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La mañana siguiente, Shery estaba de compras con la madre de los gemelos, Marinette Chase, militar de élite, como solían hacer a menudo.
Naomi lo sabía. Por eso, fue a la casa de la playa de Sylvan.
Había demasiadas flores, estatuas de ángeles, cortinas con encaje, decoraciones románticas...
Todo era muy bonito, sí, pero no era la estética que escogería Naomi.
Parecía la casa de un hada dulce en un bosque encantado, pero Naomi opinaba que Shery era una bruja que había usado magia negra para enamorar a un hombre como Sylvan.
Naomi le había robado las llaves de repuesto de la casa de Sylvan a Nash. Ahora, las usó con toda la autoridad del mundo para entrar sin llamar.
El coche de Sylvan estaba en el porche.
Naomi subió las escaleras de caracol, con repisas llenas de plantas, y entró en la habitación como si fuera la de su marido.
Sylvan estaba relajado sobre la cama, en ropa para la casa.
Su cabello rubio estaba revuelto por la brisa marina que entraba por el enorme ventanal, pero cada mechón caía sobre su frente como un detalle en una obra de arte erótica.
Estaba con su móvil, viendo un vídeo de Fiona Tempest. Miss Nallane anunció que viajaría a Jangwa para hacerle una entrevista a Nash cuando lanzara su nuevo perfume.
Naomi, descalza, se subió sobre la cama y gateó hasta él. Se sentó sobre sus piernas a horcajadas como si fuera su cojín favorito.
Sylvan se rió, sin dejar su móvil.
—¿Te colaste por la chimenea, gaviota caótica? —bromeó.
—Tu casa es mi casa, cuñado —susurró ella.
Subió la camisa de Sylvan, desvelando sus abdominales que siempre tenían una pinta deliciosa, y se inclinó hacia su cara.
Se tumbó encima de él y lo besó en la boca con calma, enredando los dedos en su cabello, como si tuviera todo el tiempo del mundo para disfrutar de él.
Estaba en la cama del gemelo prohibido.
No pensaba irse hasta tenerlo dentro.
—Me hablaste muy mal ayer —se quejó, apartándose un poco de su boca. Bajó los tirantes de su vestido y se pegó más a él, para que sintiera sus senos contra su pecho—. Me debes mimos, o no te voy a perdonar.
Sylvan siguió besándola despacio, introduciendo dos dedos dentro de su vagina.
—Abre más las piernas. Así… —susurró, y volvió a besarla con lengua hasta que Naomi gimió—. Ven, te lo hago con la boca.
Naomi jadeó y subió, con el cuerpo tenso por la anticipación. Colocó las manos sobre el enorme cabecero de madera tallada de la cama, y abrió las piernas.
Él subió su falda, apartó su ropa interior un poco, sin desnudarla del todo, y empezó a comérsela con lentitud, deslizando la lengua sobre su vagina como si estuviera probándola por primera vez.
Ella jadeó más fuerte. Sus piernas temblaron por la excitación y su melena negra se balanceaba cuando se movía, buscando más contacto.
Él acarició sus nalgas bajo su pequeña falda y siguió lamiéndola sin prisa. Tocó el tatuaje en forma de N con vino derramado que tenía sobre su cadera y chupó su clítoris con más ímpetu.
Naomi no podía controlarse. Gimió, impaciente, y se giró para descubrir que él estaba muy duro.
Ella estaba cerca del orgasmo y no quería quedarse sin sexo completo, por eso no preguntó y se apartó de su boca. Bajó su pantalón de un manotazo y lo montó.
Acogió su pene casi entero en su interior. Estaba muy mojada y movió las caderas con fuerza.
—No te permití esto —le susurró Sylvan, pero la sostenía mientras ella lo montaba—. No tienes remedio.
Ella no se detuvo. Sonrió y siguió gimiendo, hasta tener un orgasmo tan intenso que no podía respirar. Cayó sobre él e intentó recobrar el aliento por un momento, luego continuó, riéndose.
—No te vas a librar de mí hasta que te corras, cuñado.
Las persianas estaban cerradas, pero como la ventana estaba abierta, se escucharon gritos en el jardín:
—¡Sylvan! ¡Préstame tu ropa, porque en el armario de Nash no hay nada decente! ¡Tengo una cita con Eloy y no puedo ir vestido de demonio sexy! ¡Hoy necesito ser un angelito!
Naomi gruñó bajo y se bajó de la cama lentamente, con los puños apretados. Se arregló la falda.
Sylvan no se inmutó, como si no le importara que alguien estuviera interrumpiendo el momento.
Como si lo sucedido… y Naomi no tuvieran ninguna importancia.
Naomi se sintió devastada al ver que no tenía tanto efecto sobre Sylvan como deseaba, pero por lo menos había tenido sexo con él otra vez.
—No me deseas… —musitó, casi para sí, al ver cómo él se arreglaba el pantalón y recogía su móvil de la cama—. No como a Shery.
Sylvan volvió a mirarla al oír esa acusación.
—Shery es mi novia, Naomi —dijo, con voz baja y suave—. Tú la de Nash. Esto es solo un juego morboso que él te permite.
—Lo sé, pero… podrías quererme como yo te quiero a ti. O al menos pretenderlo —dijo Naomi, esforzándose por mantener la compostura y hablar con normalidad.
Él notó lo mal que ella se sentía. Se levantó y la abrazó.
El cuerpo tenso de Naomi se relajó un poco, pero lo notó: no era un abrazo romántico. Era solo cortesía.
Abajo, Juanito seguía llamando a Sylvan como si no apreciara su vida.
Naomi salió a la terraza. Juanito estaba ahí abajo.
—¿Naomi? ¿Qué haces tú ahí? ¿Viniste a pedirle a Sylvan que te enseñe más recetas? ¡Cuidado, no le quemes la cocina!
Naomi necesitaba explotar, por todo lo que sentía y lo mucho que le dolía. No encontró otro modo. Agarró un macetero ancestral de la terraza y se lo lanzó a Juanito.
Juanito sobrevivió de milagro porque el macetero cayó a un centímetro de su cabeza.
Naomi saltó por la terraza detrás de él.
Juanito huyó chillando hacia la playa.
—¡Soy modelo de Fuego Exquisito! ¡No me arruines el glamour!
—¡¡Te voy a enterrar en la arena, desgraciado!!
—¡No me pegues Naomi!
Él se fue corriendo al paseo marítimo y ella lo perdió de vista.
Naomi se quedó en la playa, sin aliento. Esperó un momento, pero Sylvan no salió detrás de ella. Ni la llamó para continuar lo que habían dejado a medias.
Suspiró… y se fue, con un mal sabor de boca.
Regresó a casa caminando despacio sobre la suave arena llena de conchas brillantes. Pensó que tanto Sylvan como Nash la apreciaban, la trataban bien y tenían en cuenta sus sentimientos. No eran crueles con ella. Le daban tiempo y afecto.
Pero… ninguno la amaba con locura. Ninguno buscaba su cuerpo con desesperación. Le daban placer, pero no la necesitaban para su placer. No como a Shery.
Si hoy se fuera, ¿la echarían de menos?
Estar cerca de los gemelos Chase parecía una vida ideal… pero no cuando se sentía así.
Naomi imaginó que, si Shery no existiera, tal vez Sylvan la querría a ella.
El pensamiento oscuro continuó en su mente: Shery muerta. Una mujer eliminada de la vida de los gemelos.