5
En el campo de tiro privado de la familia Chase, la arena del desierto se mezclaba con tecnología de punta.
Nash y Sylvan probaron armas de alto calibre, diseñadas en Salamat, uno de los reinos más poderosos de Nallane. Rifles ligeros con IA y munición que se recargaba por sí sola.
Sylvan apuntó, disparó y el blanco explotó en carne y sangre muy realista.
—Shery me desea —mencionó Nash, parando de disparar por un momento—. Le pregunté sobre ti. Me dijo que no te ha revelado nada porque no quiere perderte. Pero hermano, no me agrada que esté tan cómoda engañándote.
Sylvan no dejó de disparar. Ni una mueca. Sus movimientos seguían siendo fluidos. El siguiente blanco, uno muy difícil, estalló con un crujido seco.
—Si la veo mirando a otro hombre, habrá consecuencias. Tú eres la única excepción, porque para mí, tú eres una extensión de mí —dijo, como si repitiera una ley irrompible.
Nash se quedó quieto. Sylvan seguía disparando. Uno, dos, tres blancos…
—Pero ella no tiene ni idea. No sabe que tú y yo hablamos de esto ni que me has dicho que soy una excepción. No le importa engañarte —dijo Nash, consciente de que tal vez incomodara a su hermano, pero necesitaba explicar cómo se sentía.
Sylvan bajó el arma con la que estaba disparando blancos como si nada.
—Yo tampoco soy un santo, Nash. Amo a Shery, es mi prioridad y es más que suficiente para mí, pero… juego con Naomi cuando ella insiste. No puedo quejarme.
—Lo de Naomi es entre tú, ella y yo. Shery no tiene nada que ver con eso. No borra el engaño de Shery —argumentó Nash—. Pero mira qué gracia, hermanito. Naomi y Shery son espejos. Y no tienen ni idea.
Sylvan presionó un botón. Los blancos pasaron a ser enormes esqueletos con afilados vectores, representando a diferentes Lutecios, que eran los seres sobrenaturales de diferentes especies que habitaban en las afueras de las ciudades desde hacía siglos.
Podrían ir al desierto y enfrentarse a Lutecios reales, pero ya estaban acostumbrados a la vida lujosa de civiles en la alta sociedad.
—No quiero dañar tu relación —siguió insistiendo Nash, sin dejar el tema aún—. Dímelo una vez y te juro que no volveré a acercarme a Shery.
—¿Tú qué sientes? ¿Quieres más? —preguntó Sylvan, mirándolo como si pudiera entenderlo mejor de lo que él se entendía a sí mismo.
—Sí —confirmó Nash, porque jamás le mentiría.
Sylvan siguió disparando.
—En ese caso, haz lo que quieras con Shery, siempre que lo desees. No me debes explicaciones. No te preocupes por mí, hermanito —dijo, sonriéndole.
Nash se calló. No le parecía justo para Sylvan, pero como Fabian entró justo entonces, tuvo que dejar el tema para luego.
Fabian era el joven científico y estudiante de medicina que aparecía cada vez que Nash y Sylvan organizaban algo descabellado, convencido de que necesitaban a alguien para asegurarse de que no hubiera problemas de seguridad.
Había ido a por gofres. Regresó y se disculpó porque el helado se había derramado.
Nash disparó a un blanco con forma de Mamut Blindado demasiado realista. Lo destrozó con una precisión inesperada.
Ambos habían superado demasiados retos para llegar hasta allí. Habían sido guerreros rotos con pasados complejos y habían sufrido por temas mucho peores que el amor.
Hoy, solo eran dos hermanos que jugaban con armas futuristas.
■ ■ ■
Esa noche, en la bonita casa de paredes pasteles llena de flores y decoraciones románticas de Sylvan y Shery, las cortinas estaban abiertas, dejando pasar la brisa marina. Las campanillas de viento vibraban en la amplia terraza.
Shery estaba en la cama, desnuda, con la piel brillando por la crema con olor a vainilla.
Su libido era desbordante, pero no era así desde el principio.
Sylvan había sido su primero, y tuvo que ganárselo, arrancándolo de los brazos de su amada Evangeline. No fue fácil, pero ganó. Logró ser la prioridad de Sylvan. El amor de su vida. Su única.
Ya no buscaba aprobación ni había competencia. Buscaba el placer. Su cuerpo se había vuelto adicto a la frecuencia, al ritmo y a la intensidad de Sylvan. No podía vivir sin él.
Estaba rodeada de doctores y hombres hermosos de clase alta todos los días cuando iba a estudiar medicina. No les prestaba atención.
Pero Nash... era diferente. Su corazón se disparaba cuando lo veía. Su cuerpo ardía. Sudaba. Temblaba. Apretaba las piernas. No podía ignorar esos síntomas. Era algo más que deseo.
Shery se sacudió la cabeza. No iba a pensar en Nash. No esa noche.
Necesitaba recordar que su cuerpo y su alma le pertenecían a Sylvan.
La puerta se abrió. Él había pasado todo el día con Nash y Fabian.
—Se me hizo tarde, lo siento. Fuimos a fumar shisha y Fabian, que no sabe cómo hacer eso, causó un incendio por torpeza. Los tres tuvimos que huir —le contó Sylvan alegremente, caminando hacia el baño—. ¿Por qué no atendiste mis llamadas? Te iba a preguntar si querías sushi.
—Ven aquí —dijo Shery, sin moverse de la cama.
Sylvan se lavó el rostro, se aplicó tónico, sérum y su crema hidratante de noche. Incluso se puso contorno de ojos como parte de su rutina. Luego regresó, vistiendo su elegante pijama. Apagó la lámpara y se metió en la cama, listo para abrazarla.
—Esta noche sé duro. Muy duro —dijo Shery, con su carita de ángel muy seria.
—¿Qué mosca te ha picado?
—Cuando te acostabas con Evangeline y conmigo a la vez, a ella siempre la penetrabas sin ningún tipo de moderación. Y a mí, con delicadeza…
Él no se inmutó y respondió, con una sonrisa:
—Sí, porque Evangeline es inmortal y puede regenerar su cuerpo.
—¡Yo también quiero lo mismo, joder! Si grito, me ignoras. Si intento escapar, me agarras con más fuerza. Si me pongo a llorar, me tapas la boca con la mano y me la metes hasta el fondo. ¿Entiendes? ¿O quieres que te imprima las instrucciones en papel perfumado?
Sylvan la miró con ternura, como si pudiera calmarla de otro modo más inocente.
—¿Estás segura?
—¿Quieres que te lo firme?
—Si empiezo, no voy a parar.
—¡Cállate y hazlo, maldito!
La expresión de él cambió de golpe.
La agarró del cuello y la empujó violentamente sobre la cama. No hubo besos suaves ni palabras dulces. Hubo mordidas. Manos firmes. Penetración demasiado profunda. Shery gritó y él no paró. Ella arañó su espalda y él siguió tomándola por delante y por detrás, escogiendo cada posición.
Cada embestida era una prueba de resistencia y ella estaba al borde de romperse por la presión, pero los orgasmos que tuvo eran igual de devastadores.
Cuando, por fin, después de lo que pareció una eternidad, él se sació, Shery se quedó temblando, sudando, con el cuerpo hecho trizas.
Sylvan le acarició el pelo. Le dio un beso en la frente. Volvió a ser su príncipe cariñoso.
Ella se rió a carcajadas. Estaba impresionada, orgullosa, incrédula… Podría haber acabado en el hospital.
—Quiero que me lo hagas así por lo menos dos veces a la semana, mi amor. Si muero, muero.
Shery intentó no pensar en Nash… pero no funcionó. Nash podría hacerle lo mismo. Podría romperla igual.
Sylvan la abrazó y se durmió. Ella siguió despierta.
Pensó en la forma en que Nash la miraba cuando creía que nadie lo notaba.
La forma en que sonreía con arrogancia, pero también con afecto.
La forma en que siempre parecía tener el control, como si el mundo fuera un juego que él ya había ganado.
No era solo su cuerpo lo que deseaba, era su atención.
Su tiempo. Su ternura. Su maldita manera de existir la volvía loca.
Pero no quería a Nash en lugar de Sylvan.
Claro que no. Ni hablar. Blasfemia.
Simplemente, los quería a los dos.
Y Shery siempre había sido soberbia, terca y egoísta.
■ ■ ■
No muy lejos, al otro lado de la playa, la brisa del mar empujaba suavemente las cortinas del chalé de Nash.
La cama tenía las cortinas cerradas, como si el mundo entero se hubiera estrechado a ese pequeño santuario.
Naomi no podía dormir. Recordaba cada mirada que habían compartido Nash y Shery, cada risa, cada insulto, desde que se había unido a la familia Chase hace tres meses.
Para calmarse, pensó:
No debería rebajarme a hacer drama. Lo de hoy fue muy inmaduro.
Se oyó el agua correr en el baño. Nash había regresado a casa. Llevaba su pijama de seda que era translúcido bajo la luz tenue. Se tumbó a su lado y dijo:
—Naomi, no esperaba que te molestara tanto que escogiera a Shery como modelo. No es que me falten modelos hermosas. El caso es que usar a mi cuñada es una estrategia para llamar la atención. Un escándalo a propósito.
Naomi no se movió, pero lo escuchó.
—Tal vez estás demasiado molesta para creerme, pero te lo repetiré todas las veces que haga falta —prosiguió Nash, con calma—. Yo, mi casa, mi cama… es todo tuyo. No estás compitiendo por mí con nadie.
—Exageré —aceptó Naomi, en voz baja—. Te amo tanto, Nash, que tolero que tengas un vínculo irrompible con Evangeline y Solaris, la jefa de la mafia.
Incluso que te mantengas en contacto con Fiona, la zorra más hermosa de Nallane.
Me jode, pero me aguanto porque te amo. Porque confío en que ninguna de ellas ocupa el espacio que yo quiero ocupar en tu corazón.
Pero… a Shery la odio con toda mi alma. A Shery no la pienso aceptar en tu vida.
Ni siquiera por ti. Tú no le debes nada. ¿Te enteras?
Nash la escuchó en silencio. No le dijo nada, solo la abrazó y la besó.
Naomi se derritió en sus brazos y dejó de hablar, pero sabía que no había alcanzado su objetivo.
Estaba decidida a ganarse su amor, tardara lo que tardara. Iba a luchar por tener un lugar permanente en su vida. Nash era su altar. Era su territorio sagrado.
Y si alguien lo amenazaba, habría consecuencias.
Cuando Naomi estaba a punto de bajar el pantalón de Nash para tomarlo en la boca, la puerta se abrió de golpe.
Tres ositos de peluche irrumpieron en la habitación.
Los tres fueron seres poderosos de la Cárcel de Fracasos.
Antiguos monstruos. Antiguos gobernantes de territorios infernales.
Amigos fieles de Nash. Ahora estaban atrapados en esas corazas temporales de felpa mientras Nash intentaba organizar tecnología ilegal en la mafia de Solaris Chase para transferir sus almas a cuerpos biológicos.
Vivían en esa casa y Naomi los toleraba. Apenas.
El primero en entrar fue Rhal, el osito amarillo.
—¡Naomi! ¡Dime la verdad, carajo! ¿Quién es mejor en la cama, Sylvan o Nash? ¡Voss dice que son el mismo hombre rubio, moviéndose de un lado a otro rápido! ¡Esto es hechicería avanzada!
Voss, antiguo líder de Lutecios sanguinarios, los Encarnados, entró detrás de él, gruñendo.
—Yo no dije nada, imbéciles. Solo quiero saber cuándo voy a volver a tener dignidad —dijo, hablando desde su cuerpo de osito de peluche rosa con lazo—. No sobreviví a la selección brutal en el vertedero de almas del Oráculo para ver este drama.
Nash ya estaba riéndose. Naomi lo golpeó con la almohada.
Auroro, el osito azul con gafas, que solía ser un político y un genio que creó máquinas interdimensionales, llegó el último.
—Intenté impedir esto. No funcionó. Perdonadnos —se disculpó, sintiéndose mal por interrumpir el momento íntimo.
Naomi se levantó con calma. Ellos ya sabían que eso no era una buena señal.
Los agarró a los tres por los lazos y los llevó al baño. Los lanzó a la piscina con espuma rosa, aumentó la temperatura del agua a niveles infernales y los hundió a los tres.
Rhal chapoteó feliz. Voss parecía contemplar la muerte. Auroro estaba resignado y comentó:
—Siempre me castigas, aunque no haya hecho nada.
—Lo sé.
—Y seguiré respetándote, por ser la hembra del amo Nash de la Cárcel de Fracasos.
—Gracias.
—De nada.
Naomi los encerró en el baño y regresó a la cama. Nash seguía riéndose desde debajo de la almohada.