12
En los cuatro años que llevaba casada, Fiona nunca había tenido problemas en su matrimonio. Sus padres, miembros importantes de la mafia más poderosa de Salamat, le dieron su mano a Norton, un CEO de automóviles que ya era un subjefe en la misma mafia.
Fiona era independiente y ganaba demasiado dinero por su cuenta, pero estaba bajo la protección de dicha mafia. En cuanto a Norton, no era una historia de amor, pero funcionaba.
Vivían juntos, tenían sexo a menudo y se llevaban muy bien.
Fiona solo tenía tres inconvenientes. El primero era que Norton lucía una enorme barba trenzada. Y ella odiaba las barbas. Era un hombre de dos metros, piel oscura y un aspecto muy atractivo e imponente. Siempre vestía bien y el mundo lo respetaba. Fiona solo rodaba los ojos.
El segundo inconveniente era que siempre le preguntaba si quería tener sexo anal. Y Fiona tenía que repetirle mil veces que eso era algo que ella jamás haría. Norton era bueno en la cama, pero era pesado.
El tercer inconveniente era que Norton quería un heredero para su apellido y su fortuna, pero Fiona se había sometido a una cirugía permanente sin preguntarle.
Había escogido no tener hijos. Era algo que muchas mujeres poderosas en Nallane escogían.
Al enterarse, Norton no se había enfadado con ella, solo había dicho que ya escogería a alguna de sus amantes para eso.
Él tenía muchas amantes, sí, pero era una cláusula desde el principio en su matrimonio. A Fiona le daba absolutamente igual, porque ella no amaba a nadie. Mucho menos a Norton.
Fiona entró en la cocina y lo vio preparando una pata entera de cordero en el horno robótico. Llevaba un delantal y estaba discutiendo con el robot, que insistía en que había puesto demasiado vino para el marinado.
Al oír el sonido de los tacones transparentes de Fiona, Norton dejó de gritarle a la IA y le dedicó una amplia sonrisa.
—Bienvenida, cariño. Estaba preparando la cena para ti —dijo, y se lavó las manos antes de acercarse y tocarla, porque ella no permitía que nadie la tocara con las manos sucias—. Tu colaboración con ese rubio que vende perfumes ha sido muy… productiva, ¿eh?
Fiona no se inmutó cuando él deslizó las manos por su rostro y bajó con los dedos a las marcas de amor que Nash le había dejado en el cuello.
—Tendrías que usar uno de los perfumes de Nash en vez de esos aceites raros que siempre te esparces en el pelo y la barba —comentó ella.
—Eh, son aceites tradicionales de mis ancestros —replicó él, sin parar de sonreír, pellizcándole la mejilla—. Usa tú los productos en tendencia. Yo pienso más en… territorio y legado.
—Ajá —murmuró Fiona, distraída al ver que el robot con el que estaba discutiendo Norton acababa de traer una nueva pata de cordero.
—¡Yo mismo marinaré esto! ¡Usted no tiene dotes culinarias! —se quejó el robot dramáticamente.
—Te gastaste medio millón en ese chisme y te insulta. Magnífico —dijo Fiona, riéndose.
Norton se apoyó contra el frigorífico con una pose atractiva y miró a Fiona, pero el frigorífico también lo insultó, diciendo que estaba ejerciendo demasiada presión.
Ella seguía riéndose y desactivó a los robots para ayudar a Norton. Él ni siquiera sabía dónde estaba el maldito botón de desactivación.
—Este es el vino correcto para el marinado —dijo Fiona, poniéndose un delantal, lista para ocuparse de la cena porque las dotes culinarias de su marido eran pésimas.
—Entonces, después de cuatro años… al fin tú eliges un amante. Podrías haber tenido a cualquiera desde el principio, pero pensé que no te interesaba usar esa parte del trato —dijo Norton de repente, apoyándose en la pared esta vez.
—Esa es la diferencia entre tú y yo. Aprovechando esta relación abierta, tú te has acostado con cualquier criatura viva que haya mirado en tu dirección, pero yo he esperado a alguien que valga la pena —respondió Fiona, mientras bañaba el cordero en vino y canturreaba en voz baja.
Norton se quedó en silencio, luego soltó como si nada:
—Me acostumbré a que no miraras a nadie. A que fueras solo mía a pesar del contrato.
Fiona sintió su mirada sobre su nuca, pero no se giró. Nunca le habían incomodado los silencios entre ella y su marido, pero hoy parecían más espeso.
El cordero ardía en silencio. Ninguno de los dos dijo nada, hasta que Norton empezó a colocar los platos sobre la mesa y soltó en voz baja:
—No quiero ver a ese hombre cerca de mi dominio en Salamat, usándote como acceso. De todos modos, ¿has visto la nueva decoración de mi coche? He obtenido llantas de materiales malditos de Lutecios en una subasta.
Los dos cenaron, como siempre, con jazz sonando en el fondo y robots que cuchicheaban entre ellos sobre Norton, diciendo que era un cavernícola que no sabía usar tecnología.
Fiona lo miró con fijeza. Él sonreía y parecía feliz, pero apretaba el cuchillo con fuerza cuando cortaba el filete.
■ ■ ■
Fiona y Norton fueron a la cama.
Ella notó que él no apartaba la mirada de las marcas que había dejado Nash. Luego se quedó dormido boca abajo y roncó, como cada noche. Fiona solía poner ruido blanco, porque dormía mejor así.
Se levantó y salió desnuda a la terraza del apartamento, que estaba en la última planta del rascacielos más lujoso de la capital de Salamat.
Cerró los ojos e imaginó a Nash deslizando las manos por su cuerpo, entrando dentro de ella lentamente. Pensó en su boca, sus dedos, su pene… Y en su voz. Por eso lo llamó.
—¿Ya me estás echando de menos, pelirroja consentida? Tengo la agenda llena y no puedo hacerte otro hueco, lo siento —dijo él, con tono de burla, al atender la llamada.
Nash ya estaba lejos, de vuelta en su reino, Jangwa.
—Rubito, si no me das otro hueco, le echo tu agenda a los tiburones… —dijo ella, en voz baja, con tono meloso.
—En mi futura oficina de político, quiero un tanque en toda la pared. Luces LED. Tres tiburones —comentó Nash, como un artista inspirado.
Ella se rió, sin entender del todo.
—¿Vas a nadar con ellos?
—No. Voy a hacer que naden por mí.
Fiona no se demoró más y le dejó claro lo que había notado:
—Mi esposo Norton no está contento con tu éxito en Salamat gracias a mí.
—¿Y? —preguntó Nash, soltando una carcajada.
—No se tragó que fuera solo una colaboración. Cree que lo hiciste para marcar territorio. Que estás usando mi imagen para meterte en su dominio. Gente así no da advertencias antes de derramar sangre. Estás en peligro.
—Muy bien —respondió Nash—. ¿Eso era todo?
—Solo… ten cuidado, ¿vale? Más guardaespaldas. Apariciones públicas sin previo aviso. Lugares seguros. Lo que sea que te mantenga fuera de su alcance —sugirió Fiona, y colgó.
Sin pensar más, regresó a la cama para dormir.
Descansar era necesario para su piel. No podía arriesgarse a tener ojeras. Mañana tenía que atender un evento. Necesitaba verse perfecta ante las cámaras.
Ese era su trabajo. Su modo de vivir.
■ ■ ■
Mientras tanto, en Jangwa, en el estudio, los gemelos estaban decidiendo qué nombre ponerle a cada producto para que todos perdieran la cabeza y compraran maquillaje caro incluso si no lo necesitaran.
Nash sonrió, mirando hacia el ventanal como si pudiera ver una bala de francotirador acercarse desde kilómetros de distancia y no le preocupara.
Regresó a su portátil, para continuar trabajando como si nada.
—Norton es un subjefe en la mafia de Solaris, y al parecer no tiene ni idea sobre el vínculo que tú tienes con la jefa —comentó Sylvan, que lo había escuchado todo, y ya estaba evaluando los posibles inconvenientes para el imperio de su hermano.
—¿Debería pedirle a Solaris que lo elimine? —preguntó Nash, como si solo hablara de mover una pieza de ajedrez.
—No —respondió Sylvan, y aclaró su punto de vista—: Somos Chase.
No necesitamos matar por capricho. Norton no puede alcanzarte.
Enviar sicarios a otro reino sin la aprobación de la jefa es una violación directa de las reglas internas.
Si rompe las reglas, Solaris lo matará sin que tú necesites intervenir.
Nash sabía que una palabra suya bastaría para que Solaris eliminara a Norton hoy mismo, pero no había motivo suficiente.
—Tienes razón, veamos qué sucede. Ahora dime, ¿qué nombre le pongo a este iluminador?
Ambos siguieron trabajando en la línea de maquillaje, sin volver a mencionar el tema.