Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 14
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Fiona había conseguido lo que deseaba: acceso a Nash. Después había conseguido a Sylvan también. Pero no era suficiente.

Durante años, había creído que Norton era el marido perfecto para ella precisamente porque no necesitaban amarse. Su matrimonio le daba poder, libertad y un apellido importante en Salamat. Podía hacer lo que quisiera. Creía que no le faltaba nada… hasta que conoció de cerca a los Chase.

Ellos tenían algo que ella nunca había buscado porque no sabía que existía.

Se elegían incluso cuando no había cámaras, contratos ni nada que ganar.

Nash podía conquistar un reino entero y aun así quería regresar a casa con Naomi.

Sylvan podía tener todo lo que quisiera y seguía poniendo a Shery por encima de él mismo.

Fiona ya no quería ser la mujer de Salamat a la que Nash visitaba de vez en cuando. Tampoco quería seguir siendo una invitada en la vida de los Chase.

Quería pertenecer a esa familia tan peculiar.

Por primera vez, imaginó abandonar el apellido que había obtenido mediante un matrimonio conveniente y llevar otro por una razón completamente distinta.

Fiona Chase.

El pensamiento debería haber sonado ridículo. Se rió de sí misma, pero también se dio cuenta de que lo quería de verdad.

Fiona no quería quitarle a Naomi su lugar. Ni siquiera quería el mismo lugar. Quería uno propio, uno que no desapareciera cuando terminara una colaboración.

Probablemente iba a ser imposible lograrlo, por ahora.

Cuando regresó a Salamat, no encontró a Norton en casa. Él le había dejado un mensaje. El mayordomo robótico dijo que lo aguardaba en el club de bolos del sindicato y añadió que ese no era el comportamiento habitual de Norton.

Él no dejaba mensajes, siempre la llamaba.

Fiona no le dio importancia al asunto y se puso ropa deportiva pero provocadora de la marca N. Tomó las llaves de su coche descapotable y fue donde Norton la aguardaba.

■ ■ ■

El club de bolos estaba escondido bajo un salón de exposición de vehículos de lujo, en el centro de Salamat.

El acceso estaba restringido y las paredes moradas reflejaban la luz tenue.

El aire estaba perfumado, como si fuera un club nocturno con shisha.

Todo había sido diseñado por la jefa de la mafia, Solaris Chase.

Las pistas eran perfectas, sin una mota de polvo, como si nadie consintiera desorden.

Solo había cinco hombres en la estancia. Ningún guardia, ningún testigo.

Los cuatro amigos que acompañaban a Norton eran altos, robustos, con cuerpos hechos para romper cosas, no para jugar. No hablaban mucho, solo observaban.

Fiona los conocía. Sus nombres, su trabajo en la mafia, sus antecedentes… Nunca les había prestado atención. Siempre habían estado ahí, con Norton, como decoración.

Cuando Fiona entró, el sonido de sus zapatillas rosas se perdió en el suelo acolchado. Los hombres levantaron la vista.

Antes la miraban con respeto durante un segundo. Hoy… su mirada no se apartó de su rostro. Un segundo, un minuto… Siguieron mirándola.

Norton estaba de pie frente a la pista, con una bola en la mano, discutiendo con el asistente robótico que flotaba a su lado. Llevaba un traje ajustado incluso para jugar y la barba demasiado rizada, como siempre.

—La trayectoria no es óptima —insistió la máquina—. Si me permite ajustar el ángulo…

—No necesito que ajustes nada —replicó Norton, con una calma que no coincidía con la presión con la que apretaba la bola—. Solo quiero que te calles.

El robot no se calló.

Norton lanzó la bola y todos los blancos cayeron, excepto uno. Le hizo un gesto a uno de sus amigos. Él disparó al blanco restante para hacerlo caer.

El robot, indignado, chilló que eso rompía las reglas.

Otro de los hombres sacó su pistola y disparó al robot valorado en millones, quebrándolo de inmediato.

Norton y sus amigos se rieron.

Fiona se acercó, observando la escena con una ligera sonrisa, como si todo eso fuera cotidiano. Como si ese lugar, que solía ser seguro para ella, todavía lo fuera.

Norton recogió otra bola y se acercó a ella. Fiona adelantó las manos para recibir la bola y jugar, pero Norton… no se la entregó. Solo la miró y dijo, como si fuera otro comentario sin importancia:

—Bienvenida, amor. Me preguntaba cuánto va a durar la fase del rubito.

Fiona frunció el ceño. Los hombres se acercaron. Ya ni siquiera había robots haciendo ruido. Todos esperaban su respuesta en silencio.

Había demasiado silencio.

—Es permanente —respondió Fiona, mientras se recogía el pelo en una coleta, lista para jugar a los bolos—. Nuestras marcas se benefician mutuamente. No veo el problema.

—Entendido —respondió Norton, esbozando una sonrisa demasiado amplia—.

Era parte de nuestro trato, lo sé. Puedes tener amantes.

No me estás engañando. Y yo estaba dispuesto a tolerar tu vínculo con Nash Chase.

Pero… —hizo un gesto a sus hombres. Ellos le cortaron el paso a Fiona cuando ella iba a recoger una bola—.

Te has acostado con dos hombres a la vez, ¿eh?

¡Dos hombres! Como si tu vida fuera pornografía. Eso sí que no me lo esperaba de ti.

Fiona abrió los ojos por el shock. Todo su cuerpo se agarrotó.

—¿Cómo demonios lo sabes? ¿Cómo te atreves a espiarme?

Los hombres se rieron de ella a fuertes carcajadas. Fiona sintió frío y una incomodidad indescriptible.

Norton seguía serio.

—Gemiste mucho. Incluso te hicieron lo que nunca me permitías a mí hacerte.

¿Esperas que no me duela, amor? Pero no pasa nada.

Mi imagen de ti ha cambiado y te he reclasificado.

Has pasado de ser mi esposa que no miraba a nadie, a un cuerpo más en el sistema.

Así que deja que mis queridos amigos disfruten de ti también. Ellos siempre te han codiciado.

Fiona no se esperaba eso. Nunca había sido una mujer que midiera demasiado las consecuencias antes de actuar. Pero jamás habría anticipado algo semejante cuando no estaba haciendo nada malo.

Los hombres se acercaron más. Invadieron su espacio, sin tocarla aún, intimidándola con sus expresiones y su lenguaje corporal agresivo.

Fiona analizó el entorno con una mirada rápida. No había ninguna salida. No podía escapar. La única opción que tenía era dejar claro que no estaba dispuesta a continuar.

Esperaba que Norton no cruzara la línea. Aún confiaba en él.

—No tiene gracia. No consiento esto —dijo, alto y claro.

Su marido se apoyó en el robot destruido, cruzándose de brazos. La miró con los ojos vacíos, como si ella fuera un mero objeto sexual, y dijo:

—Estás muy caliente últimamente, ¿no? Mis amigos se encargarán de ti y luego te quedarás sin ganas por un tiempo.

Tal vez por el resto de tu vida —sentenció Norton con tono tan inquietante que toda la estancia pareció oscurecerse—.

Adelante, empezad. Por cada agujero que ella tiene.

Al mismo tiempo —les dio instrucciones a sus hombres.

Los cuatro hombres se acercaron más a Fiona, con las manos listas para agarrarla.

Ella, por primera vez en su vida, sintió el miedo en su estado más puro.

Estaba en una situación donde no tenía ni una pizca de control.

Era horripilante. Era la peor pesadilla posible.

Sus músculos no reaccionaban por la tensión, pero correr no iba a servir de nada incluso si pudiera. Seguía mirando de un lado a otro para ver un hueco, un arma, o algo con lo que defenderse. No había nada.

Estaba sola… con ellos.

■ ■ ■

Nadie podía entrar en una sala reservada por el subjefe Norton. Ni siquiera si había algún problema grave. Pero ese robot, el que recibió un disparo, había mandado una alerta de brecha de seguridad… y la persona que vino a ver qué sucedía era la mismísima ama de la mafia.

Solaris Chase. La joven rubia que controlaba todo el sindicato de Salamat, obtenido por herencia. Ella era inteligente, pero no porque supiera marcar límites. Lo era porque sabía imponer las consecuencias cuando alguien rompía uno.

Entró en la sala sola, con sus tacones negros haciendo un ruido imponente incluso encima del suelo acolchado.

Los hombres que estaban a punto de tocar a Fiona se retiraron paso a paso, de forma elegante, como si fuera una coreografía que hubieran hecho mil veces. Como si no hubiera nada fuera de lugar. Como si solo estuvieran allí para jugar a los bolos.

Agarraron bolos y se pusieron a hablar entre ellos con tono casual, sin volver a mirar a Fiona.

Norton también se puso recto y dijo con tono alegre:

—¡Jefa, no sabía que ibas a espiarme hoy! No estoy procrastinando. Solo estaba pasando tiempo con mi mujer.

Fiona se apoyó en una mesa y respiró con fuerza por un segundo. Su cuerpo seguía rígido por el shock y le costó calmarse.

Solaris arqueó las cejas. No necesitaba preguntar nada ni meterse en el asunto de Norton, pero notó lo alterado que estaba el rostro de Fiona. Y lo entendió todo.

Norton recogió sus cosas y le dio un beso en la frente a Fiona.

—Hasta luego, amor. Ya continuaremos… luego.

Les hizo un gesto a sus amigos, que dejaron los bolos y se fueron, riéndose entre ellos.

En la sala, ahora solo quedaban Fiona… y la ama de todos esos depredadores.

Fiona la miró de reojo.

Alta, con trenzas rubias pegadas al cuello cabelludo, piel clara y suave, labios carnosos…

y un aire que delataba que podría acabar con toda una civilización con un chasquido de dedos.

Solaris Chase era la prima de Nash y Sylvan.

Su padre era el amo de la mafia de Jangwa.

Ella se ocupaba de Salamat. El público no sabía nada.

Era un secreto de la familia Chase, uno del que ellos no se avergonzaban.

Era parte de su inmenso poder y su identidad.

Fiona, que había visto el sistema desde dentro toda su vida, sabía que Solaris no era una mujer dulce con la que podría jugar a los bolos.

Era como un muro irrompible, muy superior a ella.

Solaris se acercó a paso lento al robot roto y se llevó una mano al mentón. Su traje marcaba sus curvas y era tan hermosa que podría obtener el título que tenía Fiona si lo deseara.

Pero ella prefería el trono de la mafia.

—Tus expresiones no suelen alterarse, actriz —dijo Solaris, sin mirar a Fiona, como si ella no mereciera tanta atención—. Hoy sí.

—No lo suficiente para preocupar a nadie —replicó Fiona, dándose la vuelta para marcharse.

—No me preocupa —dijo Solaris, y lanzó un bolo sin siquiera mirar hacia el objetivo. Todas las piezas cayeron con un ruido seco—. Solo me parece curioso.

—No es asunto tuyo —concluyó Fiona, con tono antipático—. Nunca he sido parte de tu sistema, aparte de mi conexión con Norton. No te debo nada.

Sin esperar respuesta, Fiona se marchó.

Escuchó la risa baja de Solaris a sus espaldas.

Regresó a su coche, donde apretó el volante con fuerza. Bloqueó la puerta varias veces con el mando y cerró el techo.

Durante cuatro años, Norton había sido un lugar seguro para ella. Se entendían sin esfuerzo. Vivían juntos sin discusiones ni incomodidad.

Hoy, él estuvo dispuesto a destruirla de forma irreversible.

Su matrimonio funcional ya jamás volvería a ser como antes.

Fiona calculó qué hacer ahora, cómo vivir sin que su imagen pública y su rutina se vieran afectadas.

Necesitaba recalibrarse.

No podía regresar a casa.

Iría a otra de sus propiedades. Una que se había comprado ella misma con su dinero. Siempre había sido independiente. No le iba a contar a nadie lo ocurrido.