Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 3
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Nash fue a su habitación a cambiarse de ropa y escogió un atuendo deportivo.

—Voy a la playa con Sylvan —dijo, poniéndose laca en el cabello para que la brisa no arruinara su peinado.

—¿No ibas a la universidad esta tarde? —preguntó Naomi, agarrando su enorme bolsa en forma de sandía—. Falta poco para ese examen tan importante tuyo.

—Hoy es el día libre de mi hermano. Pasar tiempo con él es mi prioridad —respondió él—. Ya estudiaré luego.

—No me gusta cuando te quedas despierto estudiando, en vez de dormir abrazado a mí —protestó ella, caminando pegada a él—. Tu negocio, laboratorio, estudio de fotos, galas, pasarelas, gimnasio, universidad… y tu maldita familia. Eres el chico de veintidós años más ocupado del jodido universo.

—Aun así, tengo tiempo para hacerte gritar cada noche. Dos veces —mencionó él—. Si me dejaras, te lo haría tres veces.

Naomi se sonrojó. Era cierto que él siempre le daba atención y nunca la hacía sentirse ignorada. Pero no bastaba. Necesitaba más de él. Todo de él.

En la playa no había gente. Era una zona privada. La arena era muy suave, pero estaba llena de conchas y otras criaturas marinas puntiagudas. Había que caminar con cuidado.

Shery estaba sentada en una tumbona bajo una sombrilla de color limón, con un vestido de verano del mismo color.

Nash se adelantó y se acercó a ella. Sin saludar ni previo aviso, cogió su mano.

Shery se sobresaltó como si hubiera recibido una corriente eléctrica.

Nash observó sus uñas y chasqueó la lengua, decepcionado.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Déjame a mí hacerte el diseño. ¿Estos son algas? Parece fuegos artificiales.

—Son medusas —murmuró ella, mirándolo a los ojos—. ¿Tú te crees artista ahora?

—Sí, déjame demostrártelo en tu próxima manicura.

Nash divisó a Sylvan en la pista privada de voleibol y se encaminó hacia él. Shery respiró hondo, como si esa pequeña interacción hubiera sido muy intensa.

Naomi la miró con ganas de arrancarle las uñas con el abrelatas que llevaba en su bolso. Se preguntaba por qué demonios Nash estaba tan obsesionado con su manicura. ¿O era solo una excusa para coger su mano?

Naomi abrió una hielera y sacó una jarra de jugo de sandía. Sirvió el jugo en vasos de cristal con borde de sal rosada. Añadió un chorro generoso de vodka a cada vaso.

—¿Vodka otra vez? —preguntó Shery, alzando la mirada desde su móvil—. ¿No tuviste suficiente anoche, Naomi? Besaste a mi novio y me dejaste con ganas de dispararte.

—Tú besaste al mío —respondió Naomi, seria y fría como el jugo—.

Lo iniciaron los gemelos, así que lo voy a dejar pasar.

Pero vi cómo disfrutaste al sentarte sobre Nash anoche, mientras lo golpeabas con los cojines —bajó la voz, con tono tajante—.

Ni se te ocurra volver a hacer algo así.

O voy a dejar de pretender que te tolero y te juro que te voy a apuñalar… directo en tu maldito coño. ¿Entendido?

Shery le sostuvo la mirada un momento. No reaccionó, como si Naomi no se mereciera ni eso.

Su conversación hostil no era inesperada. Naomi y Shery se odiaban con toda su alma y solo convivían porque no tenían más remedio. Porque sus novios eran gemelos inseparables.

Ambas observaron a los chicos jugar al voleibol… y cada segundo parecía una escena de una campaña de moda.

Sylvan era sereno, disciplinado, y nada lo impresionaba.

Cuando estaba con su familia, se reía y se divertía.

Cada gesto suyo parecía medido, como si estuviera en una campaña erótica todo el tiempo, incluso cuando esa no fuera su intención.

Poseía esa clase de seguridad que solo se gana cuando alguien puede destruir, pero decide cuándo hacerlo.

Su cabello rubio caía en ondas suaves y sus ojos azules eran reconfortantes y intimidantes al mismo tiempo.

Era el gemelo idéntico de Nash, con el mismo rostro imberbe, andar elegante y cuerpo delgado y alto.

Nash llevaba pantalones de chándal con elástico en la cintura y puño en los tobillos.

Eran detalles que no tenían derecho a ser tan sexuales, tratándose de ropa cómoda.

Iba al gimnasio con regularidad y ya tenía los abdominales casi tan marcados como los de Sylvan, y una cintura casi tan estrecha como la de Shery.

Cuidaba su piel usando los mejores productos del reino y estaba siempre impecable de los pies a la cabeza.

Su forma de mirar cautivaba a todo aquel que se atrevía a mirarlo a los ojos, sin que él necesitara hacer nada más.

Shery no lograba apartar la vista de Nash.

Naomi lo notó. Vio su expresión de embelesamiento. Era solo una mirada, sí, pero no se lo iba a consentir. Sabía que nadie miraba así a un hombre sin estar dispuesta a hacerlo todo con él cuando se le presentara la oportunidad.

Estaba a punto de llamar su atención, cuando… apareció Juanito. Cargaba al pingüino robot en sus brazos como si fuera un bebé metálico.

—¡Naomi! —exclamó, muy ilusionado, sentándose justo entre ella y Shery en la tumbona. Como Juanito era un grandullón, la tumbona crujió—. ¿Te conté que me inventé hechizos en la dimensión de Nash? ¡Y puedo usar fórmulas en esta coraza!

Adelantó el pingüino robot, que emitía pitidos confusos, hacia ambas chicas.

Shery gruñó muy fuerte porque Juanito estaba ensuciando la perfecta escena en la que jugaban Nash y Sylvan.

Naomi se llevó una mano a la frente.

—Juanito, por favor, no hagas el ridículo con Atún.

—¿Atún? ¿Le has puesto un nombre al electrodoméstico que me robaste? Tú sí que eres ridícula, Naomi —dijo Shery, levantándose de la tumbona. Se acercó al mar, harta, para no tener que quedarse cerca de gente a la que detestaba.

Juanito escribió una fórmula en un panel oculto que había bajo el ala del pingüino robot.

—Voy a quitarle de encima a Nash todas las mujeres que lo miran demasiado —parloteó Juanito, deslizando los dedos por el panel.

La marea retrocedió unos centímetros bruscamente.

Nash y Sylvan pararon de jugar y miraron hacia allí.

Una ola muy alta se formó como si una fuerza invisible hubiera alterado el mar…

y se precipitó sobre la playa. No alcanzó la zona donde estaban Nash y Sylvan.

Naomi y Juanito se apartaron a tiempo y la única que acabó completamente empapada fue Shery.

Shery miró a Juanito, estupefacta. Naomi se echó a reír con fuerza y dijo:

—¡De verdad ha funcionado tu hechizo! ¡Ha empapado a la mujer que miraba demasiado a Nash!

—Siempre funcionaba en la Cárcel de Fracasos. Así, Nash puede tener paz —dijo Juanito, orgulloso.

La ola destruyó el puesto ambulante de joyas de un hombre que estaba pasando por la playa. Juanito, al percatarse de ello, se fue a ayudar al dueño del puesto ambulante.

Sylvan se acercó a Shery. Ella lo abrazó enseguida, temblando porque el agua de la ola estaba más fría de lo normal. Su vestido estaba pegado a su piel por completo, transparentándola, y su cabello húmedo le daba un aire vulnerable.

Ella no era nada vulnerable.

—Ve a cambiarte, amor —dijo Sylvan, acariciándole la cabeza—. Ve a la casa de Nash y ponte algún atuendo de Naomi de momento. O, si lo prefieres, regresamos a casa.

—No te preocupes. Sigue jugando. Me pondré algo de Naomi —dijo Shery, abrazándolo melosamente.

Nash recogió el pingüino robot, que seguía pitando sobre la arena, y lo inspeccionó.

—Los “hechizos” que Juanito inventó en Cárcel de Fracasos y yo hice realidad para hacerlo feliz deberían funcionar solo en mi dimensión. Si se han activado aquí, es porque este robot no es normal —analizó Nash, mirando hacia los ojos del robot con fijeza.

—Cuando lo compramos, su única función era ordenar verduras y comestibles —dijo Sylvan, mirándolo con curiosidad también—. Pero claro, tú eres el dios carcelero de las almas de seres sobrenaturales. Si sientes que el robot oculta algo, tiene sentido.

Shery no se quedó a escuchar de qué hablaban los gemelos, tan concentrados. Suspiró y se encaminó hacia la casa de Nash.

Poco después, Sylvan levantó la vista del robot y miró hacia el camino por donde se había ido Shery. Luego, miró a Nash y le hizo un gesto con los ojos.

Nash lo captó enseguida. Era una invitación. Un “ve a por Shery si quieres”. Un permiso. Nash asintió, esbozando una sonrisa.

Los gemelos Chase siempre se habían entendido así: con gestos tan sutiles que nadie más los percibía.

—Me dejé mi móvil —dijo Nash, pasando por el lado de Naomi, rumbo a su casa.

Naomi estaba a punto de levantarse y seguirlo, pero se distrajo al ver a Juanito hablando con el dueño del puesto de joyas, y se acercó a ellos.

■ ■ ■

Era un hombre de piel negra, con trenzas llenas de colmillos y piedras de diferentes colores. Llevaba una camiseta en la que ponía “Eloy, el náufrago soleado”.

—¡Mis tesoros de las profundidades marinas! —exclamó Eloy, caído sobre la arena por el impacto de la ola—. ¡El mar se llevó mi memoria cuando naufragué, y ahora mi fortuna!

Sus joyas hechas a mano, con conchas, algas, cuerdas y piedras, estaban dispersadas por la arena y la marea se lo llevó todo.

Juanito lo ayudó a levantarse y exclamó con tono igual de dramático:

—¡Mi casa es tu casa, poeta vendedor ambulante!

—lanzó sobre él las llaves de su apartamento—.

Mi hechizo destrozó tu propiedad. Por eso, puedes vivir en mi hogar, sin alquiler.

Yo paso todo el tiempo en la mansión de mi amigo Nash de todas formas.

En su jardín, en su pasillo, en su cocina si me deja…

—¡No! —chilló Naomi, acercándose a ellos—. ¡Juanito, aléjate de ese desconocido que habla raro!

Eloy, muy agradecido, se llevó una mano al pecho y aceptó las llaves.

Naomi siguió intentando convencer a Juanito de dejar de ofrecerle su piso y todos sus ahorros a Eloy, pero no estaba funcionando.

De repente, la mirada de Eloy se detuvo sobre Sylvan.

—¡Estrella caminando! ¡Hombre que deslumbra mi alma! —exclamó Eloy, soltando un jadeo—. ¡Que el mar me arrastre, porque no soy digno de contemplar tanta belleza masculina!

—¡No mires a mi cuñado así! ¡Fuera de mi playa! —gritó Naomi, hartísima de todo.