3 #2
Juanito cogió de la mano a Eloy y se lo llevó de allí como si estuviera salvando su vida. Ambos desaparecieron entre las palmeras.
Sylvan se acercó, divertido, inclinó la cabeza hacia Naomi y le dijo:
—Ese tipo es uno de los guardaespaldas de la reina de Keamat, Adamarisse. O ella lo tiró al mar por pesado, o naufragó solo. Y perdió la memoria, aparentemente.
—¿No le vas a decir quién es en realidad? —preguntó Naomi, boquiabierta.
Sylvan se encogió de hombros.
—Naaa. No es asunto mío.
Unos minutos después, Naomi vio a Juanito y al poeta raro, Eloy, cargando con una bolsa con su colección de joyas ancestrales que había comprado por puro capricho con el dinero de Nash.
—¡Juanito, ni se te ocurra darle mis joyas a un desconocido! —chilló Naomi, corriendo detrás de él—. ¡¿Y cómo diablos las has sacado de mi caja fuerte, en mi casa, en menos de un minuto?!
—¡No me pegues, Naomi, por ser bondadoso! —chilló Juanito, escapando de ella hacia el paseo marítimo.
—¡No puedes regalar propiedad ajena por bondad, animal!
El pingüino se quedó en un rincón, escondido. Sylvan lo contemplaba todo mientras se tomaba el jugo con vodka de Naomi, sonriendo.
■ ■ ■
Shery deambulaba sola por el pasillo del chalé de Nash. No podía parar de recordar lo ocurrido anoche. Había sido solo una broma de los gemelos, pero para Shery fue el reinicio de su obsesión.
Entró en la habitación de Nash y Naomi. Todo era provocador, estético, elegante, con telas que respiraban y materiales suaves que parecían húmedos.
Todo era el gusto de él.
Había esposas debajo de una almohada, en la enorme cama con dosel.
Sylvan la amaba, la complacía con creces, pero Shery… quería a Nash también. Le daba igual ser avariciosa. Le resbalaba ser indecente. No tenía miedo a las consecuencias.
Había estado aguantando durante meses, sin tocarlo. Después del maldito beso de anoche, su cuerpo se lo pedía a gritos. No podía más.
Shery abrió la puerta del ropero de Naomi. Había una sección de ropa femenina y una de ropa masculina. La mayoría de los atuendos eran de la marca N, diseñados por Nash, valorados en miles en ese reino.
Ella no se lo pensó mucho. Se quitó la ropa empapada y se puso una de las camisas anchas de Nash. La tela llevaba otro de los perfumes absurdamente sensuales que él fabricaba, pero ese era nuevo.
Olía a piel mojada y deseo sin control. Un perfume adictivo, agresivo, como un beso con lengua. Como Nash.
Al girarse, Shery vio que Nash estaba apoyado en el umbral. Era su habitación, y ella era la intrusa en ese momento.
Shery no había podido apartar los ojos de él toda la mañana. Pero ahora, era él quien recorría el cuerpo de ella con la mirada.
Shery no se inmutó y siguió mirándose en un enorme espejo con bordes plateados.
—¿Puedo escogerte como modelo de esta fragancia? Todavía no está a la venta —dijo Nash, con voz grave, acercándose mucho más a la mujer que llevaba solo su camisa.
Shery sonrió con arrogancia.
—Claro que sí. Será tu perfume más popular. Pero la gente hablará. Todos saben que soy tu cuñada.
—Eso es bueno. Ser controversial es beneficioso en negocios.
Shery se giró por completo hacia él.
—¿Cómo lo vas a llamar?
—Fuego Exquisito. Como tú —dijo, y colocó las manos sobre su cadera, acorralándola entre su cuerpo y el espejo gótico—. Me estuviste mirando con mucho descaro hoy. ¿No te importa lo que piense mi hermano? ¿En serio crees que él no lo nota?
—No me ha dicho nada. Sylvan me lo consiente todo —presumió Shery.
Shery nunca había aprendido a escuchar un no. Siempre conseguía lo que quería.
—¿Le has contado lo nuestro? —preguntó Nash, como si la estuviera evaluando.
Shery sabía que Nash quería a su hermano más que a todo el mundo. Su pregunta parecía una prueba. Le daba igual. Respondió con sinceridad, como si aquello no tuviera la menor importancia:
—No quiero contárselo.
Nash ladeó la cabeza y la miró con intriga. No parecía contento.
—O sea que no sientes ni una pizca de culpa al engañar a mi hermano.
Shery se molestó por esa acusación, pero no se echó atrás. Al contrario, le echó los brazos al cuello.
—Preferiría morir antes que engañarlo con otro. Pero tú… maldito seas, a ti no puedo resistirme. Cada vez que respiras cerca de mí quiero arrancarme la ropa, joder.
Shery no esperó a que él le diera permiso. Lo besó, sedienta no solo desde anoche, sino desde que lo había conocido.
Nash la tomó del rostro, la aprietó contra su cuerpo y profundizó más el beso. Sus cuerpos se alinearon como si hablaran un lenguaje prohibido que solo ellos entendían.
Abrió la camisa que llevaba Shery y descendió con la lengua a sus pezones rosas.
Luego bajó al sensual piercing en forma de conchita que había en su vientre plano. Justo cuando parecía que iba a bajar más, se detuvo y dijo:
—Continuaremos… solo si eres sincera con mi hermano y él acepta.
Shery se quedó congelada. Incrédula. No creía que él fuera a parar así, abruptamente, y se enfureció.
—Te juro que te haré caer rendido a mis pies. No podrás negármelo por mucho tiempo —sentenció Shery, con la voz rota por la frustración.
—Si tú eres terca, yo lo soy más. Ya me conoces —respondió él, y salió del ropero con la misma arrogancia con la que había entrado.
Parecía un juego.
Pero no sería fácil esconder lo que existía entre ellos detrás de miradas inocentes e interacciones civilizadas de cuñados.