Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 6
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Al día siguiente, Shery subió en el ascensor hasta el último piso de un rascacielos del centro, con su bata de estudiante de medicina aún puesta. Se había escaqueado dejando una clase a medias porque Nash le había pedido que viniera a su estudio.

Bajo su bata, llevaba una minifalda negra de tiro alto que casi no se veía al caminar. Sus sandalias de tacón fino hacían eco contra el suelo pulido y de su bolso colgaba un llavero de pulpo rosa con ojitos brillantes que se agitaban con cada paso.

Cuando las puertas se abrieron al reconocerla, entró al estudio fotográfico de luces cálidas. Había una alfombra de piel de algún animal en peligro de extinción, un sofá negro hondo como el mar, pantallas de oro para el reflejo perfecto… Y olía a jazmín y metal.

Nash estaba allí, en una camisa entallada con varios botones desabrochados, guantes sin dedos para manipular la cámara y zapatos brillantes como cada rincón del magnífico estudio.

Su cadena plateada era un accesorio que le sugirió Shery y que lo favorecía demasiado. Su cabello rubio estaba recogido en una pequeña coleta que no tenía sentido que fuera tan sexy, pero lo era.

Shery se quedó en la puerta un momento y pensó:

Esa estúpida coleta me calienta. ¿Qué hago ahora? ¿Cómo voy a evitar lanzarme sobre él? Fácil. No necesito evitarlo.

Nash la miró y dijo con un tono formal pretendido:

—Bienvenida, mi modelo divina. El vestido que he diseñado para ti, para la campaña de Fuego Exquisito, te espera. Ve y cámbiate.

Shery miró hacia el camerino donde colgaba un vestido negro con cadenas que tendría que estar prohibido ponerse en público por ser demasiado obsceno.

Se acercó a él a paso lento y le susurró en el oído:

—Ven conmigo y pónmelo tú.

Antes de que él pudiera responder, apareció Naomi desde una esquina del estudio, con vaqueros ajustados y botines de tacón grueso y muchos cordones, como una bruja de una fantasía oscura. Había una calma forzada en su rostro.

—Tienes buena suerte —dijo Naomi—. Le di mi permiso de usarte como modelo.

Shery rodó los ojos.

—¿En serio? Pensaba que ibas a montar un pollo otra vez.

Shery ignoró a Naomi después de decirle eso y abrazó a Nash con descaro, con fuerza, con la cabeza contra su pecho, y cerró los ojos por un momento. Quería confirmar algo, y pensó:

Cuando escucho sus latidos, sé que no es solo deseo. Es algo muy profundo. Algo indomable.

—Nash —dijo Shery, con una sonrisa traviesa—. ¡Felicidades! Voy a cambiar el mensaje de tu collar de perro. Ya no dirá: “Peligroso pero inútil”. Ahora dirá: “Infame pero apetecible”.

—Eso suena perfecto —aceptó Nash, riéndose, apoyando la barbilla sobre su cabeza.

Estaban bromeando otra vez como solían hacer, con ese chiste privado que a Naomi le parecía muy irritante. Era algo que existía desde antes de que Naomi conociera a Nash y no entendía el contexto. Fuera lo que fuera, no era apropiado para cuñados.

Se acercó a ellos, forzándose a mantener la calma, mordiéndose la lengua para distraerse por el dolor y así no alterar su expresión neutral.

—No me molesta que estés aquí por esta campaña —dijo Naomi, con tono de advertencia—. Mientras no lo toques.

Shery se alejó de Nash sin prisa, prácticamente a cámara lenta, y entró al vestidor para cambiarse.

Naomi había permitido esa sesión de fotos porque quería que Nash fuera más exitoso en su negocio. Hacer una campaña controversial con su cuñada a propósito era una locura que podría funcionar de maravilla. Naomi no quería frenarlo, por mucho que le fastidiara.

Shery salió del vestidor y Nash la miró como si estuviera contemplando una lluvia de estrellas.

El vestido que él había diseñado era perfecto para su cuerpo, como si supiera de memoria sus medidas.

Cada atuendo de la marca N estaba diseñado para gobernar una sala… y un dormitorio. Las colecciones mezclaban trajes con cortes precisos, transparencias, cadenas, cremalleras visibles como cicatrices y detalles que elevaban la tensión entre lo formal y lo sexual.

En las pasarelas, parecía una declaración de poder carnal. En la calle, una advertencia. La clientela incluía celebridades, figuras políticas y jóvenes con alto poder adquisitivo.

El logo de la marca, una “N” tallada en vidrio sobre fondo de terciopelo negro, con vino derramándose lentamente, estaba sobre los botones del vestido. Minimalista, pero imposible de ignorar.

Naomi sintió un escalofrío, como si arañas invisibles se deslizaran por su nuca.

Shery se detuvo bajo las luces y Nash levantó la cámara con lentitud.

—Te queda exactamente como lo imaginé —dijo en un susurro que no era profesional.

Naomi se sentó en el sofá hondo e intentó abrir una lata de refresco que se resistía por sus uñas. Se fijó en las marcas de mordiscos sobre el pecho de Shery y se sintió mal.

No sabía que Sylvan también tenía un lado tan desmedido en la cama. Uno que no le había enseñado a Naomi. Solo a la mujer a la que amaba.

Nash tomó una foto, y otra, y otra... Cada ángulo lo dejaba más obsesionado. Se movía a su alrededor como un lobo disfrazado de fotógrafo.

Shery miraba a la cámara, pero lo miraba más a él. Se sentaba como él decía y ponía la expresión que él quería.

Naomi estaba muy incómoda. Nunca se había esforzado por ser elegante o tener clase, ni siquiera después de conocer a Nash. Por eso, no le importaba decir cualquier cosa que le viniera a la mente cuando estaba irritada.

—El vestido es un mago —comentó Naomi.

—¿Un mago? —preguntó Shery, sin perder la pose.

—Sí, porque ha sacado pechos mágicamente. Todos sabemos que ese escote es una ilusión creada por el vestido —explicó ella, despiadadamente.

Nash intentó no reír, pero sus labios temblaron.

—Lo mejor de tu presencia, Naomi, es que iluminas el lugar con toda esa inseguridad —respondió Shery, con soberbia—. ¡Ni hace falta reflector con tu ansiedad flotando por la sala!

—Damas —intervino Nash—. ¿Me vais a dejar hacer mi trabajo o queréis que llame a Sylvan para que os controle?

Naomi exhaló, relajándose más en el sofá, y dijo con tono sucio:

—Sí, llámalo. Ante mi maestro, me portaré mejor… o peor.

Shery se quedó mirándola, rígida. Aquello ya no le parecía una provocación cualquiera.

—¿Por qué cojones llamas maestro a mi novio? ¡¿Qué clase de falta de respeto es esa?! —explotó Shery, porque la provocación le había dolido de verdad. Miró a Naomi con una hostilidad mucho más profunda que la irritación de hacía un momento.

—¿Por qué quieres tú ponerle un collar de perro al mío? Eso es más falta de respeto —replicó Naomi, y esbozó una sonrisa cruel, lista para golpear donde más iba a doler—. Mi maestro me enseñó cosas… en la cocina.

Es cierto que Sylvan le había enseñado recetas a Naomi, todos lo sabían, pero ella lo estaba haciendo sonar como si fuera algo inapropiado.

Shery hizo un esfuerzo sobrehumano por calmarse y dijo:

—Nash, me niego a continuar con esto a no ser que eches a Naomi de aquí.

—No me va a echar —garantizó Naomi, con coraje—. Todo esto es mío, él incluido. Si no te gusta, te largas.

Nash dejó la cámara y se apartó, mientras ellas seguían mirándose con rabia y dolor. Contempló los rascacielos desde el ventanal y una idea surgió en su mente para la edición limitada de Fuego Exquisito.

Shery se negó a volver a posar, a no ser que Naomi se largara del estudio.

Nash le mandó un mensaje a su gemelo.

Sylvan, que estaba junto a su padre, el primer ministro de Jangwa, en un edificio cercano, llegó en menos de diez minutos. Cuando entró en la sala, ambas chicas se callaron y se enderezaron de golpe.

Sylvan llevaba un traje claro, tan formal pero inexplicablemente provocador que les sacó el aliento a ambas. Las luces del estudio podrían apagarse y el foco seguiría sobre él.

—¿Cómo va todo? —preguntó Sylvan, con tono suave, apoyándose en el marco de la puerta—. Qué hermosa te ves en ese vestido, mi amor.

—Si a ti te ha gustado, qué más necesito, mi amor —respondió Shery, sintiéndose agasajada. Volvió a colocarse delante de la cámara, lista para seguir las instrucciones de Nash—. Continuemos la sesión.

Sylvan miró de reojo a Naomi, con una sonrisa que la derrotó de inmediato. Ella se quedó en el sofá, con la boca bien cerrada.

Nash, satisfecho, sacó fotos profesionales de Shery al fin.

Sylvan se quedó mirando y todo fue bien… porque ninguna de las dos quería decepcionarlo.

■ ■ ■

Unas horas después, Juanito entró con paso firme, sin su teatralidad habitual, al estudio de Nash.

Lo vio allí, esperándolo, sentado en un sillón de cuero detrás de una mesa de ejecutivo importada de Salamat, el reino vecino, construida con materiales ilegales.

Eran regalos de Solaris Chase, la líder de la mafia de Salamat.

—Me llamaste —empezó Juanito, tímidamente—. Y aquí estoy.

—Sé que tú fuiste víctima de experimentos en Nallane, falleciste y acabaste en mi Cárcel de Fracasos. Como eres un hombre muerto en este plano, tu existencia es una anomalía. ¿Notas algo extraño? —preguntó Nash, todavía intentando comprender lo ocurrido en la playa con el pingüino robot.

—No, me siento como un hombre normal. Solo sé que mi ánimo se levanta y me siento más vivo que nunca cuando estoy cerca de ti.

Y tengo amigos que me hacen pertenecer a este mundo.

Estoy muy contento con mi vida —expresó Juanito, con los ojos brillando por el agradecimiento—.

Estoy aquí gracias a ti, que me permitiste salir de la Cárcel de Fracasos y regresar al mundo en el que morí una vez.

—Quería preguntarte por qué dejaste de ser el guerrero que eras allá —dijo Nash, con tono amable, realmente curioso por entender la lógica de Juanito—.

Eras sabio. Valiente. Letal. Allí te lo tomabas todo en serio.

Te enfrentabas a los Fracasos, ayudabas a los ciudadanos, apoyaste a Naomi… ¿Qué cambió?

Juanito respondió de inmediato, hablando como un hombre maduro, sin titubear:

—Allí, tú eras el amo. Todos te obedecían y te admiraban, pero necesitabas soldados que se aseguraran de que tus leyes se cumplieran.

Yo fui el que nunca te falló. Ahora, has dejado tu dimensión atrás.

Ya no necesitas esa versión de mí. Aquí, no te sirvo de nada, excepto para hacerte reír con mis tonterías.

Por eso me reinventé. Para ti. Para poder seguir a tu lado.

La sonrisa de Nash se borró al escuchar eso. Juanito se preocupó, temiendo haber dicho algo malo, pero lo esperó en silencio.

—¿De verdad creías que necesitabas convertirte en otra persona para seguir siendo mi amigo? —preguntó Nash, con una mezcla de incredulidad y pena.

Juanito siguió mirándolo a los ojos y explicó:

—No lo sabía. Solo… no quería perder mi sitio a tu lado.

Nash notó que el ambiente se había vuelto más triste de lo que a él le gustaba. Se rió y dijo:

—Entonces déjame dejar una cosa clara. No necesito que cambies para quedarte conmigo. Si tú disfrutas de esa nueva personalidad, yo también la disfruto.

Juanito suspiró, aliviado.

—Gracias… Me asustaste por un segundo.

Nash cogió su tableta, firmó un documento y lo adelantó hacia él.

—Quiero contratarte como modelo. Serás mi empleado, pero también mi mejor amigo, como siempre. Bienvenido a Fuego Exquisito, Juanito. Edición limitada para la comunidad queer.

Juanito aceptó con orgullo.

—No voy a decepcionarte, jefe.

—Nunca lo has hecho.