Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 13
34%

13

Fiona no tardó ni una semana en tomar la decisión de viajar a Jangwa.

La colaboración con la marca N había superado todas las expectativas. Las cifras eran absurdas. Las propuestas nuevas no dejaban de llegar. Continuar el proyecto en Jangwa era lo lógico. Lo conveniente. Eso fue lo que dijo cuando anunció el viaje.

El avión aterrizó en Jangwa.

Desde la ventanilla, Fiona observó la ciudad de arquitectura elegante y sensual que estaba entre altas dunas doradas y el mar. Incluso los edificios gritaban que la belleza y la estética lo dominaban todo.

Cuando bajó del avión, ya había gente esperándola.

Todo estaba organizado. La llevaron a la sede principal de la marca N.

Cristales, acuarios, muebles oscuros, superficies impecables, pantallas flotantes que proyectaban campañas y productos exclusivos, robots eficientes… Todo era perfecto, medido, eficiente.

Fiona solo deseaba que la reunión concluyera lo antes posible.

Ya era de noche. Subió sola en un ascensor privado al estudio de Nash.

Entró usando un código que solo los Chase conocían y que él le había mandado. Sus tacones finos apenas hacían ruido en el suelo.

El estudio no parecía un lugar para trabajo profesional, sino un edén oscuro, perfecto para grabar una escena de sexo intenso.

Había ventanales por los que se veía el cielo nublado y nada más, como si estuvieran suspendidos en el cielo. La alfombra era profunda, como si fuera un portal a otro mundo. Había espejos en las paredes que reflejaban a Fiona desde diferentes ángulos.

Olía a jazmín y a cuero. Como él.

Nash estaba trabajando ante una pantalla. Llevaba una camisa ancha y el cabello rubio recogido en una pequeña coleta.

Ella se detuvo a unos pasos de él.

Nash levantó la vista poco a poco, porque le gustaba ver cómo ella perdía la calma con cada segundo que pasaba sin su atención.

—He venido a retarte otra vez —dijo ella, y esbozó una sonrisa torcida—. Decías que tu hermano y tú sois una unidad. Quiero comprobarlo. Llámalo.

Nash la miró de arriba abajo con lentitud y sonrió.

Fiona permaneció seria para evitar que se notara lo excitada que estaba ya mismo.

Nash sacó su móvil y lo llamó. La siguió mirando a la cara, pasándose la lengua por sus bien alineados dientes de colmillos prominentes.

—Hermanito, estoy con Fiona Tempest. Ven a mi estudio —dijo, como si no necesita más palabras para que él lo entendiera.

—¿Es importante para ti? —preguntó Sylvan, como si deseara cumplir cada petición de Nash con gusto.

—Sí. Quiero ver cómo reaccionará ella.

—Entonces vendré —aceptó Sylvan—. Pero necesito hablar con Shery.

—No hay prisa, hermanito. Te esperaremos —dijo Nash, y colgó.

Fiona sintió que todo su cuerpo se ponía tenso por la anticipación. No podía seguir de pie sin que se notara, por eso se lanzó a los brazos de Nash y acarició su cabello, tocando su sexy coleta.

—Si en algún momento cambias de idea, no dudes en decirlo —dijo Nash, con tono sucio pero reconfortante.

—No me echaré atrás —confirmó ella, y se rió.

Estaba nerviosa, tensa y con el pulso desbocado, pero no iba a renunciar a cumplir su fantasía.

■ ■ ■

Sylvan estaba en casa, en la cocina. Se quitó el delantal y se acercó a Shery, que estaba tumbada en el sofá, mirando su móvil y riéndose por los fanarts sexuales de Nash.

—Nash me ha invitado a su estudio. Fiona está allí. ¿Me dejas ir?

Shery lo miró, incrédula. Agarró el móvil con fuerza, como si se sintiera a punto de caerse por un barranco.

—¿Qué demonios…? ¿Hablas en serio? ¿Qué vais a hacer con ella?

—Todo. Es algo que Nash desea experimentar. Quiero cumplir su deseo.

Shery se incorporó y respiró hondo. No quería gritar. No quería parecer desesperada, ni histérica, ni poco elegante. Pero su cuerpo la traicionó y Sylvan notó que temblaba.

—Si me dices que no, no iré, mi amor —dijo él, con tono afable.

Shery no pudo aguantar más y dijo todo lo que estaba pensando, sin filtro.

—¡Sí, claro! Como si Fiona no fuera la zorra más guapa de todo Nallane. ¡No me digas que esto no tiene nada que ver con ella! Si Nash hubiera escogido a una mujer vieja o fea, ¿también irías?

Sylvan esperó un momento a que ella se calmara antes de responder.

—Nash nunca haría eso —dijo en voz baja, con mucha seguridad.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Mi hermano no escoge a la gente por su aspecto.

No está usando a Fiona porque sea hermosa.

Ella le ha pedido lo que desea y él ha aceptado porque desea ver cómo va a perder la compostura.

Quiere compartir la experiencia conmigo —explicó Sylvan, con calma, sin presión, como si solo hablara de un hecho—. Yo voy por él, no por ella.

—¿Tú vas a disfrutar de ella?

—Sí.

—Entonces vas por ella.

—No, porque si mi hermano no me lo hubiera pedido, jamás me acercaría a ella. Esa es la diferencia.

Shery cerró los ojos con fuerza. En la ventana de la cocina, las campanillas de viento en forma de estrellas de mar tintineaban. Shery intentó concentrarse en el sonido para calmarse poco a poco. Para aferrarse a la realidad.

La realidad de que esa casa, ese… hogar, era suyo y de Sylvan. No de Fiona. No de ninguna otra.

Intentó razonar y se acordó de mil ejemplos en el pasado en los que los gemelos Chase habían hecho demasiado el uno por el otro.

—Os conozco bien. Sois… rarísimos. Tú y Nash no funcionáis como hermanos normales. Por eso… te creo. Esto lo haces por él, no por Fiona.

—Entonces, ¿puedo ir?

Shery volvió a tumbarse e intentó mirar los fanarts graciosos otra vez.

—Vete.

Sylvan se quedó mirándola un momento, indeciso.

—No quiero que te duela, o que te quedes sufriendo. No iré si va a pasar eso.

—Entonces considéralo un capricho que te concedo y que no se repetirá. Si no afecta a nuestra relación, no dolerá. No pasa nada. Vamos, vete ya. Regresa a casa pronto.

Sylvan decidió creerla, confiar en que ella estaría bien, y se fue.

Por muy graciosos que fueran los fanarts publicados por la comunidad queer, Shery no logró reírse como antes.

■ ■ ■

En el fondo del estudio había una cama de sábanas negras y un dosel con cortinas de terciopelo pesado. Había un enorme foco encendido encima y el cuerpo de Fiona estaba muy iluminado. Estaba tumbada boca arriba, con la cabeza en el regazo de Nash.

Él llevaba su camisa desabotonada, con la corbata colgando sobre sus abdominales. Estaba acariciando el cuerpo de Fiona. Ella tiró de su cadena, para que él se inclinara y la besara.

La puerta se abrió y entró Sylvan.

Fiona lo vio y por un segundo sintió que iba a ser demasiado para ella, pero estaba allí para recibir brutalidad, no ternura.

Sylvan no parecía haber venido a tener sexo, sino a medirla, como un juez que no se impresionaría fácilmente.

Llevaba una camisa blanca que parecía flotar sobre su piel, casi transparente.

Era idéntico a Nash, claro que sí, pero en sus ojos azules no había burla ni arrogancia. Había algo peor: la seguridad de alguien que la había ignorado muchas veces en el pasado pero esa noche estaba listo para compensarla.

Su serenidad era insoportable, tanto que Fiona no podía mirarlo a la cara.

Su forma de caminar, con calma inhumana, impacientó a Fiona. Separó más las piernas antes de que él subiera a la cama, como invitación.

Quería que él la viera.

Se sentía muy bien al estar finalmente desnuda ante él después de tantos rechazos. Lo quería encima. Lo quería dentro lo antes posible.

Miró a Nash. Él le estaba sonriendo a su hermano.

—Es divina, ¿no? —preguntó, como si presentara una obra de arte.

—Mucho. Veamos cómo este cuerpo tan perfecto se estremece —dijo Sylvan, curvando apenas los labios, subiéndose sobre la cama e inclinándose sobre ella.

Lamió sus senos, sin tocarla aún, como si tuviera toda la noche para disfrutar de ella poco a poco.

Fiona seguía mirando hacia Nash y bajó con los dedos por sus abdominales hasta su cinturón. Abrió la boca para que él le ofreciera su pene.

Nash se lo dio por un momento, pero cuando ella empezó a chuparlo con fuerza, lo retiró, dejándola con los labios entreabiertos y ganas de más. Acarició su cabello con ternura, atento a cada reacción de Fiona.

Sylvan se quitó la camisa sin prisa y se bajó la cremallera tan despacio que ella se aguantó a duras penas las ganas de rogarle.

La seguía mirando a la cara mientras empezaba a penetrarla. Fiona no podía sostenerle la mirada.

Se mordió los labios para aguantar y no hacer ruido, pero la penetración era tan rica, tan precisa, tan profunda… que no podía controlarse. Agarró con fuerza el brazo de Nash y se pegó a él, pero tenía las piernas muy abiertas, permitiendo que Sylvan la tomara a su ritmo.

Fiona fingió ser tímida y dijo con tono caprichoso, entre jadeos:

—Nash… dile que vaya más despacio, o voy a venirme ya mismo.

Los gemelos se miraron y se rieron en voz baja. Entendían lo que ella quería lograr así. Parecía muy atractiva cuando no hablaba directamente con el hombre que la estaba follando, sino mediante su hermano.

—Eso es lo que queremos —le susurró Nash, estimulando su clítoris mientras Sylvan seguía penetrándola.

Ella llegó al orgasmo sin resistencia, consciente de que era solo el comienzo.

Ellos se miraron y cambiaron de posición, como si se entendieran solo con un gesto.

Fiona no se lo podía creer. No había ni una pizca de competencia entre ellos.

Ambos se desnudaron por completo, sin urgencia.

Fiona jamás había imaginado que se acostaría con dos hombres a la vez. Mucho menos con los gemelos Chase, a los que todo el mundo daría la vida por tener en su cama.

Siempre había creído que la gente a la que ella daba atención era afortunada.

Esa noche se sentía como la mujer más afortunada del mundo por tener la atención de ellos.

Les dejó entrar por más de un agujero a la vez. Probó posiciones que jamás habría imaginado… y tuvo más orgasmos como si su cuerpo hubiera roto sus límites.

Sylvan levantó su barbilla, obligándola a mirarlo, y le preguntó:

—¿Lo quieres dentro al final?

Ella asintió. Nunca había buscado validación. Nunca había querido impresionar a alguien. Ahora esperaba que a ambos les gustara su modo de adorarlos y que la elogiaran.

Cuando los dos eyacularon, Fiona estaba muy orgullosa de sí misma por haberlos complacido.

Se tumbaron con ella, cada uno a un lado, tan tranquilos como si solo hubieran jugado.

—Joder… —musitó Fiona, sin fuerzas para moverse, mucho menos para taparse, mirando hacia el foco que seguía encendido sobre su cuerpo sudado—. Nash, tenías razón. Sois una unidad. Una demoníaca. Vuestras novias van a querer matarme si se enteran, ¿no?

Los gemelos sonrieron con complicidad.

—Lo saben, lo permitieron —dijo Nash.

Fiona se echó a reír, incrédula. Le parecía fascinante.

Ellos se durmieron pronto, y casi parecían hombres inocentes y decentes cuando tenían los ojos cerrados. Casi.

Fiona los admiró en silencio, hasta que le entró sueño.

Apagó la luz, acomodándose en medio de sus cuerpos, que era el sitio más cómodo de ese mundo hedonista.

Un pequeño dispositivo vibraba en el suelo, desde el interior de su ropa, que ella había tirado allí.

Un dispositivo que había estado grabándolo todo sin que ninguno de los tres lo supiera.