
La camarera trajo otra bebida decorada con pequeños Lutecios comestibles que gritaban con cada sorbo, al disolverse en saliva. Sylvan seguía con la mirada en el móvil.
Nash: ¿Shery te ha mencionado algo sobre mí?
Sylvan tardó más en responder. No mintió.
Sylvan: No. Nada.
Nash: Hermano, eso no está bien. Me irrita. Odio que ella no sea sincera contigo y me persiga, creyendo que tú eres idiota y no sabes nada.
Sylvan: No te preocupes por mí. Si tú la deseas, llámala. Sin estrés.
Sylvan no continuó la conversación escrita y guardó el móvil.
Shery seguía frente a él, sonriendo, sin saber qué estaba haciendo él en el móvil. Dio un sorbo final y dijo:
—Mi siguiente clase es en la morgue. Es súper importante. He estado meses preparándome.
Justo entonces, el móvil de Shery vibró. La pantalla se encendió. Ella lo vio... y su expresión cambió. Guardó el móvil tan rápido como pudo.
—Ay, perdón... era mi supervisora. Me necesita ya mismo. Regresaré a tiempo a casa para preparar la cena, ¿vale, mi amor?
Ella se inclinó y le dio un beso rápido, apresurado, a Sylvan. Luego se fue. La campanilla digital de la puerta sonó con un tono feliz: “¡Gracias por burbujear con nosotros!”.
Sylvan se quedó mirando hacia el camino por el que ella se había marchado, pensando:
¿Por qué me estás mintiendo, Shery? Sé que Nash te mandó un mensaje. Pero tú estás escondiéndote. ¿Por qué te rebajas así? Tú no eres tan… cobarde.
Un oso gigante que llevaba una camisa en la que ponía: “¡Sonríe, estás enamorado!”, le entregó otro té de perlas.
Sylvan se lo tomó, pero no lo disfrutó.
Shery le acababa de mentir descaradamente en su relación perfecta. Algo dentro de él se agrietó.
Shery, si me hubieras preguntado si podías ir a casa de Nash, te habría dicho que sí con gusto. ¿En serio no confías en mí? Si me amas, ¿por qué no me consideras digno de la verdad? ¿De verdad crees que soy un idiota y no veo nada?
■ ■ ■
El cielo sobre la casa de Nash parecía diseñado con pinceladas de color coral y lavanda. Entre los árboles del jardín, se oían las conversaciones de loros, expertos en insultos. No dejaban a ningún paparazzi acercarse al muro que rodeaba la casa sin maldecir a toda su familia.
Naomi estaba echándose una siesta. Ella siempre estaba rebosante de energía, pero últimamente su cuerpo le exigía más descanso.
Nash atravesó el inmenso jardín rumbo a una casa del árbol que parecía un edén suspendido. En el centro de la estancia había una mesa redonda de madera, cuya base era una escultura de hadas desnudas entrelazadas en un beso eterno. Sobre la mesa había una enorme shisha que desprendía aromas dulces.
Nash entró con una caja llena de materiales para diseñar uñas. Vestía ropa ligera de lino, llevaba su cadena plateada que ya era famosa en todo el reino como él, y el cabello recogido en una pequeña coleta que le daba un aire de artista y estrella de porno al mismo tiempo.
Organizó pinceles, esmaltes y pequeños apliques de conchas marinas sobre la mesa.
La puerta se abrió y el aire acondicionado escapó. Era un robot con patas, y escapó.
Hacía mucho calor. Shery entró con el pelo suelto, una blusa que dejaba a la vista su vientre plano y una falda blanca.
—Me he perdido una clase muy importante —se quejó, dramáticamente—. Me estoy quedando atrás en mi carrera de medicina. Por ti.
—Solo quería diseñarte las uñas yo mismo. Siéntate —la invitó Nash, con una sonrisa de niño bueno.
Shery se dejó caer sobre un sofá artesanal de madera tallada, tapizado en telas bohemias.
Nash le tomó una mano y comenzó a trabajar en sus uñas. Usó tonos azules y verdes y decoraciones con forma de estrellas de mar.
Shery no apartó la mirada de su rostro todo el tiempo, mordisqueando su labio inferior. Cuando Nash terminó la última uña, recogió sus cosas y colocó la shisha sobre la mesa como si fuera un tesoro ancestral.
—¿Quieres fumar? —ofreció, mientras el aroma sensual inundaba la sala.
—No —declinó ella—. Quiero hablar.
Nash permaneció a su lado y fumó. Incluso haciendo algo así de cotidiano, tenía un aire erótico. Los pequeños aros de humo que salían de su boca la provocaban.
—Dime.
—Cuando viniste a mi casa por primera vez, desde la Cárcel de Fracasos, en esa atrevida gabardina negra y con esos ojos azules llenos de…
arrogancia, me morí por ti de inmediato.
Te perseguí, te reté y te conseguí una vez.
Te fuiste a tu dimensión por un tiempo otra vez…
y no regresaste solo. ¡Maldita sea! ¡Regresaste con esa puta, Naomi, como si ella fuera tu dueña!
—¿Lo eras tú? ¿Mi dueña? —murmuró él, cariñosamente, mirando hacia las mejillas sonrojadas de Shery que tanto le gustaban.
—¡Sí, joder! ¡Yo te tuve antes que ella!
Vi el inicio de tu ambición. Vi cómo pasaste de ser un dios carcelero a un civil con propósito —dijo Shery, luego hubo una larga pausa mientras ella observaba los aros de humo, que parecían estar posando para ella—.
Le das tu cuerpo a una zorra cara como Fiona y arrastras a mi Sylvan a tus fantasías eróticas.
Luego, conmigo te haces de rogar. Es injusto.
—Porque tú eres mi cuñada. Porque Sylvan te ama.
—Hijo de puta, sé que tú también me quieres —dijo Shery, echándole los brazos al cuello.
Nash la observó en silencio. No lo negó. Deseaba subir su falda, meter la cabeza entre sus piernas. Quería jugar con el piercing que tenía en su vulva rosa, morderla y lamerla despiadadamente, para hacerla gemir su nombre.
Pero justo cuando Shery empezó a besarlo, Nash se apartó un poco y preguntó:
—¿Le dijiste a mi hermano que ibas a venir a verme?
Shery chasqueó la lengua.
—Esto no tiene nada que ver con él, joder.
Nash se apartó por completo y siguió fumando.
—Tiene todo que ver con él.
Shery gruñó y se quejó en voz baja:
—No te importó cuando me llevaste a la Cárcel de Fracasos por una noche.
—Creía que se lo ibas a confesar a Sylvan luego. No lo hiciste —dijo Nash, con calma, liberando más aros, relajándose en el sofá sin volver a tocarla.
—No le voy a confesar nada.
—¿Por qué?
—Porque no me da la gana.
—Entonces no me tendrás, cuñada —sentenció Nash—. No esta vez.
—Mira que eres terco, joder —musitó Shery, y se levantó—. Pero esto no acaba aquí. Te haré caer.
Se fue de la casa de árbol. Nash puso música jazz y se tumbó en el sofá. Suspiró, y pensó:
Mi hermano… no merece que ella lo trate así.