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Al anochecer, Nash regresó a casa, se puso ropa cómoda y se tumbó en su enorme cama con dosel negro, con las luces bajas. Dejó sonar jazz sensual como música ambiental, la terraza estaba abierta y se veían las estrellas entre la neblina espesa que le daba un aire místico a la noche.
Su móvil vibró. Pocos tenían su número privado.
Era Fiona Tempest, Miss Nallane.
Él sonrió. Nunca la ignoraba.
Fiona: Fuego Exquisito, ¿eh, rubito? Quiero probarlo antes de la inauguración. ¿Vengo en mi jet?
Nash: Ven, pelirroja consentida, si no puedes aguantar.
Fiona: Aguantaré un poquito más. Quiero verte ante las cámaras primero, gemelo misterioso. Le debes respuestas al público.
Nash se rió y dejó el móvil a un lado. Hace cuatro meses, cuando había conocido a Fiona, solo era el gemelo misterioso.
Ahora, estaba haciendo todo lo posible por alcanzar la fama de Fiona.
Estaba listo para editar las fotos de la campaña y puso su portátil sobre el regazo.
Naomi llegó en un camisón de encaje y se tumbó a su lado.
Subió su camisa y deslizó las manos por sus abdominales distraídamente, mientras veía cómo él editaba las fotos de Shery y escogía una para la campaña principal.
En la foto, Shery estaba sentada sobre la alfombra de piel, con los tacones tirados por ahí, las piernas dobladas y una expresión de estar resistiéndose a la tentación de desnudarse ante el fotógrafo.
Todo el mundo sabía que Nash sacaba las fotos de sus campañas él mismo.
Por eso, se preguntarían por qué su cuñada lo miraba así. En el reino de Jangwa, la belleza, las celebridades, los escándalos y la moda lo eran todo.
—Tu mejor campaña fue la de Etéreo, el perfume masculino en el que tú mismo eras el modelo —opinó Naomi, pegándose más a él, acariciándolo con más fuerza—.
Tú… en un sofá negro, camisa abierta, corbata floja sobre tu pecho…
No hay comparación. Evangeline, que es una CEO profesional, te fotografió como si fueras su dios. La foto tenía esa vibra
Nash no eliminó las marcas de mordiscos de Sylvan sobre los senos de Shery mientras editaba las fotos. Las dejó allí, como armas.
—Aquella campaña era más elegante y mística. Esta vez… quiero que todos vean el lado más provocador y no convencional de la marca N.
Naomi, acariciando a Nash, sin querer, clavó con más fuerza los dedos en su piel. No hizo comentarios.
—¿Me puedes enseñar la campaña de edición limitada de Fuego Exquisito? Me prometiste que era una sorpresa —dijo Naomi, solo porque deseaba dejar de ver a Shery en la pantalla.
Nash, con su sonrisa de arrogancia acentuada, le mostró la foto sorpresa.
Era Juanito con un bigote espeso, en el atardecer en la playa, rodeado de loros, con una chaqueta abierta de plumas negras, mirando hacia la cámara con el orgullo de alguien que había sobrevivido a la muerte varias veces.
Pero como llevaba unos kilos de más por ser un entusiasta de los bizcochos caseros, no parecía un modelo convencional.
—¡Nash, ni se te ocurra arruinar tu estética de lujo con algo tan absurdo! —exclamó Naomi—. Juanito no encaja en la marca N.
—No encaja en las marcas de perfume que dominan el mercado de Jangwa desde hace siglos. Precisamente por eso, representará a la marca N.
Nash sacó al pingüino robot desde debajo de una pila de cojines negros y rojos mullidos.
El electrodoméstico se activó con un sonido de pánico. Nash escribió algo en el panel que había bajo su ala.
Naomi creía que iba a pasar algo extraño, como aquella ola sobrenatural del mar. Sin embargo, solo sintió una inexplicable inquietud.
—Es una anomalía del Oráculo. Un alma errante. Debería estar en la Cárcel de Fracasos —dijo Nash, dejando de tocarlo para no molestarlo.
Naomi no entendía nada, pero se alegraba de que su novio confirmara otra vez que el robot tenía espíritu. Se sintió mal por él, por ser alguien real atrapado en esa coraza.
Quería abrazarlo, pero el pingüino se escondió bajo la cama porque no quería que ella lo tocara.
No debería importar. Pero Naomi… se sentía fatal. Y no era por el pingüino.
■ ■ ■
Al día siguiente, Nash llamó a Sylvan a su casa para almorzar juntos. De paso, podrán seguir trabajando en la campaña.
Sylvan no solía ir a ningún lado sin Shery, porque ella no se despegaba. Por eso, iban a almorzar un poco tarde porque Shery, que estudiaba medicina, tenía que regresar de la universidad primero.
Nash estaba junto a la encimera de piedra volcánica con venas grises que parecían sellar una tormenta, en la cocina separada de la sala de estar por elegantes columnas negras.
Juanito llegó primero, a pesar de que Naomi no recordaba que alguien lo hubiera invitado. Traía cangrejos frescos en una red, como si los hubiera pescado él mismo para Nash.
Al ver los cangrejos, Nash sacó un cuchillo afilado. Era su comida favorita. Juanito se quitó las botas para no ensuciar la moqueta de color arena movediza de Nash, y se acercó.
Detrás de Juanito, algo gigantesco y viscoso asomó desde el pasillo. Era el Lutecio que él había traído porque sus orificios producían un buen olor.
Seguía viviendo en el sótano de Nash y paseando por la casa.
Se abrió la puerta otra vez y Shery entró a la casa corriendo, con su mochila de la universidad, bata del laboratorio, una falda tan diminuta como su vergüenza y su habitual expresión de soberbia.
Sylvan estaba justo detrás, mirándola como si fuera su gatita adorable.
—No puedo perderme el almuerzo de hoy. Nash es el único que sabe cocinar en esta casa —dijo Shery, miró a Naomi y remató sin piedad—. Naomi, tú solo sirves para lavar los platos... y ni eso sin romper alguno.
Naomi, abrumada, pensó en una respuesta ingeniosa, pero Shery vio al Lutecio y soltó un grito agudo y se lanzó encima de Sylvan, rodeando su cadera con las piernas.
—¡Nash! ¿Por qué hay un monstruo con tentáculos en tu casa?
—Es amistoso, cuñada —respondió Nash desde la cocina, como si hablara de una persona.
—Cariño, tú no eres tan escrupulosa —dijo Sylvan, con tono insinuante.
Las mejillas de Shery se sonrojaron y sonrió, porque captaba el doble sentido. Nash también la miró desde la cocina como si supiera exactamente cómo actuaba ella cuando no estaba siendo escrupulosa.
Naomi apretó los puños con fuerza, tanto que se le clavaron sus propias uñas.
No quería ver a Shery hoy.
Nash y Sylvan prepararon el almuerzo juntos, mientras Shery seguía pegada a Sylvan como un bebé koala.
Naomi intentó echar a Juanito y al Lutecio viscoso al jardín, sin éxito.
Se preguntó por qué, a pesar de tener una vida llena de lujos y amigos, se sentía tan sola a veces.
■ ■ ■
La comida estaba servida. Todos estaban en la enorme mesa del comedor. A cada lado de la estancia, fluían pequeñas fuentes empotradas en la pared, dejando caer hilos de agua cristalina que cantaban una melodía constante, suave, relajante, envolviendo la sala en una atmósfera sensual.
Shery entró al comedor con una bandeja con cócteles preparados con perfección: limón cristalizado, hielo tallado, un toque de flor comestible…
Pero al caminar, su sandalia falló. La hebilla dorada colgó mal cerrada.
Nash se levantó de su asiento y se arrodilló frente a ella.
Le abrochó la sandalia con cuidado. Luego le quitó la bandeja suavemente de las manos y le susurró, mirándola a los ojos con una sonrisa que era más que cordial:
—Por favor, cuñada. Eres una invitada. Déjame servirte.
Shery le sostuvo la mirada de forma íntima.
Nash se encargó de servir las bebidas a todos.
Naomi no podía soportarlo más. No iba a ser la dama.
No iba a ser decente cuando nadie más lo era.
Cuando todos terminaron de comer y Sylvan se levantó para recoger los platos junto a Nash, Naomi lo abrazó de repente.
A Sylvan, no a Nash.
—Bésame —demandó.
Shery se estremeció y todos sus músculos se agarrotaron al oír eso.
Nash sonrió con ternura, como si su diabla favorita se estuviera portando mal.
Sylvan se esforzó por mantener el rostro serio y no sonreír igual que su hermano.
—Cada vez que Nash y Shery se devoren con la mirada, necesito besarte —siguió diciendo Naomi—. Es defensa propia. Estoy harta de presenciar eso. Te necesito.
Sylvan no la apartó, solo la escuchó, inmóvil.
Nash continuó recogiendo los platos y soltó como si nada:
—No pidas un beso cuando deseas algo más… profundo de él.
Naomi seguía abrazada a Sylvan.
Shery se incorporó bruscamente de su silla, y dijo, sin ni una pizca de vacilación, con los ojos muy abiertos por la furia:
—Si sigues abrazando a mi hombre así, me follo a tu Nash aquí mismo y lo hago mejor que tú. Atrévete.
Naomi se apartó del lado de Sylvan, pero no para deescalar la situación.
Al contrario, agarró una botella de vodka y la vació entera sobre el cabello de Shery.
El vodka escurrió por su cuello y su escote, dándole un aire muy sensual, y eso hizo sentir aún peor a Naomi.
—Si te sobran los vinos, que se derramen todos —dijo Shery. Agarró lo primero que encontró, el pingüino robot que estaba ordenando verduras en un rincón, y lo lanzó a la colección de vodka favorito de Naomi en una vitrina cercana.
Naomi sintió eso como un golpe directo en las costillas.
Juanito, que estaba castigado en el jardín, irrumpió inmediatamente y agarró al pingüino, que estaba agrietado y con cristales hincados en sus ojos de LED, y se lo llevó al cuarto de lavado.
Nash lo siguió, porque también quería asegurarse de que ese objeto, que tenía el alma de una persona real, no se hubiera dañado irreversiblemente.
Naomi se quedó sola con Sylvan y Shery… para afrontar las consecuencias de lo que acababa de ocurrir.
Sylvan, que estaba sentado en el sofá con una pierna sobre la otra, habló por primera vez en todo el rato:
—Naomi, ven aquí.
Ella, al oír su voz, sintió un escalofrío. Al girar la cabeza, vio que Shery se sentó en el regazo de Sylvan, con los brazos alrededor de su cuello.
Shery le dedicó a Naomi una mirada de superioridad y murmuró con tono inocente:
—Esta vez yo no hice nada, y mira cómo reaccionó Naomi.
Sylvan seguía mirando a Naomi sin dureza, pero muy serio, y dijo:
—Naomi, así no es como se trata a una invitada.
Ella sintió que todos sus órganos se encogían. Su respiración se agitó por el repentino pánico, e intentó defenderse:
—¡Shery ha roto mis vinos!
—Acabo de pedir una selección nueva para ti. Vodka de Keamat que no tiene comparación —dijo Sylvan, con el móvil en una mano, acariciando el muslo desnudo de Shery—. Ahora, ve y tráele una toalla a mi novia.
Naomi, por primera vez en días, en meses, se sintió avergonzada.
Sylvan no la había insultado, ni siquiera había elevado la voz, pero había defendido a su novia.
Naomi asintió, devastada por dentro, y se fue a por la toalla.
Shery, con el vino chorreando por su cabello, sonrió contra el cuello de Sylvan. Una sonrisa lenta, victoriosa.
■ ■ ■
Mientras tanto, en el cuarto de lavado, Juanito intentaba secar al robot, pero no estaba funcionando.
—Usaré la fórmula más prohibida de la Cárcel de Fracasos —dijo Juanito, tocando el panel bajo su ala—. La raíz cuadrada del alma, multiplicada por el Oráculo, dividida por Nallane…
Empezó a salir humo del pingüino, que se sacudió bruscamente. Nash se acercó, muy curioso.
—Me… me llamo Théodoré —reveló el pingüino, hablando con la voz de un hombre adulto cansado y amargado.
Juanito alzó al robot con ambas manos:
—¡El espíritu atrapado ha despertado!
Nash se cruzó de brazos, intrigado.
—Yo era un verdulero en un pueblo en el desierto.
Un día, un Mamut Blindado me aplastó, convirtiéndome en carne picada —reveló Théodoré, con las alas vibrando y voz cargada de desgracia—.
Alguien recogió mis huesos y los usó como material para uno de los robots de contrabando.
Al Oráculo le hizo gracia que mis huesos fueran parte de un robot diseñado para ordenar comestibles en la cocina y transfirió mi alma a esta coraza metálica.
Llevo años sintiendo todo, oyendo todo, atrapado en una tortura eterna ordenando verduras, sin poder hablar… hasta ahora…
—¿También sientes dolor? —preguntó Nash.
—Sí, tanto dolor que he deseado la muerte cada noche, pero esta nunca llega…
—Cuéntanos más, ¿qué podemos hacer para ponerte en libertad? —siguió preguntando Nash.
—Nada. No tengo cuerpo. Solo un alma rota. Este pingüino es mi cárcel eterna. No tengo propósito.
Nash no necesitaba escuchar más detalles trágicos. No tardó en tomar la decisión.
—Te quedarás en mi casa. Te ocuparás de ordenar mi dinero. Mis joyas. Mis frascos de perfumes. Mis archivos. Todo lo que mantenga a mi empresa funcionando.
—¿Trabajaré… para la marca N? —dijo Théodoré, incrédulo.
—Te daré un cuarto privado —prosiguió Nash—. No volverás a vivir bajo cojines, ni en la cocina, ni huyendo de Naomi. Todo lo que desees, pídelo.
Théodoré empezó a sollozar, pero como era un robot, sonaba extraño y daba pena.
—Juanito te construirá el cuarto hoy mismo —concluyó Nash.
—¡Sí, mi jefe! ¡Le construiré una oficina digna de un contador resucitado! Con un acuario lleno de atunes y el Lutecio con tentáculos como amigos, una alfombra en forma de mamut y letras en neón que digan “ordenar acelgas es tu pasado”.
Sylvan estaba en la puerta, mirando. Nash giró la cabeza y ambos sonrieron.
Su familia se había vuelto un poco más excéntrica. Y la empresa de Nash había adquirido como empleado a otro hombre muerto, una entidad del Oráculo que no debería vivir en la alta sociedad de Nallane, pero Nash lo había aceptado en su hogar con gusto.
Porque Nash tenía debilidad por quienes llegaban a él rotos.