Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 4
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Mientras tanto, en la playa, Naomi estaba mirando hacia la fachada de su casa, tensa. Juanito y Eloy se habían escaqueado. Ella no podía correr tanto como ellos. Pero esos dos eran lo de menos.

El problema era que ni Shery, que había ido a cambiarse, ni Nash, que supuestamente había ido a por su móvil, habían regresado todavía. Se preguntaba por qué demonios tardaban tanto.

Sylvan estaba sentado sobre la tumbona, inspeccionando la pantalla secreta bajo el ala del robot pingüino, que se había apagado solo.

Su cabello estaba revuelto por la brisa y su atuendo blanco de verano estaba pegado a su piel.

No era solo su cuerpo, era la entereza en su mirada lo que le daba un aire muy erótico.

Nadie era inmune a él, ni siquiera Naomi. Mucho menos Naomi.

Cada vez que lo miraba, ella no podía evitar imaginarlo desnudo, con su cálida respiración contra su cuello.

Como se había quedado sola con él, dejó de estresarse por Nash y Shery durante un segundo y se acercó.

Sylvan levantó la vista y le sonrió de forma educada, como la gente decente le sonríe a la novia de su hermano.

Naomi se sentó a su lado con calma, pero su corazón sonaba como una tormenta de verano.

—¿Por qué me besaste delante de todos anoche en ese juego de intercambio?

Él la miró como si sus palabras no significasen nada, pero se inclinó hacia su oído, y le susurró:

—Fue divertido. Me gusta verte intentando actuar con normalidad después de lo que hicimos en el gimnasio privado hace una semana.

La piel de Naomi se erizó. No podía controlarlo. El impacto de la frase la dejó sin aire. Lo miró a los ojos con una sonrisa que no era nada inocente.

—Pues deja de besarme en público si no quieres que recuerde lo ocurrido en el gimnasio cada cinco minutos.

Él sonrió también, como un diablo entretenido.

Naomi abrazó al pingüino distraídamente. El robot se encendió solo para gritar tan fuerte como diez elefantes en guerra territorial y luego se apagó otra vez.

Ella se acercó más a Sylvan y colocó la cabeza sobre su hombro, relajándose.

—Sylvan, todavía me cuesta creerlo. Engañaste a tu novia perfecta conmigo, solo porque Nash te dio permiso de hacerme lo que quieras. Si Shery se entera, me mata. Me encanta vivir así, con este secreto. Me hace sentir superior a ella —confesó Naomi, con el ego inflado.

Él la miró de reojo, con una leve sonrisa.

—No engañé a Shery con mala intención, lo hice solo porque Nash me lo ofreció y a él le interesaba esta dinámica. Si Shery me preguntara, le diría la verdad. Si me pidiera que dejara de hacerlo, lo haría.

Naomi se sintió como si una fuerte ola de agua fría la hubiera arruinado.

Lo peor era que Sylvan no quería herir sus sentimientos. Ella lo sabía. Sabía que él era honesto.

Demasiado honesto.

—Bueno, no hace falta que ella se entere. No pienso renunciar a ti —concluyó Naomi.

Él le sonrió con más dulzura, y luego siguió mirando su móvil.

Naomi se levantó y regresó a casa.

■ ■ ■

Naomi entró en la cocina y se preparó un té de frutos rojos, en bata de seda, lista para un momento de paz. No funcionó. Seguía pensando en Sylvan y en lo mucho que lo quería. Sus palabras resonaban en su oído. Palabras que habían significado “no eres tan importante para mí como creías”.

Eso dolía mucho.

Además, todavía no tenía ni idea de dónde se habían metido Shery y Nash, y eso la inquietaba más.

No había paz.

Shery apareció por las escaleras. Se suponía que había entrado en su casa hacía un buen rato para cambiarse de ropa porque su vestido estaba empapado.

Naomi la miró y el té casi se resbaló de sus manos. Shery no se había puesto uno de sus atuendos.

Llevaba una camisa para hombres. La camisa de Nash.

—¿Por qué diablos te has puesto la ropa de mi novio? —preguntó en voz alta.

Shery se acercó como si fuera la dueña del mundo y dijo, sin mirarla:

—Huele rico.

—¡¿Huele rico?! —exclamó Naomi, frenética.

Nash apareció en lo alto de las escaleras y se apoyó en la barandilla para mirar.

—Mi nuevo perfume le ha encantado. La he escogido como modelo para la campaña —reveló él, como si estuviera muy orgulloso y ya visualizara el éxito.

Algo dentro de Naomi se quebró. Ni siquiera procesó esas palabras del todo. Su furia se desató sin aviso y lanzó la taza de té al fregadero violentamente.

No solo se rompió la taza, también varios platos que había ahí. El impacto reventó todo en una lluvia de esquirlas de cerámica que cortaron el aire. Algunas chocaron contra el suelo, otras siguieron volando como si buscaran a quién herir.

Nash se puso serio. No anticipaba esa reacción. Bajó las escaleras despacio, sin apartar la mirada de Naomi.

Antes de que llegara a la cocina, Juanito se agachó entre los fragmentos de cerámica y empezó a retirarlos con las manos, para que no dañaran los pies de Nash.

Cuando él alcanzó el último escalón, el suelo ya estaba despejado.

Solo entonces Juanito se apartó y dejó que la discusión continuara, sin intervenir.

Shery se quedó quieta, mirando a Naomi con desafío, atenta a ver qué más drama hacía ella.

—¿Y si me pongo una de las camisetas de Sylvan? —dijo Naomi, con la voz más afilada que los bordes de la cerámica rota—. Para que estemos a mano.

—Deja de montar un pollo —dijo Shery, cruzándose de brazos, apoyándose en la encimera—. Estás haciendo el ridículo.

Naomi abrió la puerta del jardín de golpe.

—¡Sylvan, ven aquí! —gritó, esperando que su voz llegara hasta la playa privada.

Sylvan llegó con ese paso lento y elegante suyo que se imponía en cada sala.

—¿Qué pasa? —preguntó, con voz calmada pero los ojos alerta.

—Dame tu camisa —dijo Naomi, poniendo las manos sobre su pecho con autoridad.

Sylvan miró a Nash, que le dijo que sí con la mirada. Sin preguntas innecesarias, se quitó la camisa y se la entregó a Naomi.

Ella dejó caer su bata y se quedó en su ropa interior de encaje, con los ojos clavados en Sylvan, con descaro, como si estuvieran solos.

Se puso la camisa con lentitud, disfrutando del tejido sobre su piel.

La cerró a medias, lo justo para que el encaje siguiera visible.

Se pasó una mano por su melena negra y sonrió con pura maldad.

—Gracias, cuñado. Mi querido… maestro —dijo, mirando de reojo a Shery.

A Shery se le cortó la respiración durante un instante. Se puso roja por la furia y apretó los puños. Era muy posesiva y no soportaba que nadie mirara a Sylvan, pero sabía que, si reaccionaba en ese momento, le daría a Naomi exactamente la reacción que ella quería ver. Por eso, se aguantó.

—¿Vamos a la base militar? —preguntó Nash a su hermano, interrumpiendo el momento tenso elegantemente—.

El rey Roger nos ha mandado armas ilegales del ejército de Salamat para que las probemos y le demos una valoración.

Como suena sospechoso, Fabian quiere apuntarse, para asegurarse de que no explotemos.

Lleva toda la mañana sudando, evaluando datos desde que llegó el cargamento.

—Vamos —aceptó Sylvan, y se puso una sudadera que agarró del perchero.

Ambos se marcharon como si el fuego no estuviera devorando la cocina detrás de ellos.

Shery, con la camisa de Nash.

Naomi, con la camisa de Sylvan.

El silencio era más letal que cualquier insulto.

—Naomi… —dijo Shery con coraje, a pesar de que no quería hablar con ella—. Tráeme alguna mujer en todo este reino que no codicie a Nash Chase. Es imposible. No existe. Yo no iba a ser la excepción.

—Eso no significa que puedas tocarlo —replicó Naomi, con un tono que sonaba a que estaba al borde de echarla a patadas de su casa.

—No lo he tocado —mintió Shery descaradamente.

—Si lo haces, te voy a matar. No sé cómo lo haré, pero te juro que si te acercas a Nash te mato —sentenció Naomi.

Shery dejó la camisa en su sitio, se puso su vestido empapado y se fue de la casa sin decir adiós, pensando:

Naomi, jódete, porque no voy a parar. No voy a parar. No hasta tener a Nash entero para mí, como tengo a Sylvan.