15
El apartamento de Fiona era impecable, amplio, con vistas a toda la capital de Salamat y el mar de luces. Nadie iba a dormir allí aparte de ella. De hecho, nadie iba a pisar ese lugar aparte de ella sin su permiso. Ese era el objetivo.
Se gastó una fortuna en seguridad. En ese edificio, era imposible para el mundo alcanzarla. Incluso cuando estuviera en la calle o atendiera eventos, mucha seguridad la acompañaría.
Durante los siguientes días, ella sonrió ante las cámaras, bromeó como siempre y se divirtió con sus amigos. Cuando alguien preguntaba sobre Norton, decía que todo iba bien y que él solo estaba ocupado últimamente.
En realidad, había bloqueado su número y no habían vuelto a hablar desde lo ocurrido en la bolera.
Hoy, Fiona estaba apoyada en la encimera de la cocina, con una copa en la mano, mirando su móvil sin interés real. El sonido de la puerta abriéndose para alguien la hizo sonreír. Solo un hombre podía acceder a su espacio, porque ella lo había nombrado una excepción en el sistema de seguridad.
Nash Chase entró como si solo hubiera venido a saludar. Como si no la hubiera hecho esperar durante varios días. Llevaba un traje impecable que Fiona quería ver tirado sobre el suelo y el cabello recogido en esa pequeña coleta que la afectaba demasiado.
Pero, esa vez, Fiona no se lanzó a sus brazos. Sintió un extraño agobio en su cuerpo y se demoró un momento en librarse de la sensación.
La mirada de Nash recorrió el espacio sin disimulo, evaluando cada detalle nuevo. No hizo preguntas personales. No mencionó a Norton. Pero él ya había notado que algo malo había pasado.
—O sea que has cambiado de escenario —comentó—. Este hogar es más… tuyo.
Fiona se quedó quieta. Respiró hondo otra vez para estabilizarse. Nash se acercó a ella despacio.
Fiona cerró los ojos y lo besó. Intentó centrarse en él. En su aroma. En su calor.
Nash la levantó y la llevó hacia la cama sin dejar de besarla.
Fiona rodeó su cintura con las piernas, pero en vez de verlo como el hombre que estaba a punto de darle placer, lo miraba de forma diferente.
Como si fuera un refugio.
Él lo notó.
Fiona disfrutó cuando se acostó con él, pero había una tensión terca bajo la piel que no la dejaba en paz.
Cuando se durmió, lo hizo abrazándose a él con fuerza, con la cara contra su pecho, como si nada pudiera tocarla. No lo soltó en toda la noche.
Por la mañana, era hora de seguir trabajando.
Fiona se puso solo la camisa de Nash, dejándose varios botones abiertos para que se vieran sus senos y las marcas de amor. Encendió su cámara.
Iba a alimentar al escándalo delicioso.
Comenzó una transmisión en vivo desde su cuenta oficial. Probó un brillo labial de la marca N y describió lo bueno que era, diciendo que duraba mucho y que no se secaba después de largos besos y sexo oral.
Apareció tal y como estaba: despeinada, sin maquillaje, medio desnuda, con un aire vulnerable. Se veía demasiado hermosa así.
Sabía lo que iba a provocar. Ese era el objetivo.
Durante un segundo, movió la cámara y todos alcanzaron a ver Nash en el fondo, de espaldas, peinándose ante un espejo.
Lo mostró a propósito, pretendiendo que fue solo un accidente.
En breve, los comentarios explotaron. Todos gritaron el nombre de Nash. Todos perdieron la cabeza una vez más. Fiona puso en la descripción: “Calmaos, no me he acostado con el CEO infame. Esto fue solo un anuncio honesto”.
Algunos la creyeron. Otros no. Nadie sabía qué era verdad y qué era un juego psicológico.
Fiona no explicó nada y concluyó la transmisión.
Nash sonrió desde el espejo, aprobando el caos.
—Si seguimos dándole esto al público, nunca se cansarán de nosotros —dijo Fiona, vistiéndose para el nuevo día con un vestido elegante y ligero—. Las ventas de tus productos de maquillaje van a aumentar mucho gracias a mí.
Nash se preparó para marcharse. Tenía una reunión que atender. Antes de irse, se inclinó hacia ella y le susurró:
—Ven a Jangwa conmigo. Múdate.
Fiona se quedó pensativa un momento. No estaba segura de qué significaba eso. No quería hacer suposiciones, por eso se lo preguntó directamente:
—¿Por qué me sugieres eso?
Nash le acarició el rostro y dijo:
—No tienes que contarme lo que te preocupa si no confías en mí, pero solo quiero que sepas que no necesitas quedarte aquí sola solo para mantener tu imagen intacta.
—Confío en ti —murmuró ella, pero apartó la mirada un segundo, sintiéndose vulnerable—. Pero estoy bien en Salamat. No necesito huir de mi mundo. No soy ese tipo de mujer.
Nash deslizó el pulgar por sus labios, despacio, y concluyó:
—Si cambias de opinión, la puerta está abierta, pelirroja consentida.
Fiona se quedó mirándolo a los ojos con los labios entreabiertos.
Nash se fue, dejando su perfume, Etéreo, sobre la piel de Fiona.
El problema no era que ella no quisiera vivir en Jangwa. Era que Nash no la había invitado a mudarse a su reino porque la amara o quisiera pasar la vida con ella.
La estaba invitando a Jangwa, no a su familia.
Por eso, Fiona no quería tomar una decisión tan grande así, sin más.
Necesitaba tiempo para pensarlo.
Su móvil vibró. Era una notificación privada. Un comentario sobre el vídeo por parte de su marido, desde una cuenta vieja que ella se había olvidado de bloquear.
“Qué bien se ve tu rubito… Es una pena que no vaya a durar”.
Algo se tensó en el pecho de Fiona al imaginar a Nash en el punto de mira de Norton.
Sabía de lo que era capaz su marido cuando decidía arruinar algo. No quería que le arrebatara a Nash.
No podía permitir que alguien tocara a Nash.
Bloqueó la cuenta sin responder. No iba a darle el gusto de una reacción.
Canceló el evento que iba a atender. No le apetecía salir.
Solo pensó que, si Norton se acercaba a Nash, ella estaba dispuesta a matarlo con sus propias manos para protegerlo.