16
La universidad más prestigiosa de Dunas Doradas modificó sus protocolos para su estudiante de ciencias políticas, Nash Chase.
Se trataba de una operación de seguridad necesaria para proteger a una celebridad cuya fama acababa de sacudir reinos.
Los accesos principales se restringieron.
Instalaron detectores, guardias privados y un sistema de identificación que solo permitía entrar a alumnos y profesores autorizados.
Los paparazzis y los fans de Nash quedaban detenidos en la cancela del campus, incapaces de acercarse al edificio sin enfrentarse a sanciones legales.
Nash estudiaba, presentaba trabajos y asistía a los exámenes como cualquier alumno.
Sus compañeros y sus profesores tenían la suerte de verlo a menudo, y ya se habían sacado muchas fotos con él y tenían perfumes con su firma. Lo adoraban cada día, pero eso a él no lo molestaba ni lo distraía de sus estudios.
Nash seguía trabajando en su marca de maquillaje, Sed del Desierto, y necesitaba un modelo principal, que todavía no había escogido.
Al salir de clase, fue a la facultad de medicina. Hacía varios días que no había visto a Shery en persona por haber estado ocupado con sus estudios.
Ella le mandó mensajes con emoticonos enfadados, demandando tomar un café juntos hoy a toda costa.
En la facultad de medicina había estudiantes con batas blancas y vasos de café negro. Eran hijos de políticos, ejecutivos y militares, acostumbrados a vivir como reyes.
Cuando Nash entró, los guardias de seguridad se alinearon para despejar el camino para él, deteniendo a los estudiantes que solo se dirigían a sus clases.
Hoy Nash no llevaba un traje seductor. Vestía un polo blanco, vaqueros y mocasines impecables. Tenía un aire intelectual y elegante. Su forma de caminar, como si fuera un depredador educado, dejaba petrificados a todos.
Un chico cuyo padre pagaba los gastos de media universidad se quedó pasmado y confesó a su amigo:
—Pensé que era pura edición en sus campañas. Pero no… el tío es así en persona.
Otro estudiante levantó la voz, indignado:
—Esto es un atropello a nuestros derechos. Me voy a quejar con el primer ministro directamente.
—Es el padre de Nash… —le recordó otro.
—Mierda.
Entre protestas y amenazas de “retirar donaciones”, todos terminaron fascinados, deseando volver a ver a Nash pasando por un pasillo.
En la cafetería, Nash se sentó y esperó a que llegaran los resultados de su reciente examen de política.
Los guardias estaban en la puerta.
Se tomó un frappé de pistacho.
Manos claras, calientes, con una manicura de estilo bailarina, se posaron sobre sus hombros por detrás.
—Querido cuñado —susurró una voz fina que conocía demasiado bien—. ¿Cómo fue tu examen?
Ambos miraron la pantalla del móvil justo cuando vibró. Nash no necesitó responder. Resultado: nota máxima. Un examen perfecto.
—Eres bueno en todo. Hasta en cosas aburridas como política —lo halagó Shery, y se sentó a su lado, moviéndose como si toda la universidad fuese suya—. ¿Sabes qué es lo que se te da mejor que todo?
Nash levantó la vista con lentitud, y preguntó, tomándose su frappé elegantemente:
—¿Qué?
—Morder en la cama —susurró ella en su oído.
Nash le dedicó una sonrisa traviesa y le pasó el frappé.
—No hay cura para ti.
Shery bebió el frappé de Nash. Alguien llamó su atención.
Era un chico que acababa de salir del baño de la cafetería. Llevaba mucho tiempo allí y no sabía que ese lugar estaba reservado ahora. Un guardia llamó su atención y el chico se disculpó de inmediato, listo para irse, avergonzado.
Shery se rió de él, porque lo conocía muy bien.
Fabian. El hijo del doctor Gord, el jefe de medicina de Jangwa y mejor amigo del padre de Nash.
—Fabian, ven aquí —lo llamó Nash.
Él se detuvo de golpe, sobresaltándose. Se puso nervioso y no logró caminar en línea recta hasta la mesa, pero se acercó enseguida.
Shery paró de reír y miró con reproche a Nash.
—¿Qué quieres de él? Ese ciervo empollón de mi clase de medicina se encierra en el baño cuando se abruma. Deja de darte tanta importancia solo porque era el amigo de la infancia de Sylvan.
Nash seguía mirando a Fabian y le hizo un gesto con los ojos para que se sentara.
Fabian se sentó.
Shery rodó los ojos y siguió bebiendo el frappé de Nash.
Nash lo observó de arriba abajo en silencio. Lo había visto muchas veces, pero nunca se había fijado en él, como si fuera un ficus en bata blanca.
Esta vez, se fijó en sus ojos pequeños y sus labios finos, su piel clara, sus pómulos marcados, su pelo rubio perfectamente rizado.
Luego evaluó su cuerpo, muy alto, delgado, con extremidades largas.
Analizó su aura, su forma de mirar y pronunciar las palabras.
Sabía que era un hombre dócil, tímido, bueno de corazón y sensible.
Nash tomó una decisión crucial para el futuro de su marca.
—Fabian, eres exactamente lo que busco para Sed del Desierto. ¿Te interesaría ser mi modelo?
Shery se atragantó con el frappé.
Fabian sintió horror y emoción al mismo tiempo.
—Claro... Claro que sí —aceptó, muy nervioso, procurando mantener la espalda recta—. Como tú desees, Nash.
—¿Vas a usar a un doctorcito con gafas y cara de empollón mojado y obediente para tu prestigiosa marca? —articuló Shery, mirando a Nash como si estuviera tomando un riesgo absurdo.
Pero cuando lo dijo en voz alta, ella misma entendió que sí que era una buena idea. Nadie en ninguna marca de maquillaje se había atrevido a usar una estética semejante.
Las chicas que soñaban con ser dominantes se volverían locas por él y comprarían cada producto de la línea de maquillaje.
Nash adelantó la mano hacia él para un apretón.
—Bienvenido a mi imperio, doctor Fabian.
—De nada —dijo él, con el cerebro atascado y la mano temblando mientras le daba el apretón.
Cualquier otro en su lugar temblaría al recibir semejante oportunidad. Fabian había admirado a la familia Chase desde su infancia.
—Si tienes tiempo ahora, ven a mi estudio —lo invitó Nash, levantándose.
—Tengo clase en la morgue, pero iré contigo —aceptó Fabian, recogiendo sus cosas rápidamente.
—¿Y yo qué? —preguntó Shery, con una mueca de frustración—. Ibas a pasar tiempo conmigo hoy, Nash.
—Te llamaré luego. Espérame —la reconfortó él, y se fue.
Su campaña era su prioridad, pero no iba a hacer esperar mucho a Shery. Hoy tenía un plan para ella.
■ ■ ■
En el estudio de Nash, venían personas muy hermosas, como Solaris, Evangeline y por supuesto, Miss Nallane.
Hoy, frente a sofás hondos, sobre la alfombra de piel de animal en peligro de extinción, bajo luces cálidas, envuelto en el aroma de Etéreo, estaba Fabian.
Los pasos de dos figuras importantes del reino irrumpieron en la lujosa estancia.
Viktor Chase entró, elegante como siempre, con la postura de un político que jamás se apresuraba, intrigado.
Junto a él, el doctor Gord, con su bata blanca reemplazada por un traje impecable, llegó con una sonrisa cálida, listo para ver a su hijo… posar.
Fabian siguió a Nash a la terraza del estudio. Pensó en su carrera en medicina, sus notas perfectas, su excelencia constante… y se animó a sí mismo, diciendo que podría lucirse en ese terreno nuevo.
Nash le ajustó el cuello de la camisa translúcida que había escogido para él. Fabian contuvo la respiración, ruborizado. El hombre más carismático y cautivador del reino lo estaba tocando.
—Mira hacia el cielo con los labios entreabiertos. Deja las gotas deslizarse sobre tu rostro —lo guió Nash, con voz baja, profesional, que atravesaba su piel.
Fabian asintió muy rápido y siguió sus instrucciones.
La lluvia suave lo empapaba poco a poco. La ropa se pegó más a su cuerpo.
Su aura tímida, esa vulnerabilidad que parecía una desventaja, se convirtió en oro fotográfico. El cabello rubio platino mojado, la mandíbula tensada por los nervios, el rubor, la nuez bien marcada, el cuerpo esbelto apoyado en la barandilla…
Nash levantó la cámara… e inmortalizó el momento.
El doctor Gord dio un aplauso y comentó:
—Mi hijo no se ve distinto por la tecnología. Nash lo ha leído, lo ha desenmascarado y lo ha convertido en una versión perfecta de sí mismo.
Nash tomó más fotos. Fabian, sin darse cuenta, empezó a respirar más despacio, soltando la tensión.
El muchacho tímido, torpe, académicamente brillante pero invisible, de repente era una figura icónica delante de una cámara.
—Hijo, tu visión artística es un arma. Con decisiones así, tu marca va a arrasar otra vez —dijo Viktor, muy contento por haber podido presenciar eso.
Nash sonrió, satisfecho, y sabía que solo estaba empezando a ascender. Un día, haría que todo el reino se inclinara ante la familia Chase.
■ ■ ■
Fabian seguía junto a Nash mientras él editaba las fotos ante pantallas flotantes. Ambos conversaban sobre tecnología avanzada. Fabian estaba relajado, como si su ansiedad social hubiera sido derrotada por el perfume de Nash.
Un robot en forma de pingüino bebé apareció de debajo de una mesa, con dos frappés de pistacho en una bandeja.
Fabian lo miró. El pingüino lo miró. Ambos se congelaron. Los frappés de pistacho casi se derramaron sobre la moqueta del mercado negro.
—¿Es… un juguete? —susurró Fabian.
—No —dijo Nash, con la mirada fija en la pantalla—. Es mi contador. Théodoré.
El pingüino levantó un ala en saludo, temblorosa.
—¿Tiene… alma? —preguntó Fabian, horrorizado y fascinado a la vez.
—Era verdulero —contestó Nash, concentrado en las fotos—. Murió, volvió, despertó aquí. Lo contraté para ordenar mi dinero. Grita si Naomi lo abraza.
Fabian, como médico, científico y hombre civilizado… agarró al pingüino como si acabara de encontrar un hijo perdido. Se salió de quicio.
—¿Cómo se mantiene activo? ¿Cuál es la fuente energética? ¿Dónde está alojada el alma? ¿Tiene un núcleo psiocelular? ¿Sensores somáticos? ¿Puede sufrir? ¿Está cómodo? ¡¿Cómo puede respirar!?
Théodoré ya tenía lágrimas en los ojos y susurró:
—Por fin alguien que se preocupa por la lógica de mi existencia.
Fabian gritó tan alto como hacía todo el mundo cuando veía una cucaracha voladora.
—¡¡Puede hablar!! ¿Cómo? ¿Dónde demonios están las cuerdas vocales?
—Es una anomalía del Oráculo. No tiene explicación científica. Solo está atrapado en ese cuerpo —respondió Nash, encogiéndose de hombros.
Fabian tomó una decisión con firmeza.
—Nash, crearé un cuerpo mejor para tu contador —anunció, y examinó al pingüino, encontrando el panel secreto bajo el ala metálica—.
Esto no es tecnología. Parece ser la coraza de su alma.
Si transfiero esto a un cuerpo biológico, Théodoré podrá vivir mejor.
Ahora mismo no tengo la tecnología ni el permiso del comité de bioética, pero…
En unos años, quizás pueda elaborar sensores avanzados, con un módulo emocional estable. Algo digno de… su alma humana.
Théodoré lloró por la emoción.
—Qué mono eres, preocupándote por la vida de esta entidad —comentó Nash, riéndose por lo ridículo y a la vez impresionante que era el nuevo objetivo del doctorcito introvertido.
Fabian se puso rojo porque Nash lo había llamado mono.
El pingüino lo abrazó, muy agradecido. Estaba dispuesto a esperar años. Había sufrido durante décadas en el pasado.
—¿Por qué no abrazas así a Naomi? La pobre siempre quiere que lo hagas —dijo Nash, frunciendo el ceño ligeramente.
Théodoré retrocedió varios pasos. No sabía qué responder. Naomi era demasiado… intensa y ruidosa.